Magdalenas de limón, Les Luthiers, grullas y un pomelo

El miércoles hay mercadillo de Navidad en el colegio de Lucas. Algunas madres hacen magdalenas, tartas, bizcochos… y luego se venden allí. Lucas quiere que yo haga las magdalenas de limón de Ximena. Me llama la atención que las recuerde tan bien porque son unas magdalenas que hago muy poco, nunca me salen iguales de una vez para otra y están muy buenas, sí, pero a mí me salen muy, muy feas.

A él le hace gracia que sean feas. Le digo “Son tan feas como cuando el de Les Luthiers se pone a andar como si estuviera jorobado, arrastrando los pies, en Kathy, la reina del Saloon” y se monda. Ahora me pide todo el rato que haga las magdalenas y se hace el jorobado y arrastra una pierna para describírmelas.

Sospecho que insiste tanto porque si las hago, triunfa. Como son tan feas nadie las compra y entonces se las acaba comiendo él todas.

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Lucas se sube al pomelo con un cómic de Calvin. Se acomoda en una rama y oigo cómo se ríe. Voy a por la cámara de fotos y Violeta, que me ve, trepa al árbol en un segundo y se instala en otra rama en plan Kaa.

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Violeta se tumba en la cama con su pijama y apoya la cabeza mojada sobre una toalla en mi regazo. Yo le voy secando el pelo con el secador mientras se lo cepillo con cuidado, aunque a veces le doy tirones. No soy muy paciente, pero intento hacerlo con suavidad. Ella se queja con energía un segundo y pasa a contarme algo muerta de risa al siguiente. No para de canturrear durante todo el proceso. Es una niña muy alegre (que no se calla nunca).

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En el tren hacia Madrid me llega un mensaje de mi padre: “Estáte atenta en el valle de Alcudia que hay grullas a ambos lados de la vía”. El sol va cayendo hacia la tarde y hay una luz preciosa. Pero voy distraída y se me olvida fijarme. Cuando me doy cuenta, estoy en pleno valle. Me doy cuenta porque hay un corro de cinco grullas que tienen toda la pinta de estar contándose algo muy interesante.

 

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Lucas, Violeta y los estorninos

Ayer fuimos a la librería Agrícola. Yo me llevé un póster de pajarillos del bosque, Lucas escogió uno de mariposas (diurnas y nocturnas) y Violeta uno de anfibios.

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Por las tardes, antes de que se ponga el sol, llega la hora de los estorninos. El otro día subimos a la azotea los cuatro. Violeta se sentó en una silla y dibujó uno de los pinos carrascos de la avenida sobre los que se echan cada noche. Lucas miraba las bandadas de estorninos con cara de felicidad y mi chaqueta vaquera puesta. Ha empezado a refrescar.

(Esto es de hace un mes, obviamente. La chaqueta vaquera está ya con la ropa de verano.)

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Los despertamos y el cielo está rosa y azulón. Los estorninos se están levantando y hay una bandada especialmente grande esta mañana. Lucas quiere verlo. Le recuerdo como cuando tenía cinco años me decía “No me interesan los pájaros” y no se lo quiere creer. Pero yo me acuerdo muy bien. Le encanta decirme lo poco que le gustan las cosas que me gustan a mí, aunque luego le acaban gustando a él también…

Me alegro de que le cueste creerme. Tanto le gustan ahora los pájaros.

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Le digo a Violeta que se levante a ver la luna. Ya no está llena, llena, pero brilla al amanecer. Me hace caso y de pronto vemos como un bandada de estorninos detrás de otra vienen hacia nosotras y se desvían de nuestra ventana en el último momento. Qué espectáculo.