Cernícalos

El otro día conocí a Ignacio en Geraldino. Tiene un negocio precioso que linda con el jardín de casa de su madre, María. En un carril polvoriento bordeado por dos hileras de palmeras descansan ordenadamente losas de suelo hidráulico, columnas de mármol, bebederos de piedra, puertas de madera antiguas, lotes de ladrillo basto… Aparcamos el coche junto a unos arbustos viejos. Son pistachos. Los plantó María a partir de unos que recogió un día, paseando perdida por una isla griega. Hace mucho sol y el polvo blanco del suelo nos deslumbra.

Antes de dedicarse a esto, Ignacio fue cuidador en el Zoo de Jerez. Durante sus años allí, participó en un proyecto para la recuperación de cernícalos. Por lo visto, las palomas y las grajillas les hacen la competencia y se cogen siempre los mejores sitios para anidar. Al zoo se le ocurrió encargar unas ánforas pequeñas, de barro, a la alfarería de Lebrija, para que les sirvieran de nido. La boca de las ánforas estaba diseñada de modo que pudiesen entrar los cernícalos, pero no las palomas o las grajillas. Ignacio sospechaba que aquello no iba a funcionar. ¿Quién se quiere meter en una vasija de barro cocido a las tres de la tarde un día de agosto, con todo el solano? Los cernícalos no, por lo visto. Al final acabaron aserrándolas y colocando las bocas con un poco de cemento en los huecos de los muros de las iglesias, más frescos. Ignacio no se acuerda de si pusieron alguno de estos nidos en Jerez. Si acaso uno en la iglesia de Santiago, pero no está seguro.

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Las ánforas que encargó el zoo. Ignacio se las encontró en un mercadillo, años después. El vendedor le quiso convencer de que eran antiguas, de las que se usaban para rellenar las bóvedas de las iglesias, y que las habían sacado de una que habían tirado hacía poco.

 

 

 

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Las macetas de Lebrija

El sábado estuvimos en Lebrija comprando macetas. Simón tomó medidas del balcón y las ventanas y allá que nos fuimos.

Entramos por la verja vieja de hierro y aparcamos junto al horno antiguo, en una especie de solar rodeado por tres edificios que hacen una u. A la izquierda hay una casita. Delante, un niño de unos 10 años limpia un tractor con una manguera a presión. Es el hijo de Juan, el alfarero. Junto a él hay un limonero cargadito de limones amarillos y brillantes. Del edificio de la derecha (la alfarería) sale Loli, su madre, que nos atiende muy amablemente y nos acompaña al tercer edificio, a nuestras espaldas, junto a la verja por la que hemos entrado.

La nave tiene algo de bodega de Jerez con ese suelo de tierra y las ventanas altas. La arcilla de Lebrija es de un amarillo pálido precioso, casi blanco. Se está bien allí, entre los cántaros, los botijos, las alcancías y las macetas; muchas macetas. Algunas mantienen el diseño antiguo: algo cónicas, con la marca de los dedos del alfarero sobre el canto. Otras son más modernas: rectas, cilíndricas.

Mientras Loli nos las enseña, aprovecho para preguntarle cosas. Así nos enteramos de que esta es la única alfarería que queda de las 17 que había (he buscado este dato y no lo he podido confirmar; Simón entendió siete). Que antes los cántaros llegaban al techo de la nave, y que eran, junto a los ladrillos y las tejas, el producto estrella. Que ahora lo son las macetas, pero que no pueden vender a grandes superficies porque lo quieren todo igual. No les interesa el encanto de la imperfección de las cosas hechas a mano. Una pena.

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El que preguntó si antes los cántaros llegaban al techo fue Lucas, que vio una pista en algunos cántaros que había colocados en las ventanas.

Simón saca el planito con las medidas y nos quedamos allí calculando. Loli coge a Lucas y a Violeta y se los lleva a ver a Juan trabajando. Juan es la cuarta generación de una familia de alfareros. Antes el edificio de la alfarería era precioso, con unos arcos… pero se perdió por temas de herencia y el padre de Juan construyó el actual.

Entra un grupo grande de turistas con su guía: “…en el monte Testaccio se han encontrado trozos de cerámica con el sello de Lebrija…”. Loli nos cuenta luego que debajo de nuestros pies hay hornos antiguos y restos de todo tipo, que se dice que hay pruebas de que ha existido una alfarería en ese mismo lugar desde el 600 antes de Cristo. Seguimos charlando con ella cuando se van los visitantes, allí al solecito. Hace viento. Desde donde estamos, se ve bien la iglesia de Santa María del Castillo. Dan ganas de darse un paseo hasta allí.

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El horno antiguo, ya en desuso. “El horno está más protegido que nosotros”, dice Loli sonriendo.

De despedida, Juan deja que cada niño haga un cuenco en el torno. Su hija, que debe de andar por los 3 o 4 años, se pasea por allí con una cajita que tiene una cuchara, un vasito de cerámica y algún que otro tesoro. Ha hecho caritas sonrientes en varios pedazos de barro. Simón pide permiso para probar él también con el torno. Quiere que le grabe un vídeo. Justo están viendo la alfarería en clase y va a­ ponérselo a sus alumnos. La cacatúa ninfa que vive en la alfarería lo sigue todo con mucho interés.