En el Maguillo (parte dos)

Este año tenemos inquilinos en la casa. No los vemos, pero a Lucas y a mí nos funden mientras dormimos. Al final de la semana Simón me cuenta 94 picaduras. Lucas tiene 96, solo en la cara. No se queja. Yo sí.

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Los niños tienen una lista de tareas que pego en la pared el segundo día, para que no se me caiga la boca de repetir las cosas. Hay que lavarse la cara en la teja (el saltito de agua de la reguera), vestirse, ventilar los sacos, desayunar… No son muchas tareas, pero cuesta que las hagan. Cuando han terminado todo, tienen que escribir una página de un diario. La idea me la ha dado mi amiga Ximena: una frase y un dibujo, nada muy complicado. El segundo día Lucas me torea; se sienta enfadado, dibuja un monigote encogido de hombros y escribe “Ayer no me pasó nada”. Es una genialidad, pero le hago repetirlo porque uno no puede vacilarle a su madre de esa manera.

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Hay un nido de golondrina dáurica en el porche con un pollo dentro (no sé si más). Sus padres no se atreven a venir si estamos allí. A veces el pollo saca la cabecita fuera, pero se esconde si nos ve. Un día se asoma y no se esconde, con el pico abierto. Decidimos que debe de estar esmayao o muerto de sed. Lleva piando el día entero y hace un calor infernal. Es un poco angustioso. Nos vamos al río un rato, a ver si come. El último día, el pollo sigue vivo. Menos mal.

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Intento escribir pero Lucas se ha sentado a leer a mi lado. Me encanta oírlo entonando los diálogos.

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Hay hormigas. Hay un montón de hormigas. Las pequeñas más rojas son bastante viciosas y atacan a los hormigones negros, que no son muy buenos huyendo de ellas. Violeta las recoge en una caja y dice que las va a vender en el pueblo. Simón ha metido las patas de la verdulera (que es una palabra feísima que usa él para el mueble de las verduras) en unos vasitos de cartón llenos de agua para que no lleguen a la comida. Al ratón este invento le da igual, y se pone tibio de galletas María Oro todas las noches. Tiene un nido dentro del chubesqui.

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A Violeta se le cae una salamanquesa encima cuando está saliendo de la casa. Está emocionada. “¡Se me ha caído aquí, aquí, papá! Se me ha puesto en el brazo y luego se ha tirado al suelo y se ha subido por la pared.” Yo la escucho desde el salón pensando que tengo que pasar por esa misma puerta.

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He pensado en hacer una lista con las cosas que me gustan del Maguillo y otra con las que no. Me gusta la luna que sale por detrás de la Morra, que es la montaña a la que da la casa. Me gusta que la reguera que pasa junto a la casa vuelva a tener agua. Cuando vine las primeras veces, teníamos que bajar con garrafas al río. Me gusta ver a los niños fregar los platos allí, y ponerlos a secar sobre el tejado bajo de la leñera. Me gustan las mentas que han crecido a lo largo de la reguera, y las florecillas rosas que no sé cómo se llaman. Me gusta oír a los cuervos diciéndose cosas por las mañanas, y ver a los buitres sobrevolando la Morra durante el día. Me gusta cómo huele todo cuando caminamos pisando los tomillos. Me gusta entrar en la casa y sentir el fresquito. Me gustan las duchas de agua fría en la teja, volcándonos un cuenco grande de barro por la cabeza. Me gusta que no haya internet, ni cobertura para el teléfono. Me gusta cuando vuelvo a casa y la veo más grande, más limpia, más bonita. Esta lista es para Simón, que se sabe mejor la siguiente lista: no me gusta que está lleno de salamanquesas. No me gusta tener a un lagarto de vecino. No me gusta no saber en qué dirección van a correr las lagartijas que me encuentro a cada paso. Me gusta que las lagartijas salgan najando cada vez que te ven llegar, pero no me gusta que se te suban en lo alto cuando estás sentado leyendo. No me gusta el suelo resquebrajado y seco. No me gustan los cardos. No me gustan las chinches, o las pulgas, o lo que sea que nos está fundiendo a Lucas y a mí por las noches. No me gusta que todo cueste tanto trabajo aquí. No me gusta que no haya electricidad. No me gusta que no haya un cuarto de baño. En realidad, esta lista es más corta que la otra, y no todos los no me gusta tienen el mismo peso.

 

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En el Maguillo (parte uno)

Pepi me pregunta si nos vamos de vacaciones. Le digo que ya hemos estado, en una casita de pastores que tiene la familia de Simón en la sierra, sin agua, sin luz… “Vamo, como la casita de Heidi”, me dice ella.

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Lo más cercano al Maguillo es La Fresnedilla. En la Fresnedilla hay un bar, un colegio y alguna casa. El bar lo llevan Dani y Rocío desde hace siete meses. Son muy amables. El colegio tiene un observatorio y sigue el método holístico. “¿Holístico?” Rocío nos dice que es un método educativo que tiene en cuenta el aspecto intelectual, emocional y físico del niño. Mmm.

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Lucas y Violeta jugando al futbolín de madera, repintado cien veces de rojo. Violeta subida en una silla (si no, no llega) con el vestido de flores, los calcetines de rayas, las zapatillas de deporte y la cara de loca. Solo se baja para anotar los goles en el marcador de cuentas de madera que hay a los dos extremos de la mesa, detrás de cada portería. “¡Chúpate eso!”, la oigo, con su vocecilla. Decido hacerme un poco la loca y seguir escribiendo. No pueden lucharse todas las batallas. A veces hay que hacer la vista gorda.

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Detrás del futbolín, en la pared, hay varios carteles en un corcho: “Se vende pan”, “Se vende hielo”, “Se vende butano”. En otro dice “Tenemos chuches”. Violeta lo lee en alto y me dice en voz bajita, muy despacio: “Lo encuentro un poco… chinchoso, mamá”.

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Las chicharras no paran en todo el día. Algunas parecen serpientes de cascabel, otras suenan como un aspersor, las hay que recuerdan a un serrucho e incluso a una cama con muelles viejos. Las que están más cerca de la casa empiezan a cantar a las 10 de la mañana. El reloj de las chicharras. Simón coge una y la mete en la pecerita de plástico para dibujarla. Tiene una cara prehistórica. La membrana de las alas es muy transparente; no se ve.

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Violeta y Lucas descalzos por el campo resquebrajado y lleno de cardos. Al cabo de una semana me aburro de repetirles que se pongan los zapatos. Un día insisto de nuevo; Violeta me hace caso y se pincha. No vuelvo a decir nada.

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La casa está fresca por dentro. Me tumbo a dormir la siesta. Con los ojos cerrados hago un esfuerzo y pienso que las chicharras son aspersores. Me imagino un jardín verde cubierto de hierba suave.

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Hay un lagarto verde en la conejera. Creo que es el mismo que vi esconderse en un boquete delante de la casa el otro día. Es tímido y bastante torpe; ha tirado un plato al suelo mientras se paseaba por el tejado. Yo lo escribo muy tranquila, pero no me hace ninguna gracia.

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Lucas ha cogido su primera culebra de agua. Se le da bien.