Leyendo sobre Doñana

Ando investigando para el próximo proyecto de Nido de ratones y llevo tres libros a la vez: Retrato de una tierra salvaje. Las expediciones al Coto de Doñana, de Guy Mountfort, que relata la historia de las expediciones a Doñana en los años 50 y es entretenidísimo (buena suerte al que quiera encontrar un ejemplar), El mito de Doñana, de Aquilino Duque, y el tomo IV de las memorias de José Antonio Valverde, La aventura de Doñana. Cómo crear una reserva. Los tres son apasionantes y están muy bien contados, ¡viva la divulgación!

Si Mountfort levantase la cabeza

El prólogo de Mountfort no puede ser más actual. Bueno, puede serlo si cambiamos radio por whatsapp y periódico por twitter, pero ustedes ya me entienden:

“Ha surgido una nueva raza de hombre, el habitante de las ciudades que ya no soporta el verse privado de la parafernalia mecanizada de lo que hoy se considera vida civilizada. Cuando sale al campo permanece deliberadamente atado a sus cadenas, rodeado de sus preocupaciones domésticas, políticas y profesionales que han llegado a ser parte inseparable de su vida.

Para no perderlas no se apartará de su teléfono, aparato de radio o periódico favorito. Y sobre todo, nunca estará solo, para no darse cuenta de su desvalida dependencia.”

Si nos viera por un agujerito…

Mountfort dedica las primeras páginas a la historia del coto y a describir cómo estaba decorado el palacio en los años 50. En el comedor había una copia de Felipe IV, cazadorde Velazquez, y en el salón, enfrente de la gran chimenea en la que solían arder los troncos de sabina o de pino piñonero, otra de El emperador Carlos V con un perro, de Tiziano. De las paredes colgaban un centenar de cuernas de venado, y de cuernas estaban hechos los candelabros que colgaban del techo. Allí estaba también el mapa de Doñana que dibujó Abel Chapman en 1902 (arriba, en la foto de la cabecera) y que Mountfort y sus colegas encontraron muy útil y preciso.

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Valverde y mi abuela Milagro

Las memorias de Valverde repasan también las expediciones de Doñana y está muy bien esto de leer la misma historia desde puntos de vista diferentes. Cuenta Valverde de su relación con los ingleses:

“La camaradería era feliz. Casi de inmediato se decidió usar los nombres de pila, lo que entre ellos equivale al tuteo, y cada noche, después de cenar, todo el grupo se reunía en el salón, donde James Ferguson-Lees llevaba el gran cuaderno de observaciones ornitológicas que se mantenía al día en común.

Hubo momentos, sin embargo, en que convivir casi dos meses con un grupo tan cerradamente de anglos deprimía. Eran todos tan importantes o tan altos que aunque mi nada flaca dosis de orgullo castellano ayudara, necesitaba de alguien que me echara psicológicamente una mano, y esa mano amiga me llegó de la persona que menos podía imaginar: Milagro, señora de González. Traía al Coto un soplo de aire fresco e irreverente en el que respiraba yo mucho mejor, porque se burlaba de los ingleses. “Ese que tiene siempre las uñas como las coronitas de las habas” era nada menos que Sir Julian Huxley que, muy aficionado a las plantas, llevaba siempre las manos sucias de escarbar. Oír aquello expandía el corazón y elevaba el espíritu, porque mi situación era la muy ambigua de representante de la casa e invitado.”

La Milagro de la que habla era mi abuela (la que se está pintando los labios encima del caballo, arriba, en Doñana), y me da mucha alegría encontrármela aquí, en negro sobre blanco, por muchas razones. La principal es que, igual que tantas otras mujeres de su época, mi abuela no estudió una carrera y dedicó toda su vida a su marido y a su familia. Lo hizo siempre con buena cara y quejándose bastante poco, diría yo (que me quejo bastante, incluso en febrero), y le dio a mi abuelo la tranquilidad y estabilidad que necesitaba para llevar a cabo todo tipo de cosas importantes (que lo eran: Doñana, la SEO, González Byass, etc.). Y yo creo que no se le hacen bastantes fiestas a estas señoras, así que me encanta que Valverde se acordase de ella en sus memorias.

Yo la quise mucho y la echo de menos todos los días.

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Cameos en Nido de ratones

En el de Aquilino me estoy encontrando con tanto material, que me va a dar algo malo de la emoción. La otra noche, sin ir más lejos, me encontré con esta frase:

“En 1931 muere el duque de Denia y de Tarifa y, con el advenimiento de la República, hay un primer intento de expropiar y parcelar el Coto. Conjura el peligro un escrito presentado por el famoso taxidermista Luis Benedito, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que entonces dirigía don Ignacio Bolívar.”

Esto puede que a ustedes no les diga mucho (aún), pero atentos: en febrero de 2018 Nido de ratones publicará la historia del elefante del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que no es otra que la odisea de Benedito desde que el duque de Alba mató al elefante y lo donó al recién estrenado museo de ciencias, del que era patrono, hasta que nuestro hombre consiguió disecarlo (sin haber visto un elefante en su vida) y convertirlo en la pieza estrella del lugar 17 años después.

Luis Benedito es, además, la razón número 6 de las 100 de Cristian Campos por las que es mejor ser español que no serlo.

*En la foto de la cabecera, mi abuelo Mauricio González-Gordon (¡con un pitillo!) y James Ferguson-Lees con el mapa de Abel Chapman.

 

 

Libro nuevo

Ayer me llegó González Byass. Historia de una bodega y por fin descansé. No sé si alguna vez se me pasará la angustia que me invade cada vez que envío un libro a la imprenta y ya no tiene remedio (no creo). Ha quedado estupendo: tiene el tamaño justo, los colores de la portada son exactamente como los quería y el papel es perfecto para las acuarelas de Ximena. Ahora solo queda que demos con una buena fecha para la presentación y dejarlo que vuele solo.

Algunas de mis cosas favoritas

Esto sobre Hemingway y el hermano de mi bisabuelo Manolo que descubrí haciendo la investigación para el libro. No lo sabía nadie en la bodega (ni en la familia).

“A Álvaro, el sexto, le tocó encargarse de las ventas en Cuba. Allí se casó y allí conoció al escritor Ernest Hemingway. Hemingway basó a uno de los personajes de su libro Islas a la deriva en él y, gracias a su servicio de espionaje, libró a Álvaro de entrar en la lista negra del Gobierno de los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial.”

HEMINGWAY Y GONZÁLEZ BYASS

Las guardas tintineras con algunas de las personas notables que han visitado la bodega desde que se fundó. Picasso nunca lo hizo, pero la explicación de por qué aparece viene dentro del libro.

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Ximena y yo, muy hacendosas al final del libro…

GONZÁLEZ BYASS PAULA Y XIMENA

Y, por supuesto, el colofón.

COLOFÓN SANTA VIOLETA

 

 

 

El cuaderno del Prado

Los paseos de Ximena Maier por los rincones del Museo del Prado

Ximena va al Prado desde hace más de 20 años. Dibuja, mira, escucha, toma notas… Unos días los dedica a Goya o a Velázquez y otros a hacer series de perros o de coronas o de manos. Tiene cuadros favoritos (como todos) y otros que no le gustan nada. A veces dibuja en función de los bancos que encuentra (que son menos de los que a ella le gustaría) y otras simplemente deambula de una sala a otra y se para ante cualquier cosa que le llame la atención. Mientras dibuja va apuntando los comentarios que oye a su alrededor y de pronto, de esta forma tan sencilla, se establece una conexión en el tiempo entre Brueguel y esa persona que está viendo un cuadro suyo 450 años después.

Muchos nos acercamos al Prado con una mezcla de reverencia y vergüenza, sintiéndonos un poco intrusos. Lo mejor de El cuaderno del Prado, además de las ilustraciones de Ximena, es que lo desmitifica y nos hace disfrutarlo de verdad, sacudiéndonos esa sensación y haciéndolo nuestro. Que lo es.

Esta semana ando trabajando en los textos para la página web de la editorial Nido de ratones. Vamos, que si no escribo otras cosas no es por vagancia (o no del todo). El cuaderno del Prado será nuestro primer proyecto propio y se publicará (Dios mediante) en otoño de este año. Si tienen cuenta en Twitter o Instagram, pueden ver otras ilustraciones buscando #cuadernodelprado.

Lecturas suecas (I): El libro del verano

Mi primera lectura sueca ha sido finlandesa: El libro del verano, de Tove Jansson. Bueno, quizá no tan finlandesa, porque la madre de la autora era sueca, los Jansson pertenecían a la minoría suecoparlante de Finlandia y el libro se escribió en sueco. Pero todo esto no lo sabía cuando lo empecé.

THE SUMMER BOOK - TOVE JANSSON
La portada inglesa me gusta bastante…

De dónde sale

Este fue el primer libro para adultos de Jansson, que hasta ese momento había sido conocida exclusivamente por sus historias de los Mumin. Se publicó por primera vez en 1972, un par de años después de que muriese su madre, Signe Hammarsten. Para escribirlo, Jansson tiró de todo aquello que le era más querido, entretejiendo sus recuerdos con la imaginación en un ejercicio para superar la muerte de su madre.

El libro del verano narra la relación entre una abuela (basada en la madre de Jansson) y su nieta de seis años, Sophia (basada en su sobrina del mismo nombre), a lo largo de un verano (que en realidad son varios) en una isla del golfo de Finlandia.

La isla la descubrieron Jansson y su hermano Lars en 1947. Es diminuta. Tanto, que cuando Esther Freud (que firma el prólogo a la edición inglesa que publicó Sort of Books en 2003) estuvo allí, descubrió que tardaba cuatro minutos y medio en darle la vuelta completa. La casita la construyeron entre los dos y allí ha veraneado la familia desde entonces. Aunque en 1964, cuando las visitas de familiares y amigos empezaron a hacerse demasiado frecuentes, Jansson se fue a una isla algo más remota con Tuulikki Pietila, su pareja. Y ahí continuaron pasando los veranos escandinavos hasta que en 1991 una tormenta hundió su barco y se retiraron permanentemente a Helsinki. La autora tenía entonces 77 años.

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EL LIBRO DEL VERANO - TOVE JANSSON - SIRUELA
…pero creo que me gusta más la portada española (esto sí que es algo nuevo).

El libro

Sophia y su abuela se pasan el día por la isla recogiendo piedras o los trozos de madera suave que el mar va arrastrando a la playa. Hablan, discuten, pasean, confabulan. Tienen una relación muy independiente, áspera pero cálida a la vez, con un punto nórdico un poco marciano que todo el rato me producía la sensación de que la desgracia acechaba a la vuelta de la esquina. Cuando me relajé, empecé a disfrutar de verdad con el libro, que va pasando sin esfuerzo de la reflexión a la descripción, sin que suceda nada muy señalado.

El tiempo pasa despacio, salado… La hierba se mece con la brisa del mar, las charcas de las rocas se calientan con el sol, hay siestas bajo los arbustos y se oye el rumor de las olas en las noches sin viento. El sol pega sobre la pintura gastada de la madera de la casa, la ropa está tiesa de salitre, en la buhardilla se acumulan los trastos un año tras otro…

La tienda de campaña

Me quedo con este capítulo. Sophia decide dormir en una tienda de campaña por primera vez. A media noche se levanta y va a ver a su abuela, que está despierta, triste, enfadada, tratando de recordar sin éxito cosas que significaron algo para ella alguna vez. Sophia le pregunta qué es lo que no recuerda.

“¡Lo que se siente cuando duermes en una tienda de campaña!” gritó su abuela. Apagó el cigarrillo, se tumbó y se quedó mirando el techo. “En mi país, en Suecia, a las niñas nunca se les había permitido dormir en tienda de campaña,” dijo despacio. “Yo fui la que consiguió que pudiesen hacerlo, y no fue fácil. Lo pasamos muy bien, y ahora no puedo ni contarte cómo era.”

Los pájaros comenzaron a gritar de nuevo; una bandada grande pasó volando, gritando repetidamente. El farol de la ventana hacía que la oscuridad de fuera pareciese más intensa de lo que era.

“Bueno, yo te contaré cómo es,” dijo Sophia. “Puedes oírlo todo mucho mejor, y la tienda es muy pequeña.” Pensó un momento y continuó. “Te hace sentir muy segura. Y está bien que puedas oírlo todo.”

Me quedo con él por la descripción de lo que se siente cuando duermes en una tienda de campaña, que es exactamente eso. Cuando Sophia sale de la tienda, además, se da cuenta por primera vez de la sensación del suelo bajo los dedos y las plantas de los pies. 

También por la frustración y la impotencia de su abuela, y por cómo todo se va calmando sin aspavientos ni sentimentalismos.

Y porque es verdad, la madre de Jansson fundó las Girl Guides (scouts) en Suecia. ¿No es fantástico?

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Tove Jansson delante de Vinrosen (La rosa de los vientos), la casita que construyó con su hermano Lars en la isla de Bredskär (1950).

Cosas que he aprendido

Que el musgo no se vuelve a levantar si lo pisas dos veces. Y se muere si lo pisas una tercera.

Que los eider son como el musgo y no vuelven al nido cuando los molestas por tercera vez.

Que las golondrinas solo honran con sus nidos las casa felices.

Que cuando vivías en una isla en el golfo de Finlandia en los años 50, tenías que saber cómo hundir bien tu basura en el mar para que no acabase en la isla de tu vecino.

Que es de muy mala educación dejar tu casa cerrada con llave si vives en una isla del golfo de Finlandia. Nunca sabes cuándo alguien podría necesitar refugiarse en ella.

Que si te haces una casa nueva en una isla y pones un cartel en el que diga muy claro que está prohibido entrar allí, lo más probable es que una abuela y su nieta atraquen en el poste de ese mismo cartel y se cuelen en tu casa cuando no estés. Cosa que nunca se les habría ocurrido hacer si no hubieses puesto un cartel tan antipático.

Klovharu - Tove Jansson
Klovharu, la isla en la que Tove Jansson pasó los veranos de 1964 a 1991.

Y una sorpresa

¡Vino de Jerez en un libro finlandés! (Aunque al final resultase que no les gustaba; no era Alfonso seguro.)

“Es Verner,” dijo su abuela. “Ha vuelto con otra botella de jerez.”

Esta es la primera entrada de las lecturas suecas. Iré publicando más de aquí al verano, que nos vamos de viaje a… Suecia, claro. Si alguien tiene sugerencias de libros sobre el tema, estaré encantada de recibirlas.

Roald Dahl

Hace tiempo que quiero escribir una entrada sobre Roald Dahl, pero he ido dejando pasar los meses y cada vez se ha ido haciendo más difícil. Y para escribir hay que tener la información fresca.

Esto lo sé porque durante una época divertida pero poco lucrativa de mi vida (como la de ahora, más o menos) escribía informes de lectura para Círculo de Lectores. No sé por qué, las editoras de Círculo pensaron que me iría bien el thriller femenino (que es igual que el masculino pero sospecho que más truculento, para que no se diga). Y como yo no tengo manías, devoraba las novelas a gran velocidad: para cumplir con las fechas de entrega y para intentar que me resultaran rentables. Esto último es imposible si te lees los libros de verdad, como bien saben los que han hecho informes alguna vez, pero yo lo intentaba de todos modos.

Luego, para escribir el informe en el menor tiempo posible, tenía que cumplir dos requisitos: uno, enviar a Simón a trabajar en estado de shock después de haberle relatado el libro lo más detalladamente posible durante el desayuno; dos, sentarme a escribir inmediatamente después. Si dejaba pasar un día o dos antes de empezar, redactarlo se convertía en una pesadilla.

Y esto es lo que me ha pasado con Roald Dahl. Hace unos meses me leí su biografía. Me apetecía saber un poco más de cómo escribía sus libros, a ver si se me pegaba algo o, por lo menos, me daba para una entrada del blog. Pero cometí el error de dejarme llevar por la lectura y no apuntar nada de nada… Así que aquí estamos, en el 100 aniversario de su nacimiento y con la casa sin barrer.

Por suerte hay una periodista de El Mundo, Virginia Hernández, que veo que se ha leído la misma biografía autorizada que yo, ha tomado apuntes y luego ha escrito un estupendo reportaje que les recomiendo vivamente. Hasta la han mandado a Great Misseden y Cardiff para escribirlo. Me muero de envidia.

En él cuenta cosas como que le pusieron Roald por el explorador polar noruego, Roald Amundsen (sus padres eran noruegos); que tuvo un accidente de aviación en la segunda guerra mundial que le dejó como secuelas unos dolores de cabeza y de espalda horrorosos toda su vida; que debido a esto, “siempre se sentaba en el mismo orejero, que había preparado con un agujero posterior para sus dolores de espalda, con una tabla cubierta de tapete verde como escritorio” y que usaba siempre los mismos lápices para escribir, los Dixon Ticonderoga del 2, que creo que le solía mandar su agente desde EEUU.

Afortunadamente, sí que subrayé alguna cosa que, además, no sale en el reportaje de Hernández…

A mí se me ha olvidado cómo era ser una niña. Me cuesta muchísimo ponerme en el lugar de mis hijos y la primera palabra que me viene a la cabeza cada vez que me piden algo (da igual qué) es “No”. La que lo hereda no lo hurta. Es un reflejo que tengo que corregir todos los días. Dahl, sin embargo, siempre conservó la capacidad de meterse en la piel de un niño. Donald Sturrock lo cuenta muy bien en su biografía:

“Tenía mucha facilidad para recordar cómo ve un niño el mundo, lo solo que puede sentirse incluso en el seno de la familia, lo rápido que debe adaptarse a nuevas experiencias y lo raro que puede parecer el mundo de los adultos visto a través de unos ojos más jóvenes.”

Esta sensibilidad, que comparte con otros autores infantiles (aunque en él es quizá más fresca), se puede encontrar en todos sus libros.

Por suerte para todos, a Dahl no le tocó una madre como yo. Sofie Magdalene se quedó viuda cuando Roald tenía tres años, unas semanas después de que muriera su hija mayor, de siete. Con una piara de niños a su cargo (los cuatro suyos y dos más de un matrimonio anterior de su marido), se liba a Noruega cuando llegaba el verano. Allí pasaban los días al aire libre, pescando, nadando, tomando el sol, de picnic por los fiordos noruegos (no sé si el síndrome de Bullerbyn puede aplicarse también a Noruega, pero debería).

La imagen que más me gusta de aquellas vacaciones es la de Sofie Magdalene, que no sabía nadar, manejando una barca con siete niños dentro y ningún salvavidas, negociando las olas (que Dahl recuerda gigantescas) camino de alguna isla en la que pasar el día. A veces se cruzaban con barcos pesqueros y les pasaban cubos vacíos que les devolvían llenos de camarones

Al anochecer, de vuelta en casa, Sofie Magdalene les contaba historias. Algunas las sacaba de libros ingleses, pero otras eran más oscuras y escandinavas: cuentos de hadas inventados o adaptados de las colecciones del siglo XIX de Peter Christian Asbjørnsen (1812-1885) y Jørgen Moe (1813-1882), que son para Noruega lo que los hermanos Grimm para Alemania, solo que no eran hermanos (ni alemanes).

Los cuentos estaban ilustrados por Theodor Kittelsen (1857-1914), que era un favorito de la familia Dahl. Las hermanas de Dahl vieron pronto la conexión entre las ilustraciones del noruego y la literatura de su hermano. Como Dahl, Kittelsen era observador y compartía con el escritor una misma fascinación por lo grotesco y un sentido del humor vulgar y duro.

Kittelsen es muy conocido por sus ilustraciones de trolls, cuentos de hadas y paisajes naturales.

Roald Dahl se murió hace 26 años, en 1990. Yo estaba entonces en el internado, en Inglaterra. Allí fue donde encontré sus libros por primera vez y donde leí dos de mis favoritos, Matilda y Las Brujas. Esta mañana lo hemos recordado en casa leyendo la versión de Cenicienta que viene en sus Cuentos en verso para niños perversos antes de desayunar.

La ilustración de la cabecera es de Theodor Kittelsen.

Ordenando libros (primera parte)

Hace dos días se me ocurrió ordenar los libros del salón. Empecé inocentemente, moviendo un par, y he acabado teniendo que hacerme sitio esta mañana para sentarme a escribir. Están en todas partes: encima del sofá, sobre la mesa, en el suelo… Ya me invade la conocida sensación de que no terminaré jamás.

Simón me sigue la corriente y no me dice mucho. Yo le agradezco que sufra mis voluntos; esto no estaba en la lista de tareas, y él también tiene que ir sorteando pilas de libros por el salón.

A pesar de que no es la primera vez que lo hago (ejem), mi método para ordenar libros está lejos de ser perfecto. De hecho, está lejos de ser un método.

El formato y el tema definen dónde caerá cada libro. Luego intento colocar a los autores por simpatía (entre ellos o sus personajes); no siempre lo consigo: Pérez-Reverte, Dumas, Féval y Sabatini van juntos, claro, aunque Hope y su prisionero de Zenda están con los libros en inglés… sin embargo, Vargas Llosa y García Márquez están condenados a aguantarse. Las policíacas son un caso claro: Camilleri, Montalbán y Mankell no pueden compartir espacio con Christie, Conan Doyle, Mitchell, Crispin  y compañeros mártires. Eso lo sabe todo el mundo.

Además del formato y el tema, me puede la estética. A mí los libros feos no me gustan. Ni los feos, ni los de ese papel amarillento y grueso tan antipático, ni los que tienen el lomo roto. Así que esconder estos y colocar en un buen sitio los que me gustan es el siguiente criterio. Cuento entre los grandes placeres de la vida descansar la vista sobre una estantería de lomos de libros bonitos o que me dan buen rollo: Pym, McCall Smith, Wodehouse, los clásicos de Virago en particular o las ediciones inglesas en general, por ejemplo. Rajo muchísimo de las ediciones españolas, que son tristísimas casi siempre. No entiendo los diseños de las colecciones de este país (Tusquets, Anagrama, Cátedra…) ni el eterno empeño de “mejorar” la portada original, aunque ahora (¡por fin!) está cambiando la cosa (Asteroide, Nórdica, Impedimenta…).

A medida que ordeno veo que me faltan ediciones en inglés (bonitas ya ni hablamos) de libros fundamentales: Mi familia y otros animales lo tengo (dos veces, para más inri) en la edición esa mortal de la rana (las únicas portadas decentes de este libro son unas que hay por ahí en catalán), me duelen los ojos cuando miro los de la Mitford (unos perdidos, otros en español, otros en inglés pero viejos y feos) y relego a Austen al trozo de estantería que cae detrás del sofá para no tener que verla.

Pienso por un momento en poner juntos los libros que no empecé o dejé a la mitad esperando un momento mejor, pero desecho la idea porque me daría mala conciencia. Estos suelen estar en la balda rollo o en la pretenciosa: la de las novelas que no leía cuando tenía veintitantos y compraba lo que creía que debía leer, y la de los de no ficción que me compraba con treinta y tantos y “tenía que leer”. De los primeros me curé hace tiempo y seguí sin leerlos, pero por lo menos dejé de comprarlos. De los últimos descubrí, gracias a mi amiga Ximena, que me los puedo ahorrar leyéndome las muy buenas entrevistas que les hacen a sus autores y los muy buenos artículos que escriben sobre ellos los mismos periodistas que me llevaban hasta ellos.

*Empecé esta entrada con la intención de hacer un parrafito corto porque el orden de libros me está quitando los ratos que le dedico al blog, pero se me ha ido de las manos, así que la semana que viene seguiré con la segunda parte. 

 

Los mejores libros infantiles/juveniles de la historia (según los invitados de Nido de ratones)

 

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Nido de ratones cumplió seis meses la semana pasada. Estos son los libros favoritos de los periodistas, escritores, poetas, ilustradores, agentes, editores y aficionados a la lectura en general que han pasado hasta ahora por el cuestionario de Nido de ratones. Al final quedaba hueco para justo un libro y se nos ha colado Tinta, que tiene una habilidad especial para esas cosas.

Hasta el momento, han pasado por aquí (en orden de aparición) Ximena Maier (ilustradora), José Luis de la Cuesta (poeta), Cristian Campos (editor y periodista), José Mateos (poeta y editor), José Antonio Montano (periodista), Berta González de Vega (periodista), Enrique García-Máiquez (poeta y periodista), Alicia González Sterling (agente literaria), Arcadi Espada (periodista),  Pilar Álvarez (editora), David Gistau (periodista), Ana Sanz Magallón (consultora de guiones), José María Sánchez Robles (editor), Manuel Jabois (periodista), Jorge Bustos (periodista), Pablo Cruz (editor), Antonio Gala (escritor), Ignacio Peyró (periodista) y Patricia Castillo (fundadora del blog Rock’n’Read).

Los próximos seis meses prometen ser igual de interesantes. ¡Gracias a todos por dedicarle a los ratones un poco de tiempo!