Historias suecas 4

La última etapa de nuestro viaje es en el archipiélago sueco, en una isla que se llama Vättersö. A Vättersö se llega tras dos horas en barco desde Estocolmo. Por el camino pasamos un grupo de tres o cuatro islas plantadas con esqueletos de árboles llenos de cormoranes y sus nidos.

Una vez allí hay que cargarse las mochilas, coger un carrillo de manos, cargar en él las bolsas de la compra (en Vättersö no hay tiendas) y la maleta y caminar durante veinte minutos, según las instrucciones (mi amigo Cristian dice que estas son las cosas que nos gustan a nosotros: “¿Estáis en un sitio cómodo, con osos en el dormitorio, una fogata en vez de vitrocerámica y lanzas para cazar mamuts? Ya sabes, comodidades”).

Lucas va delante solo, con paso tranquilo, sin pausa. Feliz. Me recuerda a uno de esos dibujos de Sempé con los árboles enormes y el niño muy pequeñito debajo. Violeta saltimbanquea a nuestro alrededor. Por supuesto, nos perdemos nada más empezar (pero no lo sabemos). Después de una hora andando nos encontramos a un muchacho muy sonriente con un quad y un remolque que no se aclara muy bien con el mapa, nos dice que efectivamente nos equivocamos de camino al principio (pero no sabe decirnos dónde) y que no nos preocupemos, que él nos lleva en un momentito. Que noooo, nos dice que no nos preocupemos porque la isla es muy pequeña y seguro que llegamos en nada y sigue ruta con su quad y su remolque enorme y vacío. Tardamos una hora y media larga en encontrar el sitio. La madre que lo trajo.

 

La cabaña tiene dos habitaciones: una cocina sin agua corriente y un cuarto con una cama doble y un catre plegable para los niños. Los cristales de las ventanas son de vidrio soplado. Acentúan la sensación de calidez que dan las paredes blancas de madera al interior. Los muebles son muy bonitos, pero huelen a humedad por dentro, igual que las alfombras. Simón las saca y las deja fuera, enrolladas. Usamos la maleta como armario. Los niños se duermen, agotados. No han terminado de cenar, nadie se ha cepillado los dientes, de la ducha mejor ni hablamos. Llevan dando vueltas desde las 6 de la mañana (Siljansnäs, Uppsala, Estocolmo, Vättersö). Son las 12 de la noche.

Por la mañana temprano un trepador azul rasca el techo de la casita y se posa en la ventana que tenemos en frente de la cama. En la de la izquierda, tapada por un estor blanco que deja pasar la luz, se dibujan las sombras de las hojas de los árboles. Hasta aquí no llegan las máquinas de la industria maderera sueca, de modo que la cabaña está en medio de un bosque de robles, nogales y fresnos enormes que no se parece en nada a los bosques de árboles cerilla que crecen en gran parte del país.

Nos tomamos la llegada con mucha calma.

 

 

 

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