Cuestionario Nido de ratones: Enrique García-Máiquez

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Recuerdo a mi padre leyéndome poemas de Marinero en tierra antes de dormirme. Le pedía obsesivamente la “Nana de la tortuga”. Comenzaba así —lentamente— mi camino de poeta. Y renunciaba a la carrera de novelista, pues los cuentos no me interesaban. Mi padre, con gran paciencia, imagino, me leía la nana una y otra vez. Se me quedó grabada para siempre la música del verso en una voz varonil.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Recuerdo un cuarto ilustrado, no sé si vale. Mi madre recortó con cartulinas unos gatos y los empinados tejados de una ciudad con torres lejanas y grandes relojes, y los enmarcó, y los colgó en mi dormitorio. No sé si esos gatos habían salido de algún cuento, aunque maúllan en mi memoria con un inconfundible acento londinense, un tanto dickensiano, con deshollinadores, niebla, humo, sigilo y misterio, en el que me quedaba dormido.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Desde muy pequeño, creo recordar, apliqué el método de las cerezas, esto es, que un libro que me ha gustado se traiga enganchado del rabito, como las picotas, otro libro o del mismo autor o de la misma colección o del mismo grupo literario. Sigue siendo mi método.

¿Leía a escondidas?

Sí, sí, sí. Pero esa fase de clandestinidad y aventura me parece posterior, de la adolescencia. Sí me recuerdo muy pequeño buscando un rincón en el patio del colegio para leer. Todavía es para mí un arcano cómo no fui un niño maltratado por mis compañeros, teniendo, como tenía, todas las papeletas. Qué buenos eran.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

A la biblioteca, no. Y lo lamento, porque podría haberme aprendido el caminito y habría ahorrado mucho en el futuro. En casa había libros, aunque no de niños. Los compraba con una temprana conciencia de ir formando mi biblioteca. Pronto empecé a ir al ortodoncista, a Cádiz, al Dr. Velázquez, y éste nos hacía esperar literalmente horas y horas en salón grandilocuente y cómodo. Cada visita, me compraba, justo antes de entrar, un libro nuevo, que leía allí. Aquellas mañanas de sábado fueron una delicia para mí y para mi creciente biblioteca. Además, como todo era tan lento, me daba tiempo a aprender muy bien la lección fundamental: que lo interesante es releer. No fue tan placentero para mi madre, que en un ataque de desesperación, decidió que no volveríamos jamás, dejándome la boca a medias. Por suerte, ya había terminado mi colección de Astérix y la de Tintín. Y pude sonreír por eso, si no por lo otro.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Hace dos o tres años, en una incursión de saqueo en la biblioteca paterna, di con la poesía completa de Alberti en la preciosa edición de Aguilar. La abrí y me encontré con que la cinta marcadora roja estaba aún en el viejo poema de la tortuga. Había dejado en esos cuarenta años una marca sobre el papel y desteñido un poco. Fue un golpe de emoción y memoria como de magdalena de Proust. Devolví el libro a su sitio, porque lo mejor me lo había llevado hacía muchos años.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Marinero en tierra, de Rafael Alberti.

A Child’s Garden of Verses, de R. L. Stevenson

Y las historias del Génesis.

Enrique García-Máiquez

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Detecto una falta increíble de fe progresista en esta costumbre de volverse continuamente sobre (contra) el pasado. Un progresista comme il faut debería tener más confianza en los libros actuales y en los del esplendente futuro que nos espera y dejar los de anteayer hundidos en su pozo de ignorancia, cerrazón y fanatismo, etc.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Está mal planteado, pero es el mejor planteamiento. En el colegio se trata de poner los cimientos para una vida de lector futura y, por eso, insisten en el dominio de unos instrumentos de lectura y, en los manuales, en la historia de la literatura. El lector verdadero tiene una relación mucho más caótica y placentera con los libros, con los que convive. Pero hay que reconocer que sin unos cimientos sólidos no se puede construir, en el segundo piso, una buena biblioteca.

Me dan bastante miedo, por tanto, esos intentos de hacer muy amable la lectura en la escuela. Diría que, en vez de cimientos de hormigón, se propone una tienda de campaña para una acampada o una excursión.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Están aprendiendo a leer, así que todavía no hemos enfocado. Su madre les cuenta cuentos sin parar. Cuando me toca acostarlos a mí, me voy a su cuarto con el libro que estoy leyendo en ese momento y leo en voz alta. Les gusta casi igual. Y yo excuso mi egoísmo pensando que la pasión de su padre y la lluvia incesante de la gran literatura no van a dejar de calarles en el alma.

Enrique sobre Enrique:

Nací en una familia bastante bien, pero no tanto como para no sentir unas décimas de emocionante y austiniana angustia social. Mi madre estuvo malísima y se curó. La carrera no me gustaba y me acabó gustando. No me pensaba capaz de escribir poesía y la escribí. Las oposiciones se presentaban negras, pero las saqué. Mi novia me dejaba cada dos por tres hasta que se casó conmigo. No teníamos hijos y los tuvimos. Últimamente no escribo poesía, aunque…

*La ilustración de la portada es de Carmen, la hija de Enrique. Le pidieron en el colegio que dibujase a su padre haciendo lo que más le gustaba y la niña, que lo conoce bien, lo dibujó yendo a misa (con ella). 

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Mi abuelo Vicente y su viña

Mi abuelo Vicente Fernández de Bobadilla González-Abreu (San Sebastián, 1922 – Madrid, 1999) dedicó toda su vida a la palabra escrita.

Desde la editorial Reader’s Digest, de la que fue director y presidente en Europa y América del Sur, contribuyó a que muchos españoles se iniciaran en el placer de la lectura a través de la revista Selecciones y de los muchos y diversos libros que publicaron. También reunió allí a un grupo informal de escritores y artistas de todo signo, que colaboraron en la buena edición y redacción de antologías, diccionarios y libros sobre los tesoros naturales, artísticos y literarios de España.

Publicó Huésped de mi viña a los veintiocho años, y muchos años después escribió El libro del brandy de Jerez y La puerta de Cristal, con los que completó su travesía literaria por los temas de su querido Jerez.

Ahora, 56 años después, vamos a publicar una segunda edición de Huésped de mi viña. Se trata de una edición familiar, hecha con mucho cariño. Creo que le habría gustado.

*Esta entrada es un tuneo de las solapa delantera del libro, que saldrá de la imprenta el jueves, si todo va bien. El texto original es de mi padre.

En el campo

 

Simón trepa a un álamo para bichear un nido. Quiere ver si tiene huevos o alguna pluma que le dé una pista de su dueño. No hay huevos ni plumas. Solo un cráneo de un roedor mediano, ¿un conejo, un meloncillo…?

***

Estamos en el patio de la casa, esperando. Propongo buscar ranitas en las hojas de las plantas del parterre que lo rodea para echar el rato. Simón aparta unos geranios con cuidado y ahí, a la sombra, muy quieta, descubre una culebra mínima. La pesca con la ayuda de una escoba y un recogedor y la pone en el suelo de tierra, al solecito. La culebra se estira, se encoge un poco y se queda quieta. No parece importarle la sesión de fotos. Con mucho cuidado, Simón le pone una moneda de euro debajo de la cabeza para que haga las veces de escala.

***

En el marco de la ventana del cuarto de las literas hay un murciélago acurrucado. Aviso a los niños, que salen corriendo a verlo con Simón. Vuelven a la cocina. “El murciélago no está bien, tiene las patas rotas y se está muriendo”, me dicen. Lo hemos debido de aplastar al cerrar la ventana. El pobre. Simón lo mata para aliviarle el sufrimiento. Los niños quieren enterrarlo. Más tarde, en el coche, Lucas está pensativo.

“Me acuerdo del murciélago”, dice. “Lo toqué y me miró.”

“¿Te da pena?”, le pregunto.

“Sí. Mucha.”

***

Cuando salimos por corral quemao, se nos cruza un cuervo volando a la altura de las copas de los pinos piñoneros. El todoterreno avanza despacio por la arena bailando un poco, como una barca sobre olas suaves. Agacho la cabeza hasta el volante y lo veo muy bien, negro y brillante contra el cielo azul. Al poco vuelve a cruzar, esta vez de izquierda a derecha, con su pareja. Luego nos acompaña volando delante del coche, cruzándose varias veces más, muy elegante. En la entrada al carril que lleva a la playa, nos deja sin despedirse.

Cuestionario Nido de ratones: Berta González de Vega

¿Cuál era su libro favorito de niña? 

Lo que te voy a decir es un poco triste, pero me acuerdo de los que no me gustaban para nada. Por ejemplo, los de Celia que mi madre quiso que me leyera porque le recordaban a su infancia. O una serie de ocho volúmenes de El Quijote en cómic, pero superpuesto a fotos. Me aburría mucho. Me bebía Los Hollister. Anteriores, no me acuerdo.

TRESBERTA

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

No. Qué mala memoria. Sí tengo uno de Andersen muy antiguo que no sé cómo llegó, pero lo admiraba más como objeto que para leerlo. Tenía una serie de clásicos que tenían una página de texto y la de al lado de cómic que sí me gustaban. Y los de Famosas Novelas, claro, que ahora disfruta mi hijo mayor, hasta el punto de que hemos comprado más.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

¿Tendré Alzheimer? No me acuerdo. Creo que, en realidad, empecé a leer más cuando acompañaba a mi padre a la librería internacional de Torremolinos y entonces ya los elegía yo. Sí me acuerdo de cuando iba a Madrid, en casa de mis primas, poder leer los volúmenes de Esther.

¿Leía a escondidas? 

En el cuarto de baño. Mi madre no se creía lo que podía aguantar, jaja. Con la colección de Agatha Christie de los lomos verdes. Me metía  para ducharme y me pasaba una hora. Y hasta tarde por la noche.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…? 

En casa tuvimos la suerte de que mi padre siempre nos dijera que no teníamos límite para libros. De hecho, recuerdo que en la Librería Internacional teníamos una cuenta e íbamos apuntando y un par de veces al año mi madre llegaba y pagaba cifras que me parecían abultadas. En casa había muchos y en la biblioteca de mi abuelo, en Granada, también.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros? 

Ahora que tengo un hijo preadolescente, me ha hecho recordar la obsesión que me entró con El Señor de los Anillos. Lo leímos tres amigos a la vez y hacíamos tertulias en el patio del colegio. Uno de ellos, Carlos Sisí, es ahora un autor de ciencia ficción de éxito. Sin embargo, a mí se me pasó aquello.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Me encanta la serie de Mr Men. He leído muchos con mis hijos. Me encanta un libro que se llama The Worst Princess, que me regaló una amiga. Lo leo a menudo con mi hija. Y también nos gustan los de Oliver Jeffers.

3BERTA

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?  

Una estupidez.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

En el de mis hijos, británico, creo que sí. Aprenden a leer con una serie de libros siempre protagonizados por una familia y sus aventuras. En el colegio, además, tienen una biblioteca y también librerías en cada clase con cuentos. Este año, además, a cada clase le han puesto el nombre de un autor infantil. Los que acaban antes de hacer las tareas en clase, pueden ir a las librerías y elegir libros. Hay series inglesas fantásticas, como Horrible Histories, que son un chute de historia contada de forma divertida.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Jaja. Tengo a uno que hay que arrancarle los libros de la mano y que su plan favorito es “quedarse en casa y leer”.  Curiosamente, el mediano, no lee cuando cree que nosotros esperamos de él que lo haga, pero cuando no estamos sus padres, sí que lo hace, aunque se niega a leer lo que le ha fascinando a su hermano mayor. En el cole dicen que lee mucho. Y la pequeña lleva el camino de su hermano mayor.

Berta sobre Berta:

Nazco en Madrid, donde recuerdo que, en uno de los pocos cumpleaños que me han celebrado, una tía me regala un diccionario de Anaya que estuvo muchos años por casa. A los ocho años, nos mudamos a Málaga, donde mi padre nos dijo que había niños que hacían vela y nosotros nos quedamos igual. Sólo fuimos marinos de vista. A los once, dejamos un ambiente de piso con jardín y niños –madres gritando desde las terrazas para subir a cenar– por una casa con mucho jardín, en una urbanización de costa donde no se conoce a los vecinos. Creo que eso me hizo una lectora voraz. No pudimos ser niños de la calle. Mis hermanos jugaban mucho al baloncesto en el jardín y leían menos. Ellos ensayaban entradas y bandejas y yo leía. A los 18 me marcho a Madrid a estudiar Periodismo y paso cinco años en el colegio mayor Poveda, que me marca mucho más que la Complutense, claro. Conservo muchas amigas de entonces y todas bastante lectoras. Teníamos una buena biblioteca y algunas nos pasábamos horas leyendo la prensa. Luego, en el Master de Relaciones Internacionales de la Ortega y Gasset, leo mucho sobre Oriente Medio. Me fascinaba. Me sigue pasando, pero mi capacidad es limitada y, con tres niños, dos trabajos y la necesidad de estar al tanto de la actualidad andaluza, es imposible que sepa ya nada de política internacional. Me fui a Sevilla con 24 años. Fueron años de un piso en San Bernardo donde llegaba el New Yorker con su plastiquito. Nos suscribimos pensando que era mensual. Recuperábamos lectura atrasada a veces en Sanlúcar, en fines de semana, en la Posada de Palacio. Leer oliendo a bodegas de manzanilla es una de esas sensaciones nostálgicas. En 2002 nos fuimos a Boston un año. Allí me hago más del Atlantic. Volvemos a Málaga, con tripa de ocho meses del primer hijo de tres. Volvieron los cuentos. Recuperamos los Mortadelos y los Asterix, los Tintines, los Lucky Luke. Y seguimos. Leyendo nosotros menos. Ellos, más. 

*El cuadro que ilustra la cabecera del cuestionario es un retrato de Berta leyendo en la playa que le hizo su cuñado Vicente el verano pasado.

 

Casa rural

 

En la casa rural hay un fantasma. La casa tiene un balcón con barandilla de madera en el que apetece sentarse, y unas losas de gres algo dudosas en los escalones de la entrada. Dentro abunda la decoración.

Dos o tres mujeres se ocupan de nosotros, registran nuestra llegada, nos ofrecen café, nos llevan a nuestros cuartos. Luego se van. Es un fin de semana muy tranquilo, somos los únicos huéspedes.

Se duerme muy bien en su silencio, en el aire tranquilo de la casa de pueblo, en la música de los susurros y los quejidos de sus vigas.

Entramos y salimos a toda hora, subimos la escalera que cruje, recogemos algo olvidado en nuestro cuarto, volvemos al otro hotel, donde están los demás.

—¿Quién era el hombre que estaba en el rincón del pasillo?

En Caravia, Enrique Fernández de Bobadilla Ívison. Octubre 2009.

                                                                                                           

Pepa la salamanquesa

Esta es Pepa.

Pepa es una salamanquesa.

A mí me dan muchísimo asco las salamanquesas. Pero Pepa es diferente. Es pequeña y oscura. Antes me daba el mismo asco que todas las demás. Ahora me lo sigue dando, pero le he cogido cariño de tanto verla. Se empeña en seguirme a todas partes. Al final, ha acabado cayéndome bien (a una distancia prudencial).

Sitios en los que me he encontrado a Pepa:

Detrás de un cuadro en mi habitación. Me tumbo a leer en la cama y veo por el rabillo del ojo un poco de movimiento. Me fijo mejor y allí está ella, asomando por detrás del retrato de mi abuela, guiñándome un ojo. Cojo mi libro y me voy al cuarto de mis hermanos. El mío es demasiado pequeño para las dos.

En el cuarto de baño. Las salamanquesas no suelen entrar en los cuartos de baño, pero Pepa es diferente. Espera a que esté dándome un baño calentito y entonces aparece encaramada al bote de champú. Es difícil salir corriendo cuando estás empapado y desnudo, pero yo me las arreglo bastante bien.

Sobre una hoja seca, cayendo a uno de los lebrillos con agua que hay en la terraza. A principios de otoño ya hay algunas hojas de parra secas. Pepa pisó una un día, y cayó con la hoja al lebrillo, “¡Plaf!” Pegó un bote tan rápido que creo que no llegó a tocar el agua. Yo estaba cenando con mis padres al fresquito y casi salgo disparada también.

Pegada al lomo de Trampa. La labradora se revolcó en el césped y cuando se levantó, ahí estaba Pepa, pegada como un tatuaje al lomo de la perra. No me di cuenta y cuando fui a acariciarla… quité la mano como si me hubiese dado un calambre. Estaba agarrada a los pelos negros de Trampa, como un vaquero en un rodeo.

Otra vez, fui a por un vaso de agua a la cocina y allí estaba ella, dentro de una copa, en el fregadero. Me di la vuelta tal y como vine y me fui a beber a la manguera del jardín.

En el suelo de la tienda de campaña, en un cámping de Almería. ¿Pero cómo llegó allí? A lo mejor se coló en mi bolsa de aseo…

Detrás de los chaquetones de la casilla de la sierra, junto a 50 salamanquesas más. Quietas, quietas, muertas de frío, moviéndose muy lentamente. Parecía una clase de taichí para reptiles.

En la persiana del estudio de mamá, al solecito. Pepa, si sigues poniéndote ahí, no durarás mucho más.

En el buzón de casa de mi abuela Milagro. Mi abuela, que tampoco era muy amiga de las salamanquesas, me enseñó a ir a por el correo dando palmadas desde muy lejos. Así si hay una salamanquesa, se asusta y se va. Pero si es Pepa, el truco no funciona. Casi la veo mover el rabo de contenta, como si fuera un perrillo.

Cuestionario Nido de ratones: José Antonio Montano

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Los álbumes de Astérix, Tintín y Mortadelo.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Los libros “de letras” ilustrados no me gustaban. Solo me gustaban los tebeos, hasta que me empecé a leer las novelas de Agatha Christie, no ilustradas. Lo más parecido a ese híbrido de libros ilustrados era la colección de Joyas Literarias Juveniles, en que se alternaba una parte “con letras” y otra de tebeo; me gustaba mucho, pero yo solo me leía la parte de tebeo. (Y tras escribir esto, me viene de pronto que sí que leí y disfruté muchos libros ilustrados: los de viajes y geografía adaptados para niños, los de animales, o los de las enciclopedias infantiles).

Montano libros

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Nadie. Empecé a leer por mi cuenta uno de los tebeos que había por casa, que me habrían comprado mis padres o algún familiar, y a partir de ahí ya los fui buscando yo. Cuando me interesaba algo, insistía en ello. Había complicidad a veces con mi hermana, con mis primos y con mis amigos, y algunas cosas descubrí por ellos; pero en general me recuerdo buscando por mi cuenta.

¿Leía a escondidas?

No tenía necesidad de leer a escondidas, porque en casa mis padres nunca me regañaban si me veían leyendo, y en el colegio nunca se me ocurrió leer nada que no fuese de clase.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Tenía algunos libros y tebeos en casa, y cuando me aficioné los pedía como regalo. Pero la inmensa mayoría fueron leídos en bibliotecas públicas, o tomados en préstamo de ellas. Aunque antes de las bibliotecas hubo otra cosa: el bibliobús. Creo que el exotismo del bibliobús, que venía una vez a la semana por el barrio, contribuyó a mi afición.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Sí, la del primero que leí, que fue el álbum de Mortadelo y Filemón “El otro yo del profesor Bacterio”. Hasta entonces yo solo miraba los dibujos de los tebeos, y cuando aprendí a leer me limitaba a leer algunas palabras o frases sueltas. Pero una tarde, no sé por qué, empecé a leer ese álbum desde el principio, leí varias viñetas seguidas y me sorprendió ver que había una “historia”, como en las películas. Seguí leyendo, hechizado, hasta que acabé el álbum, en un estado de sorpresa y maravilla. Ahí se produjo el clic.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Pues no lo sé, la verdad. Para mí lo más eran los álbumes mencionados de Astérix, Tintín y Mortadelo. Más los de Lucky Luke, Iznogoud o los volúmenes gordos de Magos del Humor. Pero a mis sobrinos no les han llamado mucho la atención (aunque algunos han leído).

Montano 3

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me parece triste. Pero es una batalla perdida.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

No sé como funciona: no tengo hijos, solo sobrinos. Mis sobrinos leen, pero no sé en qué medida se debe al colegio.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Si yo enfocase el tema de la lectura con esos hijos que no tengo, no sería yo un lector, sino un personaje de novela algo trastornado.

José Antonio Montano. Málaga (1966). Empezó Filosofía y Periodismo y terminó Filología. Ha trabajado en la alta cultura (una biblioteca, una editorial) y en la baja cultura (la televisión). Actualmente escribe para Jot Down, El Español y The Objective/El Subjetivo. Todo lo enlaza en su blog:

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*La foto de la cabecera es suya. La ha cedido muy amablemente para ilustrar el cuestionario. En su blog de fotos, La belleza es frecuente, pueden disfrutar de muchas otras. 

 

Sobre leer en alto

El otro día leí en lo de Miss McHaggis una frase que me encantó: “Dejar de leerles a los niños cuando ellos aprenden es como dejar de regalarles cuando descubren a los Reyes Magos”. Es buenísima. Y muy cierta.

No pensaba leerle a mis niños más allá de que aprendieran a leer. Tampoco le había dado muchas vueltas. El recuerdo que tengo yo es el de haber empezado a devorar libros sin parar una vez que aprendí, así que no le veía mucho sentido. Pero un día se me ocurrió leerles Miguel el travieso y cambié de idea.

Hasta ese momento habíamos leído juntos libros ilustrados, muchos y muy buenos, por cierto. Pero no funcionaba igual. Imagino que es porque un cuento corto, aunque sean varios, no da para desconectar del día e ir entrando en modo standby. Desde que empezamos con los libros largos, sin apenas dibujos, dan menos lata para irse a dormir (la siguen dando, ¿eh? No hay milagros por aquí). Es más, si propongo leerles un rato en cualquier momento del día, dejan lo que estén haciendo. No falla.

Se quedan muy quietos (uno más que otra), atentos a la historia. Relajados. Casi diría que no les importa qué les lea. Sé que no entienden muchas de las palabras, pero les da igual. El caso es leer, y siempre un capítulo más, por favor.

A mí se me había olvidado porque debe de hacer más de 30 años que nadie me leía nada, pero es algo muy recomendable. Cuando le toca a Simón tengo buen cuidado de cepillarme los dientes y ponerme el pijama porque sé que en dos capítulos habré caído como una bendita.

Además, es el mejor remedio que existe para las penas nocturnas. Cuando se hace tarde y Violeta se pasa de rosca, le entra la pena negra y llora desconsolada repasando la lista de agravios del día (y de su vida). Cada palabra de consuelo que se le diga corre el riesgo de ser convertida en una tragedia; es una situación delicada. La última vez que le pasó fue hace un mes. Por esa época estábamos con Heidi, así que le propuse leer el siguiente capítulo. “¿Y si nos descubre Lucas?” fueron sus últimas palabras. Le aseguré que a la mañana siguiente lo volveríamos a leer con él y se quedó conforme. A las dos páginas se había dormido, tranquila, las penas olvidadas.

Tengo una amiga con una tía que se escribe cartas animosas a sí misma durante el día y las guarda en el cajón de la mesilla para cuando se despierta con angustia por la noche. Seguro que si tuviera a alguien que le leyera un par de párrafos, no le haría falta la carta.

*La imagen de la cabecera está sacada de La paciencia de Pepa, y es de una servidora.

Cádiz

Por fin encontré las librerías Raimundo en Cádiz. La de la calle San José está atendida por una chica muy amable. Iba buscando ediciones de Astrid Lindgren, sobre todo de Madita. No había; lo que sí tenían eran varios volúmenes de Guillermo el travieso, de Richmal Crompton (este enlace lleva a un artículo de Javier Marías en el que habla sobre la escritora británica; lo pongo porque también yo pensaba que era un escritor y me meto en el mismo saco que Marías, así como la que no quiere la cosa). No los he leído nunca y tenía curiosidad, así que me hice con uno para probar.

Por cierto, qué empeño este de ponerle la coletilla “el travieso” a cualquier libro con un niño de protagonista: Emil i Lönneberga—Miguel el travieso, Just William—Guillermo el travieso, Dennis the menace—Daniel el travieso… Tom Sawyer se libró de milagro. Alguien debería probar a traducir un título alguna vez.

Lindgren Círculo

Además cogí un álbum bastante feo sobre la historia de los libros en general y un cómic de Popeye que se me antojó. Y de ahí nos fuimos a la otra librería Raimundo, en la plaza de San Francisco, que estaba atendida por un chico también muy amable. Aquí tenían una selección de libros infantiles mucho más grande (aunque estaban en un sitio algo incómodo para bichear a gusto) y echamos un buen rato. Al ratito de empezar a mirar, ¡bingo! Tres ediciones Círculo de Lectores de libros de Lindgren, muy bonitas y en buen estado, además. Con eso debajo del brazo ya me daba igual todo, pero seguí mirando de todos modos y me llevé unas cuantas cosas más. Violeta escogió un libro de ¿Dónde está Wally? que tenía todos los wallies redondeados a boli, así que nos regalaron otro más (que también tenía los wallies señalados con un rotulador, pero a ella no parecía importarle).

Con varias bolsas de botín esperamos a que llegase Simón de su taller de caligrafía (ver campamento gitano abajo) y nos fuimos a comernos unos sándwiches a la Caleta. Mientras esperábamos, Violeta escribía:

Como emos pasado el día en este sitio

Fuimos a 3 librerias i compamos 2 grasanes porce tieaniamos mucha ambre i un señor me llamo pocajontas 😦

Campamento gitano

 

 

 

Cuestionario Nido de ratones: José Mateos

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Moby Dick en una edición para niños que combinaba texto y cómic, de la serie Clásicos Juveniles de Bruguera.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Recuerdo los tebeos del Capitán Trueno que me encantaban. Pero libros bien ilustrados, no. Mi tía Mariana, a final de mes, solía comprarme un libro y yo lo elegía siempre de la misma serie: Clásicos Juveniles de Bruguera. Como sus ilustraciones eran en blanco y negro, a veces me entretenía coloreándolas.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Aparte de las lecturas obligatorias del colegio, leía por curiosidad, lo que me llamaba la atención. Nadie concreto me recomendaba nada.

¿Leía a escondidas?

No. De muy pequeño, mi padre nos leía poemas en voz alta  (La canción del pirata, El romance de Conde Arnaldos, etc.). En casa todos leíamos. Lo que hacíamos casi a escondidas era ver la televisión. Mi padre la había comprado por mi madre y la tenía como una amenaza para su profesión de proyectista de cine.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

En casa había libros y también en casa de mis tíos, donde pasé buena parte de mi infancia. Había un respeto casi sagrado hacia ellos. Nunca me dijeron que tenía que leer. Era ese respeto casi sagrado, misterioso, el que me producía curiosidad y me hacía coger un libro de la biblioteca y leerlo. Más tarde, a los 12 o 13 años, me compré con mi dinero mi primer libro.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

La voz de mi padre leyéndonos un mañana lluviosa de domingo el poema El ama de Gabriel y Galán. Por primera vez sentí el poder de la poesía para, a través de la emoción que las palabras me producían, ver la realidad de otra manera.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Es difícil. Depende del carácter del niño. Pero así, en general, una buena selección ilustrada de los Libros de lectura de Tolstoi; el Evangelio de San Lucas y una buena selección de textos bíblicos (sin estampitas empalagosas); y una antología de nuestro Romancero. Después, Allan Quatermain de Henry R. Haggard,  El tesoro del holandés de Pío Baroja o La isla del tesoro de Stevenson.

Recomendaciones de José Mateos

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Qué me va a parecer: un gran disparate. Dulcificar los relatos que nos modelan como personas sólo sirve para hacernos unos analfabetos emocionales. Si a los niños se les sustrae la negatividad de la vida, en cuanto se vean obligados a enfrentarse a ella serán carne de psiquiatra.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

No. No se sabe despertar la curiosidad por los libros. No se sabe trasmitir el placer, la satisfacción, la riqueza,  que supone leer, seguramente porque quienes deberían hacerlo no sienten nada de eso. Los libros de lectura obligatoria están escogidos con verdadero mal gusto, muchas veces obedeciendo a presiones editoriales o a intereses ideológicos. Y después, está esa especie de idolatría cateta por las nuevas tecnologías a la que el sistema educativo empuja a los más pequeños antes de que hayan adquirido un criterio, un conocimiento contrastado: les regalan ordenadores, sustituyen la lectura de libros por series de televisión inspiradas en esos libros, etc.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos? 

Mi hijo nos ha visto a su madre y a mí entusiasmarnos con la lectura de algún libro. Y nos ve leer a todas horas y hablar de libros. Tiene una buena biblioteca a su disposición para cuando sienta curiosidad. Lo demás es cosa suya. No sé si eso será bastante para que quiera remar a contracorriente de los tiempos actuales.

José Mateos nació en Jerez en 1963. Ha publicado libros de poesía entre los que cabe destacar: Canciones, La niebla o Cantos de vida y vuelta, entre otros); de relatos (Rememorias o Historias de un Dios menguante); y de ensayos (La Razón y otras dudas o Un año en la otra vida, entre otros). Ha estado vinculado a diferentes proyectos culturales y literarios. Actualmente dirige la editorial Libros Canto y Cuento.
*La acuarela de Cádiz que ilustra la cabecera es de José Mateos, que la ha cedido muy amablemente para acompañar su cuestionario. Tiene más aquí.