Reivindicación del gorrión

“Hay algo esencialmente británico en el gorrión común (…) Cuando los ves en el extranjero parece que no encajan, como si no tuvieran que estar allí.” Hace un par de años me encontré con Our Garden Birds, de Matt Sewell. Me hicieron gracia las ilustraciones y me gustan los pájaros, así que me lo compré. Y entonces llegué a la descripción del gorrión, que es la tercera, después del herrerillo y el mito, y me encendí. ¿”Esencialmente británico”? ¿En serio? ¿Un gorrión? Esto es lo último que me quedaba por ver. ¿Qué será lo siguiente?

No sé por qué me da tanto coraje que se apropien del gorrión, en realidad. Ni que fuera el lince ibérico. Quizá porque un gorrión es de todo el mundo, porque todo el mundo ha visto un gorrión. Nada como un inglés para apropiarse de algo así como el que no quiere la cosa.

*La ilustración de la cabecera es el gorrión de Matt Sewell. 

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Cuestionario Nido de ratones: Montse Ganges

¿Cuál era su libro favorito de niño?

La serie de Los cinco, de Enid Blyton.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Los de una colección de Editorial Brughera dedicada a grandes clásicos, que intercalaban páginas de puro texto con páginas de cómic. Había de todo: de Mujercitas a Moby Dick, pasando por Jules Verne, Sissí Emperatriz o Kipling. En casa llegamos a reunir bastantes títulos. 

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¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Mi padre era un gran lector. Con sus escasos medios dedicó mucho tiempo y esfuerzo a hacerse con una buena biblioteca. Era su tesoro y era algo vivo: la retocaba constantemente y ampliaba en lo que podía. Más que recomendar, a veces comentaba entusiasmado lo que tenía entre manos. Era como un momento de expansión incontrolada; si lo pillabas, bien. Y si él te pillaba leyendo cualquiera de sus libros, fuera el que fuese, se llevaba una gran alegría. Inmediatamente te volvías más interesante a sus ojos. 

¿Leía a escondidas?

No; en mi casa leer era quizá la única actividad que te podía dispensar de cumplir órdenes o normas.  

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Comprábamos libros de primera y segunda mano. Algunos se revendían o cambiaban. Había mucho “tráfico”.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Mi padre murió cuando yo tenía once años. Me propuse leer toda su biblioteca; cosa que, por supuesto, no cumplí. Pero sí que me tragué varios estantes de tochos que seguramente no entendí, pero que me sentaron muy bien y me hicieron mucha compañía.  

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Alicia en el País de las Maravillas, Alicia en el país de las Maravillas y Alicia en el País de las Maravillas. Y todo Roald Dahl.

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 Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Una tontería.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Creo que nuestro sistema educativo necesita, desde hace ya tiempo, un buen cambio. Como hace muchos años que me dedico a la didáctica de la lectura, y es un tema que me apasiona, para no escribir aquí más que en todo el resto del cuestionario junto, remito a los interesados a este blog: https://metodomiramira.wordpress.com/

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Igual que, por ejemplo, el cine, pasear, el Lego, la comida o cualquier otra cosa que nos guste. Está por ahí todo el rato. Simplemente lo disfrutamos, juntos o por separado.

Sobre Montse Ganges

Montse Ganges es escritora de LIJ y especialista en Didáctica de la lectura. Su último libro, Lo que cuentan las estatuas del mundo,  fue seleccionado para el prestigioso catálogo internacional White Ravens, con los mejores libros de 2015. 

 

Los chicos

Violeta ha descubierto a Los Beatles. “Ponme a los chicos, mamá”, me dice. El día anterior le puse algunas canciones, pero ya se me ha olvidado y no entiendo a qué se refiere. “Los cuatro chicos, mamá, los que les gustaba disfrazarse.” Caigo y le pongo a los chicos. Llevamos una semana de monotema.

En el cine están poniendo el documental Eight Days a Week y se me ocurre que es un buen plan para el viernes por la tarde con ellos. Aviso a Violeta de que dos están muertos y de que a uno de los dos lo mató un hombre con una pistola, no vayamos a tener drama sorpresa. “¿Pero por qué, mamá, por qué lo mataron?” Descubro que no me acuerdo de por qué mataron a John Lennon y le digo que no lo sé.

Más tarde seguimos hablando y Simón les cuenta que las mujeres se volvían locas con Los Beatles y se enamoraban de ellos. A Violeta se le enciende una bombilla “¡Ah, mamá, a lo mejor por eso mató el hombre a John Lemon! ¡Porque no quería que su mujer se enamorase de él!”

Cuando se lo cuento a Cristian, se ríe y me dice “Ha descubierto el concepto de los celos y del crimen pasional y de la eliminación de la competencia con seis años”. Dear me.

Cuestionario nido de ratones: Iban Barrenetxea

¿Cuál era su libro favorito de niño?
Creo que la cosa estaría entre La isla del tesoro de R. L. Stevenson y Las aventuras del Barón Munchausen de Raspe.
¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?
Me encantaban las ilustraciones de una enciclopedia de naturaleza que había en casa, me parecían alucinantes. No recuerdo libros ilustrados tal como los que tenemos hoy en día, pero recuerdo los cómics de Astérix y Obelix, Tintín, y aquella colección de “Joyas Literarias Juveniles” de la editorial Bruguera.
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¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?
¡Nadie! Para bien o para mal como lector me tuve que criar salvaje, como Mowgli, pero mi selva era la biblioteca de mi pueblo. Creo que las películas de aventuras (¡adoraba las de Errol Flynn!) tuvieron la culpa de que me lanzase a buscar libros de piratas, de espadachines y de fantasía. Así descubrí a Dumas, a Stevenson, a Julio Verne… Más tarde conocí a Ende y a Tolkien y años después llegaron otros grandes clásicos con los que no dejo de disfrutar. Ha sido un estupendo viaje de descubrimiento que aún no ha terminado.
¿Leía a escondidas?
No era un niño travieso así que me dejaban tranquilo para que pasara el rato como me diese la gana.
¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?
Mis padres no eran grandes lectores, así que excepto por un par de enciclopedias en casa no había gran cosa. Iba mucho a la biblioteca y a veces pedía “la paga” adelantada para comprarme algún libro (lo cual suponía que me quedaba sin dinero para comprar chucherías el fin de semana).
¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?
No recuerdo ninguna anécdota en especial. Lo que recuerdo es cómo me atrapó el diablo de la lectura, cómo me absorbían las historias. Los personajes se hacían tan reales para mí que sentía la necesidad de dibujarlos para que de alguna forma continuasen viviendo al cerrar el libro. Dibujar era una forma de contarme historias a mí mismo.
¿Qué tres libros para niños recomendaría?
Pienso que la lectura es una experiencia muy personal, así que no me gusta recomendar libros sin conocer al lector. Pero voy a hacer trampa, ya que por suerte está Roald Dahl que es una apuesta segura, así que van tres: Charlie y la fábrica de chocolate, El Superzorro y Matilda.
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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?
Y los cuentos tradicionales y los clásicos con los textos descafeinados porque los originales son “difíciles”… Me parece grotesco.  Ojalá las personas que deciden ese tipo de cosas recuerden sinceramente cómo se hicieron lectores, cómo esas lecturas influyeron en que llegasen a ser las personas que son, y que actúen en consecuencia. ¿Es esto lo que quieren hacer autores y editores ahora que están en la posición de devolver algo de lo que han recibido de los libros?
¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?
Ser maestra o maestro es una de las profesiones más importantes del mundo y por suerte los hay maravillosos. Uniéndolo a mi respuesta anterior, pienso que la mejor forma de fomentar la lectura es recordando cómo nos hicimos lectores. No conozco a nadie que se haya convertido en un gran lector por medio de libros prefabricados por el mercado editorial para “educar en valores”. Un buen libro te hace pensar por ti mismo, te da palabras, te da ideas, te ayuda a aprender ese valor tan importante que es la empatía y te da ganas, al terminarlo, de ir a por otro libro porque encima lo has pasado bien. Con esos “valores” el resto llegan solos.
¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?
No tengo hijos, pero no se me ocurriría una forma mejor que la de leer con ellos, compartir lecturas, darles libros que les gusten y darles ejemplo.
Sobre Iban Barrenetxea
Iban Barrenetxea (Elgoibar, 1973) es ilustrador. Pueden ver sus libros aquí.

El vencejo

Delante de San Miguel hay un vencejo en un naranjo. Qué raro. Simón lo ve y lo coge. Tiene unos tonos grises oscuros preciosos. Intenta echarlo a volar, pero nada. “Creo que alguien lo ha debido de poner ahí.” Los vencejos no pueden alzar el vuelo desde el suelo porque tienen unas alas muy largas que les arrastran por detrás.

Simón lo agarra con la mano derecha y se cuelga de una rama del naranjo con la izquierda. Sube sin esfuerzo apoyando los pies en el tronco y lo deja en un sitio más alto. “¿Pero este tío quién e? ¿Frank de la jungla?”, oigo detrás de mí al guía de la ruta flamenca.

*La ilustración de la cabecera es de Theodor Kittelsen y es de unas golondrinas, pero me ha parecido muy bonita. Así que ahí la dejo.

Roald Dahl

Hace tiempo que quiero escribir una entrada sobre Roald Dahl, pero he ido dejando pasar los meses y cada vez se ha ido haciendo más difícil. Y para escribir hay que tener la información fresca.

Esto lo sé porque durante una época divertida pero poco lucrativa de mi vida (como la de ahora, más o menos) escribía informes de lectura para Círculo de Lectores. No sé por qué, las editoras de Círculo pensaron que me iría bien el thriller femenino (que es igual que el masculino pero sospecho que más truculento, para que no se diga). Y como yo no tengo manías, devoraba las novelas a gran velocidad: para cumplir con las fechas de entrega y para intentar que me resultaran rentables. Esto último es imposible si te lees los libros de verdad, como bien saben los que han hecho informes alguna vez, pero yo lo intentaba de todos modos.

Luego, para escribir el informe en el menor tiempo posible, tenía que cumplir dos requisitos: uno, enviar a Simón a trabajar en estado de shock después de haberle relatado el libro lo más detalladamente posible durante el desayuno; dos, sentarme a escribir inmediatamente después. Si dejaba pasar un día o dos antes de empezar, redactarlo se convertía en una pesadilla.

Y esto es lo que me ha pasado con Roald Dahl. Hace unos meses me leí su biografía. Me apetecía saber un poco más de cómo escribía sus libros, a ver si se me pegaba algo o, por lo menos, me daba para una entrada del blog. Pero cometí el error de dejarme llevar por la lectura y no apuntar nada de nada… Así que aquí estamos, en el 100 aniversario de su nacimiento y con la casa sin barrer.

Por suerte hay una periodista de El Mundo, Virginia Hernández, que veo que se ha leído la misma biografía autorizada que yo, ha tomado apuntes y luego ha escrito un estupendo reportaje que les recomiendo vivamente. Hasta la han mandado a Great Misseden y Cardiff para escribirlo. Me muero de envidia.

En él cuenta cosas como que le pusieron Roald por el explorador polar noruego, Roald Amundsen (sus padres eran noruegos); que tuvo un accidente de aviación en la segunda guerra mundial que le dejó como secuelas unos dolores de cabeza y de espalda horrorosos toda su vida; que debido a esto, “siempre se sentaba en el mismo orejero, que había preparado con un agujero posterior para sus dolores de espalda, con una tabla cubierta de tapete verde como escritorio” y que usaba siempre los mismos lápices para escribir, los Dixon Ticonderoga del 2, que creo que le solía mandar su agente desde EEUU.

Afortunadamente, sí que subrayé alguna cosa que, además, no sale en el reportaje de Hernández…

A mí se me ha olvidado cómo era ser una niña. Me cuesta muchísimo ponerme en el lugar de mis hijos y la primera palabra que me viene a la cabeza cada vez que me piden algo (da igual qué) es “No”. La que lo hereda no lo hurta. Es un reflejo que tengo que corregir todos los días. Dahl, sin embargo, siempre conservó la capacidad de meterse en la piel de un niño. Donald Sturrock lo cuenta muy bien en su biografía:

“Tenía mucha facilidad para recordar cómo ve un niño el mundo, lo solo que puede sentirse incluso en el seno de la familia, lo rápido que debe adaptarse a nuevas experiencias y lo raro que puede parecer el mundo de los adultos visto a través de unos ojos más jóvenes.”

Esta sensibilidad, que comparte con otros autores infantiles (aunque en él es quizá más fresca), se puede encontrar en todos sus libros.

Por suerte para todos, a Dahl no le tocó una madre como yo. Sofie Magdalene se quedó viuda cuando Roald tenía tres años, unas semanas después de que muriera su hija mayor, de siete. Con una piara de niños a su cargo (los cuatro suyos y dos más de un matrimonio anterior de su marido), se liba a Noruega cuando llegaba el verano. Allí pasaban los días al aire libre, pescando, nadando, tomando el sol, de picnic por los fiordos noruegos (no sé si el síndrome de Bullerbyn puede aplicarse también a Noruega, pero debería).

La imagen que más me gusta de aquellas vacaciones es la de Sofie Magdalene, que no sabía nadar, manejando una barca con siete niños dentro y ningún salvavidas, negociando las olas (que Dahl recuerda gigantescas) camino de alguna isla en la que pasar el día. A veces se cruzaban con barcos pesqueros y les pasaban cubos vacíos que les devolvían llenos de camarones

Al anochecer, de vuelta en casa, Sofie Magdalene les contaba historias. Algunas las sacaba de libros ingleses, pero otras eran más oscuras y escandinavas: cuentos de hadas inventados o adaptados de las colecciones del siglo XIX de Peter Christian Asbjørnsen (1812-1885) y Jørgen Moe (1813-1882), que son para Noruega lo que los hermanos Grimm para Alemania, solo que no eran hermanos (ni alemanes).

Los cuentos estaban ilustrados por Theodor Kittelsen (1857-1914), que era un favorito de la familia Dahl. Las hermanas de Dahl vieron pronto la conexión entre las ilustraciones del noruego y la literatura de su hermano. Como Dahl, Kittelsen era observador y compartía con el escritor una misma fascinación por lo grotesco y un sentido del humor vulgar y duro.

Kittelsen es muy conocido por sus ilustraciones de trolls, cuentos de hadas y paisajes naturales.

Roald Dahl se murió hace 26 años, en 1990. Yo estaba entonces en el internado, en Inglaterra. Allí fue donde encontré sus libros por primera vez y donde leí dos de mis favoritos, Matilda y Las Brujas. Esta mañana lo hemos recordado en casa leyendo la versión de Cenicienta que viene en sus Cuentos en verso para niños perversos antes de desayunar.

La ilustración de la cabecera es de Theodor Kittelsen.

Cuestionario Nido de ratones: Javier Aznar

¿Cuál era su libro favorito de niño?

El Detective Warton, de la editorial El Barco de Vapor. Es la historia de un sapo detective que intenta recuperar el reloj de su abuelo, robado por un malvado cuervo. Siempre me ha extrañado que no hicieran una miniserie de HBO con estos mimbres.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Tenía uno ilustrado sobre mitología griega que me encantaba. Me fascinaba poder leer sobre sangrientas historias de batallas, matanzas, monstruos, venganzas y dioses iracundos, y que nadie pudiera decirme nada al respecto porque era considerado “cultura clásica”. También tenía especial cariño a dos libros de Agatha Christie en formato cómic: Muerte en el Nilo y Asesinato en el Orient Express. Y me volvía loco una colección de libros amarillos sobre dos chicos detectives, Resuelve el misterio, en los que tenías que cerrar un caso a partir de un dibujo. Recuerdo que la solución se leía frente a un espejo.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Tuve la suerte de tener amigos muy lectores. Siempre nos estábamos prestando libros y cómics entre nosotros (Manuel, si estás leyendo esto, devuélveme Mortadelo y Filemón en Alemania. Último aviso). También me solía meter en la habitación de mi primo mayor, Íñigo, que me sacaba diez años, y era como atravesar una puerta a otro universo. Tenía máscaras africanas, caracolas, discos, una barra para hacer dominadas y, por supuesto, un montón de libros. Ahí fue donde conocí mucha literatura de misterio, mi gran debilidad, y todos los Elige tu propia aventura.

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¿Leía a escondidas? 

Casi nunca.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Mi padre tenía una cuenta en la librería “Estudio”, a lado de mi casa en Santander, y yo podía apuntar ahí mis libros. Me encantaba pasearme por esa librería. Husmear entre libros. Podía pasarme horas ahí hasta escoger uno. La verdad es que solo pisé la biblioteca de mi colegio dos veces. Y fue para coger dos libros que, por cierto, nunca devolví. Como mi madre era profesora, me creía con algún tipo de inmunidad diplomática. Lo peor es que jamás he tenido el más mínimo cargo de conciencia al respecto. Espero que nunca me manden un detective de biblioteca como en Seinfeld.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Hubo una fase de mi vida, con diez años o así, en la que me empeñaba en leer libros que no eran para mí. Supongo que por un afán de sentirme mayor. Y como tampoco tenía el criterio muy desarrollado, lo mismo me compraba La Tapadera, que algún tecno-thriller de Michael Crichton, que el guión de Independence Day (sí, el guión). Todo esto a mi padre no le hacía demasiada gracia y me reñía por no leer libros acordes a mi edad. Una vez, de vacaciones en La Granja de San Ildefonso, me compré un libro llamado Las leyes de Santa Fe, una historia llena de crímenes, tacos, sexo y abogados. Fíjate qué poco me enteraría de las cosas que la portada era el primer plano del cañón humeante de una escopeta y yo pensaba que eran unos prismáticos. En cuanto lo terminé, se lo di a mi primo Gabriel para que me lo escondiera en su cuarto, como si fuera una Playboy. Y en casa de mis tíos sigue.

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¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Todo Asterix y Obelix. Cualquier cosa de Roald Dahl. Y, a partir de los 12 años, toda la saga de Flanagan, detective adolescente creado con muchísima inteligencia por Andreu Martín y Jaume Rivera. También hay algunos cuentos de Edgar Allan Poe, como El Escarabajo de Oro, que son bastante disfrutables para un niño. Y los libros de los hermanos Casariego.

La verdad es que siempre tuve muchísima manía a todos esos libros tipo Los Hollister, Los Cinco, PAKTO Secreto, et al. Me parecían historias de pandillas de niños repelentes y perfectitos, con aventuras aburridas en medio de la campiña inglesa, y siempre acompañados por algún perro con nombre ridículo que les salvaba de más apuros que Rex, el perro policía. Me molestaban porque me resultaban artificiales y notaba una moralina detrás que me chirriaba bastante.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Creo que solemos subestimar la inteligencia de los niños. En Estados Unidos se ha vivido un debate interesante en torno a la idea de suprimir la palabra nigger de Huckelberry Finn. Ta-Nahesi Coates, autor negro de moda tras su premiadísimo Between the world and me, escribía esto tan sensato y demoledor al respecto:

ta-nahesi-coates¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Desconozco cómo está enfocado este asunto en los colegios de hoy en día. Iba a escribir que los niños de ahora tienen muchas distracciones pero de golpe he envejecido 30 años, me ha salido un bigotito fino y han aparecido unos Werther’s Original en el bolsillo de mi chaqueta.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

La verdad es que es un tema que me planteo a menudo porque me encanta agobiarme con problemas inexistentes. A veces me quedo despierto por las noches dando vueltas a cómo educar a esos hijos que no tengo. Siempre pienso que me van acabar saliendo conflictivos, drogadictos o del Barça. Lo cierto es que me encantaría que les gustaran los libros tanto como a mí. Pero al mismo tiempo me angustia convertirme en ese padre pesado que consigue justo el efecto contrario. ¿Lo ves? Ya me estoy agobiando. Necesito soplar en una bolsa de papel.

Sobre Javier Aznar

Javier Aznar nació en Santander. Escribe habitualmente para GQ, ELLE, Líbero, Jot Down y Cambio16. En mayo de 2017 publicó ¿Dónde vamos a bailar esta noche? en Círculo de tiza. 

 

Apuntes de verano. Ciruelos, bicis y una Puch Condor amarilla.

Mi abuelo Vicente era como Humphrey Bogart, pero en alto y elegante. Tenía la piel morena y una sonrisa de dientes muy blancos. Abuelo Vicente tenía el ojo alegre y una risa franca, cascada, muy chula. Como vivía en Madrid, solo lo veíamos en verano, en Navidad y en Semana Santa.

Su casa prefabricada sueca era la más moderna de Jerez, y también la que mejor olía, a madera y a abuela Blanca. En la entrada había dos ciruelos rojos que siempre me recordarán a ellos. Livia, Bibi y yo trepábamos al que estaba más cerca de la huerta y espiábamos a Joe, nuestro vecino, que nos traía locas. Poco importaba que Joe estudiase fuera y apenas estuviese en casa; la cosa era subirse. Ese ciruelo fue testigo de grandes conversaciones.

Joe tenía 16 años: diez años más que Bibi, ocho más que yo y cuatro más que Livia. Nuestras madres nos decían que estaba zambo y que se iba a quedar calvo (no podían más de nosotras). No nos creíamos ni una palabra.

Una vez escribimos su nombre con tiza junto a los nuestros, con un corazón enorme en medio, en el asfalto de la entrada al camino particular que llevaba a casa de mis abuelos y a la de sus padres. Tres corazones, en realidad, uno para cada una. Allí, junto a nuestra obra de arte, esperamos durante horas a que volviese con su Puch Condor amarilla y sus gafas de sol. El verano siempre ha dado para mucho.

La Puch Condor amarilla. Me acabo de acordar de que le dábamos besos al sillín de la moto cuando íbamos a su casa a jugar con su hermana Gabriela, que bailaba ballet muy bien. Tenían una aupair que se llamaba Lorraine y que en mi cerebro estará siempre asociada a Moonlight Shadow.

Nuestros veranos se repartían entre la bici, los dibujos, el lego y la piscina. Con las bicis subíamos y bajábamos por el camino particular sin descanso. Nos encantaba llegar casi hasta la carretera, o asomarnos a las cuadras del padre de Joe por si estaba él. Éramos un poco seguías.

A Joe lo veíamos tan poco que era un amor platónico perfecto.

*El plano de la cabecera es de la casa de mis abuelos paternos, Vicente y Blanca. Me lo dibujó mi prima Livia el otro día. 

 

 

Cuestionario Nido de ratones: Verónica Puertollano

¿Cuál era su libro favorito de niña?

Jim Botón y Lucas el Maquinista, de Michael Ende. Lo leía una y otra vez, y lo conservo con mucho cariño.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Una colección de cómics o cuentos, no recuerdo bien, de los años 70, con estética de El submarino amarillo de los Beatles (piernas gigantes acampanadas, etc.). Ojalá recordara qué colección era.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

Mi madre. Era socia de Círculo de Lectores, y siempre compraba un libro para mí, que yo leía con diligencia. Y se aseguraba de que para Reyes siempre me cayeran juguetes, carbón y también libros. Recuerdo con especial cariño un libro de cuentos de Oscar Wilde (que también conservo) y los Cuentos para jugar, de Gianni Rodari.

LOS TRES DE VERÓNICA PUERTOLLANO

¿Leía a escondidas?

De pequeña nunca hizo falta. Pero sí de mayor.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Mi madre me compraba siempre los libros, y luego me los empecé a comprar yo. Como dice mi amigo Juan Claudio de Ramón, hay dos placeres distintos: comprar libros y leerlos. No he abandonado ninguno de los dos.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros?

Mi madre me enseñó a leer antes de entrar en el colegio. Mi profesor de 1º de EGB había pedido que lleváramos un libro el primer día de clase. A mi madre no se le ocurrió otra cosa que mandarme con El Quijote. Y yo leía de corrido, cosa que dejó estupefacto al profesor. Así que el primer día de clase me llevó por todas las aulas del colegio para que leyera en voz alta.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

No sabría decir títulos concretos porque no me he visto en la circunstancia de tener que buscar libros para niños, pero sin ninguna duda serían libros que despertaran la curiosidad por la ciencia. Y si fuese narrativa, como mínimo que estuviesen bien escritos y no falsearan la naturaleza humana. Me llama la atención el libro que ha sacado Ferran Adrià para niños. La cocina es cultura y, aunque no lo he hojeado, me encanta la idea de un libro de cocina para niños.

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Que estamos generando adultos más infantiles. Y una atrocidad estética.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

No tengo ni idea.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Es que no tengo hijos, ni sobrinos. Pero lo haría como hizo mi madre conmigo: estimulando la curiosidad.

 

Verónica Puertollano es traductora, consultora y periodista.