Cuestionario Nido de ratones: Cristian Campos

¿Cuál era su libro favorito de niño?

La colección de Los tres investigadores de Alfred Hitchcock de la editorial Molino. Me aterrorizaba la portada de Misterio del espejo embrujado, me intrigaba la de Misterio de la casa que se encogía… ¿Cómo diablos podía encogerse una casa? ¡Había que estar loco para no querer leer ese libro y desentrañar el misterio! Entrabas en su atmósfera ya desde la misma portada. Además, su diseño es más respetuoso con el lector y está infinitamente más trabajado que el del 90% de los libros juveniles contemporáneos. La tipografía de Misterio de la araña de plata, por ejemplo, es una preciosidad.

Hitchcock

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Sí. Y tengo una teoría absurda sobre él así que muy probablemente sea cierta. Era un cuento de apenas ocho o diez páginas, de esos de papel de mala calidad, troquelados con formas raras y que se vendían en los quioscos por muy poco dinero. No recuerdo ni su nombre ni mucho menos su autor o su ilustrador; lo que sí recuerdo es que transcurría en el futuro, en una ciudad con rascacielos de color morado. Me fascinaba mirar una y otra vez esa ciudad abigarrada, con edificios imposibles y un cielo ominoso y claustrofóbico. Años después vi Blade Runner en el cine y pensé “Es esto: yo quiero vivir aquí”. Mi teoría es que ese cuento despertó mi interés posterior por la ciencia ficción y por los mundos futuristas de ilustradores como Syd Mead, por los paisajes urbanos y por las megalópolis tipo Tokyo, Bangkok y Los Angeles. Aún hoy, ver una simple fotografía nocturna de una ciudad iluminada por las luces de los rascacielos y los anuncios de neón de los restaurantes asiáticos me relaja más que cualquier paisaje natural. También recuerdo haber llorado de risa, literalmente, con algunos cómics de Mortadelo y Filemón, pero ahí yo ya era un poco mayor.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

No lo recuerdo. En mi familia siempre se ha leído mucho y las estanterías rebosaban (literalmente) libros de todo tipo, básicamente novelas por parte de mi madre y libros de historia y de economía por parte de mi padre, pero no recuerdo recomendaciones directas. Supongo que simplemente me los compraban. Lo cierto es que yo era un lector facilón porque me leía todo lo que caía en mis manos, así que no creo que tuvieran que insistir demasiado en el tema o guiarme en una u otra dirección. Cuentan mis padres que yo no quería comer de pequeño si no tenía algo para leer en la mesa. Y cuando se hartaban de mi lentitud y me quitaban el tebeo o lo que fuera que yo estuviera leyendo, me dedicaba a leer la etiqueta de la botella de agua o los ingredientes de la caja de cereales.

¿Leía a escondidas?

En medio de clase no, siempre le he tenido respeto a la autoridad. Como mucho en el recreo. Y en casa… no recuerdo que mis padres me dijeran nunca aquello de “suelta el libro y ponte a dormir”, aunque supongo que ocurrió, claro. Pero no me ponía a leer con linterna bajo las sábanas ni nada por el estilo. Eso solo pasa en las películas americanas, ¿no? Lo que sí hacía era leer cabeza abajo. Me estiraba en la cama, con la cabeza colgando y el libro en el suelo, y leía así durante horas. De hecho, también estudiaba así. Incluso cuando ya no tenía edad para rarezas de ese estilo. Estudié todo derecho y todo periodismo con este mismo sistema: cabeza abajo y con el Código Penal y el Libro de estilo de El País en el suelo. Mis padres me veían leer durante horas en esa posición y me abroncaban: “Te va a bajar toda la sangre a la cabeza y te vas a quedar gilipollas”. Supongo que tenían razón, pero ahora ya es tarde para remediarlo.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Jamás he tenido la costumbre de ir a bibliotecas. Yo los libros me los compraba, así que, ¿para qué buscarlos en la biblioteca? Son los privilegios de la clase media (y de tener unos padres bohemios a los que no les importaba gastarse el dinero en libros o en discos). Ni siquiera las he pisado por obligación, de hecho. Yo siempre digo, y no es una fantasmada, que la única vez que pisé la biblioteca de periodismo mientras estudiaba la carrera fue cuando me puse a perseguir a una rubia muy pija que me gustaba. Acabé ligándomela, así que le tengo cierto cariño a las bibliotecas aunque solo sea por la satisfacción colateral que me proporcionó esa en concreto. Esa biblioteca, no esa rubia. Bueno, la rubia también, pero en este caso me refería a la biblioteca. Yo ya me entiendo.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Descubrí cómo funcionaba el sexo con un libro ilustrado sobre el tema, una de esas guías para padres que no saben cómo explicarle el asunto a sus hijos. Yo no había mostrado todavía el más mínimo interés por el sexo, por lo que supongo que debía ser muy pequeño. Quizá seis o siete años. Si la cosa me hubiera intrigado y se lo hubiera preguntado a mis padres, ellos me lo habrían explicado sin problemas porque, como ya digo, eran unos modernos. Estaba en casa de una amiga llamada Betina. Era su fiesta de cumpleaños, yo estaba aburrido y no me apetecía jugar con los demás niños, así que me puse a leer el primer libro con dibujos que vi en la estantería. Y resultó que ahí se explicaba el tejemaneje. Creo recordar que no me impresionó demasiado. Supongo que lo vi como algo puramente mecánico. Como cepillarse los dientes o algo así. La gracia se la descubrí más tarde, claro. Debí de ser el primer niño de mi clase que averiguó cómo funcionaba el tema.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

La historia interminable, Las aventuras de Tom Sawyer y alguno de Julio Verne, quizás Viaje al centro de la tierra. A Maurice Sendak y Roald Dahl he llegado de adulto, por desgracia, pero deberían añadirse a la lista.

Libros recomendados por Cristian

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me parece lo que es: una gilipollez. Si bastara Tintín en el Congo para convertir a un niño en racista también debería bastar con Tintín en el Tibet para convertir a un niño en budista y es evidente que eso no ocurre. Estamos hablando de ficción infantil, por favor. Otra cosa sería un manual de 1820 que explicara cómo disciplinar a los esclavos de tu plantación de algodón. O una novela como Lolita, que entiendo que no es para niños de ocho años. Como tampoco lo es Retorno a Brideshead, por otro lado.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

No sé cómo está planteado ahora. Sí sé que mi afición por la lectura no surge del colegio. Más bien de mi propio carácter y de lo que yo veía en mi casa. Pero es mi caso particular, dudo que sea una ley de la física aplicable a toda la humanidad. Tampoco recuerdo con especial cariño ninguno de los libros que me obligaron a leer en el colegio. Es más: les cogí manía. Yo ya leía por mi cuenta y mucho más que el resto de mis compañeros de clase. ¿Por qué narices tenía que leer lo mismo que les obligaban a leer a ellos? Creo, además, que el colegio tiene poco que hacer frente a la genética en este terreno. Si acaso, incentivar o desincentivar unas tendencias previas, pero de ningún modo crearlas desde cero. El niño que no quiere leer y cuyos padres no han leído nunca no va a leer en su vida por más que le obligues. Yo soy muy partidario de dejar atrás a aquellos niños que han demostrado reiteradamente que no tienen interés en aprender. La palabra clave es “reiteradamente”: tampoco soy tan cafre. A fin de cuentas, hoy en día gana más dinero un youtuber que un ingeniero y no digamos que un periodista, así que ¿cuál es el problema? La educación, en el siglo XXI, es innecesaria para la supervivencia. Se puede vivir, y muy bien por cierto, sin ella. No digamos ya sin la lectura.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

No tengo hijos y no sé cómo lo enfocaría. Supongo que intentaría en la medida de lo posible que aprendieran a apreciar las cosas bellas, entre ellas los libros, y a relativizar la importancia de las no tan bellas. Supongo también que intentaría educarlos en algo así como una “austeridad creativa”. En esto creo que sería un poco cabrón: si hay que torturarlos psicológicamente con pequeñas dosis de aburrimiento para que se decidan a coger un libro, pues se les aburre hasta que esos pequeños cabrones se rindan y metan la cabeza en el puto libro.

Cristian Campos nació en Barcelona a muy temprana edad. Es periodista y le dejan escribir en El Español y Jot Down. También hace libros de cosas bonitas. No debería tener acceso a internet, aún menos a Whatsapp y de Twitter ni hablamos. Pero lo tiene. Y de esos polvos, estos lodos. 

 

Orgullo fox terrier

Abuelo sale a navegar a menudo. Se levanta temprano y se lleva a Robalo, su perro. Es fácil verlos andando juntos por el puerto: abuelo alto, delgado, con los pantalones cortos, gastados y un poco tiesos del agua salada; Robalo blanco, pequeño, con una mancha en un ojo (como el parche de un pirata), trotando alegre a su lado. De un salto se cuela en el barco y se coloca en su sitio favorito, delante, en la proa. Le gusta ir allí de pie y sentir el viento fresquito. Entrecierra los ojos y se queda muy quieto; parece el mascarón de proa de un galeón. Abuelo no lo pierde de vista. Se ajusta el “Tilley hat” y las gafas, se unta un poco de crema en la nariz y pone rumbo a la bahía, tarareando.

Esta mañana les ha pasado un ferry muy cerca. El barco ha empezado a balancearse mucho; Robalo ha perdido el equilibrio con una de las olas y abuelo ha tenido que rescatarlo. La maniobra de hombre al agua es muy difícil, sobre todo si vas navegando solo. Le ha costado bastante; las olas no se estaban quietas y a veces perdía de vista al perro. Al final ha logrado llegar hasta él y pescarlo con el salabar, que es un palo muy largo con un aro y una red al final. Sirve para sacar peces pequeños del agua (o perrillos náufragos). El pobre estaba empapado y un poco temblón; abuelo lo ha secado bien con la toalla y le ha dado una cucharadita de vino dulce. Robalo se ha quedado un rato pegado a la pierna de su dueño, junto al timón, pero en cuanto han enfilado el puerto ha pegado dos saltos y se ha colocado en su sitio, muy derecho. A abuelo le ha hecho mucha gracia. “Míralo, el tío. Tiene su orgullo este perro, tiene su orgullo.”

 

Alice y Martin Provensen: Una colaboración feliz

Alice (1918-) y Martin (1916-1987) Provensen eran un matrimonio de ilustradores estadounidenses. Hasta que Martín murió, a los 70 años, ilustraban cada encargo entre los dos. No se sabía dónde terminaba el trabajo de uno y empezaba el del otro: “Hemos estado trabajando juntos durante tanto tiempo que ya no se trata de quién hace qué… Nos pasamos una ilustración el uno al otro hasta que ambos estamos satisfechos con el resultado. Es una colaboración feliz”.

Martin trabajó en Disney de 1937 a 1941, y Alice lo hizo en el Walter Lantz Studio (los creadores del Pájaro loco), en Hollywood. Más adelante se compraron una granja al norte del estado de Nueva York, Maple Hill Farm, y escribieron varios libros ambientados allí. En casa había tres: Un búho y tres gatitos, Un año en la granja y Un caballo y un perro, una cabra y un ganso. Parece que hay un patrón en los libros que van apareciendo en este blog. Todos están inspirados en sitios o personajes reales. Es curioso.

 

Cuando Martin murió en 1987, a los 70 años, Alice pensó que no podría volver a dibujar más, al menos no para niños: “Verá, es que éramos una verdadera colaboración, Martin y yo realmente éramos un solo artista”. Por suerte, su editora la convenció de lo contrario. Sí, para esto sirve un buen editor (entre otras cosas).

La gracia que tienen Alice y Martin es que son muy versátiles. Cambian de estilo para adaptarse a cada encargo. Cuando empecé a investigarlos un poco pensé que sus ilustraciones serían todas como las de Maple Hill Farm, que son muy representativas de una época, pero no. Cada libro tiene su personalidad y el elemento común es el cuidado y el cariño con el que están hechos.

La edición española de los libros de Maple Hill Farm es de Plaza & Janés, de la colección Cliper. Creo que están todos descatalogados ahora mismo. De hecho, creo que en español todos sus libros lo están.

 

 

 

Cuestionario nido de ratones: José Luis de la Cuesta

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Vuelo nocturno, de Saint-Exúpery. Supongo que no por el libro en sí sino porque me lo leía mi padre en la cama. También nos leía unos cuentos de Mark Twain, recuerdo dos: Canibalismo en el tren y La historia del niño bueno y del niño malo.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

He tenido que pensar un rato la respuesta y me ha llegado el recuerdo de Harquin, de John Burningham. Un zorro que se escapa de su casa y baja al valle. Las ilustraciones eran muy bonitas. La portada era preciosa.

Harquin

Otro que recuerdo con especial cariño es La cena del zorro, de Stephen Wyllie. Un zorro va invitando a varios animales a cenar a su casa. Le gustaba mucho a mi hermana María Paz. La gallina mira en la cazuela y dice “¿sólo una zanahoria?”. María Paz iba diciendo: “¿sólo una zanonia?”

Vete a saber qué dirá un psicólogo del hecho de que los dos vayan sobre zorros.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Mi hermana Ana, un año menor, leía todo lo que le ponían por delante. Al final del verano ella había leído veinte libros y yo ninguno. Quizá el contraste con ella hizo que mi madre tomara cartas en el asunto pero no acertaba con los libros que me recomendaba. En un momento dado dictaminó que lo mío no era la literatura sino los libros con información. Esto mismo declararía después sobre mi hermano Juan.

Mi padre no me recomendaba, se limitaba a decirme cuáles eran un rollo para que los evitase. Esto fue lo importante.

Ya más mayor mi madre me recomendó un verano libros muy buenos; una lista de novelas con El americano impasible entre ellas. Esa vez sí acertó.

¿Leía a escondidas?

En clase. No creo que pueda decirse que era a escondidas, porque yo tenía el libro abierto en la cajonera del pupitre pero debía de notarse bastante.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Todos los libros estaban y están en casa de mis padres.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Por cierta compulsión materna con las compras, cada mes llegaba a casa un tocho de las obras completas de Pío Baroja. Mi padre se cachondeaba. Hicimos un concurso de poesía para todos y el premio era un millón de pesetas (un cheque enorme como el de los concursos de la tele) y las obras completas de Pio Baroja. Gané el concurso, pero renuncié a las obras completas de Baroja.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Yo llegué tarde a esto, ya digo. Diría Tom Sawyer, de Twain; La flecha negra, de Stevenson; y todo Tintín.

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

No es nuevo. Esto es como la plegaria por los judíos, como Tintín en el país del Oro Negro, como el Código Civil.

Pero no hay vuelta atrás, ni forma de evitarlo.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Yo sólo recuerdo que había que leer no demasiados libros y que no me gustó casi ninguno.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Cuando tenga hijos haré como mi padre: les leeré cosas impropias de su edad; les inculcaré prejuicios que les protegerán del aburrimiento y de las modas. Sólo hay una corriente de gran literatura y no es difícil percibirla: les lanzaré a ella y ellos se dejarán llevar.

José Luis de la Cuesta nació en Valladolid en 1984. Es poeta y trabaja como abogado. En la actualidad está preparando la segunda tirada de un librito mínimo llamado Cosas que me has contado (Los Papeles del Sitio, 2015). Del librito han dicho cosas como esta esta, que él agradece mucho.

 

 

Madita

No me he leído todo lo de Astrid Lindgren ni de lejos, pero prefiero 100 veces Madita a Pippi Calzaslargas, que siempre me ha cargado un poco (también me gusta, pero mucho menos). De hecho, prefiero Madita a cualquier libro, así que es una comparación algo tramposa.

De pequeños tuvimos una aupair sueca, Katarina, que además de ser cariñosa, guapa y simpática, nos descubrió los libros de Lindgren y las acuarelas de Carl Larsson (1853-1919). Mi hermana Bibi la recuerda leyéndonos Madita, cosa que yo he olvidado, inexplicablemente. Pero bueno, gracias a ella sé que pasó, y con eso basta.

Terminamos de leerlo hace algunos días, y Lucas y Violeta han decidido que les gusta más que Miguel el travieso; de hecho, estamos con la segunda parte, Madita y Lisabet, pegándonos un buen atracón de leer todas las noches.

De dónde sale Madita

Madita (Madicken, en sueco) era el apodo de Anne-Marie Fries (Ingerström de soltera), una amiga de Lindgren. Fries vivía cerca de casa de la escritora cuando eran pequeñas. Un día, pasó por delante de Lindgren empujando un aro de metal y ésta le preguntó que adónde iba. Entonces se fueron a casa de Fries y desde ese día se hicieron mejores amigas.

 

A Lindgren y a Fries les gustaba trepar a los árboles y subirse a los tejados, y los juegos que aparecen en Madita son los mismos a los que solían jugar ellas de chicas. Fueron amigas toda la vida, e incluso trabajaron en la misma editorial. Cuando Fries ingresó en el hospital en el que pasó los dos últimos años de su vida, Lindgren iba a visitarla todas las semanas. Según ella, solo se pelearon una vez, cuando tenían 9 años, y se les pasó pronto.

Bicheando he descubierto que la hija de Fries, Lena Fries-Gedin, es la traductora de Harry Potter al sueco, entre otros muchos libros (muchísimos, tiene 84 años, así que le ha dado para un montón).

La hermana pequeña de Madita, Lisabet, que es de mis personajes favoritos (graciosísima) tiene mucho en común con Stina, la hermana pequeña de Lindgren.

 

Madita tiene siete años y vive con su hermana Lisabet, de cinco, en Birkenlund, que es una casa como me gustaría a mí que fuera la mía, con su desván y sus estufas de leña, su perro y su gato. Además, si sales al jardín y te subes al tejado del cobertizo, puedes ver lo que pasa en la cocina de los Nilsson, donde seguramente esté Abbe (que tiene quince años y es muy rubio y muy guapo) haciendo las rosquillas que su madre vende en el mercado. Si es verano, te puedes sentar en el embarcadero y meter los pies en el río que pasa por detrás del jardín mientras comes ciruelas amarillas y vuelves tarumba a Linus-Ida, que viene a hacer la colada una vez a la semana. Y si es invierno, puedes patinar hasta la granja de Apelkullen, que está más lejos de lo que parece, y si tienes suerte puede que te inviten a desayunar allí y luego te devuelvan a casa envuelta en una pesada manta de piel, acomodada en un trineo tirado por cuatro caballos. Posiblemente se te haya olvidado pedir permiso para semejante plan (¿a quién no se le olvidaría?) y a tus padres no les haga mucha gracia, pero habrá merecido la pena.

Las ilustraciones

La ilustradora de Madita es Ilon Wikland (1930-). Wikland nació en Estonia y llegó a Suecia como refugiada en 1944. En 1953 quiso entrar de ilustradora en Rabén & Sjögren. Allí la recibió Lindgren, que acababa de terminar Mío, mi pequeño Mío y se lo dio para que hiciera una prueba de ilustración. La prueba debió de ir bien, porque Wikland acabó ilustrando más libros de Lindgren que nadie, y trabajando de ilustradora en Rabén & Sjögren, que era lo que ella quería.

Picnic en el tejado

La edición que tenemos en casa es la primera española, de 1983 (el original sueco salió en 1960), de Editorial Juventud. Las ilustraciones son las de Wikland, pero la portada es (surprise, surprise) de un fotograma de la serie de Madita (1979). La traducción es de Herminia Dauer (1924-2015) y me parece muy fluida; tiene alguna cosa que me llama la atención (sopa de avena para desayunar), pero en general me gusta mucho. Busco a Dauer y veo que murió a los 91 años, en noviembre del año pasado. No suele haber mucha información sobre los traductores. Sería bonito que las editoriales los celebraran algo más.

Madita y Lisabet en la cama

Madita está descatalogado y no tienen pensado volver a publicarlo de momento.

 

Un perro con una misión

Veo pasar a Gastón por delante de la puerta del comedor. Lleva una barra de pan en la boca casi tan larga como él. La ha cogido por un extremo y el resto asoma perpendicular a su cuerpo. Es un perro con una misión (comerse la barra de pan), pero poco discreto. Luisa se la quita, le riñe y lo echa al jardín, pero cuando vuelve a la cocina está sonriendo. Es difícil no hacerlo, la pinta del teckel era muy graciosa.

“Es que este perro es muy perro, no sé”, dice con su acento de Vitoria.

“¿Muy perro? ¿Eso qué significa?”

“Pues eso. Yo tenía otro teckel que encendía la luz cuando se quedaba a oscuras.”

Hasta que se dieron cuenta, las discusiones sobre quién se había dejado la luz encendida no tenían fin. El pobre Gastón lo tiene duro para superar a un colega con tanto talento, pero hace lo que puede. El otro día, por ejemplo, se comió la cena de los niños: tres platos con dos trozos de pizza humeante cada uno. Y no movió ni un tenedor; un trabajo finísimo. Menos perruno que eso…

Cuestionario Nido de ratones: Ximena Maier

¿Cuál era su libro favorito de niña?

Las aventuras de Tintín. No solo tenían todas las aventuras, acción, misterios y viajes, sino que el estilo de dibujo de línea clara es el que más me ha influenciado siempre.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

What do people do all day?, de Richard Scarry. Está lleno de detalles, información, gags visuales, personajes graciosos, me encantaba entonces y me encanta ahora.

WHAT DO PEOPLE DO ALL DAY
¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

Mi padre me iba comprando todos los libros que había leído en su infancia: la serie de Aventura de Enid Blyton, Sandokán, El Corsario Negro, Julio Verne, los tintines y asterixes, los folletines de Dick Turpin

¿Leía a escondidas?

En casa había manga ancha. Al colegio siempre llevaba mi libro, y leía en clase, debajo de la mesa, o apoyando el libro que fuera dentro de un atril. Ahora que lo pienso, debía ser bastante obvio que estaba leyendo, pero supongo que mejor eso que dar la lata hablando o dibujando en la mesa.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Por suerte en mi casa los libros llegan del suelo al techo. Luego, más suerte todavía, mi madre me daba permiso para comprar lo que quisiera, siempre que fuera en inglés, para irlo manteniendo. También cambiaba los libros que no quería por otros en Trueque, una librería de viejo que había en el barrio de Santa Cruz de Sevilla. Me pasaba ahí tardes enteras.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros?

Recuerdo como uno de los mejores momentos de mi vida una mañana de verano, con doce años, aburrida como una seta brujuleando entre las cajas que había en el garaje, y encontrarme El señor de los anillos, sin saber qué era, y empezar a leer.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Depende tanto del niño y la edad y el momento… Mis hijos son pequeños y no leen libros largos solos, pero álbumes ilustrados que hemos disfrutado mucho, los tres del Osito (La canción del oso, no recuerdo el autor, es francés) The storm whale, Eloise, Madeline, y la serie de Look inside de Usborne.

LOS TRESTHE STORM WHALE

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

En el caso de Enid Blyton encuentro que no es tan aberrante. Son libros ligeros, divertidos, y para pasar el rato leyendo las aventuras de unos niños que descubren tramas de contrabando, espionaje, falsificación de moneda… Nada realista, ni serio. Los comentarios racistas no añaden nada a la trama, y cuando los quitan, no quitan nada tampoco, eran un tic de la época. No es el tipo de libro con el que quiero empezar una conversación sobre racismo con mis niños. Cuando retocan Huckleberry Finn es un sacrilegio, porque además de que Mark Twain es un genio y HF perfecto así, ahí el racismo es central a la trama, Jim es un esclavo, pasa en el viejo Sur, y es un libro que no se entiende sin todo eso.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

En los colegios hacen una gran labor de animación a la lectura, y creo que los niños pequeños disfrutan mucho con los libros que se leen y las actividades que se hacen. Lo malo, para mi gusto, es el sistema español de enseñar lengua, centrado en gramática y en diseccionar poemas como si fueran ranas muertas, en vez de enseñar a los niños a redactar bien.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Intento que no sea “un tema”. A mí me encanta leer, y leemos juntos, siempre tienen un montón de libros por todas partes, y yo tengo muchos libros infantiles míos, que compartimos, y comentamos. También dibujo con ellos, y cocino con ellos, y hacemos picnics en el campo. Todo esto porque son cosas que me gustan a mí. Otras cosas que son seguramente muy buenas, como el deporte o tocar el violín, no se las fomento nada porque me aburren y me da muchísima pereza sacrificar una mañana de sábado a cualquier cosa que no sea improvisar el mejor plan para cada momento.
Un enfoque perezoso, me temo.

Ximena Maier nació en Madrid en 1975. Lleva trabajando como ilustradora desde 1999 (o sea, hace siglos) en periódicos (El País, Diario 16, La voz de Galicia) y revistas (Telva, Marie Claire, Yo Dona, Cosmopolitan, Woman, Mia) además de publicidad y prensa corporativa. Ilustra libros para niños, guías de viaje y libros de cocina. Y no para de dibujar, en cuadernos, trozos de papel, en el iPad, en la arena o en cualquier pizarra que se ponga a tiro. Le gusta leer, comer y cocinar, los carteles tipográficos pintados a mano, la edad heroica de la exploración polar, la ópera italiana y los picnics. Tiene un marido, dos hijos, dos blogs, un perfil de Twitter, otro de Instagram y una cierta afición desmedida a Pinterest.

*El collage de la niña con la mariposa es de Ximena, que lo ha cedido muy amablemente para ilustrar el cuestionario.