Pepa la salamanquesa

Esta es Pepa.

Pepa es una salamanquesa.

A mí me dan muchísimo asco las salamanquesas. Pero Pepa es diferente. Es pequeña y oscura. Antes me daba el mismo asco que todas las demás. Ahora me lo sigue dando, pero le he cogido cariño de tanto verla. Se empeña en seguirme a todas partes. Al final, ha acabado cayéndome bien (a una distancia prudencial).

Sitios en los que me he encontrado a Pepa:

Detrás de un cuadro en mi habitación. Me tumbo a leer en la cama y veo por el rabillo del ojo un poco de movimiento. Me fijo mejor y allí está ella, asomando por detrás del retrato de mi abuela, guiñándome un ojo. Cojo mi libro y me voy al cuarto de mis hermanos. El mío es demasiado pequeño para las dos.

En el cuarto de baño. Las salamanquesas no suelen entrar en los cuartos de baño, pero Pepa es diferente. Espera a que esté dándome un baño calentito y entonces aparece encaramada al bote de champú. Es difícil salir corriendo cuando estás empapado y desnudo, pero yo me las arreglo bastante bien.

Sobre una hoja seca, cayendo a uno de los lebrillos con agua que hay en la terraza. A principios de otoño ya hay algunas hojas de parra secas. Pepa pisó una un día, y cayó con la hoja al lebrillo, “¡Plaf!” Pegó un bote tan rápido que creo que no llegó a tocar el agua. Yo estaba cenando con mis padres al fresquito y casi salgo disparada también.

Pegada al lomo de Trampa. La labradora se revolcó en el césped y cuando se levantó, ahí estaba Pepa, pegada como un tatuaje al lomo de la perra. No me di cuenta y cuando fui a acariciarla… quité la mano como si me hubiese dado un calambre. Estaba agarrada a los pelos negros de Trampa, como un vaquero en un rodeo.

Otra vez, fui a por un vaso de agua a la cocina y allí estaba ella, dentro de una copa, en el fregadero. Me di la vuelta tal y como vine y me fui a beber a la manguera del jardín.

En el suelo de la tienda de campaña, en un cámping de Almería. ¿Pero cómo llegó allí? A lo mejor se coló en mi bolsa de aseo…

Detrás de los chaquetones de la casilla de la sierra, junto a 50 salamanquesas más. Quietas, quietas, muertas de frío, moviéndose muy lentamente. Parecía una clase de taichí para reptiles.

En la persiana del estudio de mamá, al solecito. Pepa, si sigues poniéndote ahí, no durarás mucho más.

En el buzón de casa de mi abuela Milagro. Mi abuela, que tampoco era muy amiga de las salamanquesas, me enseñó a ir a por el correo dando palmadas desde muy lejos. Así si hay una salamanquesa, se asusta y se va. Pero si es Pepa, el truco no funciona. Casi la veo mover el rabo de contenta, como si fuera un perrillo.

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