El regalo de la tormenta 2/2

Crece rápido nuestro cuervo. Por las mañanas nos saluda cuando entramos en la cocina. Aún no sabe volar, pero ha aprendido a llegar muy alto. Va pegando pequeños saltos: del taburete a la rodilla, de la rodilla al brazo, del brazo al hombro… Se sube a la cabeza y de ahí llega a la estantería. Trepa por el montón de libros y, cuando ya no puede llegar más arriba, se instala agarrado al borde de una lata de galletas con pinta satisfecha. Desde su nuevo puesto, nos llama cuando piensa que no le estamos haciendo bastante caso.

A veces, si le riñes, se va como el que no sabe de qué le están hablando. Disimula un poco, camina con ese paso tan cómico que contrasta tanto con su negra vestimenta y se mete debajo del hueco de la escalera. Allí ha descubierto que una esquinita del papel pintado de la pared está un poco despegada, y echa las horas muertas tirando del papel con su enorme y delicado pico.

Un día ya tiene todas las plumas fuera. La boca sigue siendo rosa, pero sus ojos se han vuelto negros como el carbón y le brillan como dos botones. Extiende las alas y hace pruebas de vuelo por la casa. Es muy emocionante. Se posa en la puerta, en la campana de la cocina, en lo alto de la estantería… Es un pájaro muy grande. Le abrimos la puerta del jardín y sigue sus excursiones por allí.

Le gusta posarse sobre el roble viejo y gritarnos cuando estamos jardineando. Desde su puesto de vigía lo controla todo. Cuando se aburre, baja a chinchar un poco al gato o a darse un baño en el lebrillo. Tiene un escondite en el hueco del castaño, otro debajo de una teja rota del desván y varios repartidos por rincones de la casa. El otro día encontró la vieja bolsa de golf. Disfruta viendo rodar las bolas tejado abajo. Si no prestas atención, te puede caer una en la cabeza. Hay que ir con cuidado con este cuervo.

Nos hemos acostumbrado a verlo paseándose por el tejado, aterrizando a nuestro lado sin avisar, dormitando sobre el respaldo de la silla… Pero cada día vuela un poco más lejos y tarda un poco más en volver. Desde casa se ven otros cuervos sobrevolando las copas de los altos pinos silvestres, a lo lejos. Si el viento sopla en la dirección adecuada, podemos oír sus graznidos. Él también puede oírlos. Un día no volverá.

*Esto es la segunda parte de un ejercicio. Cogí un libro y adapté párrafos a mi estilo. La primera parte está aquí.

**La imagen de la cabecera la saqué de aquí. El pájaro que está en la cabeza de la niña es una grajilla, no un cuervo, pero me encanta la foto. La niña es la hermana del niño que aparece en la cabecera de la primera parte de la historia.

Cuestionario Nido de ratones: Jorge Bustos

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Uno de ellos recuerdo que era El ponche de los deseos, de Michael Ende. Que contenía la famosa fórmula y la palabra más larga que aprendí de niño: “genialcoholorosatanarquiarqueologicavernoso”. También los de El pequeño Nicolás y El pequeño vampiro, junto con los de Fray Perico y el Pirata Garrapata.

LOS TRES DE JORGE BUSTOS

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Me gustaban los álbumes de tapas duras con historias medio góticas, recuerdo uno de dinosaurios que desgasté. Una Biblia juvenil ilustrada que pintaba unas caras de odio egipcio o cainita impresionantes. Y Mortadelo: de Mortadelo acumulamos mis hermanos y yo una colección de metro y pico puestos de canto, y me los memorizaba.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Yo era un niño estajanovista de la lectura. Cogía la colección de Barco de Vapor, serie blanca, naranja, azul y roja, y todos en fila, para adentro. O la de El roble centenario. O Gran Angular. O Alfaguara. Los cinco, algunas de Guillermo, los tres investigadores de Alfred Hitchcock. Pasaba horas y horas en la biblioteca de mi pueblo y en la del colegio. Una cosa bastante repelente, supongo.

¿Leía a escondidas? 

Leía en mi cuarto, en el recreo, en la piscina. Básicamente comía y leía. Luego aprendí a jugar al fútbol y equilibré algo mi carrerón de sociópata pedantuelo. En el cole empezaba a ser una leyenda.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Leí todo lo que andaba por casa de literatura infantil. Cuando lo acabé, y a la vez que cumplía con las lecturas obligadas del cole, me hice socio de la biblioteca pública de Torrelodones, donde vivía: iba allí en bici y con mi mochila, sacaba dos libros cada semana. Así durante años.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Es probable que tenga alguna NO relacionada con ellos. Recuerdo a mi madre frustrada porque me castigaba sin salir de mi cuarto pero debía primero vaciar la habitación de libros para que el castigo no se convirtiera en una recompensa: una tranquila tarde de encierro lector.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

La isla del tesoro, que fue un descubrimiento brutal, junto con Robinson Crusoe. Drácula y Frankenstein los leí demasiado pronto, como a los 12: me alteraron, me fascinaron. Los de Roald Dahl me volvían loco, aunque algunos ofrecían pasajes muy tristes, como Charlie y la fábrica de chocolate o Matilda. Marcelino pan y vino tenía una prosa pulquérrima para ser literatura infantil, si lo es. Con la serie del pequeño Nicolás me tiraba por el suelo de risa: los leía despacio para que no se acabaran. Ahí se enseña la ironía, la hipérbole, el absurdo, muchos tonos del humor al joven lector. Cuando llegaba una nueva aventura a la biblioteca y me lo llevaba en la mochila de vuelta a casa… pura excitación.

LAS RECOMENDACIONES DE JORGE BUSTOS

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me parece un peldaño más en la escala de la traición estupefaciente a nuestras crías. Una cosa es poner legible Moby Dick o el Quijote o la Biblia. Otra cosa es ser tonto con balcones a la calle.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

La lectura la mamé en casa, me crié viendo a mi padre leer. A mi hermano. El vicio estaba cogido de forma natural antes de toparte con ese o esos profesores esenciales que prenden una vocación lectora, y que conmigo no tuvieron que hacer esfuerzos. Recuerdo la clase de lectura con el Senda, disfrutaba cuando me tocaba seguir a mí en voz alta.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Cuando los tenga me preocuparé de seleccionarles títulos seductores. Y les racionaré las putas pantallitas, por supuesto. Conmigo lo hicieron y ahora tengo un buen trabajo.

Sobre Jorge Bustos

Jorge Bustos es periodista y escritor. Podemos encontrarlo en El Mundo y en la Cope. Próximamente publicará el libro de ensayo El hígado de Prometeo, editorial Nobel.

 

Papeles

Mi abuelo Mauricio no podía resistirse a un buen pie de foto. El otro día apareció este papelito en una carpeta de mi madre: “B, ¡no creo que E merezca este tipo de reprimenda!  Un abrazo, M”.  Luego he buscado fotos de abejarucos en internet y he visto que deben de ser bastante bullangueros, porque en más de una aparecen así, liándosela al de al lado.

Waiting for Blanca

La madera del porche refleja la luz de la tarde, haciéndola un poco más dorada. Alrededor de la mesa baja de mármol, John y mi padre disfrutan de una copa de amontillado viejo. Le dan vueltas al misterio del palo cortado, intentan desentrañarlo. Comparan sus datos, lo que a cada uno les ha dicho tal o cual bodeguero.

Luego, la conversación se hace más general. Mi madre le cuenta alguna anécdota de su juventud en Jerez, o alguno de sus viajes con mi padre. John le pregunta más detalles y se ríe con ella, divertido con sus historias. Al fin, se quedan callados, mirando pensativos hacia el jardín.

El tiempo se queda quieto un instante. Las golondrinas beben rozando el agua de la piscina, rompiendo el reflejo de la tarde que empieza a marcharse.

Aparece mi hermana Blanca para recordarle a John que han quedado en venir después a nuestra casa. Seguiremos con las charlas de palos cortados, o de libros, o de paisajes. Mis hijos, los que estén por casa, se unirán a la tertulia. Siempre les gusta hablar con John, les gusta cómo se interesa por sus cosas, cómo siempre se acuerda de lo que hablaron la última vez que se vieron.

John se levanta y, en su cuarto, escribe algunas notas sobre lo que le acaban de contar. Al rato, ya está dispuesto para salir. Blanca todavía anda de aquí para allá, hablando con mis padres, buscando un libro, terminando de arreglarse.

Sentado en el banco antiguo del zaguán, mira tranquilo cómo se van las últimas luces del día. Waiting for Blanca.

*Hace casi 11 años que murió John Sanders, la pareja de mi tía Blanca, hermana de mi padre. Dejó un libro sin terminar que mi tía quiso publicar para que quedase como recuerdo de su vida. Me acuerdo de él a menudo, sobre todo en las noches de verano. Era un hombre amable, entretenido, educado. Le tenía mucho cariño. Al final del libro, que se llama Waiting for Blanca, sus familiares y amigos escribimos unas líneas recordándolo. Estas de aquí arriba son las de mi padre. 

**El dibujo de la cabecera es de Livia Bustillo, la hija de Blanca (y mi prima, claro). Ella se hizo cargo de las ilustraciones del libro, que quedó mucho más bonito (y elegante) gracias a ellas. A John le habrían encantado.

Cuestionario de Nido de ratones: Manuel Jabois

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Elvis Karlsson.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

No recuerdo el nombre, pero había un libro infantil de Cela muy cruel, de unos niños lecheros que hacían bullying a otro.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Nadie. Los buscaba en la revista de Círculo de Lectores. O me los prestaban.

¿Leía a escondidas?

Sí, en cama cuando ya debía estar durmiendo.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Libros en casa y después iba a la biblioteca.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Era recepcionista de un hotel familiar con doce años y esos veranos me leía muchísimos libros infantiles y de aventuras.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Las brujas, La isla del tesoro, Canciones para una armónica.

Los tres de Manuel Jabois

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

No lo sé, no tengo una idea clara. Tampoco lo he visto ni sé en qué consisten.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Desconozco cómo se encuentra ahora

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Es prioritario.

Manuel Jabois es periodista y escritor; le podemos encontrar en El País. Acaba de publicar Nos vemos en esta vida o en la otra (Planeta).

Pan con aceite y sal

El martes por la tarde llevamos al perrillo a lavar. Cuando fuimos a recogerlo, todavía no estaba listo, así que le dije a los niños que podían cenar un montadito en el bar de al lado. Violeta se pidió uno de jamón mismo, pero Lucas no quería que llevase nada más que aceite y sal, “Como mi amigo Pepe”. Mientras pedíamos, entró un señor en el bar. Un señor muy gordo, con el pelo blanco y unos ojos pequeños, muy azules, que se sentó en la esquina de la barra y pidió un café.

Cuando le trajeron el pan con aceite y sal a Lucas, levantó la vista y nos dijo “¡Eso es lo que cenaba yo de chico!” Le brillaban los ojillos. “Llegábamos del colegio mi hermana y yo y mi madre nos preparaba para el baño. Luego nos daba una rebanada de pan de telera con aceite y sal y nos lo comíamos en el balcón. Hacía un pocito en el pan y…”

Era un señor amable, agradable. No lo parecía cuando llegó (o no me lo pareció a mí). Los niños se fueron a una mesa de la calle a comérselos y yo me quedé atrás charlando un poco más con él.

*La imagen de arriba es una foto del estanque de mi madre. La pongo para que se vea, porque la llamo charca en el post anterior y le ha llegado al alma.

El perrillo

Tenemos un perro en casa desde hace un par de días. Temporalmente, mientras encontramos a alguien que se quiera quedar con él. Me lo encontré el martes, al ir a comprar Alfonso. Ni siquiera le hemos puesto nombre; de momento es “el perrillo”.

El perrillo se queda dormido de pie, muy gracioso. Cierra los ojos y se balancea levemente. Lucas y Violeta lo encuentran muy divertido.

De noche le dejo el ventanal del balcón abierto. Le gusta asomarse y husmear. También le gusta subirse al sofá. Sus huellas lo delatan.

A primera hora ya está meneando el rabo con fuerza. Adora a Simón (que es como el hombre que susurraba a los perros) y se tumba a su lado mientras hace yoga, o caligrafía, o lo que quiera que sea que hace este hombre a las cinco de la mañana. Lo sigue por toda la casa. A las ocho, cuando se va, ladra un poco y lo busca en todas las habitaciones. Los niños se tiran de risa.

En el coche no tiene muy claro su sitio (a los pies del copiloto) y se pasea de un sillón a otro con mucha naturalidad y ningún esfuerzo. Simón dice que eso es porque es el típico perro de bidón: ese pobre que vive amarrado a un bidón en el campo y te ladra desde lo alto o se mete dentro cuando llueve. Le pega.

Cuando consigo que se quede sentado y quieto en su sitio, aúlla bajito, lastimeramente, y a Lucas ya le entra la risa floja. Según él, se ríe “a cada segundo” con este perro. Tampoco es para tanto, pero bueno, el que la lleva la entiende. Esta mañana por fin ha comprendido que es mejor relajarse, y al ratito de salir para el colegio se ha enroscado y se ha dormido.

Ayer por la tarde lo llevé a correr al jardín de mis padres. Allí estaban Tinta, que no necesita presentación, y Teca, la teckel, que se bebe el agua salada de la piscina y ataca aspersores. El perrillo andaba como loco de contento, bebiendo agua de la piscina con poco convencimiento, mirando a Teca de reojo, integrándose en la pandilla. Corriendo, haciendo recortes, saltando. Le dio hasta para caerse en la charca. Yo lo estaba viendo venir desde hacía un ratito; lo raro es que no se cayera antes.

Esta mañana lo llevé al jardín otra vez para que corriese otro poco. Pero hoy ya no estaba interesado. Ha preferido pasarse el rato ladrando y rascando la puerta de la cocina, hasta que lo he encerrado en el patio para que aprenda que no se rascan las puertas. Al rato le he dejado salir, pero seguía en modo madre de la Pantoja y no quería más que estar pegado a mí. Mientras intentaba trabajar un poco, lo oía trasteando por la puerta de la entrada, que tiene una reja de hierro justo delante. He salido a ver qué pasaba y me he encontrado al muy carajotón atascado, las patas de atrás encajadas en la reja y el resto del cuerpo fuera. Lo he sacado, he entrado a por una cosa y cuando he salido, se había vuelto a atascar. Qué lumbrera de perro.

Ahora está tumbado sobre una alfombra que tenemos doblada en una esquina del salón, dormido. Le encanta ese sitio.