Doñana

Sentada en una silla plegable en el pinar, con los pies sobre otra silla, leyendo. Delante de mí hay jaleo de pájaros. A mi espalda duerme León bajo una mosquitera improvisada con un fular y unos palos. Arriba, en las dunas, oigo a los demás pasándoselo bien.

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En la playa, una mancha de ostreros al lado de otra de charranes. Los pasamos sin aminorar. Los charranes se levantan todos; los ostreros se quedan en su sitio, como unos señores.

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Las gamitas con el pelaje de lunares.

Hay huellas de tejón en la duna.

Las urracas volando hacia los pinos piñoneros. ¿Quién brilla más?

¡Rabilargos!

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Me encuentro con un jabalí entre los matojos. Nos miramos. Se va por su camino y yo me voy por el mío.

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Los amaneceres con estorninos en Doñana. Desde la cama los oigo chisporrotear, silbar, chasquear… Chismorreo puro.

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A la vuelta, buitres en los eucaliptos del Puntal. Unos en el suelo, otros en las ramas, van levantando el vuelo pesadamente, con pereza. Los vemos reagruparse en la marisma seca. Poco a poco se les unen los demás. Uno se queda atrás, enganchado entre las ramas altas. Por fin se recompone y logra despegar.

Algo más adelante, a contraluz, resisten tres en el alcornoque.

*La suerte que tuvo Machado con la encina negra, a medio camino de Úbeda a Baeza. Un alcornoque no es lo mismo.

 

 

 

 

 

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En el Maguillo (parte dos)

Este año tenemos inquilinos en la casa. No los vemos, pero a Lucas y a mí nos funden mientras dormimos. Al final de la semana Simón me cuenta 94 picaduras. Lucas tiene 96, solo en la cara. No se queja. Yo sí.

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Los niños tienen una lista de tareas que pego en la pared el segundo día, para que no se me caiga la boca de repetir las cosas. Hay que lavarse la cara en la teja (el saltito de agua de la reguera), vestirse, ventilar los sacos, desayunar… No son muchas tareas, pero cuesta que las hagan. Cuando han terminado todo, tienen que escribir una página de un diario. La idea me la ha dado mi amiga Ximena: una frase y un dibujo, nada muy complicado. El segundo día Lucas me torea; se sienta enfadado, dibuja un monigote encogido de hombros y escribe “Ayer no me pasó nada”. Es una genialidad, pero le hago repetirlo porque uno no puede vacilarle a su madre de esa manera.

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Hay un nido de golondrina dáurica en el porche con un pollo dentro (no sé si más). Sus padres no se atreven a venir si estamos allí. A veces el pollo saca la cabecita fuera, pero se esconde si nos ve. Un día se asoma y no se esconde, con el pico abierto. Decidimos que debe de estar esmayao o muerto de sed. Lleva piando el día entero y hace un calor infernal. Es un poco angustioso. Nos vamos al río un rato, a ver si come. El último día, el pollo sigue vivo. Menos mal.

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Intento escribir pero Lucas se ha sentado a leer a mi lado. Me encanta oírlo entonando los diálogos.

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Hay hormigas. Hay un montón de hormigas. Las pequeñas más rojas son bastante viciosas y atacan a los hormigones negros, que no son muy buenos huyendo de ellas. Violeta las recoge en una caja y dice que las va a vender en el pueblo. Simón ha metido las patas de la verdulera (que es una palabra feísima que usa él para el mueble de las verduras) en unos vasitos de cartón llenos de agua para que no lleguen a la comida. Al ratón este invento le da igual, y se pone tibio de galletas María Oro todas las noches. Tiene un nido dentro del chubesqui.

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A Violeta se le cae una salamanquesa encima cuando está saliendo de la casa. Está emocionada. “¡Se me ha caído aquí, aquí, papá! Se me ha puesto en el brazo y luego se ha tirado al suelo y se ha subido por la pared.” Yo la escucho desde el salón pensando que tengo que pasar por esa misma puerta.

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He pensado en hacer una lista con las cosas que me gustan del Maguillo y otra con las que no. Me gusta la luna que sale por detrás de la Morra, que es la montaña a la que da la casa. Me gusta que la reguera que pasa junto a la casa vuelva a tener agua. Cuando vine las primeras veces, teníamos que bajar con garrafas al río. Me gusta ver a los niños fregar los platos allí, y ponerlos a secar sobre el tejado bajo de la leñera. Me gustan las mentas que han crecido a lo largo de la reguera, y las florecillas rosas que no sé cómo se llaman. Me gusta oír a los cuervos diciéndose cosas por las mañanas, y ver a los buitres sobrevolando la Morra durante el día. Me gusta cómo huele todo cuando caminamos pisando los tomillos. Me gusta entrar en la casa y sentir el fresquito. Me gustan las duchas de agua fría en la teja, volcándonos un cuenco grande de barro por la cabeza. Me gusta que no haya internet, ni cobertura para el teléfono. Me gusta cuando vuelvo a casa y la veo más grande, más limpia, más bonita. Esta lista es para Simón, que se sabe mejor la siguiente lista: no me gusta que está lleno de salamanquesas. No me gusta tener a un lagarto de vecino. No me gusta no saber en qué dirección van a correr las lagartijas que me encuentro a cada paso. Me gusta que las lagartijas salgan najando cada vez que te ven llegar, pero no me gusta que se te suban en lo alto cuando estás sentado leyendo. No me gusta el suelo resquebrajado y seco. No me gustan los cardos. No me gustan las chinches, o las pulgas, o lo que sea que nos está fundiendo a Lucas y a mí por las noches. No me gusta que todo cueste tanto trabajo aquí. No me gusta que no haya electricidad. No me gusta que no haya un cuarto de baño. En realidad, esta lista es más corta que la otra, y no todos los no me gusta tienen el mismo peso.