El elefante del museo

Esta es la historia de Luis Benedito, taxidermista del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, y su odisea para disecar el elefante que sigue siendo la pieza estrella de la colección casi 100 años después.

En 1913, el duque de Alba caza un elefante en Sudán y lo dona al recién estrenado museo, del que es patrono.El director del museo considera que es una tarea imposible y manda almacenar la piel; pero el nuevo taxidermista tiene otros planes.

Benedito ha estudiado taxidermia en Alemania durante años con los mejores especialistas, y no quiere dejar pasar la oportunidad de disecar el animal terrestre más grande del planeta. El museo no tiene dinero ni espacio, y Benedito no ha visto un elefante en su vida… aunque eso no son más que simples inconvenientes para nuestro hombre.

Aquí va el segundo proyecto propio de Nido de ratones (la web casi está ya). El elefante del museo se publicará (Dios mediante) en invierno del año que viene. La idea, el texto y las ilustraciones son de Ximena Maier

Es duro ser curruca

Hace unos días me acerqué al nido de las currucas capirotadas, a ver qué tal iba todo. Era su segundo nido, de la primera puesta de tres pollos solo sobrevivió un macho, los otros dos se ahogaron en el estanque de mi madre. Pues esto es lo que me encontré. No sé qué ha podido pasar. ¿Una bicha? ¿Un gato? La opción del gato parece más probable porque sospecho que la bicha no habría dejado ni rastro. En fin. Es duro ser curruca.

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Leyendo sobre Doñana

Ando investigando para el próximo proyecto de Nido de ratones y llevo tres libros a la vez: Retrato de una tierra salvaje. Las expediciones al Coto de Doñana, de Guy Mountfort, que relata la historia de las expediciones a Doñana en los años 50 y es entretenidísimo (buena suerte al que quiera encontrar un ejemplar), El mito de Doñana, de Aquilino Duque, y el tomo IV de las memorias de José Antonio Valverde, La aventura de Doñana. Cómo crear una reserva. Los tres son apasionantes y están muy bien contados, ¡viva la divulgación!

Si Mountfort levantase la cabeza

El prólogo de Mountfort no puede ser más actual. Bueno, puede serlo si cambiamos radio por whatsapp y periódico por twitter, pero ustedes ya me entienden:

“Ha surgido una nueva raza de hombre, el habitante de las ciudades que ya no soporta el verse privado de la parafernalia mecanizada de lo que hoy se considera vida civilizada. Cuando sale al campo permanece deliberadamente atado a sus cadenas, rodeado de sus preocupaciones domésticas, políticas y profesionales que han llegado a ser parte inseparable de su vida.

Para no perderlas no se apartará de su teléfono, aparato de radio o periódico favorito. Y sobre todo, nunca estará solo, para no darse cuenta de su desvalida dependencia.”

Si nos viera por un agujerito…

Mountfort dedica las primeras páginas a la historia del coto y a describir cómo estaba decorado el palacio en los años 50. En el comedor había una copia de Felipe IV, cazadorde Velazquez, y en el salón, enfrente de la gran chimenea en la que solían arder los troncos de sabina o de pino piñonero, otra de El emperador Carlos V con un perro, de Tiziano. De las paredes colgaban un centenar de cuernas de venado, y de cuernas estaban hechos los candelabros que colgaban del techo. Allí estaba también el mapa de Doñana que dibujó Abel Chapman en 1902 (arriba, en la foto de la cabecera) y que Mountfort y sus colegas encontraron muy útil y preciso.

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Valverde y mi abuela Milagro

Las memorias de Valverde repasan también las expediciones de Doñana y está muy bien esto de leer la misma historia desde puntos de vista diferentes. Cuenta Valverde de su relación con los ingleses:

“La camaradería era feliz. Casi de inmediato se decidió usar los nombres de pila, lo que entre ellos equivale al tuteo, y cada noche, después de cenar, todo el grupo se reunía en el salón, donde James Ferguson-Lees llevaba el gran cuaderno de observaciones ornitológicas que se mantenía al día en común.

Hubo momentos, sin embargo, en que convivir casi dos meses con un grupo tan cerradamente de anglos deprimía. Eran todos tan importantes o tan altos que aunque mi nada flaca dosis de orgullo castellano ayudara, necesitaba de alguien que me echara psicológicamente una mano, y esa mano amiga me llegó de la persona que menos podía imaginar: Milagro, señora de González. Traía al Coto un soplo de aire fresco e irreverente en el que respiraba yo mucho mejor, porque se burlaba de los ingleses. “Ese que tiene siempre las uñas como las coronitas de las habas” era nada menos que Sir Julian Huxley que, muy aficionado a las plantas, llevaba siempre las manos sucias de escarbar. Oír aquello expandía el corazón y elevaba el espíritu, porque mi situación era la muy ambigua de representante de la casa e invitado.”

La Milagro de la que habla era mi abuela (la que se está pintando los labios encima del caballo, arriba, en Doñana), y me da mucha alegría encontrármela aquí, en negro sobre blanco, por muchas razones. La principal es que, igual que tantas otras mujeres de su época, mi abuela no estudió una carrera y dedicó toda su vida a su marido y a su familia. Lo hizo siempre con buena cara y quejándose bastante poco, diría yo (que me quejo bastante, incluso en febrero), y le dio a mi abuelo la tranquilidad y estabilidad que necesitaba para llevar a cabo todo tipo de cosas importantes (que lo eran: Doñana, la SEO, González Byass, etc.). Y yo creo que no se le hacen bastantes fiestas a estas señoras, así que me encanta que Valverde se acordase de ella en sus memorias.

Yo la quise mucho y la echo de menos todos los días.

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Cameos en Nido de ratones

En el de Aquilino me estoy encontrando con tanto material, que me va a dar algo malo de la emoción. La otra noche, sin ir más lejos, me encontré con esta frase:

“En 1931 muere el duque de Denia y de Tarifa y, con el advenimiento de la República, hay un primer intento de expropiar y parcelar el Coto. Conjura el peligro un escrito presentado por el famoso taxidermista Luis Benedito, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que entonces dirigía don Ignacio Bolívar.”

Esto puede que a ustedes no les diga mucho (aún), pero atentos: en febrero de 2018 Nido de ratones publicará la historia del elefante del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que no es otra que la odisea de Benedito desde que el duque de Alba mató al elefante y lo donó al recién estrenado museo de ciencias, del que era patrono, hasta que nuestro hombre consiguió disecarlo (sin haber visto un elefante en su vida) y convertirlo en la pieza estrella del lugar 17 años después.

Luis Benedito es, además, la razón número 6 de las 100 de Cristian Campos por las que es mejor ser español que no serlo.

*En la foto de la cabecera, mi abuelo Mauricio González-Gordon (¡con un pitillo!) y James Ferguson-Lees con el mapa de Abel Chapman.

 

 

Libro nuevo

Ayer me llegó González Byass. Historia de una bodega y por fin descansé. No sé si alguna vez se me pasará la angustia que me invade cada vez que envío un libro a la imprenta y ya no tiene remedio (no creo). Ha quedado estupendo: tiene el tamaño justo, los colores de la portada son exactamente como los quería y el papel es perfecto para las acuarelas de Ximena. Ahora solo queda que demos con una buena fecha para la presentación y dejarlo que vuele solo.

Algunas de mis cosas favoritas

Esto sobre Hemingway y el hermano de mi bisabuelo Manolo que descubrí haciendo la investigación para el libro. No lo sabía nadie en la bodega (ni en la familia).

“A Álvaro, el sexto, le tocó encargarse de las ventas en Cuba. Allí se casó y allí conoció al escritor Ernest Hemingway. Hemingway basó a uno de los personajes de su libro Islas a la deriva en él y, gracias a su servicio de espionaje, libró a Álvaro de entrar en la lista negra del Gobierno de los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial.”

HEMINGWAY Y GONZÁLEZ BYASS

Las guardas tintineras con algunas de las personas notables que han visitado la bodega desde que se fundó. Picasso nunca lo hizo, pero la explicación de por qué aparece viene dentro del libro.

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Ximena y yo, muy hacendosas al final del libro…

GONZÁLEZ BYASS PAULA Y XIMENA

Y, por supuesto, el colofón.

COLOFÓN SANTA VIOLETA

 

 

 

Cuestionario Nido de ratones: Vicente Fernández de Bobadilla

¿Cuál era su libro favorito de niño?

No leí muchos libros de niño, lo mío eran más los tebeos. Pero creo que cuando tenía ocho años o así, empecé con lo que era habitual entonces: Enid Blyton, con Los Siete Secretos y Los Cinco. También me gustaba mucho Kasperle, de Josephine Siebe. Y un poco más tarde, los de Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores. Pero no recuerdo haber tenido un “libro favorito” hasta un poco después, cuando descubrí a Jack London y Sherlock Holmes.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Y tanto, como que todavía lo tengo: This is Rome, del ilustrador checo Miroslav Sasek. Probablemente mi padre se lo compraría a mis hermanos, porque lo curioso es que estaba en casa cuando yo era niño, pero teníamos dos ejemplares. Yo entonces no hablaba inglés y no entendía nada del texto, pero aquellos dibujos tan coloridos, con un trazo casi infantil –que en realidad son complicadísimos– me hipnotizaron. Me quede con un ejemplar, no sé qué habrá pasado con el otro, y luego he ido comprando otros en viajes al extranjero, porque todavía se reeditan, y en librerías de viejo. En España los editó en los años 60 la editorial Toray. ¡Y encontré dos ejemplares de la colección, Esto es París y Esto es Grecia, en la librería Papel y Tinta de Jerez! Tan baratos, que me dio corte llevármelos. Pero me los llevé, claro.

ESTO ES SASEK

¿Leía a escondidas?

No tenía que esconderme para leer, afortunadamente. Quizá en clase; en EGB nos daban un libro con lecturas seleccionadas, llamado Senda (no recuerdo la editorial) y creo que era el único que abría de todos los libros del cole…

¿Se compraba libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Mi casa estaba llena de libros, pero no eran de niños. Los de Enid Blyton eran de mis hermanos, que son mayores que yo, y después de leerme algunos, busqué otros más. Los compraba con el dinero de la paga, o se los pedía a mi padre. Acabé con una biblioteca infantil que no estaba mal, un par de estanterías. No iba a bibliotecas; en el colegio donde estuve hasta los diez años había una que recuerdo como muy bien surtida, pero creo que sólo nos dejaron entrar a leer un par de veces en los cinco años que pasé allí.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

No, que yo recuerde.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Estoy un poco desfasado con lo que se publica hoy en día, así que sólo voy a decir un clásico que ningún niño debería perderse: la saga de El Pequeño Nicolás, de Goscinny y Sempé.

EL PEQUEÑO NICOLÁS

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los Cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Mal. Lo de la corrección política se sabe dónde empieza, pero no dónde acaba. En Estados Unidos no se ha librado de un clásico de la literatura, como Huckleberry Finn, al que le han censurado la palabra nigger, borrándola del texto como si jamás hubiera formado parte del vocabulario del país. Sería más aconsejable que los padres y educadores situaran a los niños en que las cosas cambian, y que en otros tiempos se hacían y decían cosas que hoy ya no se hacen. Además, ¿quién pone los límites de la corrección política? A lo mejor dentro de veinte años se decide que las nuevas ediciones no estaban lo bastante depuradas y les meten otro repaso, y luego otro, desvirtuándolos cada vez más… Al final, resultará que Sherlock Holmes nunca había fumado, y que Los Cinco se quedan en Los Tres.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Lo estaba pensando el otro día, cuando leí esa noticia espeluznante de que quieren quitar la asignatura de literatura universal de la enseñanza media. Y recuerdo que en mi colegio, en los tiempos del BUP, leíamos bastante. No sólo los clásicos como La Celestina o El alcalde de Zalamea, sino poemas de Miguel Hernández, cuentos de Juan Rulfo, o La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Pero también recuerdo que muchos de mis compañeros de clase no tenían un especial interés por la lectura. Así que no sé si, después de todo, el colegio es el mejor lugar para fomentarla; creo que lo que te convierte en lector es nacer en una familia llena de lectores, ver libros a tu alrededor desde antes de que aprendas a hablar.

Sobre Vicente Fernández de Bobadilla

Vicente Fernández de Bobadilla es periodista freelance, ha sido redactor de la revista Muy Interesante, Redactor Jefe de Quo y Jefe de Sociedad de Tiempo, además de columnista en Hoy por Hoy de radio Jerez. Autor de los libros Cambiaron nuestra vida (2004) y Es cosa de hombres (2007), actualmente prepara su primer libro de cuentos, Hora de Cierre.

Además, es el hermano de mi padre y el hijo de mi abuelo.

La foto de la cabecera es de Fer Ribes.

El nido

Es tarde y entra poca luz en el bosque. Simón deja la bici junto a un lentisco y corre sobre el suelo acolchado de pinocha. Acaba de salir del colegio y tiene hambre, pero si para a merendar en su casa, se irá el sol y no verá nada. Así que hoy no hay bocadillo, ni vaso de leche. Trepa un poco por unos riscos y se sienta a observar. Arriba, en la copa de un pino carrasco, lo ve: el nido de cuervo. Lo descubrió hace unas semanas, y desde entonces viene cada vez que tiene un rato. Los viernes por la tarde es lo primero que hace cuando sale del colegio: se cuelga la mochila y pedalea por el carril hasta la linde del bosque. Ha pensado todas las maneras posibles de llegar hasta el nido, pero aún no ha dado con una que le convenza.

El sol se pone y Simón siente algo de frío allí sentado, quieto. Se levanta sin mucha prisa y vuelve a su casa despacio. Las luces están encendidas y huele a chimenea. Oye a Pincho ladrando y a su madre mandándolo callar. “Sí, sí, Pincho, es Simón, calla ya… Qué perro más pesado…” Simón sonríe.

* La ilustración de la cabecera pertenece al libro Un árbol es hermoso, de Janice May Udry. Es de Marc Simont. El texto es el principio de un cuento.

 

Cuestionario Nido de ratones: Yaiza Santos

¿Cuál era su libro favorito de niña?

Los hijos del vidriero, de Maria Gripe. Lo leí unas cuatro veces. En mi memoria es triste y profundo. Aún recuerdo el epígrafe: “Quien no conoce su destino puede vivir despreocupado”.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

El Quijote en seis tomos de Ediciones Naranco que vinieron a vender a mi guardería cuando yo tenía cuatro años (¿a quién se le ocurre, pienso, cuando apenas aprendíamos el abecedario?) Me lo compró mi abuelo y aún lo conservo.

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¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeña?

Las profesoras. Podíamos llevarnos a casa un libro —imagino que era así en todos los colegios— un día a la semana y devolverlo a la siguiente o a las dos semanas. Así descubrí a Michael Ende o a Roald Dahl, ya para siempre conmigo. Las lecturas de mi generación las nutrían las colecciones El Barco de Vapor y Alfaguara Juvenil. Los libros de aventuras clásicos los descubrí de veinteañera.

¿Leía a escondidas?

Nunca en clase, pero sí en la cama a escondidas. Así leí mi primer libro de un tirón, La princesa de los elfos, de Sally Scott. (Ya digo que El Barco de Vapor y Alfaguara Juvenil nutrían las lecturas de mi generación.)

¿Se compraba sus libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Mi padre fue socio por un tiempo del Círculo de Lectores sin ser especialmente lector, así que había en casa una bonita colección de clásicos y enciclopedias que decoraban un salón precioso, pero que nadie usaba. Tampoco mi madre era lectora; sin embargo, siempre se sintieron muy orgullosos de que mi hermana y yo sí lo fuéramos. Los libros fueron un regalo habitual en cuanto vieron que nos gustaba leer. Más que comprarlos, siempre fui una gran usuaria de bibliotecas (quizá por eso, a diferencia de mi marido, no soy fetichista de los libros; me encantaría deshacerme al menos de un tercio de los miles que tenemos).

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeña relacionada con los libros?

Con cuatro o cinco años, cuando apenas empezaba a leer, mi abuelo me llevaba todas las semanas a comprar los coleccionables de El Libro Gordo de Petete. Él me daba la revista y se guardaba de inmediato otras hojas que a mí me parecían aburridísimas. Eran los cuadernillos que servían para integrar los verdaderos “libros gordos” después, con unas tapas de colores. Lo entendí cuando me los dio –llegó a juntar cinco: azul, verde, naranja, fucsia y amarillo–, a los nueve años, cuando me mudé con mis padres de Huelva a Aranjuez (rompiéndole un poco el corazón).

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Cualquiera de Isol, una maravilla que descubrí estando embarazada de mi primogénita y que mis hijos disfrutan como locos. Y La peor señora del mundo, de nuestro querido amigo Pancho Hinojosa, verdadero best-seller.

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Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Me enerva. El lo que llamo el síndrome de Dora la Exploradora: sacar de las historias para niños cualquier atisbo de conflicto. ¿Así se les prepara para la vida?

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

En el de mis hijos creo que sí, aunque no me preocupa mucho. El problema, al menos en México, no es tanto la lectura en los niños, que suelen ser grandes lectores, sino el “desenganche” del hábito cuando crecen.

 ¿Cómo enfoca el tema de la lectura con sus hijos?

De una manera natural, creo yo. Desde bebés sintieron curiosidad por los libros y aprendieron a leer muy pronto. Nos ven leer, les leemos cuentos antes de dormir, les compramos libros. Es un artefacto familiar, en todos los sentidos, ja.

Sobre Yaiza Santos

Yaiza Santos (Huelva, 1978) es periodista y editora afincada en México. Ha publicado, entre otros medios, en Letras Libres, el diario ABC, Jot Down Magazine y El País Semanal.