Cuestionario Nido de ratones: David Aceituno

Hoy toca mi amigo David Aceituno en el cuestionario. Estudiamos juntos un curso de postgrado de edición y ya lleva unos cuantos libros publicados, el muy crack.

Anuncios

¿Alien? No, mantis.

Tenemos la mala costumbre de traernos a casa puestas de bichos desconocidos. Eso sí, una vez que eclosionan los huevos, se nos queda grabada a fuego su identificación: lecciones prácticas de biología al alcance de cualquiera.

La primera vez fue hace un par de años. Violeta arrancó de debajo de la mesa del jardín una especie de media nuez de barro. En la base lisa que estaba en contacto con la madera se veía el cuerpo seco y sin vida de una avispa. No se nos ocurrió pensar que igual dentro quedaban larvas vivas. Estuvo rodando por casa un tiempo hasta que un día descubrimos un par de agujeritos en el barro y sendos montoncitos de arenilla sobre la mesa. Nunca supimos dónde acabaron.

Hace un par de semanas nos trajimos a Tinta y a Teka a dormir a casa, con sus cojines incluidos. Cuando moví el de Teka, salió rodando una especie de bellota de barro con la punta rota. Estaba rodeada de cascaritas de bichos. Por supuesto, eran las 11 de la noche, una hora buenísima. En cuanto Simón cogió la cápsula (lo sé, os sorprende muchísimo que no fuera yo), empezó a temblar en su mano. Cuando la abrió, allí estaba la avispa alfarera, nueva y brillante, preciosa. Siento decir que tuvo una vida muy corta, porque Simón es alérgico a las avispas y la norma general es que en el campo no se matan, pero si se cuelan en casa, sí. Ayer encontré otra capsulita igual. ¿Dejarían sus puestas por casa las que llegaron en la media nuez?

 

 

Ayer, buscando una caja para unos tornillos mientras ordenábamos las herramientas, encontré una transparente de esas que están divididas en compartimentos. Era de los niños y tenía dentro algunos minerales, una piedra volcánica y, sorpresa, sorpresa, otra puesta de sabe Dios qué criatura. Menos mal que estaba cerrada y los bichos habían muerto todos hacía tiempo. Al principio no sabíamos de qué nos habíamos librado exactamente, pero mirando con más detenimiento Simón logró distinguir entre el amasijo de ojos negros y patitas afiladas los cuerpos minúsculos y dorados de cientos de mantis religiosas. Pero no hay que alarmarse: en la página de wikipedia dice que la mayoría no sobreviven porque entre ellos impera “el canibalismo juvenil”, de modo que si la caja hubiese estado abierta quizá solo nos habríamos encontrado con cincuenta o cien santa teresas rondando por el piso.

Y el otro día cuando fuimos a ver Alien: Covenant nos parecían tontas perdidas las dos que dejaron entrar en la nave al que iba escupiendo petróleo…

Violeta no para

Le he abierto una cuenta de Instagram a Violeta. Cada vez que me encuentro un dibujo suyo rodando por la casa, le hago una foto y lo cuelgo. Sabe que existe pero no le da mucha importancia. Le gusta ver sus dibujos ahí, todos juntos, y que me tome el interés de hacerle una foto a sus cosas. No le he dicho que existen los likes ni le cuento los comentarios que le dejan. Ella dibuja porque sí, sin pensar en mucho. Siente la necesidad de hacer cosas y las hace sin más.

 

El camaleón

Ayer se nos cruzó un camaleón por la carretera en Puerto Sherry; hacía cinco años que no veíamos uno. Caminaba con mucha determinación y unos movimientos que recordaban a los de los AT-AT de El retorno del Jedi. Iba en la dirección incorrecta (a no ser que pretendiese darse un baño o acabar con su vida). Simón lo cogió con mucho cuidado… y no le gustó nada. Intentó morderle y por un momento consiguió librarse y lanzarse de nuevo al asfalto, pero lo volvimos a trincar. Le hice una foto dándole repetidas instrucciones a Simón de que lo sujetase bien (como si el pobre camaleón se fuese a lanzar a mis brazos) y lo dejamos en una adelfa de flores rosas que había en el lado correcto de la carretera. (Creo que a estas alturas ya no hace falta que explique que el que lo volvió a trincar y lo dejó en la adelfa fue Simón, ¿no?)

 

Historias suecas 4

La última etapa de nuestro viaje es en el archipiélago sueco, en una isla que se llama Vättersö. A Vättersö se llega tras dos horas en barco desde Estocolmo. Por el camino pasamos un grupo de tres o cuatro islas plantadas con esqueletos de árboles llenos de cormoranes y sus nidos.

Una vez allí hay que cargarse las mochilas, coger un carrillo de manos, cargar en él las bolsas de la compra (en Vättersö no hay tiendas) y la maleta y caminar durante veinte minutos, según las instrucciones (mi amigo Cristian dice que estas son las cosas que nos gustan a nosotros: “¿Estáis en un sitio cómodo, con osos en el dormitorio, una fogata en vez de vitrocerámica y lanzas para cazar mamuts? Ya sabes, comodidades”).

Lucas va delante solo, con paso tranquilo, sin pausa. Feliz. Me recuerda a uno de esos dibujos de Sempé con los árboles enormes y el niño muy pequeñito debajo. Violeta saltimbanquea a nuestro alrededor. Por supuesto, nos perdemos nada más empezar (pero no lo sabemos). Después de una hora andando nos encontramos a un muchacho muy sonriente con un quad y un remolque que no se aclara muy bien con el mapa, nos dice que efectivamente nos equivocamos de camino al principio (pero no sabe decirnos dónde) y que no nos preocupemos, que él nos lleva en un momentito. Que noooo, nos dice que no nos preocupemos porque la isla es muy pequeña y seguro que llegamos en nada y sigue ruta con su quad y su remolque enorme y vacío. Tardamos una hora y media larga en encontrar el sitio. La madre que lo trajo.

 

 

La cabaña tiene dos habitaciones: una cocina sin agua corriente y un cuarto con una cama doble y un catre plegable para los niños. Los cristales de las ventanas son de vidrio soplado. Acentúan la sensación de calidez que dan las paredes blancas de madera al interior. Los muebles son muy bonitos, pero huelen a humedad por dentro, igual que las alfombras. Simón las saca y las deja fuera, enrolladas. Usamos la maleta como armario. Los niños se duermen, agotados. No han terminado de cenar, nadie se ha cepillado los dientes, de la ducha mejor ni hablamos. Llevan dando vueltas desde las 6 de la mañana (Siljansnäs, Uppsala, Estocolmo, Vättersö). Son las 12 de la noche.

Por la mañana temprano un trepador azul rasca el techo de la casita y se posa en la ventana que tenemos en frente de la cama. En la de la izquierda, tapada por un estor blanco que deja pasar la luz, se dibujan las sombras de las hojas de los árboles. Hasta aquí no llegan las máquinas de la industria maderera sueca, de modo que la cabaña está en medio de un bosque de robles, nogales y fresnos enormes que no se parece en nada a los bosques de árboles cerilla que crecen en gran parte del país.

Nos tomamos la llegada con mucha calma.

 

 

 

Historias suecas 3

Desde que llegamos a Suecia hemos ido a visitar la casa de Carl Larsson, la de Anders Zornla de Hilda Munthe y la de Carl Linnaeus. De la de Linneo lo que queríamos ver el era el jardín (claro). Me he dado cuenta de que las casas muy muy antiguas me dejan bastante fría. No me imagino la vida en ellas, se me hacen ajenas, como museos que no entiendo, y no las disfruto. Me gustan de finales del siglo XIX en adelante, creo. Visitamos solo la planta de abajo y me encantó el papel pintado de las paredes, claveteado a ellas, como se hacía entonces (por lo visto). De las otras tres, sin embargo, me chifló todo; además de las casas en sí, aprender que fueron contemporáneos y amigos entre ellos, sobre todo Karin Larsson y Emma Zorn.

La casa de Larsson

Ir a la de Larsson fue como volver a casa de un amigo. Las habitaciones las conocía bien (casi todas). En cambio, me sorprendió el tamaño que tenían, más pequeño de lo que imaginaba. Parece que pintaba con gran angular. En general, todo era más pequeño que ahora, imagino que es más fácil calentar un cuarto pequeño que uno grande, cuestión importante cuando fuera hace -25 ºC. Acogedora, con una luz preciosa y unas ventanas ideales, igual que en los cuadros.

FLOWERS ON THE WINDOWSILL.jpgEl cuarto de Flowers on the windowsill sigue igual, aunque las flores ahora son todas iguales, unos geranios de un rosa pálido preciosos. Me habría gustado llevarme unos esquejes (pero me contuve). Fue el que más le gustó a Violeta. El sillón de las coronas me recordaba a unos de mi abuela Blanca. El cuarto de juegos, con el telar donde tejía Karin Larsson. Los ganchos para colgar los abrigos en la escalera, en los escalones más altos los de Carl y Karin, en los más bajos los de sus hijos. Los suelos, las puertas. Las camas un poco claustrofóbicas para mí. Su biblioteca, tan importante para él, que no había tenido libros de pequeño.

Intenté leerme su autobiografía en las lecturas suecas de preparación del viaje, pero fui incapaz de pasar de su infancia. Qué farragoso, qué pesado. Ojalá una biografía sin tanta paja (seguramente la hay, no busqué mucho).

En el cuarto de invitados, la cama estaba encajada en la pared, como una especie de armario empotrado o de rincón secreto. En las puertas que lo cerraban, por dentro, estaban escritos los nombres de todos las personas que habían pasado por allí con una caligrafía preciosa. Reconocimos a Selma Lagerloff (su casa no la vimos por falta de tiempo, pero también estaba por la zona) y a Anders Zorn.

Fuera, en uno de los edificios del jardín de Larsson hay una fila de caballetes y una cesta llena de camisolas para que los niños pinten. Lucas y Violeta, encantados. Nos comemos un picnic en la mesa que hay bajo un sauce muy viejo. Creo que nunca he visto uno tan grande (Simón dice que él tampoco).

La casa de Zorn

No sabíamos nada de Zorn antes de ir a Suecia. Bueno, miento, Marine y Per nos insistieron mucho en que fuéramos a visitar su casa y su museo cuando los conocimos en casa de Ximena y José, en Évora. En su casa del lago nos lo recordaron, así que allá fuimos. Procuré no mirar nada de la web más que las direcciones para llegar y el horario.

Entramos en el museo ¡y qué maravilla! Me gustó todo en general, pero me quedé prendada de sus acuarelas. Y de repente, bicheando los cuadros, ¡nos encontramos con Cádiz, con Sevilla, con España! Qué sorpresa tan agradable.

Era contemporáneo de Sargent y de Sorolla. La guía dice que sería interesante que alguien hiciese una exposición de los tres, pero que es muy caro; leo en una noticia de El País de 1992 que ya había planes para hacer una entonces. Zorn pintó a tres presidentes estadounidenses y se puso muy de moda allí; por lo visto, hay familias americanas a las que pintaron los tres (Sargent, Sorolla y él). En cualquier caso, supo sacarle provecho a su fama y creo que aún siguen tirando de dinero suyo para mantener todo el tinglado de la casa y el museo (esto entendí, pero veo que pone dinero más gente).

Captura de pantalla 2017-07-16 a la(s) 20.36.28
Morning bath. Zorn solía usar a tres hermanas como modelos y decía que lo que no tenía una, lo tenía la otra. Aquí están las tres.

La casa es chulísima. Se ve que fue un proyecto “de una sola vez”; Larsson fue añadiendo trozos a la suya a lo largo de los años, es más una casa “patchwork” (aunque me encanta también). Las habitaciones de invitados y el olor a madera me recuerdan (de nuevo) a la casa de mi abuela Blanca. Molaba bastante más ser invitado en casa de Zorn que en casa de Larsson; nada de armarios empotrados para dormir aquí…

La nevera es de la General Motors, una de las primeras eléctricas en Suecia (si no la primera). También hay una aspiradora prehistórica que pesaba un quintal y que no sé si dificultaba la labor de limpiar más de lo que la facilitaba.

En su habitación tiene cuadros de amigos suyos (hay uno de Larsson, claro) y en el cuarto de baño están los que pintó de sus perros. Estuvo un año de viaje de novios con Emma, su mujer, por Europa. Y nos decían que el nuestro fue largo…

La casa de Munthe

La casa que le hizo Axel Munthe a su mujer, Hilda, está en Leksand y no tiene nada que ver con las otras dos que, a su vez, tampoco tienen nada que ver entre ellas. Lo único en común con la de Zorn son los moldes de hierro para hacer gofres (Zorn tenía unos normales, como los de Hilda, y otros con un diseño ideal), los llamadores de las habitaciones con su panel de numeritos en la cocina y los suelos de madera preciosísimos (bueno, esto es común a las tres casas).

Hilda venía a veranear aquí con sus dos hijos. Munthe lo hizo durante un tiempo y luego ya dejó de venir cuando se separaron. Fue un matrimonio un poco raro, tengo que leerme otra vez la parte sobre Munthe de Peregrinos de la belleza, de María Belmonte. Y La historia de San Michele, que me acabo de empapar el culebrón de Yo, Claudio, y de lo poco que recordaba es de que Munthe reconstruyó su casa en una de las villas que tenía Tiberio en Capri.

 

Pero estábamos hablando de las casas, las casas… En esta se veía a la legua el rollo inglés. Había un mueble que cuando abrías las puertas resultaba que era una casa de muñecas enorme, con vestidos de alta costura en miniatura, ¡uno era de Fortuny! Al lado, un arcón con el escudo del Ducado de Marlborough y el lema “Fiel pero desdichado”, en español, que nos dejó locos. Luego todo lleno de las marionetas y los disfraces que hacían los hijos de Hilda cada verano para las obras de teatro que ellos mismos escribían, desde chiquititos. Aquella debía de ser una casa muy alegre. Y los jardines. Los más bonitos que hemos visto (y que me perdone Linneo).

*La foto de la cabecera es del jardín y la casa de Linneo.

Historias suecas 2

Simón lanza y recoge el sedal y yo remo. Ya le he cogido el tranquillo y puedo llevar la barca paralela a la orilla y (más o menos) cerca. Pero no lo suficiente. Simón me pide que me acerque más, lanza por enésima vez… y el señuelo del pececito tornasolado se engancha en las ramas de un abedul. “Creo que voy a tener que trepar,” dice con cara de circunstancia, aunque sospecho que le gusta bastante la idea. Amarramos la barca al árbol, un abedul viejo con la corteza muy rugosa y ligeramente inclinado. Empieza a trepar abrazado al tronco como un koala. Está bastante alto y, durante unos momentos, me preocupo un poco. Los niños charlan animadamente en la barca mientras les caen trocitos de corteza desde arriba, ajenos a la tensión. No les impresiona nada.

Simón rescata el señuelo y vuelve al suelo sin caerse (y sin romperse la camisa). Cinco minutos más tarde, lo pierde enganchado en el fondo del lago.

***

Descubrimos un islote como salido de un cuento, una especie de magdalena que sobresale del agua con unos árboles que le quedan demasiado grandes. Me recuerdan al primer mástil que le pone Leslie al Bootle BumTrinket de Gerry en Mi familia y otros animales, o a las setas de La estrella misteriosa. Ha

bootlebumtrinket-2
El bautismo del Bootle BumTrinket.

y al menos un aliso, un abedul, dos o tres pinos silvestres y un par de abetos de Douglas. Lo sobrevuelan unas gaviotas muy chillonas y está bordeado de unas piedras enormes de granito ideales para solearse o pescar, y de una hierba alta y frondosa que no sé cómo se llama. De ella salen nadando con bastante parsimonia, a pesar de las voces que les están dando sus padres, tres pollos de gaviota. Ahora ya sabemos por qué están tan pesadas.

Entre los árboles el suelo es de un musgo mullido y gustoso, perfecto para andar descalzos. Así me imagino el suelo del escondite de El club del pino solitario, aunque creo que era de hierba. En el centro alguien ha construido un sitio para hacer fuego con unas rocas que parecen ladrillos grandes e irregulares, de un rojo oscuro tiznado por el carbón. Bajo el abedul hay un montoncito de leña entre los hierbajos.

Simón enciende una hoguera y coloca encima la parrilla que hemos cogido prestada del bosquecillo de pinos silvestres que hay en la orilla de enfrente. Asa los peces, los limpia con mucho cuidado y nos los comemos en unos sándwiches con mantequilla. Qué bueno está todo cuando te lo comes al aire libre (y tienes más hambre que el perro de un ciego).

***

Lucas me pregunta si me baño con él. El agua del lago es negra y refleja los árboles de las orillas y las nubes del cielo. Le digo que sí. Me tiro al agua desde la barca y allí me deja el muy bribón, que no se atreve a meterse. “Solo si me dejas ir sobre tu espalda un poquito”, me dice. Este niño se cree que su madre es un delfín.

***

Encontramos una pequeña playa de arena naranja en un recodo. Está a la sombra y el sol se cuela entre las hojas reflejando lunares de luz brillante. En la orilla, un abedul se inclina rozando la superficie del agua con las ramas y le da a la escena un aire casi tropical. Los niños se bajan y se pasean con el agua por las rodillas cogiendo mejillones y metiéndolos en el cubo amarillo que nos dejó Per. No sabemos si se comen o no, pero qué más da. De vuelta en la barca, Lucas deja que le pillen los dedos una y otra vez; le parece el colmo de la diversión. Luego nos enteramos de que son comestibles (no te mueres) pero bastante chiclosos, así que Simón vuelve al embarcadero y los devuelve al lago.

***

Escribo sentada sobre una piel de reno.

 

 

Historias suecas

Per nos ayuda a preparar las cosas para ir a pescar. Primero coge lombrices junto a la enorme mata de ruibarbo y se los va dando a los niños y a Simón, que los meten en una macetita de plástico con un poco de tierra húmeda. Luego nos presta su caja de aparejos, un cubo amarillo, varias cañas y el candado de la barca. Bajamos por el bosque entre abedules y abetos hasta el embarcadero y allí está: blanca por fuera, de un naranja gastado por el sol por dentro. Tiene la popa amarrada a una boya y la proa al embarcadero. La bañera está llena de agua “de la lluvia”, así que Per nos da un par de cacharros de plástico para achicar y se despide de nosotros.

Mientras Simón y yo echamos el rato achicando agua, Violeta lanza el sedal desde el embarcadero por su cuenta y saca su primer pez. Lucas la sigue y saca el segundo. A Simón le brillan los ojos, pero se nos amontonan las tareas; aún nos queda agua en el fondo de la barca y ya se han presentado los primeros dilemas: Lucas quiere devolver los peces al lago, el resto queremos comérnoslos. Simón propone matar el de Violeta de un golpe, pero a Violeta le parece que al pez le gustaría más morir ahogado lentamente. Soltamos el de Lucas y convencemos a Violeta de que su pez preferirá una muerte rápida. Le damos un golpe seco contra la barca (bueno, se lo da Simón).

Hace un día espléndido.