El agateador de Wilson

Tengo gorriones en el balcón. Hemos ordenado las macetas y Simón ha esparcido algunas semillas por aquí y por allá, y ha colocado una bañerita blanca de esmalte con su borde azul para que puedan beber y bañarse si quieren. De momento no han tocado el agua, pero hay un trajín de gorriones todas las mañanas que me hace muy feliz. Pían, chasquean y hacen ese ruido como de aspersor antiguo cuando cambia de dirección rápido, rápido al final de su recorrido.

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Hace una semana que oigo grajillas desde el salón. No sé qué ha pasado, pero cuatro o cinco muy animosas han tomado los pinos carrascos que hay en la entrada del aparcamiento, y ahora las oigo por encima del jaleo de estorninos y vencejos cada tarde. No callan. Ayer vi a una pasearse por una de las ramas sin dejar de darle a la machiri, como decía mi abuelo Vicente.

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El sábado, trepando por el tronco del árbol del amor que hay detrás del estanque del jardín de mis padres… ¡un agateador! Qué oportuno. Justo la semana pasada ha aparecido, en el refugio antártico de la segunda expedición de Scott, una acuarela original del Doctor Wilson dentro de “unos papelajos asquerosos incrustados de guano y hielo y barro y un de todo” (traducción espontánea de mi amiga Ximena, loquita de la exploración polar, que a duras penas podía contener la emoción). Es de un agateador que yace muerto, boca arriba, con las patitas encogidas y las plumas ordenaditas, pardas y suaves. Es preciosa, muy delicada.

*La acuarela del agateador de Wilson es la que ilustra la cabecera de la entrada de hoy.

Leyendo sobre Doñana

Ando investigando para el próximo proyecto de Nido de ratones y llevo tres libros a la vez: Retrato de una tierra salvaje. Las expediciones al Coto de Doñana, de Guy Mountfort, que relata la historia de las expediciones a Doñana en los años 50 y es entretenidísimo (buena suerte al que quiera encontrar un ejemplar), El mito de Doñana, de Aquilino Duque, y el tomo IV de las memorias de José Antonio Valverde, La aventura de Doñana. Cómo crear una reserva. Los tres son apasionantes y están muy bien contados, ¡viva la divulgación!

Si Mountfort levantase la cabeza

El prólogo de Mountfort no puede ser más actual. Bueno, puede serlo si cambiamos radio por whatsapp y periódico por twitter, pero ustedes ya me entienden:

“Ha surgido una nueva raza de hombre, el habitante de las ciudades que ya no soporta el verse privado de la parafernalia mecanizada de lo que hoy se considera vida civilizada. Cuando sale al campo permanece deliberadamente atado a sus cadenas, rodeado de sus preocupaciones domésticas, políticas y profesionales que han llegado a ser parte inseparable de su vida.

Para no perderlas no se apartará de su teléfono, aparato de radio o periódico favorito. Y sobre todo, nunca estará solo, para no darse cuenta de su desvalida dependencia.”

Si nos viera por un agujerito…

Mountfort dedica las primeras páginas a la historia del coto y a describir cómo estaba decorado el palacio en los años 50. En el comedor había una copia de Felipe IV, cazadorde Velazquez, y en el salón, enfrente de la gran chimenea en la que solían arder los troncos de sabina o de pino piñonero, otra de El emperador Carlos V con un perro, de Tiziano. De las paredes colgaban un centenar de cuernas de venado, y de cuernas estaban hechos los candelabros que colgaban del techo. Allí estaba también el mapa de Doñana que dibujó Abel Chapman en 1902 (arriba, en la foto de la cabecera) y que Mountfort y sus colegas encontraron muy útil y preciso.

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Valverde y mi abuela Milagro

Las memorias de Valverde repasan también las expediciones de Doñana y está muy bien esto de leer la misma historia desde puntos de vista diferentes. Cuenta Valverde de su relación con los ingleses:

“La camaradería era feliz. Casi de inmediato se decidió usar los nombres de pila, lo que entre ellos equivale al tuteo, y cada noche, después de cenar, todo el grupo se reunía en el salón, donde James Ferguson-Lees llevaba el gran cuaderno de observaciones ornitológicas que se mantenía al día en común.

Hubo momentos, sin embargo, en que convivir casi dos meses con un grupo tan cerradamente de anglos deprimía. Eran todos tan importantes o tan altos que aunque mi nada flaca dosis de orgullo castellano ayudara, necesitaba de alguien que me echara psicológicamente una mano, y esa mano amiga me llegó de la persona que menos podía imaginar: Milagro, señora de González. Traía al Coto un soplo de aire fresco e irreverente en el que respiraba yo mucho mejor, porque se burlaba de los ingleses. “Ese que tiene siempre las uñas como las coronitas de las habas” era nada menos que Sir Julian Huxley que, muy aficionado a las plantas, llevaba siempre las manos sucias de escarbar. Oír aquello expandía el corazón y elevaba el espíritu, porque mi situación era la muy ambigua de representante de la casa e invitado.”

La Milagro de la que habla era mi abuela (la que se está pintando los labios encima del caballo, arriba, en Doñana), y me da mucha alegría encontrármela aquí, en negro sobre blanco, por muchas razones. La principal es que, igual que tantas otras mujeres de su época, mi abuela no estudió una carrera y dedicó toda su vida a su marido y a su familia. Lo hizo siempre con buena cara y quejándose bastante poco, diría yo (que me quejo bastante, incluso en febrero), y le dio a mi abuelo la tranquilidad y estabilidad que necesitaba para llevar a cabo todo tipo de cosas importantes (que lo eran: Doñana, la SEO, González Byass, etc.). Y yo creo que no se le hacen bastantes fiestas a estas señoras, así que me encanta que Valverde se acordase de ella en sus memorias.

Yo la quise mucho y la echo de menos todos los días.

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Cameos en Nido de ratones

En el de Aquilino me estoy encontrando con tanto material, que me va a dar algo malo de la emoción. La otra noche, sin ir más lejos, me encontré con esta frase:

“En 1931 muere el duque de Denia y de Tarifa y, con el advenimiento de la República, hay un primer intento de expropiar y parcelar el Coto. Conjura el peligro un escrito presentado por el famoso taxidermista Luis Benedito, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que entonces dirigía don Ignacio Bolívar.”

Esto puede que a ustedes no les diga mucho (aún), pero atentos: en febrero de 2018 Nido de ratones publicará la historia del elefante del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que no es otra que la odisea de Benedito desde que el duque de Alba mató al elefante y lo donó al recién estrenado museo de ciencias, del que era patrono, hasta que nuestro hombre consiguió disecarlo (sin haber visto un elefante en su vida) y convertirlo en la pieza estrella del lugar 17 años después.

Luis Benedito es, además, la razón número 6 de las 100 de Cristian Campos por las que es mejor ser español que no serlo.

*En la foto de la cabecera, mi abuelo Mauricio González-Gordon (¡con un pitillo!) y James Ferguson-Lees con el mapa de Abel Chapman.

 

 

Paseos por la laguna

No me gusta mucho andar, pero si voy con la cámara puedo estar todo el día. La laguna está divida en dos. Casi siempre doy el paseo por la parte más fea; hay más pájaros. En la otra hay una tonelería enorme y muchos más gatos. A lo mejor por eso no veo tantos pájaros allí. La orilla de enfrente de la tonelería da al campo y las dos veces que he pasado por allí he oído perdices. No sabía que eran perdices, pero me lo chivó mi madre.

Hoy había un cernícalo en la laguna. No hacía frío. Olía muy bien, primero a estiércol, un poco, y luego a la madera quemada de las duelas de la tonelería. El viento se fue levantando poco a poco; venía de allí. Un zampullín se acercó a la orilla sin asustarse enseguida. Oí ladrar a una garza que se levantó de entre los tarajes con mucho trabajo. Me pareció ver un avetorillo.

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Cualquier frase con la palabra taxidermista sirve de título para novela: El taxidermista de Gerona, La amiga del taxidermista, El club del taxidermista muerto. Hagan la prueba.

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Los cormoranes pasan como góndolas brillantes, con el ojo azul y el cachete amarillo reflejando la luz del sol.

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El pechiazul va pegando saltitos; se para, enfoco, salta otra vez. Se para, enfoco, salta otra vez. Por fin, lo tengo. El próximo día me acercaré un poco más.

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El martín pescador no se asoma por aquí hoy. Si supiera que doy el paseo por este lado de la laguna, mucho más feo que el otro, para ver si me encuentro con él…

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El zampullín.

A veces me paro y recojo un poco de basura. Siempre se me olvida llevar una bolsa, así que solo lo hago cuando estoy cerca de una papelera. Esto es más difícil de lo que parece porque faltan muchas. He descubierto algunas en el agua, entre los tarajes.

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El calamón se me escapa casi siempre. No desaparece en seguida, pero se va; como las ideas. Ayer por la tarde me enseñó el culo antes de desaparecer entre las cañas.

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El taxidermista del padre de mi amiga Ximena dice que los bichos de la urraca no tienen por qué ser culpa de la taxidermista que lo disecó. Que Simón hizo muy bien en quitárselos todos y en meter a la urraca en la bolsa con el antipolillas. Que a pesar de eso (y aunque la metamos en un congelador), si hay algún huevo dentro de la urraca sin eclosionar, no servirá de nada. Los bichos saldrán y le fastidiarán las plumas y será el fin. Pero a lo mejor no tiene ningún huevo dentro y entonces podré seguir disfrutando de ella.

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 Ya tengo un panda planner. Se me ha deshecho el nudo en el estómago.

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He hecho carpetas para las fotos de pájaros; así me cuesta menos borrar y llevo mejor la cuenta. Cuando tengo una foto muy buena, borro la anterior.

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*La foto de la cabecera es de un cormorán. Ayer vi a uno tragándose un pescado. 

El vencejo

Delante de San Miguel hay un vencejo en un naranjo. Qué raro. Simón lo ve y lo coge. Tiene unos tonos grises oscuros preciosos. Intenta echarlo a volar, pero nada. “Creo que alguien lo ha debido de poner ahí.” Los vencejos no pueden alzar el vuelo desde el suelo porque tienen unas alas muy largas que les arrastran por detrás.

Simón lo agarra con la mano derecha y se cuelga de una rama del naranjo con la izquierda. Sube sin esfuerzo apoyando los pies en el tronco y lo deja en un sitio más alto. “¿Pero este tío quién e? ¿Frank de la jungla?”, oigo detrás de mí al guía de la ruta flamenca.

*La ilustración de la cabecera es de Theodor Kittelsen y es de unas golondrinas, pero me ha parecido muy bonita. Así que ahí la dejo.

Simón y la gaviota

Simón se cree que tengo muy poca paciencia con él. Es verdad (para algunas cosas). Cuando vamos por el campo coge sapos, culebras, peces, arañas… Sabe que a mí me hace gracia (porque le pido que lo haga repetidamente). Se sube a los árboles a bichear nidos o persigue sin esperanza a un lechón. A mí me encanta que haga estas cosas. Me gusta que le guste el campo y que sepa cosas que no sabe todo el mundo y que sea cuidadoso incluso cuando hace cosas pequeñas como cerrar un paquete de patatas. No como yo, que soy bastante chapucera.

A mí me gusta Simón porque no es como un anuncio de Coca-Cola. Si rascas, hay algo detrás. Es la persona con menos pose que conozco.

Ayer encontramos una gaviota atropellada. El coche se la había llevado por delante sin darse ni cuenta y había aparcado y todo. La pobre tenía la cabeza metida dentro de la parrilla esa de plástico que hay debajo del capó, y el resto del cuerpo colgando por fuera. Podíamos verla respirar. Simón le sacó la cabeza con mucho cuidado y le vi un ojo amarillo pálido, brillante, muy bonito. Tenía el cuello roto y respiraba con dificultad. Era preciosa. La tumbó en el alcorque de un árbol y le vi acariciarla suavemente. Estaba muy mal. Le pedimos que la matase y Simón la cogió con mucho cuidado y le estrelló la cabeza contra el bordillo. Dos veces. Los demás nos dimos la vuelta o nos escondimos algo más lejos; no sé si me tapé los oídos. Qué suerte tuvo la gaviota de encontrarse con Simón.

En el Maguillo (parte dos)

Este año tenemos inquilinos en la casa. No los vemos, pero a Lucas y a mí nos funden mientras dormimos. Al final de la semana Simón me cuenta 94 picaduras. Lucas tiene 96, solo en la cara. No se queja. Yo sí.

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Los niños tienen una lista de tareas que pego en la pared el segundo día, para que no se me caiga la boca de repetir las cosas. Hay que lavarse la cara en la teja (el saltito de agua de la reguera), vestirse, ventilar los sacos, desayunar… No son muchas tareas, pero cuesta que las hagan. Cuando han terminado todo, tienen que escribir una página de un diario. La idea me la ha dado mi amiga Ximena: una frase y un dibujo, nada muy complicado. El segundo día Lucas me torea; se sienta enfadado, dibuja un monigote encogido de hombros y escribe “Ayer no me pasó nada”. Es una genialidad, pero le hago repetirlo porque uno no puede vacilarle a su madre de esa manera.

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Hay un nido de golondrina dáurica en el porche con un pollo dentro (no sé si más). Sus padres no se atreven a venir si estamos allí. A veces el pollo saca la cabecita fuera, pero se esconde si nos ve. Un día se asoma y no se esconde, con el pico abierto. Decidimos que debe de estar esmayao o muerto de sed. Lleva piando el día entero y hace un calor infernal. Es un poco angustioso. Nos vamos al río un rato, a ver si come. El último día, el pollo sigue vivo. Menos mal.

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Intento escribir pero Lucas se ha sentado a leer a mi lado. Me encanta oírlo entonando los diálogos.

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Hay hormigas. Hay un montón de hormigas. Las pequeñas más rojas son bastante viciosas y atacan a los hormigones negros, que no son muy buenos huyendo de ellas. Violeta las recoge en una caja y dice que las va a vender en el pueblo. Simón ha metido las patas de la verdulera (que es una palabra feísima que usa él para el mueble de las verduras) en unos vasitos de cartón llenos de agua para que no lleguen a la comida. Al ratón este invento le da igual, y se pone tibio de galletas María Oro todas las noches. Tiene un nido dentro del chubesqui.

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A Violeta se le cae una salamanquesa encima cuando está saliendo de la casa. Está emocionada. “¡Se me ha caído aquí, aquí, papá! Se me ha puesto en el brazo y luego se ha tirado al suelo y se ha subido por la pared.” Yo la escucho desde el salón pensando que tengo que pasar por esa misma puerta.

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He pensado en hacer una lista con las cosas que me gustan del Maguillo y otra con las que no. Me gusta la luna que sale por detrás de la Morra, que es la montaña a la que da la casa. Me gusta que la reguera que pasa junto a la casa vuelva a tener agua. Cuando vine las primeras veces, teníamos que bajar con garrafas al río. Me gusta ver a los niños fregar los platos allí, y ponerlos a secar sobre el tejado bajo de la leñera. Me gustan las mentas que han crecido a lo largo de la reguera, y las florecillas rosas que no sé cómo se llaman. Me gusta oír a los cuervos diciéndose cosas por las mañanas, y ver a los buitres sobrevolando la Morra durante el día. Me gusta cómo huele todo cuando caminamos pisando los tomillos. Me gusta entrar en la casa y sentir el fresquito. Me gustan las duchas de agua fría en la teja, volcándonos un cuenco grande de barro por la cabeza. Me gusta que no haya internet, ni cobertura para el teléfono. Me gusta cuando vuelvo a casa y la veo más grande, más limpia, más bonita. Esta lista es para Simón, que se sabe mejor la siguiente lista: no me gusta que está lleno de salamanquesas. No me gusta tener a un lagarto de vecino. No me gusta no saber en qué dirección van a correr las lagartijas que me encuentro a cada paso. Me gusta que las lagartijas salgan najando cada vez que te ven llegar, pero no me gusta que se te suban en lo alto cuando estás sentado leyendo. No me gusta el suelo resquebrajado y seco. No me gustan los cardos. No me gustan las chinches, o las pulgas, o lo que sea que nos está fundiendo a Lucas y a mí por las noches. No me gusta que todo cueste tanto trabajo aquí. No me gusta que no haya electricidad. No me gusta que no haya un cuarto de baño. En realidad, esta lista es más corta que la otra, y no todos los no me gusta tienen el mismo peso.

 

Esther, la graja y más jerez

Esther Woolfson es una escritora escocesa. Vive en Aberdeen con una graja que se llama Chicken y una corneja muy tímida que se llama Ziki. Chicken está ya mayor; tiene 23 años y las uñas un poco largas (no le gusta que se las corten). Tiene una pinta un poco espeluchá, pero es una graja amable y se hace querer. Le gusta picotear suavemente zapatos con cordones, o posarse en el travesaño de las sillas de la cocina atenta a la conversación. Sigue a Esther sin prisa cuando llaman a la puerta. Quiere saber quién viene y quién va. Si subes al cuarto de baño, te llama desde el pie de las escaleras de madera. La jaula de Chicken es bastante grande; está en el estudio de Esther. Tiene la puerta siempre abierta, campanitas colgadas del techo con cordones de colores y el suelo forrado con papel de periódico. Ziki tiene su jaula en el lavadero. No sé cómo es, porque se pone muy nerviosa si te acercas.

Esther debe de tener cincuenta y tantos años. Es chiquitita, rubia y habla muy rápido. Tiene unos ojos brillantes y alegres, y un hacha más grande que ella con la que corta la madera para la chimenea. Le encanta planchar sábanas, aprendió a hacerlo en un kibutz. También hace un bizcocho buenísimo, y si te invita a merendar a su casa es probable que puedas saltarte la cena luego.

Cuando era pequeña, los sábados solía tomar una copita de jerez con su familia después de la sinagoga. De González Byass, casualmente. Lo sé porque una vez le escribí para pedirle consejo sobre una grajilla que se había caído del nido en el jardín de la bodega y me lo contó.

El libro de Esther, Corvus. A life with Birds, es de lectura obligada para amantes de los pájaros en general (y córvidos en particular).