Un cuento de Navidad

Enfiló por el callejón que se abría entre los dos grandes almacenes. Seguía oyendo los villancicos estridentes que se escapaban por las puertas de las tiendas. Estaba algo oscuro, pero era un atajo que conocía bien, lo había usado muchas veces. Siempre que iba a casa de Sylvia. Esta noche, bien envuelto en su ropa de abrigo, defendido así del aguanieve que había empezado a caer, iba contento. La cena en casa de Sylvia prometía.

Vio venir desde el otro extremo del pasaje a una chica menuda, de andares vivarachos. Le pareció que venía silbando un villancico. El pelo rubio y rizado se le escapaba de un gorro de lana rojo con un borlón, formando una aureola dorada alrededor de su cabeza. Se le ocurrió proponerle, así sin más, que le acompañara a la cena. Al fin y al cabo, él iba sin pareja y pleno de la expansividad generosa propia de estos días tan especiales. La muchacha parecía ir disfrazada de Santa Claus, aunque sin muchas ganas. Un cinturón negro y ancho le dividía en dos el mini-traje rojo –era menuda, y tenía buen tipo–, calzaba unas botas grandes algo extrañas y sí, cuando se acercó, vio que también se había colocado una barba blanca que le tapaba toda la cara, menos los ojos.

Qué pesadez de Santa Claus, pensó mientras se apartaba un poco para que pasase la muchacha. Ya lo tenemos hasta en la sopa. Yo soy más de los Reyes Magos, lo del gordo de rojo es una horterada, pensó. Entonces se dio cuenta de que la chica no pasaba, de que se había detenido a su lado mirándole con los ojos brillantes. Unos ojos brillantes de un azul imposiblemente claro.

La muchacha de acercó hacia él. Sintió algo duro en el costado que le hacía daño.

—Dame el dinero.

Al principio, no entendió lo que estaba pasando.

— ¿Qué?

—Que me des el dinero.

La presión en su costado aumentó, y con ella el dolor. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, sacó la cartera y se la ofreció a la chica.

—No quiero la cartera, sólo el dinero.

Rebuscó entre los pliegues del billetero y sacó todo lo que había. Ella se lo arrebató con un gesto rápido.

—Quítate el chaquetón.

Se retiró un poco para que él pudiera moverse. Algo brilló en la mano de la muchacha cuando se apartó.

—Pero, está nevando.

— ¿Y qué? ¿Has visto cómo voy yo? En estas fechas hay que compartir —le pareció que ella sonreía—. No quiero hacerte daño.

Cuando le dio el chaquetón, la chica se lo echó sobre los hombros. Volvió a sentir la presión en su costado. Le hacía daño.

— ¿Esta chaqueta es de ante?

Él ya no supo qué contestar.

—Dámela.

—Pero, ¡me voy a helar!

—Aguantarás, no tienes pinta de enfermo. Puedes vaciarte los bolsillos, no quiero nada más.

La muchacha dobló la chaqueta con mucho cuidado y se la puso en el antebrazo. Luego tiró hacia abajo del elástico de la barba, se puso de puntillas y le dio un beso rápido en los labios.

— ¡Feliz Navidad!

Antes de que se diera cuenta, ella había desaparecido doblando la esquina del callejón. Se agarró los hombros tiritando, se le estaba empapando la camisa. Palpó la cartera en el bolsillo trasero del pantalón y se dirigió hacia la entrada de los grandes almacenes sacudiendo la cabeza.

— ¡Santa Claus! Lo que yo decía…

Este cuento de Navidad lo escribió mi padre, Enrique Fernández de Bobadilla, en diciembre de 2014 y me lo ha prestado amablemente para el blog. El dibujo de la cabecera es de Violeta. 

 

 

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Waiting for Blanca

La madera del porche refleja la luz de la tarde, haciéndola un poco más dorada. Alrededor de la mesa baja de mármol, John y mi padre disfrutan de una copa de amontillado viejo. Le dan vueltas al misterio del palo cortado, intentan desentrañarlo. Comparan sus datos, lo que a cada uno les ha dicho tal o cual bodeguero.

Luego, la conversación se hace más general. Mi madre le cuenta alguna anécdota de su juventud en Jerez, o alguno de sus viajes con mi padre. John le pregunta más detalles y se ríe con ella, divertido con sus historias. Al fin, se quedan callados, mirando pensativos hacia el jardín.

El tiempo se queda quieto un instante. Las golondrinas beben rozando el agua de la piscina, rompiendo el reflejo de la tarde que empieza a marcharse.

Aparece mi hermana Blanca para recordarle a John que han quedado en venir después a nuestra casa. Seguiremos con las charlas de palos cortados, o de libros, o de paisajes. Mis hijos, los que estén por casa, se unirán a la tertulia. Siempre les gusta hablar con John, les gusta cómo se interesa por sus cosas, cómo siempre se acuerda de lo que hablaron la última vez que se vieron.

John se levanta y, en su cuarto, escribe algunas notas sobre lo que le acaban de contar. Al rato, ya está dispuesto para salir. Blanca todavía anda de aquí para allá, hablando con mis padres, buscando un libro, terminando de arreglarse.

Sentado en el banco antiguo del zaguán, mira tranquilo cómo se van las últimas luces del día. Waiting for Blanca.

*Hace casi 11 años que murió John Sanders, la pareja de mi tía Blanca, hermana de mi padre. Dejó un libro sin terminar que mi tía quiso publicar para que quedase como recuerdo de su vida. Me acuerdo de él a menudo, sobre todo en las noches de verano. Era un hombre amable, entretenido, educado. Le tenía mucho cariño. Al final del libro, que se llama Waiting for Blanca, sus familiares y amigos escribimos unas líneas recordándolo. Estas de aquí arriba son las de mi padre. 

**El dibujo de la cabecera es de Livia Bustillo, la hija de Blanca (y mi prima, claro). Ella se hizo cargo de las ilustraciones del libro, que quedó mucho más bonito (y elegante) gracias a ellas. A John le habrían encantado.

Casa rural

 

En la casa rural hay un fantasma. La casa tiene un balcón con barandilla de madera en el que apetece sentarse, y unas losas de gres algo dudosas en los escalones de la entrada. Dentro abunda la decoración.

Dos o tres mujeres se ocupan de nosotros, registran nuestra llegada, nos ofrecen café, nos llevan a nuestros cuartos. Luego se van. Es un fin de semana muy tranquilo, somos los únicos huéspedes.

Se duerme muy bien en su silencio, en el aire tranquilo de la casa de pueblo, en la música de los susurros y los quejidos de sus vigas.

Entramos y salimos a toda hora, subimos la escalera que cruje, recogemos algo olvidado en nuestro cuarto, volvemos al otro hotel, donde están los demás.

—¿Quién era el hombre que estaba en el rincón del pasillo?

En Caravia, Enrique Fernández de Bobadilla Ívison. Octubre 2009.