La salamanquesa

A la vuelta de Lebrija, voy retirando las jardineras del balcón para cambiarlas por las macetas nuevas. Me agacho para levantar la primera, la agarro por los lados y ahí está ella, mirándome fijamente, muy quieta. La salamanquesa. No es de las gordas. Tampoco de las blancas que dan tanta angustia, ni de las negras que dan tanto asco. Es de un pardo muy elegante, con puntitos negros; más bien nervuda, mediana. Parece simpática. Grito como si me estuvieran matando. “No muevo ni una maceta más. Ya no puedo vivir en este piso.” Simón no pestañea. “Tú estás mal de la cabeza.” La ayuda a mudarse al piso de al lado y sigue colocando macetas.

Mi padre dice que la culpa es mía por escribir sobre ellas.

 

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6 thoughts on “La salamanquesa

  1. En la casa de Chipiona donde veraneábamos teníamos una en nuestro cuarto, era muy pequeña de tamaño y de color pardo también como la de tu jardinera, si era elegante o no, no lo recuerdo. Se llamaba María Eugenia. Al volver por las tardes la buscábamos, siguió allí todo el verano acompañándonos, pero al verano siguiente ya había salido de esa habitación y por la casa las había a montones. Fue una pena porque no supimos reconocerla.

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