Cuestionario Nido de ratones: Yaiza Santos

¿Cuál era su libro favorito de niña?

Los hijos del vidriero, de Maria Gripe. Lo leí unas cuatro veces. En mi memoria es triste y profundo. Aún recuerdo el epígrafe: “Quien no conoce su destino puede vivir despreocupado”.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

El Quijote en seis tomos de Ediciones Naranco que vinieron a vender a mi guardería cuando yo tenía cuatro años (¿a quién se le ocurre, pienso, cuando apenas aprendíamos el abecedario?) Me lo compró mi abuelo y aún lo conservo.

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¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

Las profesoras. Podíamos llevarnos a casa un libro —imagino que era así en todos los colegios— un día a la semana y devolverlo a la siguiente o a las dos semanas. Así descubrí a Michael Ende o a Roald Dahl, ya para siempre conmigo. Las lecturas de mi generación las nutrían las colecciones El Barco de Vapor y Alfaguara Juvenil. Los libros de aventuras clásicos los descubrí de veinteañera.

¿Leía a escondidas?

Nunca en clase, pero sí en la cama a escondidas. Así leí mi primer libro de un tirón, La princesa de los elfos, de Sally Scott. (Ya digo que El Barco de Vapor y Alfaguara Juvenil nutrían las lecturas de mi generación.)

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Mi padre fue socio por un tiempo del Círculo de Lectores sin ser especialmente lector, así que había en casa una bonita colección de clásicos y enciclopedias que decoraban un salón precioso, pero que nadie usaba. Tampoco mi madre era lectora; sin embargo, siempre se sintieron muy orgullosos de que mi hermana y yo sí lo fuéramos. Los libros fueron un regalo habitual en cuanto vieron que nos gustaba leer. Más que comprarlos, siempre fui una gran usuaria de bibliotecas (quizá por eso, a diferencia de mi marido, no soy fetichista de los libros; me encantaría deshacerme al menos de un tercio de los miles que tenemos).

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros?

Con cuatro o cinco años, cuando apenas empezaba a leer, mi abuelo me llevaba todas las semanas a comprar los coleccionables de El Libro Gordo de Petete. Él me daba la revista y se guardaba de inmediato otras hojas que a mí me parecían aburridísimas. Eran los cuadernillos que servían para integrar los verdaderos “libros gordos” después, con unas tapas de colores. Lo entendí cuando me los dio –llegó a juntar cinco: azul, verde, naranja, fucsia y amarillo–, a los nueve años, cuando me mudé con mis padres de Huelva a Aranjuez (rompiéndole un poco el corazón).

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Cualquiera de Isol, una maravilla que descubrí estando embarazada de mi primogénita y que mis hijos disfrutan como locos. Y La peor señora del mundo, de nuestro querido amigo Pancho Hinojosa, verdadero best-seller.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me enerva. El lo que llamo el síndrome de Dora la Exploradora: sacar de las historias para niños cualquier atisbo de conflicto. ¿Así se les prepara para la vida?

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

En el de mis hijos creo que sí, aunque no me preocupa mucho. El problema, al menos en México, no es tanto la lectura en los niños, que suelen ser grandes lectores, sino el “desenganche” del hábito cuando crecen.

 ¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

De una manera natural, creo yo. Desde bebés sintieron curiosidad por los libros y aprendieron a leer muy pronto. Nos ven leer, les leemos cuentos antes de dormir, les compramos libros. Es un artefacto familiar, en todos los sentidos, ja.

Sobre Yaiza Santos

Yaiza Santos (Huelva, 1978) es periodista y editora afincada en México. Ha publicado, entre otros medios, en Letras Libres, el diario ABC, Jot Down Magazine y El País Semanal.

Paseos por la laguna

No me gusta mucho andar, pero si voy con la cámara puedo estar todo el día. La laguna está divida en dos. Casi siempre doy el paseo por la parte más fea; hay más pájaros. En la otra hay una tonelería enorme y muchos más gatos. A lo mejor por eso no veo tantos pájaros allí. La orilla de enfrente de la tonelería da al campo y las dos veces que he pasado por allí he oído perdices. No sabía que eran perdices, pero me lo chivó mi madre.

Hoy había un cernícalo en la laguna. No hacía frío. Olía muy bien, primero a estiércol, un poco, y luego a la madera quemada de las duelas de la tonelería. El viento se fue levantando poco a poco; venía de allí. Un zampullín se acercó a la orilla sin asustarse enseguida. Oí ladrar a una garza que se levantó de entre los tarajes con mucho trabajo. Me pareció ver un avetorillo.

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Cualquier frase con la palabra taxidermista sirve de título para novela: El taxidermista de Gerona, La amiga del taxidermista, El club del taxidermista muerto. Hagan la prueba.

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Los cormoranes pasan como góndolas brillantes, con el ojo azul y el cachete amarillo reflejando la luz del sol.

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El pechiazul va pegando saltitos; se para, enfoco, salta otra vez. Se para, enfoco, salta otra vez. Por fin, lo tengo. El próximo día me acercaré un poco más.

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El martín pescador no se asoma por aquí hoy. Si supiera que doy el paseo por este lado de la laguna, mucho más feo que el otro, para ver si me encuentro con él…

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El zampullín.

A veces me paro y recojo un poco de basura. Siempre se me olvida llevar una bolsa, así que solo lo hago cuando estoy cerca de una papelera. Esto es más difícil de lo que parece porque faltan muchas. He descubierto algunas en el agua, entre los tarajes.

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El calamón se me escapa casi siempre. No desaparece en seguida, pero se va; como las ideas. Ayer por la tarde me enseñó el culo antes de desaparecer entre las cañas.

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El taxidermista del padre de mi amiga Ximena dice que los bichos de la urraca no tienen por qué ser culpa de la taxidermista que lo disecó. Que Simón hizo muy bien en quitárselos todos y en meter a la urraca en la bolsa con el antipolillas. Que a pesar de eso (y aunque la metamos en un congelador), si hay algún huevo dentro de la urraca sin eclosionar, no servirá de nada. Los bichos saldrán y le fastidiarán las plumas y será el fin. Pero a lo mejor no tiene ningún huevo dentro y entonces podré seguir disfrutando de ella.

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 Ya tengo un panda planner. Se me ha deshecho el nudo en el estómago.

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He hecho carpetas para las fotos de pájaros; así me cuesta menos borrar y llevo mejor la cuenta. Cuando tengo una foto muy buena, borro la anterior.

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*La foto de la cabecera es de un cormorán. Ayer vi a uno tragándose un pescado. 

Cuestionario Nido de ratones: Marta Higueras

 ¿Cuál era su libro favorito de niña?

El cantar de los Nibelungos, de Richard Wagner. Era un álbum muy antiguo de mi abuela. Recuerdo que estaba escrito en alemán y que esperaba a que mi abuela me lo leyera mientras me enseñaba sus fabulosas ilustraciones.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

La colección de libros de pequeño oso y pequeño tigre. Sapo y Sepo. También Elmer.

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 ¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

Había muchos libros en casa, yo los elegía. Mi abuela y mi madre me contaban muchos. En cuanto tenía algo de propina me compraba cómics.

¿Leía a escondidas?

Sí, todos los días! Bajo las sábanas, en el baño, andando por la calle, en el coche mareada….

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Tenía mis libros en casa. Leía también de la biblioteca de mis padres y de mis abuelos que vivían cerca y eran grandes lectores; se dedicaban al mundo del libro; eran traductores y autores de diccionarios y enciclopedias.

A la biblioteca no solía ir casi nunca y eso me da pena reconocerlo, pero creo que nunca lo necesité.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros?

Una vez que iba leyendo por la calle… me di un buen golpe contra una farola.

Otra anécdota… yo escribía y encuadernaba mis propios libros.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

El principito, La historia interminable, Peter Pan.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me parece bien. El caso es que los niños lean. Que no atraigan libros por su lenguaje, que tampoco llegan a ser clásicos pero que ya son un poco “antiguos”, creo que es una lástima.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Creo que los niños deben leer en el colegio, pero muchos profes no son capaces de entusiasmar. Incluso a veces ni se leen ellos mismos los libros que recomiendan. Y además recomiendan a todos el mismo, lo que implica que ni conocen el gusto lector de sus alumnos. Debería existir la figura del bibliotecario escolar y que ellos fueran los que realizaran actividades lectoras.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Les leía todas las noches en la cama, lo que ellos querían y cuantas veces querían. Poniendo distintos finales, actuando con la voz, dejando que ellos inventaran también partes de la historia… haciéndoles partícipes de ese momento mágico. La lectura se mezclaba con la canción, con sus confidencias, con el rezo y el achuchón final del día. Creo que el recuerdo de la lectura no es algo independiente sino que forma parte del momento más cálido del día, más íntimo y maternal de tu infancia, como a mí misma me pasa.

Cuando fueron creciendo, su lectura era muy personal, nunca forzada, pero siempre orientada, porque yo había leído el libro y sabía qué le podía gustar.

En sus cuartos siempre hubo muchísimos libros que iban cambiando según crecían. Y ellos fueron comprando y eligiendo cosas que yo no hubiera elegido… pero es así.

Y ahora… ahora apenas leen. También es así.

Pero volverán. Y sobre todo, sé que leerán a sus hijos, con el mismo amor y entusiasmo con el que yo les leía.

Sobre Marta Higueras

Marta trabajó durante 21 años en el Grupo Santillana, 12 de ellos como la editora responsable de la línea de prescripción de Alfaguara Infantil y Juvenil. Está especializada en entornos digitales aplicados al mundo editorial y desde hace cinco años dirige una empresa de servicios editoriales, Enlaceditor. 

Además, es mi agente. Gracias a ella, Tinta encontró editor.

 

 

Me iba a Sicilia ahora mismo (bueno, el 1 de mayo)

José Luis de la Cuesta tiene un poema en el que habla de la cantidad de chorradas que se ahorra porque no tiene dinero para hacerlas. Es un enfoque que me encanta: consuela y asiento vigorosamente cuando lo leo, porque me permite ser virtuosa sin hacer ningún esfuerzo.

Pero aunque me guste mucho el poema, también me gustaría hacer un montón de cosas para las que no tengo dinero. Y hay una, concretamente, que a lo mejor hasta a José Luis le parecería una buena idea, y se deprimiría un poco conmigo por tener que quedarse en tierra. Porque lo que yo más querría ahora mismo es que me tocase un poco la lotería para irme a Sicilia a echar unos días en la escuela de cocina de Anna Tasca Lanza, que ahora lleva su hija Fabrizia.

Mi amiga Ximena ha estado dos veces: una invitada como bloguera de pro (su blog de cocina ilustrado es una joyita) y otra el año pasado, cuando estuvo por allí Maira Kalman. Porque Fabrizia lleva de vez en cuando a alguien interesante y puntero en lo suyo, y así el curso de cocina se entremezcla con otros de fotografía, escritura, dibujo… Este año le toca a Ximena, que va por tercera vez la muy suertuda, encargada del curso “The pleasures of sketching”.

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Cinco días de excursiones, paseos, picnics y ratos de dolce far niente en Casa Vecchie, una finca ideal en las viñas de Regaleali. Cinco días para salir al huerto con Fabrizia a coger hinojo o limones para las ensaladas, dibujar un poco debajo de un árbol, aprender a cocinar platos tradicionales sicilianos, echarse unas siestas al solecito, pasearse por las viñas, ir a ver cómo el pastor hace una ricotta tan buena que se te saltan las lágrimas, echar otro rato de dibujo y de charla, aprender con Fabrizia sobre la alta cocina de los palacios palermitanos, ya perdida…

Eso haría yo ahora si tuviera pasta. Como no tengo, se lo cuento a ustedes, por si acaso alguno sí que la tiene y le apetece pasarse unos días en Sicilia cocinando y dibujando de la mano de dos cracks de lo suyo, Fabrizia y Ximena.

 

Cuestionario Nido de ratones: Gregorio Luri

¿Cuál era su libro favorito de niño?

La isla del tesoro y aún sigue siendo uno de mis libros favoritos.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Creo que podría recordar la mayoría de las ilustraciones de mi libro escolar, La enciclopedia Álvarez. ¡Cuánto tiempo dedicábamos los niños de mi generación –los años sesenta del siglo pasado- a contemplar las ilustraciones! Entonces las llamábamos “santos”. De hecho, para nosotros había dos clases de libros, los que tenían santos y los que no nos interesaban. Por eso nos fascinaban los tebeos.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Nadie.

¿Leía a escondidas? 

Sí, pero a partir de los doce o trece años, cuando mi familia me ingresó en un internado. Leía en la cama a escondidas, con una linterna, y en algunos escondites. Pero mi lugar preferido era la cumbrera del tejado. Muchos años después pasé por allí y descubrí que aquella era una actividad realmente peligrosa. Es la primera vez que cuento esto y espero que no lo lean mis nietos. ¿Pero el niño que no ha retado al peligro alguna vez a escondidas de los adultos, ha tenido infancia?

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

El primer libro me lo compré cuando tenía 14 años… no era precisamente un clásico… pero a finales de los 60, el adolescente que no había leído a Martín Vigil no era nadie.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

En casa éramos tan pobres que sólo había un libro y se guardaba como un objeto sagrado, en el armario de las sábanas nuevas. No hace mucho pagué una fortuna por un ejemplar en una librería de viejo de Barcelona. Ahora sé que es una joya pedagógica. Se trata de El libro de España, editado en 1928 siguiendo el modelo de Le Tour de la France par deux enfants, de la editorial marista FTD. Si autor era fray Justo Pérez de Urbel. El texto está repleto de “santos” ante los que me extasiaba mucho antes de saber leer.

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¿Qué tres libros para niños recomendaría?

No recomendaría ningún título en concreto, pero sí algunos criterios. Creo que un buen libro de literatura (y no meramente de entretenimiento) infantil no debe tener fobia ni a las subordinadas, ni a las descripciones, ni al vocabulario.

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Es propio de la cursilería de nuestros tiempos, pero la corrección política y la literatura no tienen nada en común. La corrección política es a la literatura lo que el chiclé a la gastronomía. Es un instrumento de adoctrinamiento ideológico que no acepta ninguna realidad que pueda poner en cuestión determinados prejuicios. Recientemente tuve ocasión de leer un cuento en el que Blancanieves conoce a un chico que trabaja en una ONG, van juntos al bosque a recoger setas y avistar aves y comen bocadillos de tortilla.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Estoy convencido de que nos falta una didáctica seria de la literatura infantil y juvenil que se tome a la literatura, y no meramente a la lectura, en serio. Nuestros niños leen mucho, pero con un mero afán de entretenimiento y si se trata de entretenerse, no tardan en descubrir que hay otros entretenimientos más dinámicos. Por esto a los once años abandonan masivamente la lectura, especialmente los niños, lo cual nos lleva a otra cuestión políticamente incorrecta: ¿Les ofrecemos a nuestros adolescentes –insisto: a ellos- modelos literarios con los que puedan identificarse sin ruborizarse?

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Mis hijos están casados y tienen sus propios hijos. Yo intento contarles a mis nietos historias que me gusta inventarme. Les gustan mucho las que tienen que ver con mis viajes interestelares a mundos imposibles; las que vivo con mi amigo el Conde de Herzegovina; aquellas en las que me otorgo (seguro que Karl May no se opondría) el papel de Old Shatterhand, el amigo del apache mescalero Winnetou y las que tienen por protagonista a su abuela, pero estas han de quedar recluidas en el ámbito estrictamente familiar.

Sobre Gregorio Luri

Nacido en Azagra (Navarra) en 1955 y residente en El Masnou (Barcelona). Casado, padre de dos hijos y abuelo de dos nietos. Maestro, pedagogo, filósofo. 

Y yo (Paula) añado que tiene un blog, El café de Ocata, muy recomendable.

De vuelta

Mi urraca tiene gusanos. Simón me regaló una urraca disecada en Navidad. Anoche le vi unos bichitos blancos, pequeños, recorriéndole la cabeza. Simón le quitó 30 gusanos en media hora con una liendrera. Qué asco. Pobre urraca. Mi padre me dice que eso nos pasa por comprar cosas por internet. Y por no disecar nosotros mismos la urraca. En fin.

***

Ya he visto al martín pescador posado dos veces. Es un pájaro pequeño, cabezón. Siempre me sorprende el pico: lo tiene más corto de lo que yo me creo. En cuanto se descuide, le hago una foto.

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Ahora me pongo las botas de goretex para darle la vuelta al lago. La hierba está mojada y como me salgo de la calzada para buscar pájaros, se me mojan los pies. Parecía una buena opción, lo de las botas de goretex. Resulta que las botas están mal y los pies se me mojan de todos modos. Antes eran feas, pero útiles. Vaya.

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Ya tenemos billetes de ida para Suecia.

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Simón se ha buscado un Panda Planner y ya no hay quien lo pare. Se mete en la cama por las noches con su agenda tamaño A4 llena de buenas intenciones y de tarea. Me dijo que yo debía hacerme con una y le amenacé con el divorcio si me la regalaba. Ahora me da envidia y quiero una pero ya no me la quiere regalar. He entrado en un bucle y no me hago listas en papeles normales porque quiero mi agenda.

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He trincado al buitrón. Qué pajarillo tan lindo. Se estuvo muy quieto y yo le iba haciendo fotos y acercándome, haciendo fotos y acercándome hasta que llegó un mosquitero y lo echó de su ramita.

Lo de la foto de cabecera es un buitrón. Me recuerda muchísimo a mi suegra.

Cuestionario Nido de ratones: Rafa Latorre

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Es una pregunta difícil porque uno es niño durante varios años y los gustos van cambiando. Me encantaban las series de El Pequeño Nicolás y El Pequeño Vampiro. Recuerdo que me gustó mucho la primera de Fray Perico y no tanto las siguientes. Hay un libro del que sólo recuerdo el título y que me había entretenido muchísimo: El bandolero Hupsika.

Y el colegio me descubrió un libro entrañable en gallego: Memorias dun neno labrego. Su comienzo se me grabó para siempre: “Eu son Balbino. Un rapaz da aldea. Coma quen dis, un ninguén”. Yo creo ese comienzo es el “Call me Ishmael” de los gallegos.

 ¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Todavía tengo en casa una edición infantil de Moby Dick  ilustrada por Chiqui de la Fuente. Años después de haber abierto por primera vez esa historieta Moby Dick se convirtió en mi libro favorito y en una especie de obsesión.

Por supuesto disfrutaba como un loco con Mortadelo y Filemón. Tanto que me volví un talibán. No quería leer otro tebeo. Odiaba a Zipi y Zape, Rompetechos me parecía absurdo, el Botones Sacarino me aburría. Y lo que más odiaba eran aquellos sucedáneos de Mortadelo que no eran obra de Ibáñez y que Bruguera (ya Ediciones B en mi caso) te colocaba como relleno entre maravillas como El sulfato atómico y Chapeau el esmirriau.

De mi talibanismo comiquero sólo me curó el descubrimiento, ya adolescente, de Tintín.

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¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Mi padre, sin duda. Nadie ha hecho más por convertirme en un lector. Su método es la insistencia. Cuando considera que un libro merece la pena se pone tan pesado que no tengo otro remedio que leerlo. Y casi siempre acierta. Tiene un gusto curioso pero muy fino. Es el tío más heterodoxo que conozco. Mucho más que yo, desde luego.

Él me recomendó La siete columnas de Wenceslao Fernández Flórez, El vizconde demediado de Calvino, Un mundo feliz, 1984, Crónicas marcianas… Creo que los libros que más he disfrutado son los que me ha recomendado mi padre.

¿Leía a escondidas?

Me leí todo Crimen y Castigo mientras el padre Merayo dictaba apuntes de Filosofía. Utilicé otras asignaturas para leer lo que nos recomendaba la profesora de Literatura, a la que llamábamos ‘La Zamorano’ por su parecido, quizás sólo en nuestra malvada imaginación, con aquel delantero chileno del Real Madrid. Una gran persona y una excelente profesora. Fíjate hasta qué punto: en su clase nos portábamos fatal y un día, ya harta, nos quiso imponer un castigo. Nos dijo que durante ese curso ya no leeríamos a Shakespeare (creo que Romeo y Julieta) como las otras clases, que con ella no se juega y que nos íbamos a enterar. Esa ingenuidad tan maravillosa sólo puede venir de una buena persona y de una buena lectora.

En mi casa no era necesario esconderse para leer pero pasé algunas noches en vela y seguro que mis padres no lo habrían aprobado si lo hubieran sabido. Me ocurrió con 1984 de Orwell y con La máquina del tiempo de HG Wells. Tendría unos 14 o 15 años. No me he vuelto a enganchar así a la lectura.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Yo crecí rodeado de libros. Mis padres son grandes lectores y también mis abuelos lo fueron. Era muy raro que recomendaran algún libro en la escuela y no lo encontrara por ahí.

Con los años me hice comprador compulsivo de libros y ya he llegado a ese estado de adicto resignado que sabe que compra libros que jamás leerá.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Recuerdo que con 12 años empecé a escribir una novela picaresca claramente inspirada en el Lazarillo. Menos mal que se ha perdido porque yo la recuerdo buenísima y sería terrible que se confirmara mi creciente sospecha de que en realidad era horrenda.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Hay dos que recomendaría seguro. Pero no sé si son exactamente libros para niños porque tenemos una visión algo distorsionada de ellos. El primero es Alicia en el País de las Maravillas. Es una genialidad. No me atrevería a releer ninguno de los libros que me marcaron de niño, excepto éste y mi segunda recomendación: Peter Pan. Es una historia divertida sobre el valor y la amistad, que es al fin y al cabo de lo que tienen que hablar los libros para niños. Tiene uno de los finales más tristes, más aterradoramente melancólicos, de cuantos haya leído. Pero no todo lo que leen los niños ha de ser feliz. No debe.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

No me gusta. Creo que esas lecturas deben acompañarse de notas y probablemente de la guía de un adulto pero no deben ser adulteradas. Uno de los valores de la literatura es el testimonio que ofrecen de un tiempo y de un lugar. Los niños también deben aprender que el mundo ha evolucionado, casi siempre para mejor.

Lo que quizás habría que revisar es el catálogo de libros de lectura obligatoria en las escuelas. Pero no porque La Celestina, pongamos por caso, sea políticamente incorrecta sino porque a determinadas edades puede resultar disuasoria.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Creo que desviamos responsabilidades cuando achacamos al sistema educativo la falta de lectura de los jóvenes. El fomento de la lectura comienza en casa. Los libros ejercen sobre los niños una especie de condicionamiento pasivo. Basta con haya libros en casa y con que vean a sus padres manejarlos o hablar de ellos para que los niños los respeten. No sabría explicarlo mejor.

No sé cómo está planteado el fomento de la lectura en los colegios. Pero intuyo que para despertar la pasión por la lectura en los alumnos sobre todo hacen falta profesores apasionados por ella. El magisterio de un buen lector es el verdadero generador de lectores.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

No tengo hijos pero sí sobrinos y una ahijada a los que regaló muchos libros. Todos han salido grandes lectores. Seguro que no es por mi culpa pero me gusta pensar que algo he contribuido a ello.

Sobre Rafa Latorre

Rafael Latorre es de Pontevedra y sus opiniones son ambiguas. En una exhibición impúdica de galeguidade no se ha decantado por ningún medio y trabaja en la prensa, la radio y la televisión. Como aquí ha venido a hablar de libros, cree conveniente revelar un secreto: le habría gustado formar parte de la tripulación del Pequod, aun conociendo su fatal destino, pero se conforma con lo presente.