¿Alien? No, mantis.

Tenemos la mala costumbre de traernos a casa puestas de bichos desconocidos. Eso sí, una vez que eclosionan los huevos, se nos queda grabada a fuego su identificación: lecciones prácticas de biología al alcance de cualquiera.

La primera vez fue hace un par de años. Violeta arrancó de debajo de la mesa del jardín una especie de media nuez de barro. En la base lisa que estaba en contacto con la madera se veía el cuerpo seco y sin vida de una avispa. No se nos ocurrió pensar que igual dentro quedaban larvas vivas. Estuvo rodando por casa un tiempo hasta que un día descubrimos un par de agujeritos en el barro y sendos montoncitos de arenilla sobre la mesa. Nunca supimos dónde acabaron.

Hace un par de semanas nos trajimos a Tinta y a Teka a dormir a casa, con sus cojines incluidos. Cuando moví el de Teka, salió rodando una especie de bellota de barro con la punta rota. Estaba rodeada de cascaritas de bichos. Por supuesto, eran las 11 de la noche, una hora buenísima. En cuanto Simón cogió la cápsula (lo sé, os sorprende muchísimo que no fuera yo), empezó a temblar en su mano. Cuando la abrió, allí estaba la avispa alfarera, nueva y brillante, preciosa. Siento decir que tuvo una vida muy corta, porque Simón es alérgico a las avispas y la norma general es que en el campo no se matan, pero si se cuelan en casa, sí. Ayer encontré otra capsulita igual. ¿Dejarían sus puestas por casa las que llegaron en la media nuez?

 

 

Ayer, buscando una caja para unos tornillos mientras ordenábamos las herramientas, encontré una transparente de esas que están divididas en compartimentos. Era de los niños y tenía dentro algunos minerales, una piedra volcánica y, sorpresa, sorpresa, otra puesta de sabe Dios qué criatura. Menos mal que estaba cerrada y los bichos habían muerto todos hacía tiempo. Al principio no sabíamos de qué nos habíamos librado exactamente, pero mirando con más detenimiento Simón logró distinguir entre el amasijo de ojos negros y patitas afiladas los cuerpos minúsculos y dorados de cientos de mantis religiosas. Pero no hay que alarmarse: en la página de wikipedia dice que la mayoría no sobreviven porque entre ellos impera “el canibalismo juvenil”, de modo que si la caja hubiese estado abierta quizá solo nos habríamos encontrado con cincuenta o cien santa teresas rondando por el piso.

Y el otro día cuando fuimos a ver Alien: Covenant nos parecían tontas perdidas las dos que dejaron entrar en la nave al que iba escupiendo petróleo…

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Violeta no para

Le he abierto una cuenta de Instagram a Violeta. Cada vez que me encuentro un dibujo suyo rodando por la casa, le hago una foto y lo cuelgo. Sabe que existe pero no le da mucha importancia. Le gusta ver sus dibujos ahí, todos juntos, y que me tome el interés de hacerle una foto a sus cosas. No le he dicho que existen los likes ni le cuento los comentarios que le dejan. Ella dibuja porque sí, sin pensar en mucho. Siente la necesidad de hacer cosas y las hace sin más.

 

El camaleón

Ayer se nos cruzó un camaleón por la carretera en Puerto Sherry; hacía cinco años que no veíamos uno. Caminaba con mucha determinación y unos movimientos que recordaban a los de los AT-AT de El retorno del Jedi. Iba en la dirección incorrecta (a no ser que pretendiese darse un baño o acabar con su vida). Simón lo cogió con mucho cuidado… y no le gustó nada. Intentó morderle y por un momento consiguió librarse y lanzarse de nuevo al asfalto, pero lo volvimos a trincar. Le hice una foto dándole repetidas instrucciones a Simón de que lo sujetase bien (como si el pobre camaleón se fuese a lanzar a mis brazos) y lo dejamos en una adelfa de flores rosas que había en el lado correcto de la carretera. (Creo que a estas alturas ya no hace falta que explique que el que lo volvió a trincar y lo dejó en la adelfa fue Simón, ¿no?)

 

Historias suecas 4

La última etapa de nuestro viaje es en el archipiélago sueco, en una isla que se llama Vättersö. A Vättersö se llega tras dos horas en barco desde Estocolmo. Por el camino pasamos un grupo de tres o cuatro islas plantadas con esqueletos de árboles llenos de cormoranes y sus nidos.

Una vez allí hay que cargarse las mochilas, coger un carrillo de manos, cargar en él las bolsas de la compra (en Vättersö no hay tiendas) y la maleta y caminar durante veinte minutos, según las instrucciones (mi amigo Cristian dice que estas son las cosas que nos gustan a nosotros: “¿Estáis en un sitio cómodo, con osos en el dormitorio, una fogata en vez de vitrocerámica y lanzas para cazar mamuts? Ya sabes, comodidades”).

Lucas va delante solo, con paso tranquilo, sin pausa. Feliz. Me recuerda a uno de esos dibujos de Sempé con los árboles enormes y el niño muy pequeñito debajo. Violeta saltimbanquea a nuestro alrededor. Por supuesto, nos perdemos nada más empezar (pero no lo sabemos). Después de una hora andando nos encontramos a un muchacho muy sonriente con un quad y un remolque que no se aclara muy bien con el mapa, nos dice que efectivamente nos equivocamos de camino al principio (pero no sabe decirnos dónde) y que no nos preocupemos, que él nos lleva en un momentito. Que noooo, nos dice que no nos preocupemos porque la isla es muy pequeña y seguro que llegamos en nada y sigue ruta con su quad y su remolque enorme y vacío. Tardamos una hora y media larga en encontrar el sitio. La madre que lo trajo.

 

 

La cabaña tiene dos habitaciones: una cocina sin agua corriente y un cuarto con una cama doble y un catre plegable para los niños. Los cristales de las ventanas son de vidrio soplado. Acentúan la sensación de calidez que dan las paredes blancas de madera al interior. Los muebles son muy bonitos, pero huelen a humedad por dentro, igual que las alfombras. Simón las saca y las deja fuera, enrolladas. Usamos la maleta como armario. Los niños se duermen, agotados. No han terminado de cenar, nadie se ha cepillado los dientes, de la ducha mejor ni hablamos. Llevan dando vueltas desde las 6 de la mañana (Siljansnäs, Uppsala, Estocolmo, Vättersö). Son las 12 de la noche.

Por la mañana temprano un trepador azul rasca el techo de la casita y se posa en la ventana que tenemos en frente de la cama. En la de la izquierda, tapada por un estor blanco que deja pasar la luz, se dibujan las sombras de las hojas de los árboles. Hasta aquí no llegan las máquinas de la industria maderera sueca, de modo que la cabaña está en medio de un bosque de robles, nogales y fresnos enormes que no se parece en nada a los bosques de árboles cerilla que crecen en gran parte del país.

Nos tomamos la llegada con mucha calma.