En el Maguillo (parte uno)

Pepi me pregunta si nos vamos de vacaciones. Le digo que ya hemos estado, en una casita de pastores que tiene la familia de Simón en la sierra, sin agua, sin luz… “Vamo, como la casita de Heidi”, me dice ella.

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Lo más cercano al Maguillo es La Fresnedilla. En la Fresnedilla hay un bar, un colegio y alguna casa. El bar lo llevan Dani y Rocío desde hace siete meses. Son muy amables. El colegio tiene un observatorio y sigue el método holístico. “¿Holístico?” Rocío nos dice que es un método educativo que tiene en cuenta el aspecto intelectual, emocional y físico del niño. Mmm.

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Lucas y Violeta jugando al futbolín de madera, repintado cien veces de rojo. Violeta subida en una silla (si no, no llega) con el vestido de flores, los calcetines de rayas, las zapatillas de deporte y la cara de loca. Solo se baja para anotar los goles en el marcador de cuentas de madera que hay a los dos extremos de la mesa, detrás de cada portería. “¡Chúpate eso!”, la oigo, con su vocecilla. Decido hacerme un poco la loca y seguir escribiendo. No pueden lucharse todas las batallas. A veces hay que hacer la vista gorda.

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Detrás del futbolín, en la pared, hay varios carteles en un corcho: “Se vende pan”, “Se vende hielo”, “Se vende butano”. En otro dice “Tenemos chuches”. Violeta lo lee en alto y me dice en voz bajita, muy despacio: “Lo encuentro un poco… chinchoso, mamá”.

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Las chicharras no paran en todo el día. Algunas parecen serpientes de cascabel, otras suenan como un aspersor, las hay que recuerdan a un serrucho e incluso a una cama con muelles viejos. Las que están más cerca de la casa empiezan a cantar a las 10 de la mañana. El reloj de las chicharras. Simón coge una y la mete en la pecerita de plástico para dibujarla. Tiene una cara prehistórica. La membrana de las alas es muy transparente; no se ve.

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Violeta y Lucas descalzos por el campo resquebrajado y lleno de cardos. Al cabo de una semana me aburro de repetirles que se pongan los zapatos. Un día insisto de nuevo; Violeta me hace caso y se pincha. No vuelvo a decir nada.

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La casa está fresca por dentro. Me tumbo a dormir la siesta. Con los ojos cerrados hago un esfuerzo y pienso que las chicharras son aspersores. Me imagino un jardín verde cubierto de hierba suave.

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Hay un lagarto verde en la conejera. Creo que es el mismo que vi esconderse en un boquete delante de la casa el otro día. Es tímido y bastante torpe; ha tirado un plato al suelo mientras se paseaba por el tejado. Yo lo escribo muy tranquila, pero no me hace ninguna gracia.

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Lucas ha cogido su primera culebra de agua. Se le da bien.

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8 thoughts on “En el Maguillo (parte uno)

  1. Q me gusta leerte! Como conozco aquello, desde la oficina me parece escuchar esa chicharras. Lucas cazando culebras, y por aqui la humanidad como gilipollas detras de unos pokemons… De que estoy hablando? Ya te enteraras cuando vuelvas. Un beso.

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