Gallinas araucanas, Gastón y Perico

Mi madre ha comprado unas gallinas que ponen huevos azules. Son gallinas araucanas o mapuches. Del mapuche solo sabemos que tiene una palabra muy práctica para decir más o menos esto: “Si me ves en la calle tirado, borracho, llévame a casa”.

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Luisa está en la cocina haciendo una masa para un bizcocho. Los niños están en la piscina. Qué suerte tienen. Hace muchísimo calor. Gastón los mira desde fuera de la valla, ladrando y meneando el rabo.

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El sábado por la noche apareció Perico de nuevo. Se había escapado a las dos, y llegó a casa a las ocho y media de la tarde, agotado. Se dedicó a meterse en los armarios para dormir, entre los zapatos. Andaba quejoso; le dolía el rabo. A lo mejor le dio un golpe un coche al muy lelo. Por suerte, teníamos a una amiga veterinaria cenando en casa. Le dimos un poco de Apiretal y se quedó frito, por fin.

Por la mañana vino su dueña a recogerlo. Habían estado unos días en el campo y Perico se había portado muy bien. No se esperaban que fuese a aprovechar la primera oportunidad para escapar una vez que estuviesen en Jerez. “Ya no se me escapa más, no te preocupes.” Perico se quedó muy conforme cuando vinieron a buscarlo ella y Mus, un perro pequeño y peludo, de orejas tiesas, valiente, que recuerda al Jock de La dama y el vagabundo.

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