El perrillo

Tenemos un perro en casa desde hace un par de días. Temporalmente, mientras encontramos a alguien que se quiera quedar con él. Me lo encontré el martes, al ir a comprar Alfonso. Ni siquiera le hemos puesto nombre; de momento es “el perrillo”.

El perrillo se queda dormido de pie, muy gracioso. Cierra los ojos y se balancea levemente. Lucas y Violeta lo encuentran muy divertido.

De noche le dejo el ventanal del balcón abierto. Le gusta asomarse y husmear. También le gusta subirse al sofá. Sus huellas lo delatan.

A primera hora ya está meneando el rabo con fuerza. Adora a Simón (que es como el hombre que susurraba a los perros) y se tumba a su lado mientras hace yoga, o caligrafía, o lo que quiera que sea que hace este hombre a las cinco de la mañana. Lo sigue por toda la casa. A las ocho, cuando se va, ladra un poco y lo busca en todas las habitaciones. Los niños se tiran de risa.

En el coche no tiene muy claro su sitio (a los pies del copiloto) y se pasea de un sillón a otro con mucha naturalidad y ningún esfuerzo. Simón dice que eso es porque es el típico perro de bidón: ese pobre que vive amarrado a un bidón en el campo y te ladra desde lo alto o se mete dentro cuando llueve. Le pega.

Cuando consigo que se quede sentado y quieto en su sitio, aúlla bajito, lastimeramente, y a Lucas ya le entra la risa floja. Según él, se ríe “a cada segundo” con este perro. Tampoco es para tanto, pero bueno, el que la lleva la entiende. Esta mañana por fin ha comprendido que es mejor relajarse, y al ratito de salir para el colegio se ha enroscado y se ha dormido.

Ayer por la tarde lo llevé a correr al jardín de mis padres. Allí estaban Tinta, que no necesita presentación, y Teca, la teckel, que se bebe el agua salada de la piscina y ataca aspersores. El perrillo andaba como loco de contento, bebiendo agua de la piscina con poco convencimiento, mirando a Teca de reojo, integrándose en la pandilla. Corriendo, haciendo recortes, saltando. Le dio hasta para caerse en la charca. Yo lo estaba viendo venir desde hacía un ratito; lo raro es que no se cayera antes.

Esta mañana lo llevé al jardín otra vez para que corriese otro poco. Pero hoy ya no estaba interesado. Ha preferido pasarse el rato ladrando y rascando la puerta de la cocina, hasta que lo he encerrado en el patio para que aprenda que no se rascan las puertas. Al rato le he dejado salir, pero seguía en modo madre de la Pantoja y no quería más que estar pegado a mí. Mientras intentaba trabajar un poco, lo oía trasteando por la puerta de la entrada, que tiene una reja de hierro justo delante. He salido a ver qué pasaba y me he encontrado al muy carajotón atascado, las patas de atrás encajadas en la reja y el resto del cuerpo fuera. Lo he sacado, he entrado a por una cosa y cuando he salido, se había vuelto a atascar. Qué lumbrera de perro.

Ahora está tumbado sobre una alfombra que tenemos doblada en una esquina del salón, dormido. Le encanta ese sitio.

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7 thoughts on “El perrillo

  1. Me encantan todas tus historias. Reales . La vida misma.
    Creo que te debes quedar con el perrillo. El Estudio haciendo méritos, !!

    Me gusta

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