Historias suecas 3

Desde que llegamos a Suecia hemos ido a visitar la casa de Carl Larsson, la de Anders Zornla de Hilda Munthe y la de Carl Linnaeus. De la de Linneo lo que queríamos ver el era el jardín (claro). Me he dado cuenta de que las casas muy muy antiguas me dejan bastante fría. No me imagino la vida en ellas, se me hacen ajenas, como museos que no entiendo, y no las disfruto. Me gustan de finales del siglo XIX en adelante, creo. Visitamos solo la planta de abajo y me encantó el papel pintado de las paredes, claveteado a ellas, como se hacía entonces (por lo visto). De las otras tres, sin embargo, me chifló todo; además de las casas en sí, aprender que fueron contemporáneos y amigos entre ellos, sobre todo Karin Larsson y Emma Zorn.

La casa de Larsson

Ir a la de Larsson fue como volver a casa de un amigo. Las habitaciones las conocía bien (casi todas). En cambio, me sorprendió el tamaño que tenían, más pequeño de lo que imaginaba. Parece que pintaba con gran angular. En general, todo era más pequeño que ahora, imagino que es más fácil calentar un cuarto pequeño que uno grande, cuestión importante cuando fuera hace -25 ºC. Acogedora, con una luz preciosa y unas ventanas ideales, igual que en los cuadros.

FLOWERS ON THE WINDOWSILL.jpgEl cuarto de Flowers on the windowsill sigue igual, aunque las flores ahora son todas iguales, unos geranios de un rosa pálido preciosos. Me habría gustado llevarme unos esquejes (pero me contuve). Fue el que más le gustó a Violeta. El sillón de las coronas me recordaba a unos de mi abuela Blanca. El cuarto de juegos, con el telar donde tejía Karin Larsson. Los ganchos para colgar los abrigos en la escalera, en los escalones más altos los de Carl y Karin, en los más bajos los de sus hijos. Los suelos, las puertas. Las camas un poco claustrofóbicas para mí. Su biblioteca, tan importante para él, que no había tenido libros de pequeño.

Intenté leerme su autobiografía en las lecturas suecas de preparación del viaje, pero fui incapaz de pasar de su infancia. Qué farragoso, qué pesado. Ojalá una biografía sin tanta paja (seguramente la hay, no busqué mucho).

En el cuarto de invitados, la cama estaba encajada en la pared, como una especie de armario empotrado o de rincón secreto. En las puertas que lo cerraban, por dentro, estaban escritos los nombres de todos las personas que habían pasado por allí con una caligrafía preciosa. Reconocimos a Selma Lagerloff (su casa no la vimos por falta de tiempo, pero también estaba por la zona) y a Anders Zorn.

Fuera, en uno de los edificios del jardín de Larsson hay una fila de caballetes y una cesta llena de camisolas para que los niños pinten. Lucas y Violeta, encantados. Nos comemos un picnic en la mesa que hay bajo un sauce muy viejo. Creo que nunca he visto uno tan grande (Simón dice que él tampoco).

La casa de Zorn

No sabíamos nada de Zorn antes de ir a Suecia. Bueno, miento, Marine y Per nos insistieron mucho en que fuéramos a visitar su casa y su museo cuando los conocimos en casa de Ximena y José, en Évora. En su casa del lago nos lo recordaron, así que allá fuimos. Procuré no mirar nada de la web más que las direcciones para llegar y el horario.

Entramos en el museo ¡y qué maravilla! Me gustó todo en general, pero me quedé prendada de sus acuarelas. Y de repente, bicheando los cuadros, ¡nos encontramos con Cádiz, con Sevilla, con España! Qué sorpresa tan agradable.

Era contemporáneo de Sargent y de Sorolla. La guía dice que sería interesante que alguien hiciese una exposición de los tres, pero que es muy caro; leo en una noticia de El País de 1992 que ya había planes para hacer una entonces. Zorn pintó a tres presidentes estadounidenses y se puso muy de moda allí; por lo visto, hay familias americanas a las que pintaron los tres (Sargent, Sorolla y él). En cualquier caso, supo sacarle provecho a su fama y creo que aún siguen tirando de dinero suyo para mantener todo el tinglado de la casa y el museo (esto entendí, pero veo que pone dinero más gente).

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Morning bath. Zorn solía usar a tres hermanas como modelos y decía que lo que no tenía una, lo tenía la otra. Aquí están las tres.

La casa es chulísima. Se ve que fue un proyecto “de una sola vez”; Larsson fue añadiendo trozos a la suya a lo largo de los años, es más una casa “patchwork” (aunque me encanta también). Las habitaciones de invitados y el olor a madera me recuerdan (de nuevo) a la casa de mi abuela Blanca. Molaba bastante más ser invitado en casa de Zorn que en casa de Larsson; nada de armarios empotrados para dormir aquí…

La nevera es de la General Motors, una de las primeras eléctricas en Suecia (si no la primera). También hay una aspiradora prehistórica que pesaba un quintal y que no sé si dificultaba la labor de limpiar más de lo que la facilitaba.

En su habitación tiene cuadros de amigos suyos (hay uno de Larsson, claro) y en el cuarto de baño están los que pintó de sus perros. Estuvo un año de viaje de novios con Emma, su mujer, por Europa. Y nos decían que el nuestro fue largo…

La casa de Munthe

La casa que le hizo Axel Munthe a su mujer, Hilda, está en Leksand y no tiene nada que ver con las otras dos que, a su vez, tampoco tienen nada que ver entre ellas. Lo único en común con la de Zorn son los moldes de hierro para hacer gofres (Zorn tenía unos normales, como los de Hilda, y otros con un diseño ideal), los llamadores de las habitaciones con su panel de numeritos en la cocina y los suelos de madera preciosísimos (bueno, esto es común a las tres casas).

Hilda venía a veranear aquí con sus dos hijos. Munthe lo hizo durante un tiempo y luego ya dejó de venir cuando se separaron. Fue un matrimonio un poco raro, tengo que leerme otra vez la parte sobre Munthe de Peregrinos de la belleza, de María Belmonte. Y La historia de San Michele, que me acabo de empapar el culebrón de Yo, Claudio, y de lo poco que recordaba es de que Munthe reconstruyó su casa en una de las villas que tenía Tiberio en Capri.

 

Pero estábamos hablando de las casas, las casas… En esta se veía a la legua el rollo inglés. Había un mueble que cuando abrías las puertas resultaba que era una casa de muñecas enorme, con vestidos de alta costura en miniatura, ¡uno era de Fortuny! Al lado, un arcón con el escudo del Ducado de Marlborough y el lema “Fiel pero desdichado”, en español, que nos dejó locos. Luego todo lleno de las marionetas y los disfraces que hacían los hijos de Hilda cada verano para las obras de teatro que ellos mismos escribían, desde chiquititos. Aquella debía de ser una casa muy alegre. Y los jardines. Los más bonitos que hemos visto (y que me perdone Linneo).

*La foto de la cabecera es del jardín y la casa de Linneo.

Historias suecas 2

Simón lanza y recoge el sedal y yo remo. Ya le he cogido el tranquillo y puedo llevar la barca paralela a la orilla y (más o menos) cerca. Pero no lo suficiente. Simón me pide que me acerque más, lanza por enésima vez… y el señuelo del pececito tornasolado se engancha en las ramas de un abedul. “Creo que voy a tener que trepar,” dice con cara de circunstancia, aunque sospecho que le gusta bastante la idea. Amarramos la barca al árbol, un abedul viejo con la corteza muy rugosa y ligeramente inclinado. Empieza a trepar abrazado al tronco como un koala. Está bastante alto y, durante unos momentos, me preocupo un poco. Los niños charlan animadamente en la barca mientras les caen trocitos de corteza desde arriba, ajenos a la tensión. No les impresiona nada.

Simón rescata el señuelo y vuelve al suelo sin caerse (y sin romperse la camisa). Cinco minutos más tarde, lo pierde enganchado en el fondo del lago.

***

Descubrimos un islote como salido de un cuento, una especie de magdalena que sobresale del agua con unos árboles que le quedan demasiado grandes. Me recuerdan al primer mástil que le pone Leslie al Bootle BumTrinket de Gerry en Mi familia y otros animales, o a las setas de La estrella misteriosa. Ha

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El bautismo del Bootle BumTrinket.

y al menos un aliso, un abedul, dos o tres pinos silvestres y un par de abetos de Douglas. Lo sobrevuelan unas gaviotas muy chillonas y está bordeado de unas piedras enormes de granito ideales para solearse o pescar, y de una hierba alta y frondosa que no sé cómo se llama. De ella salen nadando con bastante parsimonia, a pesar de las voces que les están dando sus padres, tres pollos de gaviota. Ahora ya sabemos por qué están tan pesadas.

Entre los árboles el suelo es de un musgo mullido y gustoso, perfecto para andar descalzos. Así me imagino el suelo del escondite de El club del pino solitario, aunque creo que era de hierba. En el centro alguien ha construido un sitio para hacer fuego con unas rocas que parecen ladrillos grandes e irregulares, de un rojo oscuro tiznado por el carbón. Bajo el abedul hay un montoncito de leña entre los hierbajos.

Simón enciende una hoguera y coloca encima la parrilla que hemos cogido prestada del bosquecillo de pinos silvestres que hay en la orilla de enfrente. Asa los peces, los limpia con mucho cuidado y nos los comemos en unos sándwiches con mantequilla. Qué bueno está todo cuando te lo comes al aire libre (y tienes más hambre que el perro de un ciego).

***

Lucas me pregunta si me baño con él. El agua del lago es negra y refleja los árboles de las orillas y las nubes del cielo. Le digo que sí. Me tiro al agua desde la barca y allí me deja el muy bribón, que no se atreve a meterse. “Solo si me dejas ir sobre tu espalda un poquito”, me dice. Este niño se cree que su madre es un delfín.

***

Encontramos una pequeña playa de arena naranja en un recodo. Está a la sombra y el sol se cuela entre las hojas reflejando lunares de luz brillante. En la orilla, un abedul se inclina rozando la superficie del agua con las ramas y le da a la escena un aire casi tropical. Los niños se bajan y se pasean con el agua por las rodillas cogiendo mejillones y metiéndolos en el cubo amarillo que nos dejó Per. No sabemos si se comen o no, pero qué más da. De vuelta en la barca, Lucas deja que le pillen los dedos una y otra vez; le parece el colmo de la diversión. Luego nos enteramos de que son comestibles (no te mueres) pero bastante chiclosos, así que Simón vuelve al embarcadero y los devuelve al lago.

***

Escribo sentada sobre una piel de reno.

 

 

Historias suecas

Per nos ayuda a preparar las cosas para ir a pescar. Primero coge lombrices junto a la enorme mata de ruibarbo y se los va dando a los niños y a Simón, que los meten en una macetita de plástico con un poco de tierra húmeda. Luego nos presta su caja de aparejos, un cubo amarillo, varias cañas y el candado de la barca. Bajamos por el bosque entre abedules y abetos hasta el embarcadero y allí está: blanca por fuera, de un naranja gastado por el sol por dentro. Tiene la popa amarrada a una boya y la proa al embarcadero. La bañera está llena de agua “de la lluvia”, así que Per nos da un par de cacharros de plástico para achicar y se despide de nosotros.

Mientras Simón y yo echamos el rato achicando agua, Violeta lanza el sedal desde el embarcadero por su cuenta y saca su primer pez. Lucas la sigue y saca el segundo. A Simón le brillan los ojos, pero se nos amontonan las tareas; aún nos queda agua en el fondo de la barca y ya se han presentado los primeros dilemas: Lucas quiere devolver los peces al lago, el resto queremos comérnoslos. Simón propone matar el de Violeta de un golpe, pero a Violeta le parece que al pez le gustaría más morir ahogado lentamente. Soltamos el de Lucas y convencemos a Violeta de que su pez preferirá una muerte rápida. Le damos un golpe seco contra la barca (bueno, se lo da Simón).

Hace un día espléndido.

 

El agateador de Wilson

Tengo gorriones en el balcón. Hemos ordenado las macetas y Simón ha esparcido algunas semillas por aquí y por allá, y ha colocado una bañerita blanca de esmalte con su borde azul para que puedan beber y bañarse si quieren. De momento no han tocado el agua, pero hay un trajín de gorriones todas las mañanas que me hace muy feliz. Pían, chasquean y hacen ese ruido como de aspersor antiguo cuando cambia de dirección rápido, rápido al final de su recorrido.

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Hace una semana que oigo grajillas desde el salón. No sé qué ha pasado, pero cuatro o cinco muy animosas han tomado los pinos carrascos que hay en la entrada del aparcamiento, y ahora las oigo por encima del jaleo de estorninos y vencejos cada tarde. No callan. Ayer vi a una pasearse por una de las ramas sin dejar de darle a la machiri, como decía mi abuelo Vicente.

***

El sábado, trepando por el tronco del árbol del amor que hay detrás del estanque del jardín de mis padres… ¡un agateador! Qué oportuno. Justo la semana pasada ha aparecido, en el refugio antártico de la segunda expedición de Scott, una acuarela original del Doctor Wilson dentro de “unos papelajos asquerosos incrustados de guano y hielo y barro y un de todo” (traducción espontánea de mi amiga Ximena, loquita de la exploración polar, que a duras penas podía contener la emoción). Es de un agateador que yace muerto, boca arriba, con las patitas encogidas y las plumas ordenaditas, pardas y suaves. Es preciosa, muy delicada.

*La acuarela del agateador de Wilson es la que ilustra la cabecera de la entrada de hoy.

Violeta y La La Land

La semana pasada llevé a los niños a ver La La Land. Creía que les podía gustar (sobre todo a Violeta) y, además, se me había quedado grabado el último párrafo de la reseña de Anthony Lane, el crítico de cine del New Yorker, “Fun in La La Land:

La misión de esta película se habrá cumplido solo si la ven aquellos (sobre todo los niños) que nunca han visto un musical adulto en el cine, y que puede que no conozcan las emociones tan plenas que te pueden provocar las cosas más simples, sin necesidad de recurrir a la violencia. El sol se ilumina. Estalla la canción. Chico conoce chica.  

Así que allá que fuimos, a la sesión de las 17:45 en los cines de Bahía Mar. Violeta devoraba palomitas muy contenta y me iba haciendo preguntas más o menos lógicas hasta que llegamos a la escena del planetario. Mia y Sebastian estaban a medio baile, flotando en el aire, cuando se giró para mirarme, con cara seria, y me preguntó: “¿Está haciendo efecto?”. Tardé un poco en comprender. Unos momentos antes de empezar a volar, Mia había accionado una palanca y la bóveda se había convertido en un cielo nocturno estrellado. Violeta estaba convencida de que la falta de gravedad era una consecuencia lógica más. En un primer momento la quise sacar de su error. Por suerte, me acordé a tiempo de Ty Burr cuando habla sobre los musicales y los niños en su (muy recomendable) libro The Best Old Movies for Families, y corregí. El párrafo que me vino a la memoria fue este:

Los niños de hoy en día son educados para creer que la gente no rompe a cantar espontáneamente en los momentos cruciales de su vida. ¿No es algo horrible, borrar esa revelación de su sistema de creencias? Por supuesto que hay gente que arranca a bailar claqué cuando menos te lo esperas, o que improvisa una melodía mientras se inventa la letra sobre la marcha. Se llaman niños, y si pasas algo de tiempo con ellos, verás la vida como un musical cuarenta veces por hora.

Claro que estaba haciendo efecto. Tenía razón Violeta, y yo no me di cuenta hasta que vi la película con ella.

La acampada

Caminan a buen paso pero tranquilos. Hace una noche fresca, despejada; no hay prisa. Simón mira hacia arriba. Las estrellas se ven muy bien entre las copas de los árboles; todavía no ha salido la luna. Se oye un cárabo a lo lejos. Pincho camina a su lado sin despegarse. A veces se detiene y pone las orejas muy tiesas. Simón lo anima “Venga, Pincho, vamos”.

Monta la tienda en un parche de suelo llano, sin raíces ni piedras. Pincho esquiva los vientos con agilidad; va de aquí para allá siguiendo a Simón. A veces coge una piqueta, la deja a sus pies y le empuja con el hocico en el hueco de la rodilla. Si está agachado, clavando otra piqueta, le mete el hocico por debajo del brazo y pone la nariz helada en su mejilla. Cuando Simón la coge por fin, menea el rabo con aire de misión cumplida y va a por la siguiente.

Pone un poco de agua en un cuenco y coloca un saquito de pienso para Pincho. Aún con la hoguera, hace frío, así que dobla la esterilla y se sienta encima, con medio cuerpo dentro del saco. Abre una lata de sardinas y se la come con un trozo de pan. Pincho dormita, enroscado junto a él. De pronto, oye algo y empieza a gruñir suavito. Simón enfoca el frontal hacia los arbustos; allí está otra vez. El zorro los mira muy atento, la cabeza gacha. Simón levanta la vista hacia la bolsa de comida que colgó en una rama alta y sonríe. “Hoy no me dejas sin desayuno.” Acaricia a Pincho y coge su libro. Le gusta este zorro, pero no tanto que le roben la comida.

* La ilustración de la cabecera es de David Rollyn. El texto es la continuación de este cuento.

Me iba a Sicilia ahora mismo (bueno, el 1 de mayo)

José Luis de la Cuesta tiene un poema en el que habla de la cantidad de chorradas que se ahorra porque no tiene dinero para hacerlas. Es un enfoque que me encanta: consuela y asiento vigorosamente cuando lo leo, porque me permite ser virtuosa sin hacer ningún esfuerzo.

Pero aunque me guste mucho el poema, también me gustaría hacer un montón de cosas para las que no tengo dinero. Y hay una, concretamente, que a lo mejor hasta a José Luis le parecería una buena idea, y se deprimiría un poco conmigo por tener que quedarse en tierra. Porque lo que yo más querría ahora mismo es que me tocase un poco la lotería para irme a Sicilia a echar unos días en la escuela de cocina de Anna Tasca Lanza, que ahora lleva su hija Fabrizia.

Mi amiga Ximena ha estado dos veces: una invitada como bloguera de pro (su blog de cocina ilustrado es una joyita) y otra el año pasado, cuando estuvo por allí Maira Kalman. Porque Fabrizia lleva de vez en cuando a alguien interesante y puntero en lo suyo, y así el curso de cocina se entremezcla con otros de fotografía, escritura, dibujo… Este año le toca a Ximena, que va por tercera vez la muy suertuda, encargada del curso “The pleasures of sketching”.

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Cinco días de excursiones, paseos, picnics y ratos de dolce far niente en Casa Vecchie, una finca ideal en las viñas de Regaleali. Cinco días para salir al huerto con Fabrizia a coger hinojo o limones para las ensaladas, dibujar un poco debajo de un árbol, aprender a cocinar platos tradicionales sicilianos, echarse unas siestas al solecito, pasearse por las viñas, ir a ver cómo el pastor hace una ricotta tan buena que se te saltan las lágrimas, echar otro rato de dibujo y de charla, aprender con Fabrizia sobre la alta cocina de los palacios palermitanos, ya perdida…

Eso haría yo ahora si tuviera pasta. Como no tengo, se lo cuento a ustedes, por si acaso alguno sí que la tiene y le apetece pasarse unos días en Sicilia cocinando y dibujando de la mano de dos cracks de lo suyo, Fabrizia y Ximena.