El agateador de Wilson

Tengo gorriones en el balcón. Hemos ordenado las macetas y Simón ha esparcido algunas semillas por aquí y por allá, y ha colocado una bañerita blanca de esmalte con su borde azul para que puedan beber y bañarse si quieren. De momento no han tocado el agua, pero hay un trajín de gorriones todas las mañanas que me hace muy feliz. Pían, chasquean y hacen ese ruido como de aspersor antiguo cuando cambia de dirección rápido, rápido al final de su recorrido.

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Hace una semana que oigo grajillas desde el salón. No sé qué ha pasado, pero cuatro o cinco muy animosas han tomado los pinos carrascos que hay en la entrada del aparcamiento, y ahora las oigo por encima del jaleo de estorninos y vencejos cada tarde. No callan. Ayer vi a una pasearse por una de las ramas sin dejar de darle a la machiri, como decía mi abuelo Vicente.

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El sábado, trepando por el tronco del árbol del amor que hay detrás del estanque del jardín de mis padres… ¡un agateador! Qué oportuno. Justo la semana pasada ha aparecido, en el refugio antártico de la segunda expedición de Scott, una acuarela original del Doctor Wilson dentro de “unos papelajos asquerosos incrustados de guano y hielo y barro y un de todo” (traducción espontánea de mi amiga Ximena, loquita de la exploración polar, que a duras penas podía contener la emoción). Es de un agateador que yace muerto, boca arriba, con las patitas encogidas y las plumas ordenaditas, pardas y suaves. Es preciosa, muy delicada.

*La acuarela del agateador de Wilson es la que ilustra la cabecera de la entrada de hoy.

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Doñana

Sentada en una silla plegable en el pinar, con los pies sobre otra silla, leyendo. Delante de mí hay jaleo de pájaros. A mi espalda duerme León bajo una mosquitera improvisada con un fular y unos palos. Arriba, en las dunas, oigo a los demás pasándoselo bien.

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En la playa, una mancha de ostreros al lado de otra de charranes. Los pasamos sin aminorar. Los charranes se levantan todos; los ostreros se quedan en su sitio, como unos señores.

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Las gamitas con el pelaje de lunares.

Hay huellas de tejón en la duna.

Las urracas volando hacia los pinos piñoneros. ¿Quién brilla más?

¡Rabilargos!

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Me encuentro con un jabalí entre los matojos. Nos miramos. Se va por su camino y yo me voy por el mío.

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Los amaneceres con estorninos en Doñana. Desde la cama los oigo chisporrotear, silbar, chasquear… Chismorreo puro.

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A la vuelta, buitres en los eucaliptos del Puntal. Unos en el suelo, otros en las ramas, van levantando el vuelo pesadamente, con pereza. Los vemos reagruparse en la marisma seca. Poco a poco se les unen los demás. Uno se queda atrás, enganchado entre las ramas altas. Por fin se recompone y logra despegar.

Algo más adelante, a contraluz, resisten tres en el alcornoque.

*La suerte que tuvo Machado con la encina negra, a medio camino de Úbeda a Baeza. Un alcornoque no es lo mismo.

 

 

 

 

 

Pájaros de otoño

Esta mañana he visto un martín pescador. Es la segunda vez en mi vida. La primera fue hace unos días: un relámpago turquesa y naranja volando sobre el verde lechoso del lago. Hoy he adivinado más detalles; he intuido su ojo brillante, lo he visto esconderse entre los tarajes.

Una tarabilla agarrada a un carrizo, meciéndose suavemente con la brisa.

Descubrimos una curruca capirotada entre los arbustos de la orilla. Está muy atareada. Sale volando y la oímos alejarse, escandalosa y alegre.

Una estampa alegre: tres gorriones bañándose en el charco del aparcamiento, el que forman los aspersores bajo la araucaria.

Es imposible que un grupo de estorninos al atardecer no te alegre el día. Hay unos cuantos preparándose para la noche, apretándose en los huecos de una palmera, entre las ramas. Veo la cola de uno y la cabeza de otro, unos dátiles que se mueven… Oigo silbidos, gorjeos, algo que parece una llamada de teléfono… Arman más jaleo que mis hijos para irse a dormir.

*Descubro que también me es imposible escribir de pájaros sin alegrarme a cada párrafo. Véanse los tres últimos…

**La ilustración de arriba es de un cuadrito de Edith N. Walker que le regalaron a Violeta por su cumpleaños el año pasado.

Los pájaros

En otoño teníamos las nubes de estorninos al atardecer, con su canto de teléfono achicharrado. A la hora de los estorninos se veían los enjambres negros (dos, tres, cuatro) volando con precisión, cambiando de rumbo siguiendo quién sabe qué consignas, echándose en los pinos de la avenida.

Ahora, antes casi de que amanezca ya están los vencejos en acción. Me encanta verlos volar rápidos, determinados, pequeñas ballestas atravesando el cielo. Sus voces me llevan a la adolescencia: los días de sol en primavera, el olor a hierba recién cortada, los vencejos y la angustia de los exámenes sin estudiar, un año más.

Simón ha hecho un comedero de pájaros con una lata de cerveza. Es para los gorriones que se posan en la ventana de la cocina. Trinan y pían y son bastante jaleosos en general. Lucas se sienta a hacer la tarea delante de la ventana y se distrae con ellos. “Hacen un ruido que me recuerda al de los aspersores”, me dice imitándolos. Es verdad, lo hacen.

Ayer vi dos cornejas negras atravesando la autovía por la cuesta del chorizo.

Los martes, de camino a las clases de costura, suelo ver alguna urraca. De una en una, nunca dos.

*La ficha de la cabecera es de Animal Habitats, una app chulísima (ya descatalogada, tristemente) que hizo Terrier Digital para el iPad.