Los niños de Bullerbyn

Soy una madre muy pesada. Me paso el día intentando convencer a mis hijos de que hagan cosas que me divierten a mí: nudos, tirachinas, refugios, casas para pájaros… y que a ellos (de momento) les dan bastante igual. Pero el otro día Lucas entró en la cocina así como entra él, sin un propósito definido, dijo “Quiero fundir plomo” como el que no quiere la cosa y siguió a lo suyo. Y yo pensé “Bendita sea la señora Lindgren”, porque sabía muy bien de dónde había salido esa idea tan peregrina (y tan buenísima) pero disimulé mi emoción, no fuera a detectarla con su radar.

Hace unos días terminamos de leer Los niños de Bullerbyn. Está escrito en primera persona; la narradora es una niña de siete años que se llama Lisa. Lisa vive con sus hermanos mayores, Lasse (nueve años) y Bosse (ocho) en el campo, en una de las tres casitas de Bullerbyn (que significa aldea bulliciosa); concretamente en la casa de en medio. A solo unos metros, en la del norte, viven Britta (nueve) y Anna (siete). Y al otro lado, también a pocos metros, vive Ole (ocho) en la del sur.

De dónde sale

Lindgren se inspiró en la casa de su padre para escribir estas historias, que suceden en los años 30 y, como es habitual en ella, rememoran su propia infancia. Bullerbyn es en realidad Sevedstorp; allí se crió el padre de Lindgren, en una de las tres casas de madera roja que siguen en pie y en buena forma, y que pueden verse en miles de fotos por internet. En el libro se refieren a estas tres casas todo el rato como un pueblo, pero yo diría que es más bien una aldea, porque tres granjas no son un pueblo por muy temprano que se levante el traductor.

Los niños de Bullerbyn - Hoguera
Los niños de Bullerbyn alrededor de una hoguera, la noche antes de pescar cangrejos. Es del último capítulo del libro, donde está mi frase favorita: “A mí me dan pena los que nunca han remado en un lago en busca de cangrejos a las cuatro de la mañana”. Ilustración de Ilon Wikland.

Como los personajes son tantos, es inevitable que estén algo más difuminados que los de Madita o Miguel el travieso, pero hay historias de sobra, así que acabamos conociéndolos bien de todos modos. Los niños viven con sus padres en el campo, en un campo amable, lleno de posibilidades. Es todo tan encantador que estos libros han dado pie a una cosa que se llama el “síndrome de Bullerbyn” y que yo tengo seguro. Por lo visto es un término que se usa en los países de habla germánica y se refiere a la idealización de Suecia. No me extraña.

Qué hacen los niños de Bullerbyn

Yo me muero de envidia leyendo las historias de Los niños de Bullerbyn (mis hijos sospecho que también). No hacen nada del otro mundo. De hecho, a lo que se dedican con más ahínco es a jugar. Juegan, juegan y juegan (y luego juegan un poco más). Sus juegos son bien simples pero se antojan una barbaridad, porque todos tienen en común una cosa que les suele faltar a los niños de ahora: la libertad. Y es curioso porque de la manita de la libertad viene, casi sin hacerse notar, otra cosa de la que tampoco andan sobradas nuestras criaturitas: la responsabilidad.

Los niños de Bullerbyn cogiendo ciruelas
Los niños de Bullerbyn recogiendo las ciruelas maduras para venderlas luego. Ilustración de Ilon Wikland.

Estos niños se lo pasan pipa: se bañan en el lago, se tiran en trineo, duermen en el pajar, se pasan notitas de una casa a otra por la ventana, con una cuerda y unas pinzas, esconden mapas del tesoro, construyen cabañas, se disfrazan… Pero también hacen recados, recogen el heno y escardan los nabos, llevan el trigo al molinero, cuidan a la hermanita nueva de Ole o le leen el periódico al abuelo de Anna y Britta, que ya no ve nada. Y todo va encajando de forma natural, sin moralinas ni rollos editoriales prefabricados para educar niños tratándolos como si fueran tontos, sin tomarse la molestia de entretenerlos siquiera.

Aparte está la cosa exótica sueca del tipo fundir plomo en Nochevieja para enfriarlo en agua y adivinar cómo va a ser el año dependiendo de la figurita que te quede al enfriarse el metal, o recoger siete tipos de flores distintas en la noche de San Juan para ponerlas debajo de la almohada y soñar con tu futura pareja, que me parecen cosas de lo más divertidas.

 

Niños de Bullerbyn en barca
Una de las ilustraciones de Ingrid Vang Nyman.

Ilustraciones y ediciones en España

En la edición que tenemos en casa, que es la de Círculo de Lectores de 1990 que encontramos el otro día en Cádiz, las ilustraciones son de Ilon Wikland, la misma ilustradora de Madita. En 2014, Sushi Books editó Los niños de Bullerbyn de nuevo. Su edición también incluye los tres libros que componen la de Círculo: Los niños de Bullerbyn, Nuevas aventuras en Bullerbyn y ¡Qué divertido es Bullerbyn! Tiene una portada muy antojable e ilustraciones de Ingrid Vang Nyman (1916-1959), la ilustradora danesa que hizo los dibujos originales de Pippi Calzaslargas.

Círculo editó los tres libros en una edición, ya descatalogada, muy bonita (tapa dura, cinta marcapáginas, ¡guardas naranjas!) pero descuidada, me temo. Alguien se saltó la corrección de estilo o contrató a la persona equivocada para hacerlo, una pena. Parece que siempre estamos igual: corre, corre, que el libro tiene que estar listo y luego nos encontramos con erratas del calibre “cojer” o expresiones que se repiten dos veces en un párrafo de tres líneas. Cosas que podían haberse evitado fácilmente y, sin embargo, ahí se han quedado. En Sushi Books tengo entendido que han hecho una corrección muy cuidadosa de la traducción de Círculo, pero no he tenido oportunidad de verla.

 

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12 thoughts on “Los niños de Bullerbyn

  1. Muy bonitos los dibujos de la Wickland pero, ¡vaya hoguera! Igual en vez de coger cangrejos se pasaron el resto de la noche apagando el incendio en el bosque…
    Cuando yo era pequeño, en el jardín de la casa de campo de mis padres estaban clavando unos hierros para marcar la linde. Como ésta pasaba por una enorme roca de granito y había que poner allí unos cuantos, horadaron la piedra, metieron las escuadras de hierro en los agujeros, y los fijaron vertiendo plomo derretido, que rellenaba así el resto del hueco, dejando el hierro totalmente fijo. Nunca se me ha olvidado, me pareció una operación fascinante.
    Buena entrada, Paula, me alegra ver que tú también escribes de vez en cuando, je, je…

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  2. Qué libros tan apetecibles! pregunto a Livia si no los tienen y corro a comprarlos. Parecen planes muy divertidos para intentar hacer en Zahara (algunos ….)

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  3. Vaya… Acabo de llegar aquí desde imágenes de Google buscando Bullerbyn… La edición del Circulo de Lectores es EL libro de mi infancia, que provocó una obsesión por Suecia tal (tuve el síndrome Bullerbyn sin saberlo) que me hizo escribir por carta a la embajada sueca en Madrid (no existía internet!) para que me mandaran información sobre el país… Aún ahora con 33 años y un bebé de casi 1 acurrucado sobre mí sigo acordándome de esas historias 🙂 y me encantaría que a mi pequeña también le hiciera mella, aunque le haya tocado vivir en una época tan distinta… Aunque mientras sigan siendo niños yo creo que hay esperanza!

    Un abrazo y de verdad, me ha encantado leerte 🙂

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    1. ¡Hola, Nerea! Qué ilusión tu comentario, miles de gracias. Seguro que tu niña disfruta enormemente con Bullerbyn también, no lo dudes.Es muy complicado no tener el síndrome éste… Me ha encantado lo de tu carta a la embajada, ¡qué crack! ¡Un abrazo!

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