Historias suecas 4

La última etapa de nuestro viaje es en el archipiélago sueco, en una isla que se llama Vättersö. A Vättersö se llega tras dos horas en barco desde Estocolmo. Por el camino pasamos un grupo de tres o cuatro islas plantadas con esqueletos de árboles llenos de cormoranes y sus nidos.

Una vez allí hay que cargarse las mochilas, coger un carrillo de manos, cargar en él las bolsas de la compra (en Vättersö no hay tiendas) y la maleta y caminar durante veinte minutos, según las instrucciones (mi amigo Cristian dice que estas son las cosas que nos gustan a nosotros: “¿Estáis en un sitio cómodo, con osos en el dormitorio, una fogata en vez de vitrocerámica y lanzas para cazar mamuts? Ya sabes, comodidades”).

Lucas va delante solo, con paso tranquilo, sin pausa. Feliz. Me recuerda a uno de esos dibujos de Sempé con los árboles enormes y el niño muy pequeñito debajo. Violeta saltimbanquea a nuestro alrededor. Por supuesto, nos perdemos nada más empezar (pero no lo sabemos). Después de una hora andando nos encontramos a un muchacho muy sonriente con un quad y un remolque que no se aclara muy bien con el mapa, nos dice que efectivamente nos equivocamos de camino al principio (pero no sabe decirnos dónde) y que no nos preocupemos, que él nos lleva en un momentito. Que noooo, nos dice que no nos preocupemos porque la isla es muy pequeña y seguro que llegamos en nada y sigue ruta con su quad y su remolque enorme y vacío. Tardamos una hora y media larga en encontrar el sitio. La madre que lo trajo.

 

 

La cabaña tiene dos habitaciones: una cocina sin agua corriente y un cuarto con una cama doble y un catre plegable para los niños. Los cristales de las ventanas son de vidrio soplado. Acentúan la sensación de calidez que dan las paredes blancas de madera al interior. Los muebles son muy bonitos, pero huelen a humedad por dentro, igual que las alfombras. Simón las saca y las deja fuera, enrolladas. Usamos la maleta como armario. Los niños se duermen, agotados. No han terminado de cenar, nadie se ha cepillado los dientes, de la ducha mejor ni hablamos. Llevan dando vueltas desde las 6 de la mañana (Siljansnäs, Uppsala, Estocolmo, Vättersö). Son las 12 de la noche.

Por la mañana temprano un trepador azul rasca el techo de la casita y se posa en la ventana que tenemos en frente de la cama. En la de la izquierda, tapada por un estor blanco que deja pasar la luz, se dibujan las sombras de las hojas de los árboles. Hasta aquí no llegan las máquinas de la industria maderera sueca, de modo que la cabaña está en medio de un bosque de robles, nogales y fresnos enormes que no se parece en nada a los bosques de árboles cerilla que crecen en gran parte del país.

Nos tomamos la llegada con mucha calma.

 

 

 

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Historias suecas 3

Desde que llegamos a Suecia hemos ido a visitar la casa de Carl Larsson, la de Anders Zornla de Hilda Munthe y la de Carl Linnaeus. De la de Linneo lo que queríamos ver el era el jardín (claro). Me he dado cuenta de que las casas muy muy antiguas me dejan bastante fría. No me imagino la vida en ellas, se me hacen ajenas, como museos que no entiendo, y no las disfruto. Me gustan de finales del siglo XIX en adelante, creo. Visitamos solo la planta de abajo y me encantó el papel pintado de las paredes, claveteado a ellas, como se hacía entonces (por lo visto). De las otras tres, sin embargo, me chifló todo; además de las casas en sí, aprender que fueron contemporáneos y amigos entre ellos, sobre todo Karin Larsson y Emma Zorn.

La casa de Larsson

Ir a la de Larsson fue como volver a casa de un amigo. Las habitaciones las conocía bien (casi todas). En cambio, me sorprendió el tamaño que tenían, más pequeño de lo que imaginaba. Parece que pintaba con gran angular. En general, todo era más pequeño que ahora, imagino que es más fácil calentar un cuarto pequeño que uno grande, cuestión importante cuando fuera hace -25 ºC. Acogedora, con una luz preciosa y unas ventanas ideales, igual que en los cuadros.

FLOWERS ON THE WINDOWSILL.jpgEl cuarto de Flowers on the windowsill sigue igual, aunque las flores ahora son todas iguales, unos geranios de un rosa pálido preciosos. Me habría gustado llevarme unos esquejes (pero me contuve). Fue el que más le gustó a Violeta. El sillón de las coronas me recordaba a unos de mi abuela Blanca. El cuarto de juegos, con el telar donde tejía Karin Larsson. Los ganchos para colgar los abrigos en la escalera, en los escalones más altos los de Carl y Karin, en los más bajos los de sus hijos. Los suelos, las puertas. Las camas un poco claustrofóbicas para mí. Su biblioteca, tan importante para él, que no había tenido libros de pequeño.

Intenté leerme su autobiografía en las lecturas suecas de preparación del viaje, pero fui incapaz de pasar de su infancia. Qué farragoso, qué pesado. Ojalá una biografía sin tanta paja (seguramente la hay, no busqué mucho).

En el cuarto de invitados, la cama estaba encajada en la pared, como una especie de armario empotrado o de rincón secreto. En las puertas que lo cerraban, por dentro, estaban escritos los nombres de todos las personas que habían pasado por allí con una caligrafía preciosa. Reconocimos a Selma Lagerloff (su casa no la vimos por falta de tiempo, pero también estaba por la zona) y a Anders Zorn.

Fuera, en uno de los edificios del jardín de Larsson hay una fila de caballetes y una cesta llena de camisolas para que los niños pinten. Lucas y Violeta, encantados. Nos comemos un picnic en la mesa que hay bajo un sauce muy viejo. Creo que nunca he visto uno tan grande (Simón dice que él tampoco).

La casa de Zorn

No sabíamos nada de Zorn antes de ir a Suecia. Bueno, miento, Marine y Per nos insistieron mucho en que fuéramos a visitar su casa y su museo cuando los conocimos en casa de Ximena y José, en Évora. En su casa del lago nos lo recordaron, así que allá fuimos. Procuré no mirar nada de la web más que las direcciones para llegar y el horario.

Entramos en el museo ¡y qué maravilla! Me gustó todo en general, pero me quedé prendada de sus acuarelas. Y de repente, bicheando los cuadros, ¡nos encontramos con Cádiz, con Sevilla, con España! Qué sorpresa tan agradable.

Era contemporáneo de Sargent y de Sorolla. La guía dice que sería interesante que alguien hiciese una exposición de los tres, pero que es muy caro; leo en una noticia de El País de 1992 que ya había planes para hacer una entonces. Zorn pintó a tres presidentes estadounidenses y se puso muy de moda allí; por lo visto, hay familias americanas a las que pintaron los tres (Sargent, Sorolla y él). En cualquier caso, supo sacarle provecho a su fama y creo que aún siguen tirando de dinero suyo para mantener todo el tinglado de la casa y el museo (esto entendí, pero veo que pone dinero más gente).

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Morning bath. Zorn solía usar a tres hermanas como modelos y decía que lo que no tenía una, lo tenía la otra. Aquí están las tres.

La casa es chulísima. Se ve que fue un proyecto “de una sola vez”; Larsson fue añadiendo trozos a la suya a lo largo de los años, es más una casa “patchwork” (aunque me encanta también). Las habitaciones de invitados y el olor a madera me recuerdan (de nuevo) a la casa de mi abuela Blanca. Molaba bastante más ser invitado en casa de Zorn que en casa de Larsson; nada de armarios empotrados para dormir aquí…

La nevera es de la General Motors, una de las primeras eléctricas en Suecia (si no la primera). También hay una aspiradora prehistórica que pesaba un quintal y que no sé si dificultaba la labor de limpiar más de lo que la facilitaba.

En su habitación tiene cuadros de amigos suyos (hay uno de Larsson, claro) y en el cuarto de baño están los que pintó de sus perros. Estuvo un año de viaje de novios con Emma, su mujer, por Europa. Y nos decían que el nuestro fue largo…

La casa de Munthe

La casa que le hizo Axel Munthe a su mujer, Hilda, está en Leksand y no tiene nada que ver con las otras dos que, a su vez, tampoco tienen nada que ver entre ellas. Lo único en común con la de Zorn son los moldes de hierro para hacer gofres (Zorn tenía unos normales, como los de Hilda, y otros con un diseño ideal), los llamadores de las habitaciones con su panel de numeritos en la cocina y los suelos de madera preciosísimos (bueno, esto es común a las tres casas).

Hilda venía a veranear aquí con sus dos hijos. Munthe lo hizo durante un tiempo y luego ya dejó de venir cuando se separaron. Fue un matrimonio un poco raro, tengo que leerme otra vez la parte sobre Munthe de Peregrinos de la belleza, de María Belmonte. Y La historia de San Michele, que me acabo de empapar el culebrón de Yo, Claudio, y de lo poco que recordaba es de que Munthe reconstruyó su casa en una de las villas que tenía Tiberio en Capri.

 

Pero estábamos hablando de las casas, las casas… En esta se veía a la legua el rollo inglés. Había un mueble que cuando abrías las puertas resultaba que era una casa de muñecas enorme, con vestidos de alta costura en miniatura, ¡uno era de Fortuny! Al lado, un arcón con el escudo del Ducado de Marlborough y el lema “Fiel pero desdichado”, en español, que nos dejó locos. Luego todo lleno de las marionetas y los disfraces que hacían los hijos de Hilda cada verano para las obras de teatro que ellos mismos escribían, desde chiquititos. Aquella debía de ser una casa muy alegre. Y los jardines. Los más bonitos que hemos visto (y que me perdone Linneo).

*La foto de la cabecera es del jardín y la casa de Linneo.

Historias suecas 2

Simón lanza y recoge el sedal y yo remo. Ya le he cogido el tranquillo y puedo llevar la barca paralela a la orilla y (más o menos) cerca. Pero no lo suficiente. Simón me pide que me acerque más, lanza por enésima vez… y el señuelo del pececito tornasolado se engancha en las ramas de un abedul. “Creo que voy a tener que trepar,” dice con cara de circunstancia, aunque sospecho que le gusta bastante la idea. Amarramos la barca al árbol, un abedul viejo con la corteza muy rugosa y ligeramente inclinado. Empieza a trepar abrazado al tronco como un koala. Está bastante alto y, durante unos momentos, me preocupo un poco. Los niños charlan animadamente en la barca mientras les caen trocitos de corteza desde arriba, ajenos a la tensión. No les impresiona nada.

Simón rescata el señuelo y vuelve al suelo sin caerse (y sin romperse la camisa). Cinco minutos más tarde, lo pierde enganchado en el fondo del lago.

***

Descubrimos un islote como salido de un cuento, una especie de magdalena que sobresale del agua con unos árboles que le quedan demasiado grandes. Me recuerdan al primer mástil que le pone Leslie al Bootle BumTrinket de Gerry en Mi familia y otros animales, o a las setas de La estrella misteriosa. Ha

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El bautismo del Bootle BumTrinket.

y al menos un aliso, un abedul, dos o tres pinos silvestres y un par de abetos de Douglas. Lo sobrevuelan unas gaviotas muy chillonas y está bordeado de unas piedras enormes de granito ideales para solearse o pescar, y de una hierba alta y frondosa que no sé cómo se llama. De ella salen nadando con bastante parsimonia, a pesar de las voces que les están dando sus padres, tres pollos de gaviota. Ahora ya sabemos por qué están tan pesadas.

Entre los árboles el suelo es de un musgo mullido y gustoso, perfecto para andar descalzos. Así me imagino el suelo del escondite de El club del pino solitario, aunque creo que era de hierba. En el centro alguien ha construido un sitio para hacer fuego con unas rocas que parecen ladrillos grandes e irregulares, de un rojo oscuro tiznado por el carbón. Bajo el abedul hay un montoncito de leña entre los hierbajos.

Simón enciende una hoguera y coloca encima la parrilla que hemos cogido prestada del bosquecillo de pinos silvestres que hay en la orilla de enfrente. Asa los peces, los limpia con mucho cuidado y nos los comemos en unos sándwiches con mantequilla. Qué bueno está todo cuando te lo comes al aire libre (y tienes más hambre que el perro de un ciego).

***

Lucas me pregunta si me baño con él. El agua del lago es negra y refleja los árboles de las orillas y las nubes del cielo. Le digo que sí. Me tiro al agua desde la barca y allí me deja el muy bribón, que no se atreve a meterse. “Solo si me dejas ir sobre tu espalda un poquito”, me dice. Este niño se cree que su madre es un delfín.

***

Encontramos una pequeña playa de arena naranja en un recodo. Está a la sombra y el sol se cuela entre las hojas reflejando lunares de luz brillante. En la orilla, un abedul se inclina rozando la superficie del agua con las ramas y le da a la escena un aire casi tropical. Los niños se bajan y se pasean con el agua por las rodillas cogiendo mejillones y metiéndolos en el cubo amarillo que nos dejó Per. No sabemos si se comen o no, pero qué más da. De vuelta en la barca, Lucas deja que le pillen los dedos una y otra vez; le parece el colmo de la diversión. Luego nos enteramos de que son comestibles (no te mueres) pero bastante chiclosos, así que Simón vuelve al embarcadero y los devuelve al lago.

***

Escribo sentada sobre una piel de reno.

 

 

Historias suecas

Per nos ayuda a preparar las cosas para ir a pescar. Primero coge lombrices junto a la enorme mata de ruibarbo y se los va dando a los niños y a Simón, que los meten en una macetita de plástico con un poco de tierra húmeda. Luego nos presta su caja de aparejos, un cubo amarillo, varias cañas y el candado de la barca. Bajamos por el bosque entre abedules y abetos hasta el embarcadero y allí está: blanca por fuera, de un naranja gastado por el sol por dentro. Tiene la popa amarrada a una boya y la proa al embarcadero. La bañera está llena de agua “de la lluvia”, así que Per nos da un par de cacharros de plástico para achicar y se despide de nosotros.

Mientras Simón y yo echamos el rato achicando agua, Violeta lanza el sedal desde el embarcadero por su cuenta y saca su primer pez. Lucas la sigue y saca el segundo. A Simón le brillan los ojos, pero se nos amontonan las tareas; aún nos queda agua en el fondo de la barca y ya se han presentado los primeros dilemas: Lucas quiere devolver los peces al lago, el resto queremos comérnoslos. Simón propone matar el de Violeta de un golpe, pero a Violeta le parece que al pez le gustaría más morir ahogado lentamente. Soltamos el de Lucas y convencemos a Violeta de que su pez preferirá una muerte rápida. Le damos un golpe seco contra la barca (bueno, se lo da Simón).

Hace un día espléndido.

 

Lecturas suecas (II): A World Gone Mad. The Diaries of Astrid Lindgren 1939-1945

Este libro está deliciosamente escrito, como todo lo de Astrid Lindgren. Escribe recto, sencillo, bien. Mientras leía iba subrayando cosas (como siempre). Subrayo porque tengo muy mala memoria y me da coraje que se me olviden las cosas que me gustan o me llaman la atención, y también subrayo lo que no entiendo para buscarlo más tarde. A veces no hago más que subrayar…

Aquí algunas de las cosas con las que me quedo de este libro.

Quisling. La primera vez que me encontré con esta palabra fue hace unos meses, leyendo a Orwell, y la tuve que subrayar (porque no sabía lo que significaba). Quiere decir traidor y no se me olvida porque es una palabra curiosa y porque Orwell la usa con frecuencia. Lo que no sabía es de dónde venía, pero ahora ya lo sé: viene de Vidkun Quisling, el ministro presidente noruego que colaboró con Hitler durante la II Guerra Mundial. Leyendo un poco sobre él me he encontrado con que unos años antes trabajó estrechamente con el explorador Fridtjof Nansen durante la hambruna rusa de 1921, y después en varios proyectos más. Tampoco sabía que Nansen, además de guapo y explorador, recibió el Premio Nobel de la Paz por su labor humanitaria. Astrid Lindgren, George Orwell, Vidkun Quisling y Fridtjof Nansen todos en un mismo párrafo; me encantan estas cosas.

ESTUDIO DE ALBERT ENGSTROM2
El estudio de Albert Engström. Foto del blog seventeendoors.

Albert Engström. A este señor tampoco lo conocía. Murió en noviembre de 1940. En la entrada del día 17 de ese mes, Lindgren escribió: “Albert Engström murió anoche. El tercero de nuestros tres grandes: primero Selma Lagerlöf, luego Heidenstam y ahora Albert, todos en un año. Era hijo del primo de abuela, si es que se puede presumir de algo así, como dijo Mrs V.”.

Resulta que Engström fue un artista y escritor sueco alumno de Carl Larsson. Además, nació en Lönneberga, que es de donde era Miguel el travieso. En su página de Wikipedia dice que se movía “as softly and quietly as a bear” (es decir, tan suave y silenciosamente como un oso, más o menos). Además de su conexión con Carl Larsson y con Selma Lagerlöf, lo que más me ha gustado de descubrir a este hombre es su estudio en el archipiélago de Estocolmo. Estas cosas me dan mucha envidia.

El rey Boris III de Bulgaria. Este señor se ha convertido en mi personaje histórico protagonista de muerte misteriosa favorito. Murió en circunstancias extrañas el 28 de agosto de 1943, a la vuelta de una reunión con Hitler. Oficialmente, de una angina de pecho, pero extraoficialmente… ¡no se sabe! La curiosidad me corroe.

Setas. En Suecia se pueden coger setas en verano.

El jerez. Esta señora, además de escribir muy bien, tenía buen gusto y sabía cómo celebrar bien cualquier acontecimiento: con jerez. Aquí las menciones sobre el vino que aparecen en su libro, siempre asociadas a cosas buenas; cómo le habría gustado esto a mi abuelo Mauricio.

“La cena en casa de los Viridéns por el cumpleaños de Alli. Jerez con la sopa y con el postre.” (17 de febrero de 1944)

“Ayer tomé un jerez muy elegante porque estábamos celebrando nuestro aniversario de boda.” (16 abril 1944)

“¡Es el día de la victoria en Europa! ¡La guerra ha terminado! ¡La guerra ha terminado! ¡LA GUERRA HA TERMINADO! (…) Sture no viene a cenar hoy pero nos ha mandado una botella de jerez para que celebremos la paz. Está sonando The Star-Spangled Banner en la radio. He estado bebiendo jerez con Linnéa y Lars y estoy un poco mareada. Es primavera y el sol brilla en este bendito día y la guerra ha terminado. (…) Me tomé una copa de jerez con Esse también.” (7 mayo 1945)

ASTRID LINDGREN TREPANDO POR UN ÁRBOL
Esta foto la pongo aquí porque me encanta. Eso mismo quiero estar haciendo yo cuando llegue a esa edad.

*La foto de la cabecera es del fotógrafo sueco K.W. Gullers

*Este libro me lo regaló mi amiga Ximena en Navidad. El de Tove Jansson fue una recomendación suya. Y hace tres semanas estuvimos en su casa de Évora para conocer a unos suecos encantadores que estaban trabajando allí con José, su marido.

 

 

 

 

 

Lecturas suecas (I): El libro del verano

Mi primera lectura sueca ha sido finlandesa: El libro del verano, de Tove Jansson. Bueno, quizá no tan finlandesa, porque la madre de la autora era sueca, los Jansson pertenecían a la minoría suecoparlante de Finlandia y el libro se escribió en sueco. Pero todo esto no lo sabía cuando lo empecé.

THE SUMMER BOOK - TOVE JANSSON
La portada inglesa me gusta bastante…

De dónde sale

Este fue el primer libro para adultos de Jansson, que hasta ese momento había sido conocida exclusivamente por sus historias de los Mumin. Se publicó por primera vez en 1972, un par de años después de que muriese su madre, Signe Hammarsten. Para escribirlo, Jansson tiró de todo aquello que le era más querido, entretejiendo sus recuerdos con la imaginación en un ejercicio para superar la muerte de su madre.

El libro del verano narra la relación entre una abuela (basada en la madre de Jansson) y su nieta de seis años, Sophia (basada en su sobrina del mismo nombre), a lo largo de un verano (que en realidad son varios) en una isla del golfo de Finlandia.

La isla la descubrieron Jansson y su hermano Lars en 1947. Es diminuta. Tanto, que cuando Esther Freud (que firma el prólogo a la edición inglesa que publicó Sort of Books en 2003) estuvo allí, descubrió que tardaba cuatro minutos y medio en darle la vuelta completa. La casita la construyeron entre los dos y allí ha veraneado la familia desde entonces. Aunque en 1964, cuando las visitas de familiares y amigos empezaron a hacerse demasiado frecuentes, Jansson se fue a una isla algo más remota con Tuulikki Pietila, su pareja. Y ahí continuaron pasando los veranos escandinavos hasta que en 1991 una tormenta hundió su barco y se retiraron permanentemente a Helsinki. La autora tenía entonces 77 años.

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EL LIBRO DEL VERANO - TOVE JANSSON - SIRUELA
…pero creo que me gusta más la portada española (esto sí que es algo nuevo).

El libro

Sophia y su abuela se pasan el día por la isla recogiendo piedras o los trozos de madera suave que el mar va arrastrando a la playa. Hablan, discuten, pasean, confabulan. Tienen una relación muy independiente, áspera pero cálida a la vez, con un punto nórdico un poco marciano que todo el rato me producía la sensación de que la desgracia acechaba a la vuelta de la esquina. Cuando me relajé, empecé a disfrutar de verdad con el libro, que va pasando sin esfuerzo de la reflexión a la descripción, sin que suceda nada muy señalado.

El tiempo pasa despacio, salado… La hierba se mece con la brisa del mar, las charcas de las rocas se calientan con el sol, hay siestas bajo los arbustos y se oye el rumor de las olas en las noches sin viento. El sol pega sobre la pintura gastada de la madera de la casa, la ropa está tiesa de salitre, en la buhardilla se acumulan los trastos un año tras otro…

La tienda de campaña

Me quedo con este capítulo. Sophia decide dormir en una tienda de campaña por primera vez. A media noche se levanta y va a ver a su abuela, que está despierta, triste, enfadada, tratando de recordar sin éxito cosas que significaron algo para ella alguna vez. Sophia le pregunta qué es lo que no recuerda.

“¡Lo que se siente cuando duermes en una tienda de campaña!” gritó su abuela. Apagó el cigarrillo, se tumbó y se quedó mirando el techo. “En mi país, en Suecia, a las niñas nunca se les había permitido dormir en tienda de campaña,” dijo despacio. “Yo fui la que consiguió que pudiesen hacerlo, y no fue fácil. Lo pasamos muy bien, y ahora no puedo ni contarte cómo era.”

Los pájaros comenzaron a gritar de nuevo; una bandada grande pasó volando, gritando repetidamente. El farol de la ventana hacía que la oscuridad de fuera pareciese más intensa de lo que era.

“Bueno, yo te contaré cómo es,” dijo Sophia. “Puedes oírlo todo mucho mejor, y la tienda es muy pequeña.” Pensó un momento y continuó. “Te hace sentir muy segura. Y está bien que puedas oírlo todo.”

Me quedo con él por la descripción de lo que se siente cuando duermes en una tienda de campaña, que es exactamente eso. Cuando Sophia sale de la tienda, además, se da cuenta por primera vez de la sensación del suelo bajo los dedos y las plantas de los pies. 

También por la frustración y la impotencia de su abuela, y por cómo todo se va calmando sin aspavientos ni sentimentalismos.

Y porque es verdad, la madre de Jansson fundó las Girl Guides (scouts) en Suecia. ¿No es fantástico?

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Tove Jansson delante de Vinrosen (La rosa de los vientos), la casita que construyó con su hermano Lars en la isla de Bredskär (1950).

Cosas que he aprendido

Que el musgo no se vuelve a levantar si lo pisas dos veces. Y se muere si lo pisas una tercera.

Que los eider son como el musgo y no vuelven al nido cuando los molestas por tercera vez.

Que las golondrinas solo honran con sus nidos las casa felices.

Que cuando vivías en una isla en el golfo de Finlandia en los años 50, tenías que saber cómo hundir bien tu basura en el mar para que no acabase en la isla de tu vecino.

Que es de muy mala educación dejar tu casa cerrada con llave si vives en una isla del golfo de Finlandia. Nunca sabes cuándo alguien podría necesitar refugiarse en ella.

Que si te haces una casa nueva en una isla y pones un cartel en el que diga muy claro que está prohibido entrar allí, lo más probable es que una abuela y su nieta atraquen en el poste de ese mismo cartel y se cuelen en tu casa cuando no estés. Cosa que nunca se les habría ocurrido hacer si no hubieses puesto un cartel tan antipático.

Klovharu - Tove Jansson
Klovharu, la isla en la que Tove Jansson pasó los veranos de 1964 a 1991.

Y una sorpresa

¡Vino de Jerez en un libro finlandés! (Aunque al final resultase que no les gustaba; no era Alfonso seguro.)

“Es Verner,” dijo su abuela. “Ha vuelto con otra botella de jerez.”

Esta es la primera entrada de las lecturas suecas. Iré publicando más de aquí al verano, que nos vamos de viaje a… Suecia, claro. Si alguien tiene sugerencias de libros sobre el tema, estaré encantada de recibirlas.

De vuelta

Mi urraca tiene gusanos. Simón me regaló una urraca disecada en Navidad. Anoche le vi unos bichitos blancos, pequeños, recorriéndole la cabeza. Simón le quitó 30 gusanos en media hora con una liendrera. Qué asco. Pobre urraca. Mi padre me dice que eso nos pasa por comprar cosas por internet. Y por no disecar nosotros mismos la urraca. En fin.

***

Ya he visto al martín pescador posado dos veces. Es un pájaro pequeño, cabezón. Siempre me sorprende el pico: lo tiene más corto de lo que yo me creo. En cuanto se descuide, le hago una foto.

***

Ahora me pongo las botas de goretex para darle la vuelta al lago. La hierba está mojada y como me salgo de la calzada para buscar pájaros, se me mojan los pies. Parecía una buena opción, lo de las botas de goretex. Resulta que las botas están mal y los pies se me mojan de todos modos. Antes eran feas, pero útiles. Vaya.

***

Ya tenemos billetes de ida para Suecia.

***

Simón se ha buscado un Panda Planner y ya no hay quien lo pare. Se mete en la cama por las noches con su agenda tamaño A4 llena de buenas intenciones y de tarea. Me dijo que yo debía hacerme con una y le amenacé con el divorcio si me la regalaba. Ahora me da envidia y quiero una pero ya no me la quiere regalar. He entrado en un bucle y no me hago listas en papeles normales porque quiero mi agenda.

***

He trincado al buitrón. Qué pajarillo tan lindo. Se estuvo muy quieto y yo le iba haciendo fotos y acercándome, haciendo fotos y acercándome hasta que llegó un mosquitero y lo echó de su ramita.

Lo de la foto de cabecera es un buitrón. Me recuerda muchísimo a mi suegra.

Los niños de Bullerbyn

Soy una madre muy pesada. Me paso el día intentando convencer a mis hijos de que hagan cosas que me divierten a mí: nudos, tirachinas, refugios, casas para pájaros… y que a ellos (de momento) les dan bastante igual. Pero el otro día Lucas entró en la cocina así como entra él, sin un propósito definido, dijo “Quiero fundir plomo” como el que no quiere la cosa y siguió a lo suyo. Y yo pensé “Bendita sea la señora Lindgren”, porque sabía muy bien de dónde había salido esa idea tan peregrina (y tan buenísima) pero disimulé mi emoción, no fuera a detectarla con su radar.

Hace unos días terminamos de leer Los niños de Bullerbyn. Está escrito en primera persona; la narradora es una niña de siete años que se llama Lisa. Lisa vive con sus hermanos mayores, Lasse (nueve años) y Bosse (ocho) en el campo, en una de las tres casitas de Bullerbyn (que significa aldea bulliciosa); concretamente en la casa de en medio. A solo unos metros, en la del norte, viven Britta (nueve) y Anna (siete). Y al otro lado, también a pocos metros, vive Ole (ocho) en la del sur.

De dónde sale

Lindgren se inspiró en la casa de su padre para escribir estas historias, que suceden en los años 30 y, como es habitual en ella, rememoran su propia infancia. Bullerbyn es en realidad Sevedstorp; allí se crió el padre de Lindgren, en una de las tres casas de madera roja que siguen en pie y en buena forma, y que pueden verse en miles de fotos por internet. En el libro se refieren a estas tres casas todo el rato como un pueblo, pero yo diría que es más bien una aldea, porque tres granjas no son un pueblo por muy temprano que se levante el traductor.

Los niños de Bullerbyn - Hoguera
Los niños de Bullerbyn alrededor de una hoguera, la noche antes de pescar cangrejos. Es del último capítulo del libro, donde está mi frase favorita: “A mí me dan pena los que nunca han remado en un lago en busca de cangrejos a las cuatro de la mañana”. Ilustración de Ilon Wikland.

Como los personajes son tantos, es inevitable que estén algo más difuminados que los de Madita o Miguel el travieso, pero hay historias de sobra, así que acabamos conociéndolos bien de todos modos. Los niños viven con sus padres en el campo, en un campo amable, lleno de posibilidades. Es todo tan encantador que estos libros han dado pie a una cosa que se llama el “síndrome de Bullerbyn” y que yo tengo seguro. Por lo visto es un término que se usa en los países de habla germánica y se refiere a la idealización de Suecia. No me extraña.

Qué hacen los niños de Bullerbyn

Yo me muero de envidia leyendo las historias de Los niños de Bullerbyn (mis hijos sospecho que también). No hacen nada del otro mundo. De hecho, a lo que se dedican con más ahínco es a jugar. Juegan, juegan y juegan (y luego juegan un poco más). Sus juegos son bien simples pero se antojan una barbaridad, porque todos tienen en común una cosa que les suele faltar a los niños de ahora: la libertad. Y es curioso porque de la manita de la libertad viene, casi sin hacerse notar, otra cosa de la que tampoco andan sobradas nuestras criaturitas: la responsabilidad.

Los niños de Bullerbyn cogiendo ciruelas
Los niños de Bullerbyn recogiendo las ciruelas maduras para venderlas luego. Ilustración de Ilon Wikland.

Estos niños se lo pasan pipa: se bañan en el lago, se tiran en trineo, duermen en el pajar, se pasan notitas de una casa a otra por la ventana, con una cuerda y unas pinzas, esconden mapas del tesoro, construyen cabañas, se disfrazan… Pero también hacen recados, recogen el heno y escardan los nabos, llevan el trigo al molinero, cuidan a la hermanita nueva de Ole o le leen el periódico al abuelo de Anna y Britta, que ya no ve nada. Y todo va encajando de forma natural, sin moralinas ni rollos editoriales prefabricados para educar niños tratándolos como si fueran tontos, sin tomarse la molestia de entretenerlos siquiera.

Aparte está la cosa exótica sueca del tipo fundir plomo en Nochevieja para enfriarlo en agua y adivinar cómo va a ser el año dependiendo de la figurita que te quede al enfriarse el metal, o recoger siete tipos de flores distintas en la noche de San Juan para ponerlas debajo de la almohada y soñar con tu futura pareja, que me parecen cosas de lo más divertidas.

 

Niños de Bullerbyn en barca
Una de las ilustraciones de Ingrid Vang Nyman.

Ilustraciones y ediciones en España

En la edición que tenemos en casa, que es la de Círculo de Lectores de 1990 que encontramos el otro día en Cádiz, las ilustraciones son de Ilon Wikland, la misma ilustradora de Madita. En 2014, Sushi Books editó Los niños de Bullerbyn de nuevo. Su edición también incluye los tres libros que componen la de Círculo: Los niños de Bullerbyn, Nuevas aventuras en Bullerbyn y ¡Qué divertido es Bullerbyn! Tiene una portada muy antojable e ilustraciones de Ingrid Vang Nyman (1916-1959), la ilustradora danesa que hizo los dibujos originales de Pippi Calzaslargas.

Círculo editó los tres libros en una edición, ya descatalogada, muy bonita (tapa dura, cinta marcapáginas, ¡guardas naranjas!) pero descuidada, me temo. Alguien se saltó la corrección de estilo o contrató a la persona equivocada para hacerlo, una pena. Parece que siempre estamos igual: corre, corre, que el libro tiene que estar listo y luego nos encontramos con erratas del calibre “cojer” o expresiones que se repiten dos veces en un párrafo de tres líneas. Cosas que podían haberse evitado fácilmente y, sin embargo, ahí se han quedado. En Sushi Books tengo entendido que han hecho una corrección muy cuidadosa de la traducción de Círculo, pero no he tenido oportunidad de verla.

 

Cádiz

Por fin encontré las librerías Raimundo en Cádiz. La de la calle San José está atendida por una chica muy amable. Iba buscando ediciones de Astrid Lindgren, sobre todo de Madita. No había; lo que sí tenían eran varios volúmenes de Guillermo el travieso, de Richmal Crompton (este enlace lleva a un artículo de Javier Marías en el que habla sobre la escritora británica; lo pongo porque también yo pensaba que era un escritor y me meto en el mismo saco que Marías, así como la que no quiere la cosa). No los he leído nunca y tenía curiosidad, así que me hice con uno para probar.

Por cierto, qué empeño este de ponerle la coletilla “el travieso” a cualquier libro con un niño de protagonista: Emil i Lönneberga—Miguel el travieso, Just William—Guillermo el travieso, Dennis the menace—Daniel el travieso… Tom Sawyer se libró de milagro. Alguien debería probar a traducir un título alguna vez.

Lindgren Círculo

Además cogí un álbum bastante feo sobre la historia de los libros en general y un cómic de Popeye que se me antojó. Y de ahí nos fuimos a la otra librería Raimundo, en la plaza de San Francisco, que estaba atendida por un chico también muy amable. Aquí tenían una selección de libros infantiles mucho más grande (aunque estaban en un sitio algo incómodo para bichear a gusto) y echamos un buen rato. Al ratito de empezar a mirar, ¡bingo! Tres ediciones Círculo de Lectores de libros de Lindgren, muy bonitas y en buen estado, además. Con eso debajo del brazo ya me daba igual todo, pero seguí mirando de todos modos y me llevé unas cuantas cosas más. Violeta escogió un libro de ¿Dónde está Wally? que tenía todos los wallies redondeados a boli, así que nos regalaron otro más (que también tenía los wallies señalados con un rotulador, pero a ella no parecía importarle).

Con varias bolsas de botín esperamos a que llegase Simón de su taller de caligrafía (ver campamento gitano abajo) y nos fuimos a comernos unos sándwiches a la Caleta. Mientras esperábamos, Violeta escribía:

Como emos pasado el día en este sitio

Fuimos a 3 librerias i compamos 2 grasanes porce tieaniamos mucha ambre i un señor me llamo pocajontas 😦

Campamento gitano

 

 

 

Madita

No me he leído todo lo de Astrid Lindgren ni de lejos, pero prefiero 100 veces Madita a Pippi Calzaslargas, que siempre me ha cargado un poco (también me gusta, pero mucho menos). De hecho, prefiero Madita a cualquier libro, así que es una comparación algo tramposa.

De pequeños tuvimos una aupair sueca, Katarina, que además de ser cariñosa, guapa y simpática, nos descubrió los libros de Lindgren y las acuarelas de Carl Larsson (1853-1919). Mi hermana Bibi la recuerda leyéndonos Madita, cosa que yo he olvidado, inexplicablemente. Pero bueno, gracias a ella sé que pasó, y con eso basta.

Terminamos de leerlo hace algunos días, y Lucas y Violeta han decidido que les gusta más que Miguel el travieso; de hecho, estamos con la segunda parte, Madita y Lisabet, pegándonos un buen atracón de leer todas las noches.

De dónde sale Madita

Madita (Madicken, en sueco) era el apodo de Anne-Marie Fries (Ingerström de soltera), una amiga de Lindgren. Fries vivía cerca de casa de la escritora cuando eran pequeñas. Un día, pasó por delante de Lindgren empujando un aro de metal y ésta le preguntó que adónde iba. Entonces se fueron a casa de Fries y desde ese día se hicieron mejores amigas.

 

A Lindgren y a Fries les gustaba trepar a los árboles y subirse a los tejados, y los juegos que aparecen en Madita son los mismos a los que solían jugar ellas de chicas. Fueron amigas toda la vida, e incluso trabajaron en la misma editorial. Cuando Fries ingresó en el hospital en el que pasó los dos últimos años de su vida, Lindgren iba a visitarla todas las semanas. Según ella, solo se pelearon una vez, cuando tenían 9 años, y se les pasó pronto.

Bicheando he descubierto que la hija de Fries, Lena Fries-Gedin, es la traductora de Harry Potter al sueco, entre otros muchos libros (muchísimos, tiene 84 años, así que le ha dado para un montón).

La hermana pequeña de Madita, Lisabet, que es de mis personajes favoritos (graciosísima) tiene mucho en común con Stina, la hermana pequeña de Lindgren.

 

Madita tiene siete años y vive con su hermana Lisabet, de cinco, en Birkenlund, que es una casa como me gustaría a mí que fuera la mía, con su desván y sus estufas de leña, su perro y su gato. Además, si sales al jardín y te subes al tejado del cobertizo, puedes ver lo que pasa en la cocina de los Nilsson, donde seguramente esté Abbe (que tiene quince años y es muy rubio y muy guapo) haciendo las rosquillas que su madre vende en el mercado. Si es verano, te puedes sentar en el embarcadero y meter los pies en el río que pasa por detrás del jardín mientras comes ciruelas amarillas y vuelves tarumba a Linus-Ida, que viene a hacer la colada una vez a la semana. Y si es invierno, puedes patinar hasta la granja de Apelkullen, que está más lejos de lo que parece, y si tienes suerte puede que te inviten a desayunar allí y luego te devuelvan a casa envuelta en una pesada manta de piel, acomodada en un trineo tirado por cuatro caballos. Posiblemente se te haya olvidado pedir permiso para semejante plan (¿a quién no se le olvidaría?) y a tus padres no les haga mucha gracia, pero habrá merecido la pena.

Las ilustraciones

La ilustradora de Madita es Ilon Wikland (1930-). Wikland nació en Estonia y llegó a Suecia como refugiada en 1944. En 1953 quiso entrar de ilustradora en Rabén & Sjögren. Allí la recibió Lindgren, que acababa de terminar Mío, mi pequeño Mío y se lo dio para que hiciera una prueba de ilustración. La prueba debió de ir bien, porque Wikland acabó ilustrando más libros de Lindgren que nadie, y trabajando de ilustradora en Rabén & Sjögren, que era lo que ella quería.

Picnic en el tejado

La edición que tenemos en casa es la primera española, de 1983 (el original sueco salió en 1960), de Editorial Juventud. Las ilustraciones son las de Wikland, pero la portada es (surprise, surprise) de un fotograma de la serie de Madita (1979). La traducción es de Herminia Dauer (1924-2015) y me parece muy fluida; tiene alguna cosa que me llama la atención (sopa de avena para desayunar), pero en general me gusta mucho. Busco a Dauer y veo que murió a los 91 años, en noviembre del año pasado. No suele haber mucha información sobre los traductores. Sería bonito que las editoriales los celebraran algo más.

Madita y Lisabet en la cama

Madita está descatalogado y no tienen pensado volver a publicarlo de momento.