Historias suecas 3

Desde que llegamos a Suecia hemos ido a visitar la casa de Carl Larsson, la de Anders Zornla de Hilda Munthe y la de Carl Linnaeus. De la de Linneo lo que queríamos ver el era el jardín (claro). Me he dado cuenta de que las casas muy muy antiguas me dejan bastante fría. No me imagino la vida en ellas, se me hacen ajenas, como museos que no entiendo, y no las disfruto. Me gustan de finales del siglo XIX en adelante, creo. Visitamos solo la planta de abajo y me encantó el papel pintado de las paredes, claveteado a ellas, como se hacía entonces (por lo visto). De las otras tres, sin embargo, me chifló todo; además de las casas en sí, aprender que fueron contemporáneos y amigos entre ellos, sobre todo Karin Larsson y Emma Zorn.

La casa de Larsson

Ir a la de Larsson fue como volver a casa de un amigo. Las habitaciones las conocía bien (casi todas). En cambio, me sorprendió el tamaño que tenían, más pequeño de lo que imaginaba. Parece que pintaba con gran angular. En general, todo era más pequeño que ahora, imagino que es más fácil calentar un cuarto pequeño que uno grande, cuestión importante cuando fuera hace -25 ºC. Acogedora, con una luz preciosa y unas ventanas ideales, igual que en los cuadros.

FLOWERS ON THE WINDOWSILL.jpgEl cuarto de Flowers on the windowsill sigue igual, aunque las flores ahora son todas iguales, unos geranios de un rosa pálido preciosos. Me habría gustado llevarme unos esquejes (pero me contuve). Fue el que más le gustó a Violeta. El sillón de las coronas me recordaba a unos de mi abuela Blanca. El cuarto de juegos, con el telar donde tejía Karin Larsson. Los ganchos para colgar los abrigos en la escalera, en los escalones más altos los de Carl y Karin, en los más bajos los de sus hijos. Los suelos, las puertas. Las camas un poco claustrofóbicas para mí. Su biblioteca, tan importante para él, que no había tenido libros de pequeño.

Intenté leerme su autobiografía en las lecturas suecas de preparación del viaje, pero fui incapaz de pasar de su infancia. Qué farragoso, qué pesado. Ojalá una biografía sin tanta paja (seguramente la hay, no busqué mucho).

En el cuarto de invitados, la cama estaba encajada en la pared, como una especie de armario empotrado o de rincón secreto. En las puertas que lo cerraban, por dentro, estaban escritos los nombres de todos las personas que habían pasado por allí con una caligrafía preciosa. Reconocimos a Selma Lagerloff (su casa no la vimos por falta de tiempo, pero también estaba por la zona) y a Anders Zorn.

Fuera, en uno de los edificios del jardín de Larsson hay una fila de caballetes y una cesta llena de camisolas para que los niños pinten. Lucas y Violeta, encantados. Nos comemos un picnic en la mesa que hay bajo un sauce muy viejo. Creo que nunca he visto uno tan grande (Simón dice que él tampoco).

La casa de Zorn

No sabíamos nada de Zorn antes de ir a Suecia. Bueno, miento, Marine y Per nos insistieron mucho en que fuéramos a visitar su casa y su museo cuando los conocimos en casa de Ximena y José, en Évora. En su casa del lago nos lo recordaron, así que allá fuimos. Procuré no mirar nada de la web más que las direcciones para llegar y el horario.

Entramos en el museo ¡y qué maravilla! Me gustó todo en general, pero me quedé prendada de sus acuarelas. Y de repente, bicheando los cuadros, ¡nos encontramos con Cádiz, con Sevilla, con España! Qué sorpresa tan agradable.

Era contemporáneo de Sargent y de Sorolla. La guía dice que sería interesante que alguien hiciese una exposición de los tres, pero que es muy caro; leo en una noticia de El País de 1992 que ya había planes para hacer una entonces. Zorn pintó a tres presidentes estadounidenses y se puso muy de moda allí; por lo visto, hay familias americanas a las que pintaron los tres (Sargent, Sorolla y él). En cualquier caso, supo sacarle provecho a su fama y creo que aún siguen tirando de dinero suyo para mantener todo el tinglado de la casa y el museo (esto entendí, pero veo que pone dinero más gente).

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Morning bath. Zorn solía usar a tres hermanas como modelos y decía que lo que no tenía una, lo tenía la otra. Aquí están las tres.

La casa es chulísima. Se ve que fue un proyecto “de una sola vez”; Larsson fue añadiendo trozos a la suya a lo largo de los años, es más una casa “patchwork” (aunque me encanta también). Las habitaciones de invitados y el olor a madera me recuerdan (de nuevo) a la casa de mi abuela Blanca. Molaba bastante más ser invitado en casa de Zorn que en casa de Larsson; nada de armarios empotrados para dormir aquí…

La nevera es de la General Motors, una de las primeras eléctricas en Suecia (si no la primera). También hay una aspiradora prehistórica que pesaba un quintal y que no sé si dificultaba la labor de limpiar más de lo que la facilitaba.

En su habitación tiene cuadros de amigos suyos (hay uno de Larsson, claro) y en el cuarto de baño están los que pintó de sus perros. Estuvo un año de viaje de novios con Emma, su mujer, por Europa. Y nos decían que el nuestro fue largo…

La casa de Munthe

La casa que le hizo Axel Munthe a su mujer, Hilda, está en Leksand y no tiene nada que ver con las otras dos que, a su vez, tampoco tienen nada que ver entre ellas. Lo único en común con la de Zorn son los moldes de hierro para hacer gofres (Zorn tenía unos normales, como los de Hilda, y otros con un diseño ideal), los llamadores de las habitaciones con su panel de numeritos en la cocina y los suelos de madera preciosísimos (bueno, esto es común a las tres casas).

Hilda venía a veranear aquí con sus dos hijos. Munthe lo hizo durante un tiempo y luego ya dejó de venir cuando se separaron. Fue un matrimonio un poco raro, tengo que leerme otra vez la parte sobre Munthe de Peregrinos de la belleza, de María Belmonte. Y La historia de San Michele, que me acabo de empapar el culebrón de Yo, Claudio, y de lo poco que recordaba es de que Munthe reconstruyó su casa en una de las villas que tenía Tiberio en Capri.

 

Pero estábamos hablando de las casas, las casas… En esta se veía a la legua el rollo inglés. Había un mueble que cuando abrías las puertas resultaba que era una casa de muñecas enorme, con vestidos de alta costura en miniatura, ¡uno era de Fortuny! Al lado, un arcón con el escudo del Ducado de Marlborough y el lema “Fiel pero desdichado”, en español, que nos dejó locos. Luego todo lleno de las marionetas y los disfraces que hacían los hijos de Hilda cada verano para las obras de teatro que ellos mismos escribían, desde chiquititos. Aquella debía de ser una casa muy alegre. Y los jardines. Los más bonitos que hemos visto (y que me perdone Linneo).

*La foto de la cabecera es del jardín y la casa de Linneo.

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Historias suecas 2

Simón lanza y recoge el sedal y yo remo. Ya le he cogido el tranquillo y puedo llevar la barca paralela a la orilla y (más o menos) cerca. Pero no lo suficiente. Simón me pide que me acerque más, lanza por enésima vez… y el señuelo del pececito tornasolado se engancha en las ramas de un abedul. “Creo que voy a tener que trepar,” dice con cara de circunstancia, aunque sospecho que le gusta bastante la idea. Amarramos la barca al árbol, un abedul viejo con la corteza muy rugosa y ligeramente inclinado. Empieza a trepar abrazado al tronco como un koala. Está bastante alto y, durante unos momentos, me preocupo un poco. Los niños charlan animadamente en la barca mientras les caen trocitos de corteza desde arriba, ajenos a la tensión. No les impresiona nada.

Simón rescata el señuelo y vuelve al suelo sin caerse (y sin romperse la camisa). Cinco minutos más tarde, lo pierde enganchado en el fondo del lago.

***

Descubrimos un islote como salido de un cuento, una especie de magdalena que sobresale del agua con unos árboles que le quedan demasiado grandes. Me recuerdan al primer mástil que le pone Leslie al Bootle BumTrinket de Gerry en Mi familia y otros animales, o a las setas de La estrella misteriosa. Ha

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El bautismo del Bootle BumTrinket.

y al menos un aliso, un abedul, dos o tres pinos silvestres y un par de abetos de Douglas. Lo sobrevuelan unas gaviotas muy chillonas y está bordeado de unas piedras enormes de granito ideales para solearse o pescar, y de una hierba alta y frondosa que no sé cómo se llama. De ella salen nadando con bastante parsimonia, a pesar de las voces que les están dando sus padres, tres pollos de gaviota. Ahora ya sabemos por qué están tan pesadas.

Entre los árboles el suelo es de un musgo mullido y gustoso, perfecto para andar descalzos. Así me imagino el suelo del escondite de El club del pino solitario, aunque creo que era de hierba. En el centro alguien ha construido un sitio para hacer fuego con unas rocas que parecen ladrillos grandes e irregulares, de un rojo oscuro tiznado por el carbón. Bajo el abedul hay un montoncito de leña entre los hierbajos.

Simón enciende una hoguera y coloca encima la parrilla que hemos cogido prestada del bosquecillo de pinos silvestres que hay en la orilla de enfrente. Asa los peces, los limpia con mucho cuidado y nos los comemos en unos sándwiches con mantequilla. Qué bueno está todo cuando te lo comes al aire libre (y tienes más hambre que el perro de un ciego).

***

Lucas me pregunta si me baño con él. El agua del lago es negra y refleja los árboles de las orillas y las nubes del cielo. Le digo que sí. Me tiro al agua desde la barca y allí me deja el muy bribón, que no se atreve a meterse. “Solo si me dejas ir sobre tu espalda un poquito”, me dice. Este niño se cree que su madre es un delfín.

***

Encontramos una pequeña playa de arena naranja en un recodo. Está a la sombra y el sol se cuela entre las hojas reflejando lunares de luz brillante. En la orilla, un abedul se inclina rozando la superficie del agua con las ramas y le da a la escena un aire casi tropical. Los niños se bajan y se pasean con el agua por las rodillas cogiendo mejillones y metiéndolos en el cubo amarillo que nos dejó Per. No sabemos si se comen o no, pero qué más da. De vuelta en la barca, Lucas deja que le pillen los dedos una y otra vez; le parece el colmo de la diversión. Luego nos enteramos de que son comestibles (no te mueres) pero bastante chiclosos, así que Simón vuelve al embarcadero y los devuelve al lago.

***

Escribo sentada sobre una piel de reno.

 

 

Historias suecas

Per nos ayuda a preparar las cosas para ir a pescar. Primero coge lombrices junto a la enorme mata de ruibarbo y se los va dando a los niños y a Simón, que los meten en una macetita de plástico con un poco de tierra húmeda. Luego nos presta su caja de aparejos, un cubo amarillo, varias cañas y el candado de la barca. Bajamos por el bosque entre abedules y abetos hasta el embarcadero y allí está: blanca por fuera, de un naranja gastado por el sol por dentro. Tiene la popa amarrada a una boya y la proa al embarcadero. La bañera está llena de agua “de la lluvia”, así que Per nos da un par de cacharros de plástico para achicar y se despide de nosotros.

Mientras Simón y yo echamos el rato achicando agua, Violeta lanza el sedal desde el embarcadero por su cuenta y saca su primer pez. Lucas la sigue y saca el segundo. A Simón le brillan los ojos, pero se nos amontonan las tareas; aún nos queda agua en el fondo de la barca y ya se han presentado los primeros dilemas: Lucas quiere devolver los peces al lago, el resto queremos comérnoslos. Simón propone matar el de Violeta de un golpe, pero a Violeta le parece que al pez le gustaría más morir ahogado lentamente. Soltamos el de Lucas y convencemos a Violeta de que su pez preferirá una muerte rápida. Le damos un golpe seco contra la barca (bueno, se lo da Simón).

Hace un día espléndido.

 

El agateador de Wilson

Tengo gorriones en el balcón. Hemos ordenado las macetas y Simón ha esparcido algunas semillas por aquí y por allá, y ha colocado una bañerita blanca de esmalte con su borde azul para que puedan beber y bañarse si quieren. De momento no han tocado el agua, pero hay un trajín de gorriones todas las mañanas que me hace muy feliz. Pían, chasquean y hacen ese ruido como de aspersor antiguo cuando cambia de dirección rápido, rápido al final de su recorrido.

***

Hace una semana que oigo grajillas desde el salón. No sé qué ha pasado, pero cuatro o cinco muy animosas han tomado los pinos carrascos que hay en la entrada del aparcamiento, y ahora las oigo por encima del jaleo de estorninos y vencejos cada tarde. No callan. Ayer vi a una pasearse por una de las ramas sin dejar de darle a la machiri, como decía mi abuelo Vicente.

***

El sábado, trepando por el tronco del árbol del amor que hay detrás del estanque del jardín de mis padres… ¡un agateador! Qué oportuno. Justo la semana pasada ha aparecido, en el refugio antártico de la segunda expedición de Scott, una acuarela original del Doctor Wilson dentro de “unos papelajos asquerosos incrustados de guano y hielo y barro y un de todo” (traducción espontánea de mi amiga Ximena, loquita de la exploración polar, que a duras penas podía contener la emoción). Es de un agateador que yace muerto, boca arriba, con las patitas encogidas y las plumas ordenaditas, pardas y suaves. Es preciosa, muy delicada.

*La acuarela del agateador de Wilson es la que ilustra la cabecera de la entrada de hoy.

El elefante del museo

Esta es la historia de Luis Benedito, taxidermista del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, y su odisea para disecar el elefante que sigue siendo la pieza estrella de la colección casi 100 años después.

En 1913, el duque de Alba caza un elefante en Sudán y lo dona al recién estrenado museo, del que es patrono. El director del museo considera que es una tarea imposible y manda almacenar la piel; pero el nuevo taxidermista tiene otros planes.

Benedito ha estudiado taxidermia en Alemania durante años con los mejores especialistas, y no quiere dejar pasar la oportunidad de disecar el animal terrestre más grande del planeta. El museo no tiene dinero ni espacio, y Benedito no ha visto un elefante en su vida… aunque eso no son más que simples inconvenientes para nuestro hombre.

Aquí va el segundo proyecto propio de Nido de ratones (la web casi está ya). El elefante del museo se publicará (Dios mediante) en invierno del año que viene. La idea, el texto y las ilustraciones son de Ximena Maier

Es duro ser curruca

Hace unos días me acerqué al nido de las currucas capirotadas, a ver qué tal iba todo. Era su segundo nido, de la primera puesta de tres pollos solo sobrevivió un macho, los otros dos se ahogaron en el estanque de mi madre. Pues esto es lo que me encontré. No sé qué ha podido pasar. ¿Una bicha? ¿Un gato? La opción del gato parece más probable porque sospecho que la bicha no habría dejado ni rastro. En fin. Es duro ser curruca.

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Leyendo sobre Doñana

Ando investigando para el próximo proyecto de Nido de ratones y llevo tres libros a la vez: Retrato de una tierra salvaje. Las expediciones al Coto de Doñana, de Guy Mountfort, que relata la historia de las expediciones a Doñana en los años 50 y es entretenidísimo (buena suerte al que quiera encontrar un ejemplar), El mito de Doñana, de Aquilino Duque, y el tomo IV de las memorias de José Antonio Valverde, La aventura de Doñana. Cómo crear una reserva. Los tres son apasionantes y están muy bien contados, ¡viva la divulgación!

Si Mountfort levantase la cabeza

El prólogo de Mountfort no puede ser más actual. Bueno, puede serlo si cambiamos radio por whatsapp y periódico por twitter, pero ustedes ya me entienden:

“Ha surgido una nueva raza de hombre, el habitante de las ciudades que ya no soporta el verse privado de la parafernalia mecanizada de lo que hoy se considera vida civilizada. Cuando sale al campo permanece deliberadamente atado a sus cadenas, rodeado de sus preocupaciones domésticas, políticas y profesionales que han llegado a ser parte inseparable de su vida.

Para no perderlas no se apartará de su teléfono, aparato de radio o periódico favorito. Y sobre todo, nunca estará solo, para no darse cuenta de su desvalida dependencia.”

Si nos viera por un agujerito…

Mountfort dedica las primeras páginas a la historia del coto y a describir cómo estaba decorado el palacio en los años 50. En el comedor había una copia de Felipe IV, cazadorde Velazquez, y en el salón, enfrente de la gran chimenea en la que solían arder los troncos de sabina o de pino piñonero, otra de El emperador Carlos V con un perro, de Tiziano. De las paredes colgaban un centenar de cuernas de venado, y de cuernas estaban hechos los candelabros que colgaban del techo. Allí estaba también el mapa de Doñana que dibujó Abel Chapman en 1902 (arriba, en la foto de la cabecera) y que Mountfort y sus colegas encontraron muy útil y preciso.

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Valverde y mi abuela Milagro

Las memorias de Valverde repasan también las expediciones de Doñana y está muy bien esto de leer la misma historia desde puntos de vista diferentes. Cuenta Valverde de su relación con los ingleses:

“La camaradería era feliz. Casi de inmediato se decidió usar los nombres de pila, lo que entre ellos equivale al tuteo, y cada noche, después de cenar, todo el grupo se reunía en el salón, donde James Ferguson-Lees llevaba el gran cuaderno de observaciones ornitológicas que se mantenía al día en común.

Hubo momentos, sin embargo, en que convivir casi dos meses con un grupo tan cerradamente de anglos deprimía. Eran todos tan importantes o tan altos que aunque mi nada flaca dosis de orgullo castellano ayudara, necesitaba de alguien que me echara psicológicamente una mano, y esa mano amiga me llegó de la persona que menos podía imaginar: Milagro, señora de González. Traía al Coto un soplo de aire fresco e irreverente en el que respiraba yo mucho mejor, porque se burlaba de los ingleses. “Ese que tiene siempre las uñas como las coronitas de las habas” era nada menos que Sir Julian Huxley que, muy aficionado a las plantas, llevaba siempre las manos sucias de escarbar. Oír aquello expandía el corazón y elevaba el espíritu, porque mi situación era la muy ambigua de representante de la casa e invitado.”

La Milagro de la que habla era mi abuela (la que se está pintando los labios encima del caballo, arriba, en Doñana), y me da mucha alegría encontrármela aquí, en negro sobre blanco, por muchas razones. La principal es que, igual que tantas otras mujeres de su época, mi abuela no estudió una carrera y dedicó toda su vida a su marido y a su familia. Lo hizo siempre con buena cara y quejándose bastante poco, diría yo (que me quejo bastante, incluso en febrero), y le dio a mi abuelo la tranquilidad y estabilidad que necesitaba para llevar a cabo todo tipo de cosas importantes (que lo eran: Doñana, la SEO, González Byass, etc.). Y yo creo que no se le hacen bastantes fiestas a estas señoras, así que me encanta que Valverde se acordase de ella en sus memorias.

Yo la quise mucho y la echo de menos todos los días.

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Cameos en Nido de ratones

En el de Aquilino me estoy encontrando con tanto material, que me va a dar algo malo de la emoción. La otra noche, sin ir más lejos, me encontré con esta frase:

“En 1931 muere el duque de Denia y de Tarifa y, con el advenimiento de la República, hay un primer intento de expropiar y parcelar el Coto. Conjura el peligro un escrito presentado por el famoso taxidermista Luis Benedito, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que entonces dirigía don Ignacio Bolívar.”

Esto puede que a ustedes no les diga mucho (aún), pero atentos: en febrero de 2018 Nido de ratones publicará la historia del elefante del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que no es otra que la odisea de Benedito desde que el duque de Alba mató al elefante y lo donó al recién estrenado museo de ciencias, del que era patrono, hasta que nuestro hombre consiguió disecarlo (sin haber visto un elefante en su vida) y convertirlo en la pieza estrella del lugar 17 años después.

Luis Benedito es, además, la razón número 6 de las 100 de Cristian Campos por las que es mejor ser español que no serlo.

*En la foto de la cabecera, mi abuelo Mauricio González-Gordon (¡con un pitillo!) y James Ferguson-Lees con el mapa de Abel Chapman.

 

 

Libro nuevo

Ayer me llegó González Byass. Historia de una bodega y por fin descansé. No sé si alguna vez se me pasará la angustia que me invade cada vez que envío un libro a la imprenta y ya no tiene remedio (no creo). Ha quedado estupendo: tiene el tamaño justo, los colores de la portada son exactamente como los quería y el papel es perfecto para las acuarelas de Ximena. Ahora solo queda que demos con una buena fecha para la presentación y dejarlo que vuele solo.

Algunas de mis cosas favoritas

Esto sobre Hemingway y el hermano de mi bisabuelo Manolo que descubrí haciendo la investigación para el libro. No lo sabía nadie en la bodega (ni en la familia).

“A Álvaro, el sexto, le tocó encargarse de las ventas en Cuba. Allí se casó y allí conoció al escritor Ernest Hemingway. Hemingway basó a uno de los personajes de su libro Islas a la deriva en él y, gracias a su servicio de espionaje, libró a Álvaro de entrar en la lista negra del Gobierno de los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial.”

HEMINGWAY Y GONZÁLEZ BYASS

Las guardas tintineras con algunas de las personas notables que han visitado la bodega desde que se fundó. Picasso nunca lo hizo, pero la explicación de por qué aparece viene dentro del libro.

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Ximena y yo, muy hacendosas al final del libro…

GONZÁLEZ BYASS PAULA Y XIMENA

Y, por supuesto, el colofón.

COLOFÓN SANTA VIOLETA

 

 

 

Cuestionario Nido de ratones: Vicente Fernández de Bobadilla

¿Cuál era su libro favorito de niño?

No leí muchos libros de niño, lo mío eran más los tebeos. Pero creo que cuando tenía ocho años o así, empecé con lo que era habitual entonces: Enid Blyton, con Los Siete Secretos y Los Cinco. También me gustaba mucho Kasperle, de Josephine Siebe. Y un poco más tarde, los de Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores. Pero no recuerdo haber tenido un “libro favorito” hasta un poco después, cuando descubrí a Jack London y Sherlock Holmes.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Y tanto, como que todavía lo tengo: This is Rome, del ilustrador checo Miroslav Sasek. Probablemente mi padre se lo compraría a mis hermanos, porque lo curioso es que estaba en casa cuando yo era niño, pero teníamos dos ejemplares. Yo entonces no hablaba inglés y no entendía nada del texto, pero aquellos dibujos tan coloridos, con un trazo casi infantil –que en realidad son complicadísimos– me hipnotizaron. Me quede con un ejemplar, no sé qué habrá pasado con el otro, y luego he ido comprando otros en viajes al extranjero, porque todavía se reeditan, y en librerías de viejo. En España los editó en los años 60 la editorial Toray. ¡Y encontré dos ejemplares de la colección, Esto es París y Esto es Grecia, en la librería Papel y Tinta de Jerez! Tan baratos, que me dio corte llevármelos. Pero me los llevé, claro.

ESTO ES SASEK

¿Leía a escondidas?

No tenía que esconderme para leer, afortunadamente. Quizá en clase; en EGB nos daban un libro con lecturas seleccionadas, llamado Senda (no recuerdo la editorial) y creo que era el único que abría de todos los libros del cole…

¿Se compraba libros, iba a la biblioteca, tenía libros en casa…?

Mi casa estaba llena de libros, pero no eran de niños. Los de Enid Blyton eran de mis hermanos, que son mayores que yo, y después de leerme algunos, busqué otros más. Los compraba con el dinero de la paga, o se los pedía a mi padre. Acabé con una biblioteca infantil que no estaba mal, un par de estanterías. No iba a bibliotecas; en el colegio donde estuve hasta los diez años había una que recuerdo como muy bien surtida, pero creo que sólo nos dejaron entrar a leer un par de veces en los cinco años que pasé allí.

¿Tiene alguna anécdota de cuando era pequeño relacionada con los libros?

No, que yo recuerde.

¿Qué tres libros para niños recomendaría?

Estoy un poco desfasado con lo que se publica hoy en día, así que sólo voy a decir un clásico que ningún niño debería perderse: la saga de El Pequeño Nicolás, de Goscinny y Sempé.

EL PEQUEÑO NICOLÁS

Algunas ediciones nuevas de libros antiguos retocan los textos para que resulten políticamente correctos. Es el caso de Los Cinco, de Enid Blyton. ¿Qué le parece?

Mal. Lo de la corrección política se sabe dónde empieza, pero no dónde acaba. En Estados Unidos no se ha librado de un clásico de la literatura, como Huckleberry Finn, al que le han censurado la palabra nigger, borrándola del texto como si jamás hubiera formado parte del vocabulario del país. Sería más aconsejable que los padres y educadores situaran a los niños en que las cosas cambian, y que en otros tiempos se hacían y decían cosas que hoy ya no se hacen. Además, ¿quién pone los límites de la corrección política? A lo mejor dentro de veinte años se decide que las nuevas ediciones no estaban lo bastante depuradas y les meten otro repaso, y luego otro, desvirtuándolos cada vez más… Al final, resultará que Sherlock Holmes nunca había fumado, y que Los Cinco se quedan en Los Tres.

¿Cree que está bien planteado el tema de la lectura en el colegio?

Lo estaba pensando el otro día, cuando leí esa noticia espeluznante de que quieren quitar la asignatura de literatura universal de la enseñanza media. Y recuerdo que en mi colegio, en los tiempos del BUP, leíamos bastante. No sólo los clásicos como La Celestina o El alcalde de Zalamea, sino poemas de Miguel Hernández, cuentos de Juan Rulfo, o La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Pero también recuerdo que muchos de mis compañeros de clase no tenían un especial interés por la lectura. Así que no sé si, después de todo, el colegio es el mejor lugar para fomentarla; creo que lo que te convierte en lector es nacer en una familia llena de lectores, ver libros a tu alrededor desde antes de que aprendas a hablar.

Sobre Vicente Fernández de Bobadilla

Vicente Fernández de Bobadilla es periodista freelance, ha sido redactor de la revista Muy Interesante, Redactor Jefe de Quo y Jefe de Sociedad de Tiempo, además de columnista en Hoy por Hoy de radio Jerez. Autor de los libros Cambiaron nuestra vida (2004) y Es cosa de hombres (2007), actualmente prepara su primer libro de cuentos, Hora de Cierre.

Además, es el hermano de mi padre y el hijo de mi abuelo.

La foto de la cabecera es de Fer Ribes.

Lecturas suecas (II): A World Gone Mad. The Diaries of Astrid Lindgren 1939-1945

Este libro está deliciosamente escrito, como todo lo de Astrid Lindgren. Escribe recto, sencillo, bien. Mientras leía iba subrayando cosas (como siempre). Subrayo porque tengo muy mala memoria y me da coraje que se me olviden las cosas que me gustan o me llaman la atención, y también subrayo lo que no entiendo para buscarlo más tarde. A veces no hago más que subrayar…

Aquí algunas de las cosas con las que me quedo de este libro.

Quisling. La primera vez que me encontré con esta palabra fue hace unos meses, leyendo a Orwell, y la tuve que subrayar (porque no sabía lo que significaba). Quiere decir traidor y no se me olvida porque es una palabra curiosa y porque Orwell la usa con frecuencia. Lo que no sabía es de dónde venía, pero ahora ya lo sé: viene de Vidkun Quisling, el ministro presidente noruego que colaboró con Hitler durante la II Guerra Mundial. Leyendo un poco sobre él me he encontrado con que unos años antes trabajó estrechamente con el explorador Fridtjof Nansen durante la hambruna rusa de 1921, y después en varios proyectos más. Tampoco sabía que Nansen, además de guapo y explorador, recibió el Premio Nobel de la Paz por su labor humanitaria. Astrid Lindgren, George Orwell, Vidkun Quisling y Fridtjof Nansen todos en un mismo párrafo; me encantan estas cosas.

ESTUDIO DE ALBERT ENGSTROM2
El estudio de Albert Engström. Foto del blog seventeendoors.

Albert Engström. A este señor tampoco lo conocía. Murió en noviembre de 1940. En la entrada del día 17 de ese mes, Lindgren escribió: “Albert Engström murió anoche. El tercero de nuestros tres grandes: primero Selma Lagerlöf, luego Heidenstam y ahora Albert, todos en un año. Era hijo del primo de abuela, si es que se puede presumir de algo así, como dijo Mrs V.”.

Resulta que Engström fue un artista y escritor sueco alumno de Carl Larsson. Además, nació en Lönneberga, que es de donde era Miguel el travieso. En su página de Wikipedia dice que se movía “as softly and quietly as a bear” (es decir, tan suave y silenciosamente como un oso, más o menos). Además de su conexión con Carl Larsson y con Selma Lagerlöf, lo que más me ha gustado de descubrir a este hombre es su estudio en el archipiélago de Estocolmo. Estas cosas me dan mucha envidia.

El rey Boris III de Bulgaria. Este señor se ha convertido en mi personaje histórico protagonista de muerte misteriosa favorito. Murió en circunstancias extrañas el 28 de agosto de 1943, a la vuelta de una reunión con Hitler. Oficialmente, de una angina de pecho, pero extraoficialmente… ¡no se sabe! La curiosidad me corroe.

Setas. En Suecia se pueden coger setas en verano.

El jerez. Esta señora, además de escribir muy bien, tenía buen gusto y sabía cómo celebrar bien cualquier acontecimiento: con jerez. Aquí las menciones sobre el vino que aparecen en su libro, siempre asociadas a cosas buenas; cómo le habría gustado esto a mi abuelo Mauricio.

“La cena en casa de los Viridéns por el cumpleaños de Alli. Jerez con la sopa y con el postre.” (17 de febrero de 1944)

“Ayer tomé un jerez muy elegante porque estábamos celebrando nuestro aniversario de boda.” (16 abril 1944)

“¡Es el día de la victoria en Europa! ¡La guerra ha terminado! ¡La guerra ha terminado! ¡LA GUERRA HA TERMINADO! (…) Sture no viene a cenar hoy pero nos ha mandado una botella de jerez para que celebremos la paz. Está sonando The Star-Spangled Banner en la radio. He estado bebiendo jerez con Linnéa y Lars y estoy un poco mareada. Es primavera y el sol brilla en este bendito día y la guerra ha terminado. (…) Me tomé una copa de jerez con Esse también.” (7 mayo 1945)

ASTRID LINDGREN TREPANDO POR UN ÁRBOL
Esta foto la pongo aquí porque me encanta. Eso mismo quiero estar haciendo yo cuando llegue a esa edad.

*La foto de la cabecera es del fotógrafo sueco K.W. Gullers

*Este libro me lo regaló mi amiga Ximena en Navidad. El de Tove Jansson fue una recomendación suya. Y hace tres semanas estuvimos en su casa de Évora para conocer a unos suecos encantadores que estaban trabajando allí con José, su marido.