Carolo, el podenco

Carolo es uno de los podencos de Benito. Tiene los ojos vivos, de un castaño pálido, y un pelo duro y desordenado del mismo color café con leche.

A Carolo le gusta acompañarnos cuando vamos a cazar. Lleva una campana en el collar para que siempre sepamos dónde está y no lo confundamos con un corzo o un jabalí si se mete entre los matojos.

Es un buen perro, pero no le hace mucho caso a nadie, va por libre. Cuando encuentra un rastro se le tensan los músculos, pega el hocico al suelo y aligera el paso a un trote alegre, de perro ocupado. A veces, si nos damos cuenta tarde, es difícil hacerlo volver. El sonido de la campana se va alejando y ya no lo vemos más hasta que se aburre o pierde la pista.

Hace un mes salimos a cazar con la cuadrilla. Venía Emilio, que es uno muy pesado que nunca se cansa de andar. Benito le tiene un poco de manía y siempre se harta antes de tiempo si coincide con él.

A Carolo le da igual Emilio, así que cuando Benito lo llamó para que se volviera, no le hizo ni caso. De hecho, apretó el paso y se puso a la altura de Emilio. La lealtad no es una de las virtudes de Carolo. Benito se encogió de hombros y empezó a andar hacia la cabaña: “Estate pendiente, José Luis, que éste a la mínima desaparece.”

Carolo siguió un poco más con nosotros, hasta que salió como un tiro detrás de un corzo y lo perdimos en una mancha de monte. Estuvimos llamándolo hasta que cayó la tarde, pero fue inútil. Según mi hermano, el perro no nos hizo caso porque mi padre lo llamaba Manolo en vez de Carolo…

De vuelta en la cabaña, Benito no estaba muy sorprendido. “Este perro siempre hace lo mismo”, dijo meneando la cabeza. “Bueno. Ya aparecerá”.

Pasaron los días y Carolo no apareció. Iba haciendo más frío. Por las mañanas la hierba amanecía blanca, crujiente de escarcha. El final del otoño no es el mejor momento para que se pierda un perro. Aunque en el caso de Carolo, ningún momento es bueno: un podenco bonito y poco fiel es muy goloso para cualquiera que le eche el ojo.

Cuatro domingos más tarde, Benito pasó por la misma mancha de monte. Silbó sin mucho convencimiento y allí estaba Carolo, corriendo hacia él desde los árboles, meneando el rabo, más gordo que cuando se perdió.

Lo que tampoco es tan difícil, considerando lo flacos que están siempre los podencos de Benito.

* Esta historia se la he robado a mi amigo José Luis de la Cuesta, que me la contó. Me hizo gracia un podenco que se escapa y vuelve más gordo de lo que se fue después de un mes perdido en el monte. Además, me sirvió para que Violeta dejase de llorar una noche que estaba particularmente cansada mientras la bañaba. Me he inventado algunas cosas, eso sí. No tengo la suerte de conocer a Carolo, ni a Benito, y Emilio no sé si existe. Tampoco sé si el hermano de José Luis estaba allí cuando fueron a cazar. 

Cuestionario Nido de ratones: Arturo Pérez-Reverte

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Varios. Los leía una y otra vez. Tenía los clásicos (Dickens, Defoe, Twain, Stevenson, Verne, Melville, London, Walter Scott…) de las colecciones Historias y Cadete Juvenil y Las aventuras de Guillermo, de Editorial Molino. Por encima de todo, Los tres mosqueteros. Y Tintín, naturalmente.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

El libro de las cosas que comemos, Cuentos de hadas escandinavos y las ilustraciones de Los tres Mosqueteros en una edición que había pertenecido a mi bisabuela.

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¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

El día de mi primera comunión, mi madre pidió a todos que sólo me regalaran libros. Así me encontré a los 8 años con mi primera biblioteca propia, de unos 30 o 40 volúmenes. Los primeros libros me los recomendaba ella o los cogía yo de la biblioteca de mi abuelo.

¿Leía a escondidas?

Leía en clase, a escondidas, en el recreo, en la cama. Leía a todas horas. Yo no conocí la televisión hasta los 12 años.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Compraba libros con mi paga semanal y tenía a mi disposición la biblioteca de mis padres y la de mis abuelos.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Innumerables.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

No me creo capaz de recomendar libros para niños de 2016. Yo nací en 1951.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece? 

Me parece una soberana estupidez. Un método infalible para fabricar idiotas. Pero cada tiempo y quienes lo habitan tiene los libros y los lectores que merece tener.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

No es que lo crea. Es que tengo la certeza de que no. Al menos, en buena parte de los colegios que conozco.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

A mi hija la rodeé de libros en su habitación desde que nació. Libros adecuados a cada momento de su infancia y su juventud. Y sobre todo, vio leer a sus padres. El resto vino solo. Ahora es historiadora y arqueóloga, e imagino que algo tuvo que ver aquello.

*La foto de la cabecera es de hace 10 años ya. Pérez-Reverte vino a presentar El pintor de batallas a González Byass, en Jerez, con sus amigos Juan Eslava Galán y Rafael de Cózar (Fito). Era la segunda vez; unos años antes presentó, en la misma compañía, uno de sus Alatristes. Echamos un día muy bueno. Es una foto que me trae muy buenos recuerdos. Fito murió hace casi dos años ya; su casa salió ardiendo y él intentó rescatar los libros de su biblioteca. Era un hombre simpatiquísimo, con un gran sentido del humor, cariñoso y amable. Ya no podrán repetirse esas presentaciones de los tres amigos charlando con unas copas de vino de Jerez por delante, sin mirar el reloj. Qué suerte haber asistido a dos de ellas. 

Coco

Coco era el podenco de Simón. Tenía una buena alfombra de pelo corto, naranja, y la fresa de la nariz negra, igual que la raya que le ribeteaba los ojos. Venía de la perrera, pero era muy elegante. Le encantaba la nieve y correr por el campo a todo lo que daba. Pensábamos que era el perro más rápido del mundo hasta que un día lo vimos correr junto a un galgo.

Coco perseguía ardillas, trepaba por los riscos y no obedecía jamás si pensaba que no le estabas viendo. Era un perro valiente en el campo, pero lo pasaba muy mal en la ciudad. Le asustaban los contenedores, la gente grande, con barba o vestida de negro, los niños…

También era un gran perro-tata. Cuando Violeta tenía uno o dos años, se negaba a quedarse ni un minuto en un parquecito enorme que teníamos en casa, en el salón. Solo consentía el encierro si metía a Coco con ella. Entonces le parecía muy bien y yo podía irme a recoger la cocina tranquila. Una vez volví y me encontré la siguiente estampa: Coco tumbado como una esfinge, con la cabeza alta y la cara de pena, mirándome en plan “¿Me puedes sacar ya de aquí?”, y Violeta sentada enfrente, leyéndole un libro, chapurreándole con mucho interés.

Un día se perdió en el campo de unos amigos y ya no lo volvimos a ver. La guardia civil encontró más de 16 perros muertos aquella semana. Los había envenenado el dueño de una finca cercana. Coco no estaba entre ellos, pero es probable que acabase de la misma manera.

Durante mucho tiempo después lo sentía tumbado a mis pies en el coche. Estaba empezando a hacerse mayor y había tenido algunos ataques de epilepsia. Quizá fue mejor para él.

Cuestionario Nido de ratones: Javier Alvira

¿Cuál era su libro favorito de niño?

De niño, creo que mis libros favoritos eran todos los relacionados con animales y naturaleza: guías, cuadernos de campo y enciclopedias de fauna que devoraba al volver del cole. Estaba especialmente orgulloso de una Guía del naturalista de Gerald Durrell que mis hijos han heredado con manchas de Nocilla de los años ochenta. El libro abría con una foto del autor a los diez años y con una lechuza en su brazo que me tenía impresionado. Al margen de ellos, y además de Asterix, Mortadelos y demás maravillas de Bruguera, recuerdo especialmente El maravilloso viaje de Nils Holgersson, que leímos en voz alta en clase durante meses, La historia interminable, que me hizo ver que podía leer trescientas páginas sin esfuerzo, y uno de un chaval que viajaba en el tiempo al puerto de Barcelona en 1714, que cogí de la estantería de mi hermano y que nunca he sabido de quién era ni cómo se titulaba, y quizá por eso lo recuerdo como algo especial.

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¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Eran más historietas que otra cosa, pero tengo especial cariño a las Joyas Literarias Juveniles, que hicieron que Julio Verne, Emilio Salgari, Karl May o Walter Scott fueran nombres tan familiares para nosotros como Ibáñez, Escobar o Uderzo. Con lo intensos que somos ahora, si viéramos a nuestros hijos intercambiar con sus amigos historias de Stevenson, Dickens o Defoe, creo que seríamos insoportables, pero la gracia de aquel momento es que lo hacíamos con toda naturalidad.

Como Libro ilustrado más digno de ese nombre, recuerdo Los Gnomos de Huygens, con esas ilustraciones de Rien Poortvliet tan realistas que hacían imposible pensar que no las hubiera copiado del natural.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Supongo que en casa, pero más que recomendar, los ponían a mí alcance en mi habitación, en las de mis hermanos o en una librería camino del baño, el mejor sitio sin duda para poner libros en una casa con niños. La verdad es que salvo casos contados de hermanos y amigos no recuerdo recomendaciones expresas, salvo las de un familiar, profesor con varios libros de pedagogía a sus espaldas, que con su mejor intención me regalaba unos libros que me parecían un tostón.

¿Leía a escondidas? 

Leía en casi todas partes y casi todo lo que caía en mis manos, incluyendo el bote de champú o entradas aleatorias de la enciclopedia Espasa, pero no recuerdo leer a escondidas más allá de seguir cuando todos estaban dormidos. Lo que sí me hace gracia es ver cómo las prohibiciones que antes afectaban a los libros, del tipo “no se lee en la mesa”, ahora las aplicamos a las pantallas y suspiramos porque ojalá fueran libros. Me cuesta mucho más de lo que le costaba a mis padres decir “anda, deja el libro y apaga la luz”.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Afortunadamente tenía libros en casa, tanto por afición paterna como por tener varios hermanos mayores, así que tenía donde elegir. Por suerte, además, la biblioteca de mi colegio era grande y estaba bien surtida. Allí descubrí al pequeño Nicolás, a Lucky Luke, a un duende llamado Pumuki que me encantaba y a unos cuantos más. Siempre en día de lluvia, que era cuando la frecuentábamos, y siempre sin otra recomendación salvo tenerlos a la vista. Antes que empezase a comprar, los primeros libros que recuerdo “elegir” eran los Asterix a los que tenía derecho cuando me ponía malo – un té y un Asterix nuevo era la receta comodín de mi madre-. Allí en la cama con mi té y decidiendo el próximo título en el menhir de Obelix me sentía el rey del mambo.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

Pues recuerdo que mi lugar favorito para leer era el único sitio donde el hermano pequeño de una familia numerosa estaba a salvo, es decir, la única habitación con pestillo: vamos, el baño. A partir de ahí han salido bastantes historias. Alguna vez confundieron mis carcajadas con los Superhumor de Bruguera con gritos de auxilio y alguna que otra vez, según me han contado, mi indecisión ante la librería de paso resultó ser fatal.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Cualquiera que tuviera algo de fantasía, sobre todo cuando son más pequeños y se los lees tú. Uno de mis hijos dice que las leyendas son aquello que nadie puede decir qué es verdad y nadie qué no es verdad. Todo lo que esté en esa zona gris les atrapa enseguida y les abre mil puertas, y por eso cualquier buena edición de cuentos clásicos y populares me parece una excelente opción. La colección de Siruela de cuentos chinos, alemanes, británicos, de la India y de otros países es una maravilla. Entre ellos están los Cuentos Populares Españoles en edición de J.M. Guelbenzu o los Cuentos Españoles de Antaño de Felipe Alfau, uno de mis favoritos. Además es curioso ver – y que ellos vean- cómo muchos cuentos tiene raíces comunes y se repiten con pequeñas variantes en España, Alemania o la India, y los niños los detectan enseguida aunque cambie un lobo por un tigre.

Para cuando son un poco más mayores, cualquiera de Astrid Lindgren: Miguel el Travieso, Los Hermanos Corazón de León, Los niños de Bullerbyn o Pippi Calzaslargas son una gozada y les encantan.

Y en tercer lugar, alguno que les saque un poco de tanto libro correcto y educacional, como por ejemplo ¡Abajo el colejio! de Geoffrey Willans, un libro con mucha mala baba que además tiene unas ilustraciones divertidísimas. Cualquier niño disfrutará viendo faltas de ortografía, profesores con cepos de hierro y demás barbaridades.

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Y hablando de libro ilustrado añadiría la colección de clásicos ilustrados por Robert Ingpen en Blume: El Mago de Oz o Las Aventuras de Tom Sawyer son una delicia.

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Pues me parece una bobada y no creo que nadie reconozca que le parece bien, pero lo cierto es que mucho de lo que mostramos a nuestros hijos está dulcificado como poco, desde Walt Disney a las ediciones de los cuentos de Grimm o Andersen. Es todo muy ridículo, pero antes nos escandalizaba el sexo y ahora el sexismo. Yo mismo me he saltado párrafos o líneas al leer en voz alta a mis hijos, pero una cosa es la opción personal de los padres –el párrafo que hoy me salto lo puedo leer más adelante, cuando pueda acompañarlo de una explicación que el niño entienda, o ya lo leerá por sí solo- y otra meter la tijera a un autor. Si nos ponemos muy correctos no salvamos a casi nadie, mucho menos a los clásicos, y veo por ahí bastantes libros que de puro bienintencionados son muy cursis. Creo que retocar Los Cinco es un caso extremo de memez, pero también es verdad que algunos padres o incluso colegios pueden rechazar libros por esto o aquello, o guiarse por determinadas calificaciones, y le hacen un roto a la editorial. Supongo que por ahí van los tiros.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

En el caso de mis hijos, por lo que veo funcionan bien las bibliotecas de aula, donde todos llevan sus libros favoritos y están obligados a leer los de los demás. Si a eso se añaden las recomendaciones de los profesores, el resultado está bastante bien. No es un sistema perfecto y echo en falta algunas cosas, pero lo veo razonablemente bien. Antes de tener hijos creía que la cosa estaba mucho peor.

Más que el enfoque del colegio, me preocupa la fascinación que tienen los niños por las pantallas, que arrasa con todo, y la obsesión que tenemos todos por la sociabilidad, que nos hace ver rara la imagen de un niño solo con un libro. Creo que en esas dos cosas tenemos que pensar un poco más.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Lo asumimos como una parte fundamental de su educación. No sólo por lo que supone tener una buena comprensión lectora sino, y sobre todo, por todos los mundos que les puede descubrir. Lo cierto es que lo tomamos como una obligación más, así que entra en el reparto junto a otras tareas importantes y esta me ha tocado a mí. Sin mucho esfuerzo, porque lo disfruto tanto o más que ellos, les he leído desde muy pequeños, casi todas las noches, hasta convertirlo en un ritual muy esperado. El mayor quería aprender a leer “para leerse todos los libros del mundo”, así que nos sorprendió que el mediano, expuesto a exactamente lo mismo, dijera que odiaba leer y que no quería saber nada de los libros. La buena noticia es que seguía queriendo escuchar historias todas las noches, así que seguí contándole cuentos sin insistir en la lectura, hasta que un buen día dio con un libro que le interesó y dijo “¿Sabes qué? Ya me gusta leer”. No sé qué pasará con la pequeña, pero por lo visto hasta ahora, nuestra receta será leerla todas las noches y no insistir en que lea, sino que vea que de los libros salen muchas cosas fantásticas. Eso, y dejarle un cajón repleto de libros junto a su cama para que pique.

Sobre Javier Alvira

Javier Alvira ha dejado unos comentarios entretenidísimos en las entradas de Astrid Lindgren y se ha ganado el solito un lugar entre los entrevistados de Nido de ratones. Es de Madrid, tiene tres hijos y no ve el momento de llegar a casa y contarles un cuento.

*La foto de la cabecera es de los dos niños mayores de Javier en La Central de Callao y da muy buen rollo.

 

Pájaros de otoño

Esta mañana he visto un martín pescador. Es la segunda vez en mi vida. La primera fue hace unos días: un relámpago turquesa y naranja volando sobre el verde lechoso del lago. Hoy he adivinado más detalles; he intuido su ojo brillante, lo he visto esconderse entre los tarajes.

Una tarabilla agarrada a un carrizo, meciéndose suavemente con la brisa.

Descubrimos una curruca capirotada entre los arbustos de la orilla. Está muy atareada. Sale volando y la oímos alejarse, escandalosa y alegre.

Una estampa alegre: tres gorriones bañándose en el charco del aparcamiento, el que forman los aspersores bajo la araucaria.

Es imposible que un grupo de estorninos al atardecer no te alegre el día. Hay unos cuantos preparándose para la noche, apretándose en los huecos de una palmera, entre las ramas. Veo la cola de uno y la cabeza de otro, unos dátiles que se mueven… Oigo silbidos, gorjeos, algo que parece una llamada de teléfono… Arman más jaleo que mis hijos para irse a dormir.

*Descubro que también me es imposible escribir de pájaros sin alegrarme a cada párrafo. Véanse los tres últimos…

**La ilustración de arriba es de un cuadrito de Edith N. Walker que le regalaron a Violeta por su cumpleaños el año pasado.

Sólo escogen los que no pueden tenerlo todo

“Si yo hubiese sido un Beatle, me habría despedido a mí mismo.” Esta fue la conclusión de Lucas después de ver el documental de los Beatles. A diez minutos de que acabase, se estaba tapando las orejas con las manos. “Me van a estallar los oídos, mamá. ¿Por qué chillan tanto?” Y eso que se habían editado los gritos de las fans para que se pudiese oír la música.

Violeta estaba más interesada en la razón de tanto jaleo: “¿Y por qué gritaban más cuando movían la cabeza?”. Cuando le pregunté qué Beatle le gustaba más, me dijo “Ninguno”. Indagando un poco más descubrí que era porque tenían el pelo largo. Le señalé que al principio lo tenían corto y entonces me dijo “Al principio sí me gustaban”.

“¿Pero cuál te gustaba más?”, insistí.

“Todos igual”, contestó.

Y esto es lo que tienen en común los Beatles con los hermanos de Siete novias para siete hermanos: que a Violeta le parecen todos igual de bien.

¿Para qué escoger cuando no hay necesidad?