Violeta y La La Land

La semana pasada llevé a los niños a ver La La Land. Creía que les podía gustar (sobre todo a Violeta) y, además, se me había quedado grabado el último párrafo de la reseña de Anthony Lane, el crítico de cine del New Yorker, “Fun in La La Land:

La misión de esta película se habrá cumplido solo si la ven aquellos (sobre todo los niños) que nunca han visto un musical adulto en el cine, y que puede que no conozcan las emociones tan plenas que te pueden provocar las cosas más simples, sin necesidad de recurrir a la violencia. El sol se ilumina. Estalla la canción. Chico conoce chica.  

Así que allá que fuimos, a la sesión de las 17:45 en los cines de Bahía Mar. Violeta devoraba palomitas muy contenta y me iba haciendo preguntas más o menos lógicas hasta que llegamos a la escena del planetario. Mia y Sebastian estaban a medio baile, flotando en el aire, cuando se giró para mirarme, con cara seria, y me preguntó: “¿Está haciendo efecto?”. Tardé un poco en comprender. Unos momentos antes de empezar a volar, Mia había accionado una palanca y la bóveda se había convertido en un cielo nocturno estrellado. Violeta estaba convencida de que la falta de gravedad era una consecuencia lógica más. En un primer momento la quise sacar de su error. Por suerte, me acordé a tiempo de Ty Burr cuando habla sobre los musicales y los niños en su (muy recomendable) libro The Best Old Movies for Families, y corregí. El párrafo que me vino a la memoria fue este:

Los niños de hoy en día son educados para creer que la gente no rompe a cantar espontáneamente en los momentos cruciales de su vida. ¿No es algo horrible, borrar esa revelación de su sistema de creencias? Por supuesto que hay gente que arranca a bailar claqué cuando menos te lo esperas, o que improvisa una melodía mientras se inventa la letra sobre la marcha. Se llaman niños, y si pasas algo de tiempo con ellos, verás la vida como un musical cuarenta veces por hora.

Claro que estaba haciendo efecto. Tenía razón Violeta, y yo no me di cuenta hasta que vi la película con ella.

Cuestionario Nido de ratones: Juan Antonio Masoliver

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Los cuentos de hadas.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Los de la editorial Araluce.

LOS DE JUAN ANTONIO MASOLIVER

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Mi padre, mis hermanos y mi curiosidad

¿Leía a escondidas?

En la cama, no cuando había apagado la luz, porque entonces no podría leer, sino cuando las habían apagado mis padres. Y en la hora de la maldita siesta.

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

En El Masnou había dos bibliotecas, la municipal y la del ayuntamiento. Frecuentaba las dos, con mis hermanos. Me fascinaban las bibliotecarias: ¡eran otros tiempos! En casa había libros para todas las edades. Y cuando fui a vivir a Barcelona, a los nueve años, la biblioteca de mi tío el humanista Juan Ramón Masoliver era mi refugio.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

No. Sólo que estaba convencido de que lo que leía era todo verdad, y envidiaba a los protagonistas de los libros.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

¿Sólo tres libros? Y depende de la edad. Tres libros que me marcaron, además, de los pasajes del Quijote y de la Biblia, fueron Robinson Crusoe, las Mil y una noches y Heidi.

LOS TRES DE JUAN ANTONIO MASOLIVER

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

No hay que retocar nada. Los niños leen siempre limpiamente. Lo políticamente correcto puede llevar a la intransigencia y al puritanismo.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Hace décadas que no voy al colegio. Yo tuve mucha suerte tanto en la academia del Masnou como en los Escolapios de Barcelona: junto con mis padres y hermanos, me estimularon el placer de la lectura. Por alguno de mis sobrinos, he podido ver que la literatura se enseña bastante mal, llena de tópicos y sin pasión por parte de los profesores. Pero no se debe generalizar. Alguna razón debe haber para que en este país se lea tan poco. Y no se trata sólo de leer, sino de enseñar a leer.

¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

Si en la casa hay ambiente de lectura, los niños leen. No necesitan consejos. De pequeños les improvisaba un cuento, para que se familiarizasen con la oralidad. Y luego les leía y poco a poco leíamos el comic Richie Rich o Tintin. Luego ya no me necesitaba y hay que decir que en las escuelas inglesas (mis hijos son ingleses) se les estimula a leer desde muy pequeños.

Sobre Juan Antonio Masoliver

Nació en Barcelona en 1939. Catedrático hasta su jubilación en la Universidad de Westminster de Londres. Vivió dos años en Dublín y casi cuarenta en Londres. Ha pasado largas temporadas en Italia (Garda sul Lago y Lucca). Poeta, narrador, traductor y crítico literario de La Vanguardia de Barcelona. Su novela más reciente: La inocencia lesionada (Anagrama, 2016)

La acampada

Caminan a buen paso pero tranquilos. Hace una noche fresca, despejada; no hay prisa. Simón mira hacia arriba. Las estrellas se ven muy bien entre las copas de los árboles; todavía no ha salido la luna. Se oye un cárabo a lo lejos. Pincho camina a su lado sin despegarse. A veces se detiene y pone las orejas muy tiesas. Simón lo anima “Venga, Pincho, vamos”.

Monta la tienda en un parche de suelo llano, sin raíces ni piedras. Pincho esquiva los vientos con agilidad; va de aquí para allá siguiendo a Simón. A veces coge una piqueta, la deja a sus pies y le empuja con el hocico en el hueco de la rodilla. Si está agachado, clavando otra piqueta, le mete el hocico por debajo del brazo y pone la nariz helada en su mejilla. Cuando Simón la coge por fin, menea el rabo con aire de misión cumplida y va a por la siguiente.

Pone un poco de agua en un cuenco y coloca un saquito de pienso para Pincho. Aún con la hoguera, hace frío, así que dobla la esterilla y se sienta encima, con medio cuerpo dentro del saco. Abre una lata de sardinas y se la come con un trozo de pan. Pincho dormita, enroscado junto a él. De pronto, oye algo y empieza a gruñir suavito. Simón enfoca el frontal hacia los arbustos; allí está otra vez. El zorro los mira muy atento, la cabeza gacha. Simón levanta la vista hacia la bolsa de comida que colgó en una rama alta y sonríe. “Hoy no me dejas sin desayuno.” Acaricia a Pincho y coge su libro. Le gusta este zorro, pero no tanto que le roben la comida.

* La ilustración de la cabecera es de David Rollyn. El texto es la continuación de este cuento.

El nido

Es tarde y entra poca luz en el bosque. Simón deja la bici junto a un lentisco y corre sobre el suelo acolchado de pinocha. Acaba de salir del colegio y tiene hambre, pero si para a merendar en su casa, se irá el sol y no verá nada. Así que hoy no hay bocadillo, ni vaso de leche. Trepa un poco por unos riscos y se sienta a observar. Arriba, en la copa de un pino carrasco, lo ve: el nido de cuervo. Lo descubrió hace unas semanas, y desde entonces viene cada vez que tiene un rato. Los viernes por la tarde es lo primero que hace cuando sale del colegio: se cuelga la mochila y pedalea por el carril hasta la linde del bosque. Ha pensado todas las maneras posibles de llegar hasta el nido, pero aún no ha dado con una que le convenza.

El sol se pone y Simón siente algo de frío allí sentado, quieto. Se levanta sin mucha prisa y vuelve a su casa despacio. Las luces están encendidas y huele a chimenea. Oye a Pincho ladrando y a su madre mandándolo callar. “Sí, sí, Pincho, es Simón, calla ya… Qué perro más pesado…” Simón sonríe.

* La ilustración de la cabecera pertenece al libro Un árbol es hermoso, de Janice May Udry. Es de Marc Simont. El texto es el principio de un cuento.