Lucas, Violeta y los estorninos

Ayer fuimos a la librería Agrícola. Yo me llevé un póster de pajarillos del bosque, Lucas escogió uno de mariposas (diurnas y nocturnas) y Violeta uno de anfibios.

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Por las tardes, antes de que se ponga el sol, llega la hora de los estorninos. El otro día subimos a la azotea los cuatro. Violeta se sentó en una silla y dibujó uno de los pinos carrascos de la avenida sobre los que se echan cada noche. Lucas miraba las bandadas de estorninos con cara de felicidad y mi chaqueta vaquera puesta. Ha empezado a refrescar.

(Esto es de hace un mes, obviamente. La chaqueta vaquera está ya con la ropa de verano.)

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Los despertamos y el cielo está rosa y azulón. Los estorninos se están levantando y hay una bandada especialmente grande esta mañana. Lucas quiere verlo. Le recuerdo como cuando tenía cinco años me decía “No me interesan los pájaros” y no se lo quiere creer. Pero yo me acuerdo muy bien. Le encanta decirme lo poco que le gustan las cosas que me gustan a mí, aunque luego le acaban gustando a él también…

Me alegro de que le cueste creerme. Tanto le gustan ahora los pájaros.

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Le digo a Violeta que se levante a ver la luna. Ya no está llena, llena, pero brilla al amanecer. Me hace caso y de pronto vemos como un bandada de estorninos detrás de otra vienen hacia nosotras y se desvían de nuestra ventana en el último momento. Qué espectáculo.

 

 

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Cuestionario Nido de ratones: Blanca Establés

Esta semana, la editora Blanca Establés: “Fui una niña completamente mimada con la lectura. Aprendí a leer desde muy pequeña y no había nada que me gustara más, así que siempre estuve rodeada de libros. Que yo recuerde, nunca me dijeron no a comprarme un libro, por lo que vivía sepultada por ellos. Vengo de familia lectora, con buenas bibliotecas y extremadamente generosa a la hora de prestar libros: lo más parecido a una barra libre.”

¿Alien? No, mantis.

Tenemos la mala costumbre de traernos a casa puestas de bichos desconocidos. Eso sí, una vez que eclosionan los huevos, se nos queda grabada a fuego su identificación: lecciones prácticas de biología al alcance de cualquiera.

La primera vez fue hace un par de años. Violeta arrancó de debajo de la mesa del jardín una especie de media nuez de barro. En la base lisa que estaba en contacto con la madera se veía el cuerpo seco y sin vida de una avispa. No se nos ocurrió pensar que igual dentro quedaban larvas vivas. Estuvo rodando por casa un tiempo hasta que un día descubrimos un par de agujeritos en el barro y sendos montoncitos de arenilla sobre la mesa. Nunca supimos dónde acabaron.

Hace un par de semanas nos trajimos a Tinta y a Teka a dormir a casa, con sus cojines incluidos. Cuando moví el de Teka, salió rodando una especie de bellota de barro con la punta rota. Estaba rodeada de cascaritas de bichos. Por supuesto, eran las 11 de la noche, una hora buenísima. En cuanto Simón cogió la cápsula (lo sé, os sorprende muchísimo que no fuera yo), empezó a temblar en su mano. Cuando la abrió, allí estaba la avispa alfarera, nueva y brillante, preciosa. Siento decir que tuvo una vida muy corta, porque Simón es alérgico a las avispas y la norma general es que en el campo no se matan, pero si se cuelan en casa, sí. Ayer encontré otra capsulita igual. ¿Dejarían sus puestas por casa las que llegaron en la media nuez?

 

 

Ayer, buscando una caja para unos tornillos mientras ordenábamos las herramientas, encontré una transparente de esas que están divididas en compartimentos. Era de los niños y tenía dentro algunos minerales, una piedra volcánica y, sorpresa, sorpresa, otra puesta de sabe Dios qué criatura. Menos mal que estaba cerrada y los bichos habían muerto todos hacía tiempo. Al principio no sabíamos de qué nos habíamos librado exactamente, pero mirando con más detenimiento Simón logró distinguir entre el amasijo de ojos negros y patitas afiladas los cuerpos minúsculos y dorados de cientos de mantis religiosas. Pero no hay que alarmarse: en la página de wikipedia dice que la mayoría no sobreviven porque entre ellos impera “el canibalismo juvenil”, de modo que si la caja hubiese estado abierta quizá solo nos habríamos encontrado con cincuenta o cien santa teresas rondando por el piso.

Y el otro día cuando fuimos a ver Alien: Covenant nos parecían tontas perdidas las dos que dejaron entrar en la nave al que iba escupiendo petróleo…

Violeta no para

Le he abierto una cuenta de Instagram a Violeta. Cada vez que me encuentro un dibujo suyo rodando por la casa, le hago una foto y lo cuelgo. Sabe que existe pero no le da mucha importancia. Le gusta ver sus dibujos ahí, todos juntos, y que me tome el interés de hacerle una foto a sus cosas. No le he dicho que existen los likes ni le cuento los comentarios que le dejan. Ella dibuja porque sí, sin pensar en mucho. Siente la necesidad de hacer cosas y las hace sin más.

 

El camaleón

Ayer se nos cruzó un camaleón por la carretera en Puerto Sherry; hacía cinco años que no veíamos uno. Caminaba con mucha determinación y unos movimientos que recordaban a los de los AT-AT de El retorno del Jedi. Iba en la dirección incorrecta (a no ser que pretendiese darse un baño o acabar con su vida). Simón lo cogió con mucho cuidado… y no le gustó nada. Intentó morderle y por un momento consiguió librarse y lanzarse de nuevo al asfalto, pero lo volvimos a trincar. Le hice una foto dándole repetidas instrucciones a Simón de que lo sujetase bien (como si el pobre camaleón se fuese a lanzar a mis brazos) y lo dejamos en una adelfa de flores rosas que había en el lado correcto de la carretera. (Creo que a estas alturas ya no hace falta que explique que el que lo volvió a trincar y lo dejó en la adelfa fue Simón, ¿no?)

 

Historias suecas 4

La última etapa de nuestro viaje es en el archipiélago sueco, en una isla que se llama Vättersö. A Vättersö se llega tras dos horas en barco desde Estocolmo. Por el camino pasamos un grupo de tres o cuatro islas plantadas con esqueletos de árboles llenos de cormoranes y sus nidos.

Una vez allí hay que cargarse las mochilas, coger un carrillo de manos, cargar en él las bolsas de la compra (en Vättersö no hay tiendas) y la maleta y caminar durante veinte minutos, según las instrucciones (mi amigo Cristian dice que estas son las cosas que nos gustan a nosotros: “¿Estáis en un sitio cómodo, con osos en el dormitorio, una fogata en vez de vitrocerámica y lanzas para cazar mamuts? Ya sabes, comodidades”).

Lucas va delante solo, con paso tranquilo, sin pausa. Feliz. Me recuerda a uno de esos dibujos de Sempé con los árboles enormes y el niño muy pequeñito debajo. Violeta saltimbanquea a nuestro alrededor. Por supuesto, nos perdemos nada más empezar (pero no lo sabemos). Después de una hora andando nos encontramos a un muchacho muy sonriente con un quad y un remolque que no se aclara muy bien con el mapa, nos dice que efectivamente nos equivocamos de camino al principio (pero no sabe decirnos dónde) y que no nos preocupemos, que él nos lleva en un momentito. Que noooo, nos dice que no nos preocupemos porque la isla es muy pequeña y seguro que llegamos en nada y sigue ruta con su quad y su remolque enorme y vacío. Tardamos una hora y media larga en encontrar el sitio. La madre que lo trajo.

 

 

La cabaña tiene dos habitaciones: una cocina sin agua corriente y un cuarto con una cama doble y un catre plegable para los niños. Los cristales de las ventanas son de vidrio soplado. Acentúan la sensación de calidez que dan las paredes blancas de madera al interior. Los muebles son muy bonitos, pero huelen a humedad por dentro, igual que las alfombras. Simón las saca y las deja fuera, enrolladas. Usamos la maleta como armario. Los niños se duermen, agotados. No han terminado de cenar, nadie se ha cepillado los dientes, de la ducha mejor ni hablamos. Llevan dando vueltas desde las 6 de la mañana (Siljansnäs, Uppsala, Estocolmo, Vättersö). Son las 12 de la noche.

Por la mañana temprano un trepador azul rasca el techo de la casita y se posa en la ventana que tenemos en frente de la cama. En la de la izquierda, tapada por un estor blanco que deja pasar la luz, se dibujan las sombras de las hojas de los árboles. Hasta aquí no llegan las máquinas de la industria maderera sueca, de modo que la cabaña está en medio de un bosque de robles, nogales y fresnos enormes que no se parece en nada a los bosques de árboles cerilla que crecen en gran parte del país.

Nos tomamos la llegada con mucha calma.

 

 

 

Historias suecas 3

Desde que llegamos a Suecia hemos ido a visitar la casa de Carl Larsson, la de Anders Zornla de Hilda Munthe y la de Carl Linnaeus. De la de Linneo lo que queríamos ver el era el jardín (claro). Me he dado cuenta de que las casas muy muy antiguas me dejan bastante fría. No me imagino la vida en ellas, se me hacen ajenas, como museos que no entiendo, y no las disfruto. Me gustan de finales del siglo XIX en adelante, creo. Visitamos solo la planta de abajo y me encantó el papel pintado de las paredes, claveteado a ellas, como se hacía entonces (por lo visto). De las otras tres, sin embargo, me chifló todo; además de las casas en sí, aprender que fueron contemporáneos y amigos entre ellos, sobre todo Karin Larsson y Emma Zorn.

La casa de Larsson

Ir a la de Larsson fue como volver a casa de un amigo. Las habitaciones las conocía bien (casi todas). En cambio, me sorprendió el tamaño que tenían, más pequeño de lo que imaginaba. Parece que pintaba con gran angular. En general, todo era más pequeño que ahora, imagino que es más fácil calentar un cuarto pequeño que uno grande, cuestión importante cuando fuera hace -25 ºC. Acogedora, con una luz preciosa y unas ventanas ideales, igual que en los cuadros.

FLOWERS ON THE WINDOWSILL.jpgEl cuarto de Flowers on the windowsill sigue igual, aunque las flores ahora son todas iguales, unos geranios de un rosa pálido preciosos. Me habría gustado llevarme unos esquejes (pero me contuve). Fue el que más le gustó a Violeta. El sillón de las coronas me recordaba a unos de mi abuela Blanca. El cuarto de juegos, con el telar donde tejía Karin Larsson. Los ganchos para colgar los abrigos en la escalera, en los escalones más altos los de Carl y Karin, en los más bajos los de sus hijos. Los suelos, las puertas. Las camas un poco claustrofóbicas para mí. Su biblioteca, tan importante para él, que no había tenido libros de pequeño.

Intenté leerme su autobiografía en las lecturas suecas de preparación del viaje, pero fui incapaz de pasar de su infancia. Qué farragoso, qué pesado. Ojalá una biografía sin tanta paja (seguramente la hay, no busqué mucho).

En el cuarto de invitados, la cama estaba encajada en la pared, como una especie de armario empotrado o de rincón secreto. En las puertas que lo cerraban, por dentro, estaban escritos los nombres de todos las personas que habían pasado por allí con una caligrafía preciosa. Reconocimos a Selma Lagerloff (su casa no la vimos por falta de tiempo, pero también estaba por la zona) y a Anders Zorn.

Fuera, en uno de los edificios del jardín de Larsson hay una fila de caballetes y una cesta llena de camisolas para que los niños pinten. Lucas y Violeta, encantados. Nos comemos un picnic en la mesa que hay bajo un sauce muy viejo. Creo que nunca he visto uno tan grande (Simón dice que él tampoco).

La casa de Zorn

No sabíamos nada de Zorn antes de ir a Suecia. Bueno, miento, Marine y Per nos insistieron mucho en que fuéramos a visitar su casa y su museo cuando los conocimos en casa de Ximena y José, en Évora. En su casa del lago nos lo recordaron, así que allá fuimos. Procuré no mirar nada de la web más que las direcciones para llegar y el horario.

Entramos en el museo ¡y qué maravilla! Me gustó todo en general, pero me quedé prendada de sus acuarelas. Y de repente, bicheando los cuadros, ¡nos encontramos con Cádiz, con Sevilla, con España! Qué sorpresa tan agradable.

Era contemporáneo de Sargent y de Sorolla. La guía dice que sería interesante que alguien hiciese una exposición de los tres, pero que es muy caro; leo en una noticia de El País de 1992 que ya había planes para hacer una entonces. Zorn pintó a tres presidentes estadounidenses y se puso muy de moda allí; por lo visto, hay familias americanas a las que pintaron los tres (Sargent, Sorolla y él). En cualquier caso, supo sacarle provecho a su fama y creo que aún siguen tirando de dinero suyo para mantener todo el tinglado de la casa y el museo (esto entendí, pero veo que pone dinero más gente).

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Morning bath. Zorn solía usar a tres hermanas como modelos y decía que lo que no tenía una, lo tenía la otra. Aquí están las tres.

La casa es chulísima. Se ve que fue un proyecto “de una sola vez”; Larsson fue añadiendo trozos a la suya a lo largo de los años, es más una casa “patchwork” (aunque me encanta también). Las habitaciones de invitados y el olor a madera me recuerdan (de nuevo) a la casa de mi abuela Blanca. Molaba bastante más ser invitado en casa de Zorn que en casa de Larsson; nada de armarios empotrados para dormir aquí…

La nevera es de la General Motors, una de las primeras eléctricas en Suecia (si no la primera). También hay una aspiradora prehistórica que pesaba un quintal y que no sé si dificultaba la labor de limpiar más de lo que la facilitaba.

En su habitación tiene cuadros de amigos suyos (hay uno de Larsson, claro) y en el cuarto de baño están los que pintó de sus perros. Estuvo un año de viaje de novios con Emma, su mujer, por Europa. Y nos decían que el nuestro fue largo…

La casa de Munthe

La casa que le hizo Axel Munthe a su mujer, Hilda, está en Leksand y no tiene nada que ver con las otras dos que, a su vez, tampoco tienen nada que ver entre ellas. Lo único en común con la de Zorn son los moldes de hierro para hacer gofres (Zorn tenía unos normales, como los de Hilda, y otros con un diseño ideal), los llamadores de las habitaciones con su panel de numeritos en la cocina y los suelos de madera preciosísimos (bueno, esto es común a las tres casas).

Hilda venía a veranear aquí con sus dos hijos. Munthe lo hizo durante un tiempo y luego ya dejó de venir cuando se separaron. Fue un matrimonio un poco raro, tengo que leerme otra vez la parte sobre Munthe de Peregrinos de la belleza, de María Belmonte. Y La historia de San Michele, que me acabo de empapar el culebrón de Yo, Claudio, y de lo poco que recordaba es de que Munthe reconstruyó su casa en una de las villas que tenía Tiberio en Capri.

 

Pero estábamos hablando de las casas, las casas… En esta se veía a la legua el rollo inglés. Había un mueble que cuando abrías las puertas resultaba que era una casa de muñecas enorme, con vestidos de alta costura en miniatura, ¡uno era de Fortuny! Al lado, un arcón con el escudo del Ducado de Marlborough y el lema “Fiel pero desdichado”, en español, que nos dejó locos. Luego todo lleno de las marionetas y los disfraces que hacían los hijos de Hilda cada verano para las obras de teatro que ellos mismos escribían, desde chiquititos. Aquella debía de ser una casa muy alegre. Y los jardines. Los más bonitos que hemos visto (y que me perdone Linneo).

*La foto de la cabecera es del jardín y la casa de Linneo.