La tienda de Pepi

“Los niños tienen derecho a pasar algo de tiempo sin que los supervise nadie.” Así empieza la carta de derechos de Free Range Kids (que podría traducirse por “niños criados en libertad”, como las gallinas), el movimiento norteamericano que defiende que hay que dejar a las criaturas un poco de independencia y no ser tan pesados.

Todo comenzó cuando la periodista Lenore Skenazy dejó que su hijo de nueve años viajase  solo en el metro de Nueva York. El niño llevaba pidiéndolo un tiempo; quería intentar volver a casa por sus propios medios desde algún punto de la ciudad. De modo que un domingo soleado su madre lo dejó en Bloomingdale’s con un plano de metro, una MetroCard, un billete de 20 dólares y algunas monedas por si tenía que hacer una llamada. El niño llegó a su casa perfectamente y Skenazy escribió una columna muy recomendable que desató al personal en Estados Unidos. Después publicó un libro sobre el tema y creó un blog y ahora tiene hasta un programa de televisión que se llama “La peor madre del mundo”. Así nació Free Range Kids.

Yo no creo que los niños “tengan derecho” a jugar o hacer cosas sin que nadie los supervise. Sí me parece que les gusta y se sienten muy bien cuando lo hacen. Mi hermana y yo nos criamos en una viña, Alcántara. Me acuerdo bien de los veranos largos y calurosos, de la ranita de San Antón que vivía en el aseo, del bosque que teníamos por jardín… Muchas veces nos quedábamos las dos a cenar en casa de Pepito y Mari Loli, nuestros vecinos. Luego, ya oscuro, nos dábamos la mano y corríamos como alma que lleva el diablo hasta casa. La noche era negra como boca de lobo, o quizá no lo era tanto, pero a los ojos de un niño todo es más grande, más oscuro, más amenazante. No se me olvida la sensación de llegar a casa como las que alcanzaban un refugio huyendo de quién sabe qué peligros, con el corazón desbocado, felices de la carrera y de estar a salvo, en casita. Qué privilegio eso de disfrutar del subidón de adrenalina y el miedo sin tener que asumir ningún riesgo.

Me encantaría que Lucas y Violeta tuviesen en su biblioteca de recuerdos cosas parecidas. Como por ahora no vivimos en el campo, habrá que inventarse las alternativas. Y la alternativa de momento es la tienda de Pepi.

La tienda de Pepi está debajo de casa y desde hace unos meses mando a estos dos a hacer recados cada vez que surge la oportunidad. Llegará un día no muy lejano en que irán a por pan arrastrando los pies preadolescentes hasta el ascensor, pero de momento están emocionados con el plan. Y desde que se me ocurrió hacerles un plano hasta la tienda (a la que saben llegar perfectamente), les parece lo máximo. Me traen papel y lápiz, se pegan a mí en la mesa de la cocina, opinan sobre el color de las flechas y piden con una emoción algo macabra que no me deje atrás la calavera ni el hombre atropellado. No es tan exótico como el metro de Nueva York ni tan emocionante como atravesar doscientos metros en plena oscuridad, pero a mí me vale. Y a ellos también.

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6 thoughts on “La tienda de Pepi

  1. ¡Me encanta esa mapa! ¡Yo quiero uno! Con su calavera y su atropellado con las X en los ojitos y su “agh”. Eso de “agh” por cierto es muy Pérez Reverte. Yo le habría puesto un “aish”, que suena como más cómicamente resignado. Es un suspiro de “jo qué tonto soy: otra vez me atropellan y me muero”.

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