Un perro con una misión

Veo pasar a Gastón por delante de la puerta del comedor. Lleva una barra de pan en la boca casi tan larga como él. La ha cogido por un extremo y el resto asoma perpendicular a su cuerpo. Es un perro con una misión (comerse la barra de pan), pero poco discreto. Luisa se la quita, le riñe y lo echa al jardín, pero cuando vuelve a la cocina está sonriendo. Es difícil no hacerlo, la pinta del teckel era muy graciosa.

“Es que este perro es muy perro, no sé”, dice con su acento de Vitoria.

“¿Muy perro? ¿Eso qué significa?”

“Pues eso. Yo tenía otro teckel que encendía la luz cuando se quedaba a oscuras.”

Hasta que se dieron cuenta, las discusiones sobre quién se había dejado la luz encendida no tenían fin. El pobre Gastón lo tiene duro para superar a un colega con tanto talento, pero hace lo que puede. El otro día, por ejemplo, se comió la cena de los niños: tres platos con dos trozos de pizza humeante cada uno. Y no movió ni un tenedor; un trabajo finísimo. Menos perruno que eso…

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