Cuestionario Nido de ratones: Jordi Nadal

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Los libros de Tintín, es especial Tintín en el Tibet.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Mi  primer álbum de Tintín, La oreja rota.

jordi nadal tintín

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Mi hermana.

¿Leía a escondidas?

A todas horas, qué mala suerte quien haya tenido que esconderse para leer, ¿no? (Aunque a algunas les guste, por la parte romántica, pero vaya…)

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Libros en casa, me compraba mi hermana.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Intenté entrar a trabajar a los 17 años en la Editorial Juventud porque editaban Tintín.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Tintín, Astérix y Mortadelo en cómics.

Gente, de Peter Spier.

La ola, de Suzi Lee.

Osito, Else Holmelund, ilustrados por Maurice Sendak.

LOS TRES DE JORDI NADAL

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Qué desperdicio de tiempo. Seremos tan edulcorados que ya no quedará la experiencia de sabor amargo, ni ácido, ni salado, ni nada. Bienvenidos al higienizador mental (el de manos ya lo empieza a utilizar cada vez más gente, y  por cierto éste último me parece más práctico y necesario).

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

No estoy dentro el aula, no es fácil opinar de lo que desconoces. Que lo hagan quienes trabajan en ella y sepan pensar y actuar.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Leo porque quiero a mi hija. La quiero tanto que le doy lo mejor. Leer libros  forma parte esencial de saber querer, querer bien y querer el Bien.

Sobre Jordi Nadal

Jordi era el director del curso de postgrado de edición que hice en Barcelona hace la tira de años. Copio abajo la biografía que tiene en su página web.

Nací en Lliçà d´Amunt (Barcelona) y soy licenciado en Germánicas por la Universidad de Barcelona. En 1998, completé mis estudios con un curso de edición profesional en la Universidad de Stanford. Comencé mi andadura en Vicens Vives y continué mi carrera en Herder (Alemania). Entre otros puestos, he sido director de EDHASA, director editorial y de Publicaciones de Círculo de Lectores, consultor en Random House en Nueva York, director general de desarrollo corporativo para España y América en Grupo Plaza & Janés y adjunto a dirección en Ediciones Paidós.

Soy coautor del libro Meditando el Management… y la vida (Plataforma, 2012) y Libros o velocidad. Reflexiones sobre el oficio editorial (Fondo de Cultura Económica, Madrid y México, 2005). Y autor de Todo tan cerca (Poliedro, 2005), Tu nombre (Almuzara, 2008), El paraíso interior (Plataforma Editorial, 2011) y www.libroterapia.eu.

El cuaderno del Prado

Los paseos de Ximena Maier por los rincones del Museo del Prado

Ximena va al Prado desde hace más de 20 años. Dibuja, mira, escucha, toma notas… Unos días los dedica a Goya o a Velázquez y otros a hacer series de perros o de coronas o de manos. Tiene cuadros favoritos (como todos) y otros que no le gustan nada. A veces dibuja en función de los bancos que encuentra (que son menos de los que a ella le gustaría) y otras simplemente deambula de una sala a otra y se para ante cualquier cosa que le llame la atención. Mientras dibuja va apuntando los comentarios que oye a su alrededor y de pronto, de esta forma tan sencilla, se establece una conexión en el tiempo entre Brueguel y esa persona que está viendo un cuadro suyo 450 años después.

Muchos nos acercamos al Prado con una mezcla de reverencia y vergüenza, sintiéndonos un poco intrusos. Lo mejor de El cuaderno del Prado, además de las ilustraciones de Ximena, es que lo desmitifica y nos hace disfrutarlo de verdad, sacudiéndonos esa sensación y haciéndolo nuestro. Que lo es.

Esta semana ando trabajando en los textos para la página web de la editorial Nido de ratones. Vamos, que si no escribo otras cosas no es por vagancia (o no del todo). El cuaderno del Prado será nuestro primer proyecto propio y se publicará (Dios mediante) en otoño de este año. Si tienen cuenta en Twitter o Instagram, pueden ver otras ilustraciones buscando #cuadernodelprado.

Lecturas suecas (I): El libro del verano

Mi primera lectura sueca ha sido finlandesa: El libro del verano, de Tove Jansson. Bueno, quizá no tan finlandesa, porque la madre de la autora era sueca, los Jansson pertenecían a la minoría suecoparlante de Finlandia y el libro se escribió en sueco. Pero todo esto no lo sabía cuando lo empecé.

THE SUMMER BOOK - TOVE JANSSON
La portada inglesa me gusta bastante…

De dónde sale

Este fue el primer libro para adultos de Jansson, que hasta ese momento había sido conocida exclusivamente por sus historias de los Mumin. Se publicó por primera vez en 1972, un par de años después de que muriese su madre, Signe Hammarsten. Para escribirlo, Jansson tiró de todo aquello que le era más querido, entretejiendo sus recuerdos con la imaginación en un ejercicio para superar la muerte de su madre.

El libro del verano narra la relación entre una abuela (basada en la madre de Jansson) y su nieta de seis años, Sophia (basada en su sobrina del mismo nombre), a lo largo de un verano (que en realidad son varios) en una isla del golfo de Finlandia.

La isla la descubrieron Jansson y su hermano Lars en 1947. Es diminuta. Tanto, que cuando Esther Freud (que firma el prólogo a la edición inglesa que publicó Sort of Books en 2003) estuvo allí, descubrió que tardaba cuatro minutos y medio en darle la vuelta completa. La casita la construyeron entre los dos y allí ha veraneado la familia desde entonces. Aunque en 1964, cuando las visitas de familiares y amigos empezaron a hacerse demasiado frecuentes, Jansson se fue a una isla algo más remota con Tuulikki Pietila, su pareja. Y ahí continuaron pasando los veranos escandinavos hasta que en 1991 una tormenta hundió su barco y se retiraron permanentemente a Helsinki. La autora tenía entonces 77 años.

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EL LIBRO DEL VERANO - TOVE JANSSON - SIRUELA
…pero creo que me gusta más la portada española (esto sí que es algo nuevo).

El libro

Sophia y su abuela se pasan el día por la isla recogiendo piedras o los trozos de madera suave que el mar va arrastrando a la playa. Hablan, discuten, pasean, confabulan. Tienen una relación muy independiente, áspera pero cálida a la vez, con un punto nórdico un poco marciano que todo el rato me producía la sensación de que la desgracia acechaba a la vuelta de la esquina. Cuando me relajé, empecé a disfrutar de verdad con el libro, que va pasando sin esfuerzo de la reflexión a la descripción, sin que suceda nada muy señalado.

El tiempo pasa despacio, salado… La hierba se mece con la brisa del mar, las charcas de las rocas se calientan con el sol, hay siestas bajo los arbustos y se oye el rumor de las olas en las noches sin viento. El sol pega sobre la pintura gastada de la madera de la casa, la ropa está tiesa de salitre, en la buhardilla se acumulan los trastos un año tras otro…

La tienda de campaña

Me quedo con este capítulo. Sophia decide dormir en una tienda de campaña por primera vez. A media noche se levanta y va a ver a su abuela, que está despierta, triste, enfadada, tratando de recordar sin éxito cosas que significaron algo para ella alguna vez. Sophia le pregunta qué es lo que no recuerda.

“¡Lo que se siente cuando duermes en una tienda de campaña!” gritó su abuela. Apagó el cigarrillo, se tumbó y se quedó mirando el techo. “En mi país, en Suecia, a las niñas nunca se les había permitido dormir en tienda de campaña,” dijo despacio. “Yo fui la que consiguió que pudiesen hacerlo, y no fue fácil. Lo pasamos muy bien, y ahora no puedo ni contarte cómo era.”

Los pájaros comenzaron a gritar de nuevo; una bandada grande pasó volando, gritando repetidamente. El farol de la ventana hacía que la oscuridad de fuera pareciese más intensa de lo que era.

“Bueno, yo te contaré cómo es,” dijo Sophia. “Puedes oírlo todo mucho mejor, y la tienda es muy pequeña.” Pensó un momento y continuó. “Te hace sentir muy segura. Y está bien que puedas oírlo todo.”

Me quedo con él por la descripción de lo que se siente cuando duermes en una tienda de campaña, que es exactamente eso. Cuando Sophia sale de la tienda, además, se da cuenta por primera vez de la sensación del suelo bajo los dedos y las plantas de los pies. 

También por la frustración y la impotencia de su abuela, y por cómo todo se va calmando sin aspavientos ni sentimentalismos.

Y porque es verdad, la madre de Jansson fundó las Girl Guides (scouts) en Suecia. ¿No es fantástico?

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Tove Jansson delante de Vinrosen (La rosa de los vientos), la casita que construyó con su hermano Lars en la isla de Bredskär (1950).

Cosas que he aprendido

Que el musgo no se vuelve a levantar si lo pisas dos veces. Y se muere si lo pisas una tercera.

Que los eider son como el musgo y no vuelven al nido cuando los molestas por tercera vez.

Que las golondrinas solo honran con sus nidos las casa felices.

Que cuando vivías en una isla en el golfo de Finlandia en los años 50, tenías que saber cómo hundir bien tu basura en el mar para que no acabase en la isla de tu vecino.

Que es de muy mala educación dejar tu casa cerrada con llave si vives en una isla del golfo de Finlandia. Nunca sabes cuándo alguien podría necesitar refugiarse en ella.

Que si te haces una casa nueva en una isla y pones un cartel en el que diga muy claro que está prohibido entrar allí, lo más probable es que una abuela y su nieta atraquen en el poste de ese mismo cartel y se cuelen en tu casa cuando no estés. Cosa que nunca se les habría ocurrido hacer si no hubieses puesto un cartel tan antipático.

Klovharu - Tove Jansson
Klovharu, la isla en la que Tove Jansson pasó los veranos de 1964 a 1991.

Y una sorpresa

¡Vino de Jerez en un libro finlandés! (Aunque al final resultase que no les gustaba; no era Alfonso seguro.)

“Es Verner,” dijo su abuela. “Ha vuelto con otra botella de jerez.”

Esta es la primera entrada de las lecturas suecas. Iré publicando más de aquí al verano, que nos vamos de viaje a… Suecia, claro. Si alguien tiene sugerencias de libros sobre el tema, estaré encantada de recibirlas.

Violeta y La La Land

La semana pasada llevé a los niños a ver La La Land. Creía que les podía gustar (sobre todo a Violeta) y, además, se me había quedado grabado el último párrafo de la reseña de Anthony Lane, el crítico de cine del New Yorker, “Fun in La La Land:

La misión de esta película se habrá cumplido solo si la ven aquellos (sobre todo los niños) que nunca han visto un musical adulto en el cine, y que puede que no conozcan las emociones tan plenas que te pueden provocar las cosas más simples, sin necesidad de recurrir a la violencia. El sol se ilumina. Estalla la canción. Chico conoce chica.  

Así que allá que fuimos, a la sesión de las 17:45 en los cines de Bahía Mar. Violeta devoraba palomitas muy contenta y me iba haciendo preguntas más o menos lógicas hasta que llegamos a la escena del planetario. Mia y Sebastian estaban a medio baile, flotando en el aire, cuando se giró para mirarme, con cara seria, y me preguntó: “¿Está haciendo efecto?”. Tardé un poco en comprender. Unos momentos antes de empezar a volar, Mia había accionado una palanca y la bóveda se había convertido en un cielo nocturno estrellado. Violeta estaba convencida de que la falta de gravedad era una consecuencia lógica más. En un primer momento la quise sacar de su error. Por suerte, me acordé a tiempo de Ty Burr cuando habla sobre los musicales y los niños en su (muy recomendable) libro The Best Old Movies for Families, y corregí. El párrafo que me vino a la memoria fue este:

Los niños de hoy en día son educados para creer que la gente no rompe a cantar espontáneamente en los momentos cruciales de su vida. ¿No es algo horrible, borrar esa revelación de su sistema de creencias? Por supuesto que hay gente que arranca a bailar claqué cuando menos te lo esperas, o que improvisa una melodía mientras se inventa la letra sobre la marcha. Se llaman niños, y si pasas algo de tiempo con ellos, verás la vida como un musical cuarenta veces por hora.

Claro que estaba haciendo efecto. Tenía razón Violeta, y yo no me di cuenta hasta que vi la película con ella.

Cuestionario Nido de ratones: Juan Antonio Masoliver

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Los cuentos de hadas.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Los de la editorial Araluce.

LOS DE JUAN ANTONIO MASOLIVER

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Mi padre, mis hermanos y mi curiosidad

¿Leía a escondidas?

En la cama, no cuando había apagado la luz, porque entonces no podría leer, sino cuando las habían apagado mis padres. Y en la hora de la maldita siesta.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

En El Masnou había dos bibliotecas, la municipal y la del ayuntamiento. Frecuentaba las dos, con mis hermanos. Me fascinaban las bibliotecarias: ¡eran otros tiempos! En casa había libros para todas las edades. Y cuando fui a vivir a Barcelona, a los nueve años, la biblioteca de mi tío el humanista Juan Ramón Masoliver era mi refugio.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

No. Sólo que estaba convencido de que lo que leía era todo verdad, y envidiaba a los protagonistas de los libros.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

¿Sólo tres libros? Y depende de la edad. Tres libros que me marcaron, además, de los pasajes del Quijote y de la Biblia, fueron Robinson Crusoe, las Mil y una noches y Heidi.

LOS TRES DE JUAN ANTONIO MASOLIVER

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

No hay que retocar nada. Los niños leen siempre limpiamente. Lo políticamente correcto puede llevar a la intransigencia y al puritanismo.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Hace décadas que no voy al colegio. Yo tuve mucha suerte tanto en la academia del Masnou como en los Escolapios de Barcelona: junto con mis padres y hermanos, me estimularon el placer de la lectura. Por alguno de mis sobrinos, he podido ver que la literatura se enseña bastante mal, llena de tópicos y sin pasión por parte de los profesores. Pero no se debe generalizar. Alguna razón debe haber para que en este país se lea tan poco. Y no se trata sólo de leer, sino de enseñar a leer.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Si en la casa hay ambiente de lectura, los niños leen. No necesitan consejos. De pequeños les improvisaba un cuento, para que se familiarizasen con la oralidad. Y luego les leía y poco a poco leíamos el comic Richie Rich o Tintin. Luego ya no me necesitaba y hay que decir que en las escuelas inglesas (mis hijos son ingleses) se les estimula a leer desde muy pequeños.

Sobre Juan Antonio Masoliver

Nació en Barcelona en 1939. Catedrático hasta su jubilación en la Universidad de Westminster de Londres. Vivió dos años en Dublín y casi cuarenta en Londres. Ha pasado largas temporadas en Italia (Garda sul Lago y Lucca). Poeta, narrador, traductor y crítico literario de La Vanguardia de Barcelona. Su novela más reciente: La inocencia lesionada (Anagrama, 2016)

La acampada

Caminan a buen paso pero tranquilos. Hace una noche fresca, despejada; no hay prisa. Simón mira hacia arriba. Las estrellas se ven muy bien entre las copas de los árboles; todavía no ha salido la luna. Se oye un cárabo a lo lejos. Pincho camina a su lado sin despegarse. A veces se detiene y pone las orejas muy tiesas. Simón lo anima “Venga, Pincho, vamos”.

Monta la tienda en un parche de suelo llano, sin raíces ni piedras. Pincho esquiva los vientos con agilidad; va de aquí para allá siguiendo a Simón. A veces coge una piqueta, la deja a sus pies y le empuja con el hocico en el hueco de la rodilla. Si está agachado, clavando otra piqueta, le mete el hocico por debajo del brazo y pone la nariz helada en su mejilla. Cuando Simón la coge por fin, menea el rabo con aire de misión cumplida y va a por la siguiente.

Pone un poco de agua en un cuenco y coloca un saquito de pienso para Pincho. Aún con la hoguera, hace frío, así que dobla la esterilla y se sienta encima, con medio cuerpo dentro del saco. Abre una lata de sardinas y se la come con un trozo de pan. Pincho dormita, enroscado junto a él. De pronto, oye algo y empieza a gruñir suavito. Simón enfoca el frontal hacia los arbustos; allí está otra vez. El zorro los mira muy atento, la cabeza gacha. Simón levanta la vista hacia la bolsa de comida que colgó en una rama alta y sonríe. “Hoy no me dejas sin desayuno.” Acaricia a Pincho y coge su libro. Le gusta este zorro, pero no tanto que le roben la comida.

* La ilustración de la cabecera es de David Rollyn. El texto es la continuación de este cuento.

El nido

Es tarde y entra poca luz en el bosque. Simón deja la bici junto a un lentisco y corre sobre el suelo acolchado de pinocha. Acaba de salir del colegio y tiene hambre, pero si para a merendar en su casa, se irá el sol y no verá nada. Así que hoy no hay bocadillo, ni vaso de leche. Trepa un poco por unos riscos y se sienta a observar. Arriba, en la copa de un pino carrasco, lo ve: el nido de cuervo. Lo descubrió hace unas semanas, y desde entonces viene cada vez que tiene un rato. Los viernes por la tarde es lo primero que hace cuando sale del colegio: se cuelga la mochila y pedalea por el carril hasta la linde del bosque. Ha pensado todas las maneras posibles de llegar hasta el nido, pero aún no ha dado con una que le convenza.

El sol se pone y Simón siente algo de frío allí sentado, quieto. Se levanta sin mucha prisa y vuelve a su casa despacio. Las luces están encendidas y huele a chimenea. Oye a Pincho ladrando y a su madre mandándolo callar. “Sí, sí, Pincho, es Simón, calla ya… Qué perro más pesado…” Simón sonríe.

* La ilustración de la cabecera pertenece al libro Un árbol es hermoso, de Janice May Udry. Es de Marc Simont. El texto es el principio de un cuento.