Roald Dahl

Hace tiempo que quiero escribir una entrada sobre Roald Dahl, pero he ido dejando pasar los meses y cada vez se ha ido haciendo más difícil. Y para escribir hay que tener la información fresca.

Esto lo sé porque durante una época divertida pero poco lucrativa de mi vida (como la de ahora, más o menos) escribía informes de lectura para Círculo de Lectores. No sé por qué, las editoras de Círculo pensaron que me iría bien el thriller femenino (que es igual que el masculino pero sospecho que más truculento, para que no se diga). Y como yo no tengo manías, devoraba las novelas a gran velocidad: para cumplir con las fechas de entrega y para intentar que me resultaran rentables. Esto último es imposible si te lees los libros de verdad, como bien saben los que han hecho informes alguna vez, pero yo lo intentaba de todos modos.

Luego, para escribir el informe en el menor tiempo posible, tenía que cumplir dos requisitos: uno, enviar a Simón a trabajar en estado de shock después de haberle relatado el libro lo más detalladamente posible durante el desayuno; dos, sentarme a escribir inmediatamente después. Si dejaba pasar un día o dos antes de empezar, redactarlo se convertía en una pesadilla.

Y esto es lo que me ha pasado con Roald Dahl. Hace unos meses me leí su biografía. Me apetecía saber un poco más de cómo escribía sus libros, a ver si se me pegaba algo o, por lo menos, me daba para una entrada del blog. Pero cometí el error de dejarme llevar por la lectura y no apuntar nada de nada… Así que aquí estamos, en el 100 aniversario de su nacimiento y con la casa sin barrer.

Por suerte hay una periodista de El Mundo, Virginia Hernández, que veo que se ha leído la misma biografía autorizada que yo, ha tomado apuntes y luego ha escrito un estupendo reportaje que les recomiendo vivamente. Hasta la han mandado a Great Misseden y Cardiff para escribirlo. Me muero de envidia.

En él cuenta cosas como que le pusieron Roald por el explorador polar noruego, Roald Amundsen (sus padres eran noruegos); que tuvo un accidente de aviación en la segunda guerra mundial que le dejó como secuelas unos dolores de cabeza y de espalda horrorosos toda su vida; que debido a esto, “siempre se sentaba en el mismo orejero, que había preparado con un agujero posterior para sus dolores de espalda, con una tabla cubierta de tapete verde como escritorio” y que usaba siempre los mismos lápices para escribir, los Dixon Ticonderoga del 2, que creo que le solía mandar su agente desde EEUU.

Afortunadamente, sí que subrayé alguna cosa que, además, no sale en el reportaje de Hernández…

A mí se me ha olvidado cómo era ser una niña. Me cuesta muchísimo ponerme en el lugar de mis hijos y la primera palabra que me viene a la cabeza cada vez que me piden algo (da igual qué) es “No”. La que lo hereda no lo hurta. Es un reflejo que tengo que corregir todos los días. Dahl, sin embargo, siempre conservó la capacidad de meterse en la piel de un niño. Donald Sturrock lo cuenta muy bien en su biografía:

“Tenía mucha facilidad para recordar cómo ve un niño el mundo, lo solo que puede sentirse incluso en el seno de la familia, lo rápido que debe adaptarse a nuevas experiencias y lo raro que puede parecer el mundo de los adultos visto a través de unos ojos más jóvenes.”

Esta sensibilidad, que comparte con otros autores infantiles (aunque en él es quizá más fresca), se puede encontrar en todos sus libros.

Por suerte para todos, a Dahl no le tocó una madre como yo. Sofie Magdalene se quedó viuda cuando Roald tenía tres años, unas semanas después de que muriera su hija mayor, de siete. Con una piara de niños a su cargo (los cuatro suyos y dos más de un matrimonio anterior de su marido), se liba a Noruega cuando llegaba el verano. Allí pasaban los días al aire libre, pescando, nadando, tomando el sol, de picnic por los fiordos noruegos (no sé si el síndrome de Bullerbyn puede aplicarse también a Noruega, pero debería).

La imagen que más me gusta de aquellas vacaciones es la de Sofie Magdalene, que no sabía nadar, manejando una barca con siete niños dentro y ningún salvavidas, negociando las olas (que Dahl recuerda gigantescas) camino de alguna isla en la que pasar el día. A veces se cruzaban con barcos pesqueros y les pasaban cubos vacíos que les devolvían llenos de camarones

Al anochecer, de vuelta en casa, Sofie Magdalene les contaba historias. Algunas las sacaba de libros ingleses, pero otras eran más oscuras y escandinavas: cuentos de hadas inventados o adaptados de las colecciones del siglo XIX de Peter Christian Asbjørnsen (1812-1885) y Jørgen Moe (1813-1882), que son para Noruega lo que los hermanos Grimm para Alemania, solo que no eran hermanos (ni alemanes).

Los cuentos estaban ilustrados por Theodor Kittelsen (1857-1914), que era un favorito de la familia Dahl. Las hermanas de Dahl vieron pronto la conexión entre las ilustraciones del noruego y la literatura de su hermano. Como Dahl, Kittelsen era observador y compartía con el escritor una misma fascinación por lo grotesco y un sentido del humor vulgar y duro.

Kittelsen es muy conocido por sus ilustraciones de trolls, cuentos de hadas y paisajes naturales.

Roald Dahl se murió hace 26 años, en 1990. Yo estaba entonces en el internado, en Inglaterra. Allí fue donde encontré sus libros por primera vez y donde leí dos de mis favoritos, Matilda y Las Brujas. Esta mañana lo hemos recordado en casa leyendo la versión de Cenicienta que viene en sus Cuentos en verso para niños perversos antes de desayunar.

La ilustración de la cabecera es de Theodor Kittelsen.

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