Cuestionario Nido de ratones: Juan Antonio Masoliver

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Los cuentos de hadas.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Los de la editorial Araluce.

LOS DE JUAN ANTONIO MASOLIVER

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Mi padre, mis hermanos y mi curiosidad

¿Leía a escondidas?

En la cama, no cuando había apagado la luz, porque entonces no podría leer, sino cuando las habían apagado mis padres. Y en la hora de la maldita siesta.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

En El Masnou había dos bibliotecas, la municipal y la del ayuntamiento. Frecuentaba las dos, con mis hermanos. Me fascinaban las bibliotecarias: ¡eran otros tiempos! En casa había libros para todas las edades. Y cuando fui a vivir a Barcelona, a los nueve años, la biblioteca de mi tío el humanista Juan Ramón Masoliver era mi refugio.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

No. Sólo que estaba convencido de que lo que leía era todo verdad, y envidiaba a los protagonistas de los libros.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

¿Sólo tres libros? Y depende de la edad. Tres libros que me marcaron, además, de los pasajes del Quijote y de la Biblia, fueron Robinson Crusoe, las Mil y una noches y Heidi.

LOS TRES DE JUAN ANTONIO MASOLIVER

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

No hay que retocar nada. Los niños leen siempre limpiamente. Lo políticamente correcto puede llevar a la intransigencia y al puritanismo.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Hace décadas que no voy al colegio. Yo tuve mucha suerte tanto en la academia del Masnou como en los Escolapios de Barcelona: junto con mis padres y hermanos, me estimularon el placer de la lectura. Por alguno de mis sobrinos, he podido ver que la literatura se enseña bastante mal, llena de tópicos y sin pasión por parte de los profesores. Pero no se debe generalizar. Alguna razón debe haber para que en este país se lea tan poco. Y no se trata sólo de leer, sino de enseñar a leer.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Si en la casa hay ambiente de lectura, los niños leen. No necesitan consejos. De pequeños les improvisaba un cuento, para que se familiarizasen con la oralidad. Y luego les leía y poco a poco leíamos el comic Richie Rich o Tintin. Luego ya no me necesitaba y hay que decir que en las escuelas inglesas (mis hijos son ingleses) se les estimula a leer desde muy pequeños.

Sobre Juan Antonio Masoliver

Nació en Barcelona en 1939. Catedrático hasta su jubilación en la Universidad de Westminster de Londres. Vivió dos años en Dublín y casi cuarenta en Londres. Ha pasado largas temporadas en Italia (Garda sul Lago y Lucca). Poeta, narrador, traductor y crítico literario de La Vanguardia de Barcelona. Su novela más reciente: La inocencia lesionada (Anagrama, 2016)

La acampada

Caminan a buen paso pero tranquilos. Hace una noche fresca, despejada; no hay prisa. Simón mira hacia arriba. Las estrellas se ven muy bien entre las copas de los árboles; todavía no ha salido la luna. Se oye un cárabo a lo lejos. Pincho camina a su lado sin despegarse. A veces se detiene y pone las orejas muy tiesas. Simón lo anima “Venga, Pincho, vamos”.

Monta la tienda en un parche de suelo llano, sin raíces ni piedras. Pincho esquiva los vientos con agilidad; va de aquí para allá siguiendo a Simón. A veces coge una piqueta, la deja a sus pies y le empuja con el hocico en el hueco de la rodilla. Si está agachado, clavando otra piqueta, le mete el hocico por debajo del brazo y pone la nariz helada en su mejilla. Cuando Simón la coge por fin, menea el rabo con aire de misión cumplida y va a por la siguiente.

Pone un poco de agua en un cuenco y coloca un saquito de pienso para Pincho. Aún con la hoguera, hace frío, así que dobla la esterilla y se sienta encima, con medio cuerpo dentro del saco. Abre una lata de sardinas y se la come con un trozo de pan. Pincho dormita, enroscado junto a él. De pronto, oye algo y empieza a gruñir suavito. Simón enfoca el frontal hacia los arbustos; allí está otra vez. El zorro los mira muy atento, la cabeza gacha. Simón levanta la vista hacia la bolsa de comida que colgó en una rama alta y sonríe. “Hoy no me dejas sin desayuno.” Acaricia a Pincho y coge su libro. Le gusta este zorro, pero no tanto que le roben la comida.

* La ilustración de la cabecera es de David Rollyn. El texto es la continuación de este cuento.

El nido

Es tarde y entra poca luz en el bosque. Simón deja la bici junto a un lentisco y corre sobre el suelo acolchado de pinocha. Acaba de salir del colegio y tiene hambre, pero si para a merendar en su casa, se irá el sol y no verá nada. Así que hoy no hay bocadillo, ni vaso de leche. Trepa un poco por unos riscos y se sienta a observar. Arriba, en la copa de un pino carrasco, lo ve: el nido de cuervo. Lo descubrió hace unas semanas, y desde entonces viene cada vez que tiene un rato. Los viernes por la tarde es lo primero que hace cuando sale del colegio: se cuelga la mochila y pedalea por el carril hasta la linde del bosque. Ha pensado todas las maneras posibles de llegar hasta el nido, pero aún no ha dado con una que le convenza.

El sol se pone y Simón siente algo de frío allí sentado, quieto. Se levanta sin mucha prisa y vuelve a su casa despacio. Las luces están encendidas y huele a chimenea. Oye a Pincho ladrando y a su madre mandándolo callar. “Sí, sí, Pincho, es Simón, calla ya… Qué perro más pesado…” Simón sonríe.

* La ilustración de la cabecera pertenece al libro Un árbol es hermoso, de Janice May Udry. Es de Marc Simont. El texto es el principio de un cuento.

 

Cuestionario Nido de ratones: Yaiza Santos

¿Cuál era su libro favorito de niña?

Los hijos del vidriero, de Maria Gripe. Lo leí unas cuatro veces. En mi memoria es triste y profundo. Aún recuerdo el epígrafe: “Quien no conoce su destino puede vivir despreocupado”.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

El Quijote en seis tomos de Ediciones Naranco que vinieron a vender a mi guardería cuando yo tenía cuatro años (¿a quién se le ocurre, pienso, cuando apenas aprendíamos el abecedario?) Me lo compró mi abuelo y aún lo conservo.

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¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

Las profesoras. Podíamos llevarnos a casa un libro —imagino que era así en todos los colegios— un día a la semana y devolverlo a la siguiente o a las dos semanas. Así descubrí a Michael Ende o a Roald Dahl, ya para siempre conmigo. Las lecturas de mi generación las nutrían las colecciones El Barco de Vapor y Alfaguara Juvenil. Los libros de aventuras clásicos los descubrí de veinteañera.

¿Leía a escondidas?

Nunca en clase, pero sí en la cama a escondidas. Así leí mi primer libro de un tirón, La princesa de los elfos, de Sally Scott. (Ya digo que El Barco de Vapor y Alfaguara Juvenil nutrían las lecturas de mi generación.)

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Mi padre fue socio por un tiempo del Círculo de Lectores sin ser especialmente lector, así que había en casa una bonita colección de clásicos y enciclopedias que decoraban un salón precioso, pero que nadie usaba. Tampoco mi madre era lectora; sin embargo, siempre se sintieron muy orgullosos de que mi hermana y yo sí lo fuéramos. Los libros fueron un regalo habitual en cuanto vieron que nos gustaba leer. Más que comprarlos, siempre fui una gran usuaria de bibliotecas (quizá por eso, a diferencia de mi marido, no soy fetichista de los libros; me encantaría deshacerme al menos de un tercio de los miles que tenemos).

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros?

Con cuatro o cinco años, cuando apenas empezaba a leer, mi abuelo me llevaba todas las semanas a comprar los coleccionables de El Libro Gordo de Petete. Él me daba la revista y se guardaba de inmediato otras hojas que a mí me parecían aburridísimas. Eran los cuadernillos que servían para integrar los verdaderos “libros gordos” después, con unas tapas de colores. Lo entendí cuando me los dio –llegó a juntar cinco: azul, verde, naranja, fucsia y amarillo–, a los nueve años, cuando me mudé con mis padres de Huelva a Aranjuez (rompiéndole un poco el corazón).

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Cualquiera de Isol, una maravilla que descubrí estando embarazada de mi primogénita y que mis hijos disfrutan como locos. Y La peor señora del mundo, de nuestro querido amigo Pancho Hinojosa, verdadero best-seller.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me enerva. El lo que llamo el síndrome de Dora la Exploradora: sacar de las historias para niños cualquier atisbo de conflicto. ¿Así se les prepara para la vida?

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

En el de mis hijos creo que sí, aunque no me preocupa mucho. El problema, al menos en México, no es tanto la lectura en los niños, que suelen ser grandes lectores, sino el “desenganche” del hábito cuando crecen.

 ¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

De una manera natural, creo yo. Desde bebés sintieron curiosidad por los libros y aprendieron a leer muy pronto. Nos ven leer, les leemos cuentos antes de dormir, les compramos libros. Es un artefacto familiar, en todos los sentidos, ja.

Sobre Yaiza Santos

Yaiza Santos (Huelva, 1978) es periodista y editora afincada en México. Ha publicado, entre otros medios, en Letras Libres, el diario ABC, Jot Down Magazine y El País Semanal.

Paseos por la laguna

No me gusta mucho andar, pero si voy con la cámara puedo estar todo el día. La laguna está divida en dos. Casi siempre doy el paseo por la parte más fea; hay más pájaros. En la otra hay una tonelería enorme y muchos más gatos. A lo mejor por eso no veo tantos pájaros allí. La orilla de enfrente de la tonelería da al campo y las dos veces que he pasado por allí he oído perdices. No sabía que eran perdices, pero me lo chivó mi madre.

Hoy había un cernícalo en la laguna. No hacía frío. Olía muy bien, primero a estiércol, un poco, y luego a la madera quemada de las duelas de la tonelería. El viento se fue levantando poco a poco; venía de allí. Un zampullín se acercó a la orilla sin asustarse enseguida. Oí ladrar a una garza que se levantó de entre los tarajes con mucho trabajo. Me pareció ver un avetorillo.

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Cualquier frase con la palabra taxidermista sirve de título para novela: El taxidermista de Gerona, La amiga del taxidermista, El club del taxidermista muerto. Hagan la prueba.

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Los cormoranes pasan como góndolas brillantes, con el ojo azul y el cachete amarillo reflejando la luz del sol.

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El pechiazul va pegando saltitos; se para, enfoco, salta otra vez. Se para, enfoco, salta otra vez. Por fin, lo tengo. El próximo día me acercaré un poco más.

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El martín pescador no se asoma por aquí hoy. Si supiera que doy el paseo por este lado de la laguna, mucho más feo que el otro, para ver si me encuentro con él…

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El zampullín.

A veces me paro y recojo un poco de basura. Siempre se me olvida llevar una bolsa, así que solo lo hago cuando estoy cerca de una papelera. Esto es más difícil de lo que parece porque faltan muchas. He descubierto algunas en el agua, entre los tarajes.

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El calamón se me escapa casi siempre. No desaparece en seguida, pero se va; como las ideas. Ayer por la tarde me enseñó el culo antes de desaparecer entre las cañas.

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El taxidermista del padre de mi amiga Ximena dice que los bichos de la urraca no tienen por qué ser culpa de la taxidermista que lo disecó. Que Simón hizo muy bien en quitárselos todos y en meter a la urraca en la bolsa con el antipolillas. Que a pesar de eso (y aunque la metamos en un congelador), si hay algún huevo dentro de la urraca sin eclosionar, no servirá de nada. Los bichos saldrán y le fastidiarán las plumas y será el fin. Pero a lo mejor no tiene ningún huevo dentro y entonces podré seguir disfrutando de ella.

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 Ya tengo un panda planner. Se me ha deshecho el nudo en el estómago.

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He hecho carpetas para las fotos de pájaros; así me cuesta menos borrar y llevo mejor la cuenta. Cuando tengo una foto muy buena, borro la anterior.

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*La foto de la cabecera es de un cormorán. Ayer vi a uno tragándose un pescado. 

Cuestionario Nido de ratones: Marta Higueras

 ¿Cuál era su libro favorito de niña?

El cantar de los Nibelungos, de Richard Wagner. Era un álbum muy antiguo de mi abuela. Recuerdo que estaba escrito en alemán y que esperaba a que mi abuela me lo leyera mientras me enseñaba sus fabulosas ilustraciones.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

La colección de libros de pequeño oso y pequeño tigre. Sapo y Sepo. También Elmer.

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 ¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

Había muchos libros en casa, yo los elegía. Mi abuela y mi madre me contaban muchos. En cuanto tenía algo de propina me compraba cómics.

¿Leía a escondidas?

Sí, todos los días! Bajo las sábanas, en el baño, andando por la calle, en el coche mareada….

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Tenía mis libros en casa. Leía también de la biblioteca de mis padres y de mis abuelos que vivían cerca y eran grandes lectores; se dedicaban al mundo del libro; eran traductores y autores de diccionarios y enciclopedias.

A la biblioteca no solía ir casi nunca y eso me da pena reconocerlo, pero creo que nunca lo necesité.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros?

Una vez que iba leyendo por la calle… me di un buen golpe contra una farola.

Otra anécdota… yo escribía y encuadernaba mis propios libros.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

El principito, La historia interminable, Peter Pan.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me parece bien. El caso es que los niños lean. Que no atraigan libros por su lenguaje, que tampoco llegan a ser clásicos pero que ya son un poco “antiguos”, creo que es una lástima.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Creo que los niños deben leer en el colegio, pero muchos profes no son capaces de entusiasmar. Incluso a veces ni se leen ellos mismos los libros que recomiendan. Y además recomiendan a todos el mismo, lo que implica que ni conocen el gusto lector de sus alumnos. Debería existir la figura del bibliotecario escolar y que ellos fueran los que realizaran actividades lectoras.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Les leía todas las noches en la cama, lo que ellos querían y cuantas veces querían. Poniendo distintos finales, actuando con la voz, dejando que ellos inventaran también partes de la historia… haciéndoles partícipes de ese momento mágico. La lectura se mezclaba con la canción, con sus confidencias, con el rezo y el achuchón final del día. Creo que el recuerdo de la lectura no es algo independiente sino que forma parte del momento más cálido del día, más íntimo y maternal de tu infancia, como a mí misma me pasa.

Cuando fueron creciendo, su lectura era muy personal, nunca forzada, pero siempre orientada, porque yo había leído el libro y sabía qué le podía gustar.

En sus cuartos siempre hubo muchísimos libros que iban cambiando según crecían. Y ellos fueron comprando y eligiendo cosas que yo no hubiera elegido… pero es así.

Y ahora… ahora apenas leen. También es así.

Pero volverán. Y sobre todo, sé que leerán a sus hijos, con el mismo amor y entusiasmo con el que yo les leía.

Sobre Marta Higueras

Marta trabajó durante 21 años en el Grupo Santillana, 12 de ellos como la editora responsable de la línea de prescripción de Alfaguara Infantil y Juvenil. Está especializada en entornos digitales aplicados al mundo editorial y desde hace cinco años dirige una empresa de servicios editoriales, Enlaceditor. 

Además, es mi agente. Gracias a ella, Tinta encontró editor.

 

 

Me iba a Sicilia ahora mismo (bueno, el 1 de mayo)

José Luis de la Cuesta tiene un poema en el que habla de la cantidad de chorradas que se ahorra porque no tiene dinero para hacerlas. Es un enfoque que me encanta: consuela y asiento vigorosamente cuando lo leo, porque me permite ser virtuosa sin hacer ningún esfuerzo.

Pero aunque me guste mucho el poema, también me gustaría hacer un montón de cosas para las que no tengo dinero. Y hay una, concretamente, que a lo mejor hasta a José Luis le parecería una buena idea, y se deprimiría un poco conmigo por tener que quedarse en tierra. Porque lo que yo más querría ahora mismo es que me tocase un poco la lotería para irme a Sicilia a echar unos días en la escuela de cocina de Anna Tasca Lanza, que ahora lleva su hija Fabrizia.

Mi amiga Ximena ha estado dos veces: una invitada como bloguera de pro (su blog de cocina ilustrado es una joyita) y otra el año pasado, cuando estuvo por allí Maira Kalman. Porque Fabrizia lleva de vez en cuando a alguien interesante y puntero en lo suyo, y así el curso de cocina se entremezcla con otros de fotografía, escritura, dibujo… Este año le toca a Ximena, que va por tercera vez la muy suertuda, encargada del curso “The pleasures of sketching”.

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Cinco días de excursiones, paseos, picnics y ratos de dolce far niente en Casa Vecchie, una finca ideal en las viñas de Regaleali. Cinco días para salir al huerto con Fabrizia a coger hinojo o limones para las ensaladas, dibujar un poco debajo de un árbol, aprender a cocinar platos tradicionales sicilianos, echarse unas siestas al solecito, pasearse por las viñas, ir a ver cómo el pastor hace una ricotta tan buena que se te saltan las lágrimas, echar otro rato de dibujo y de charla, aprender con Fabrizia sobre la alta cocina de los palacios palermitanos, ya perdida…

Eso haría yo ahora si tuviera pasta. Como no tengo, se lo cuento a ustedes, por si acaso alguno sí que la tiene y le apetece pasarse unos días en Sicilia cocinando y dibujando de la mano de dos cracks de lo suyo, Fabrizia y Ximena.