El cuaderno del Prado

Los paseos de Ximena Maier por los rincones del Museo del Prado

Ximena va al Prado desde hace más de 20 años. Dibuja, mira, escucha, toma notas… Unos días los dedica a Goya o a Velázquez y otros a hacer series de perros o de coronas o de manos. Tiene cuadros favoritos (como todos) y otros que no le gustan nada. A veces dibuja en función de los bancos que encuentra (que son menos de los que a ella le gustaría) y otras simplemente deambula de una sala a otra y se para ante cualquier cosa que le llame la atención. Mientras dibuja va apuntando los comentarios que oye a su alrededor y de pronto, de esta forma tan sencilla, se establece una conexión en el tiempo entre Brueguel y esa persona que está viendo un cuadro suyo 450 años después.

Muchos nos acercamos al Prado con una mezcla de reverencia y vergüenza, sintiéndonos un poco intrusos. Lo mejor de El cuaderno del Prado, además de las ilustraciones de Ximena, es que lo desmitifica y nos hace disfrutarlo de verdad, sacudiéndonos esa sensación y haciéndolo nuestro. Que lo es.

Esta semana ando trabajando en los textos para la página web de la editorial Nido de ratones. Vamos, que si no escribo otras cosas no es por vagancia (o no del todo). El cuaderno del Prado será nuestro primer proyecto propio y se publicará (Dios mediante) en otoño de este año. Si tienen cuenta en Twitter o Instagram, pueden ver otras ilustraciones buscando #cuadernodelprado.

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La gorriona

Hay una gorriona en mi balcón, picoteando la tierra de las macetas. Ha venido tres veces esta mañana. Simón vació media naranja, la rellenó con semillas y la colgó del toldo, pero la gorriona ni la mira. Va dando saltitos de los pensamientos a las adelfas, de las adelfas a la salvia, de la salvia a los lirios… Luego se posa en el suelo y mira hacia adentro con curiosidad.

*La imagen de la cabecera es del libro The Country Diary of an Edwardian Lady, que se publicó en 1977, 70 años después de que lo escribiese Edith Holden (1871–1920); fue todo un éxito. A mí me lo regaló Katarina, nuestra aupair sueca, pero entonces era demasiado pequeña (o burrancanita) para apreciarlo.

 

El tatarabuelo de Roald Dahl

Tengo un amigo que si descubriese un incendio en un cine, se iría hasta la puerta de puntillas y, ya con un pie en la calle, avisaría al resto de espectadores. Lo puso por escrito en un test psicotécnico y su entrevistadora le dijo que eso no era normal. Que no se entendía. Yo lo entiendo perfectamente (y sospecho que ella también); me parece brillante (sospecho que a ella no).

El tatarabuelo de Roald Dahl era el pastor de Grue, una pequeña aldea noruega. El domingo de Pentecostés de 1822 su iglesia salió ardiendo durante la misa. Para cuando el sacristán dio la alarma, el fuego estaba fuera de control. Casi todos los asistentes corrieron hacia la puerta y la empujaron intentando salir, pero la puerta se abría hacia adentro y mientras más empujaban, más la bloqueaban. El edificio era de madera y en diez minutos aquello se había convertido en un infierno. Murieron más de cien personas, casi todas mujeres y niños.

GRUE

Los pocos que lograron escapar lo hicieron por seguir el ejemplo de su pastor. Lo cuenta (y muy bien por cierto) Donald Sturrock en el primer capítulo de su biografía de Dahl. En lugar de correr hacia la puerta como los demás, el pastor Iver Hesselberg (aka el tatarabuelo del escritor) se dedicó a apilar biblias debajo de una de las ventanas que había junto al altar. Cuando la pila fue lo bastante alta, trepó hasta el alféizar y desde ahí se lanzó a través de la vidriera, fuera del alcance de las llamas.

Gracias a su escapada (con la que no sé si la entrevistadora de mi amigo se sentiría muy cómoda) Hesselberg vivió, y pudo trabajar para sacar adelante una ley que se asegurase de que, a partir de entonces, todas las puertas de edificios públicos de Noruega abriesen hacia fuera.

 

 

Heidi

En realidad me tocaba escribir de Roald Dahl (o Royal Dahl, como lo llama Lucas muy acertadamente), porque pretendía seguir el orden de lectura que llevamos con los niños. Pero tengo su biografía en la mesilla de noche y prefiero atacarlo cuando me la haya terminado, así que vamos a seguir por Heidi.

Me he saltado muchos libros en mi vida porque ya había visto la película o la serie y pensaba que me conocía la historia. No leí Mary Poppins hasta hace un par de años, por ejemplo, tengo 101 Dálmatas en la cola de lectura y a Heidi he llegado a los 39 y porque Violeta se lo pidió este año a los Reyes Magos. Yo pensaba regalarle la serie y saltarme el libro. Qué error habría cometido.

De dónde sale Heidi

Heidi sale de la nostalgia de Johanna Spyri (1827-1901). Ella, como la niña, se crió en un pueblecito de los Alpes. Cuando se casó y se fue a vivir a Zúrich en 1952, con un marido que trabajaba mucho, le fue entrando una pena cada vez más grande. No terminaba de encajar en la ciudad. Parece que solo mejoró cuando nació su único hijo, tres años más tarde. A él le fue contando las historias como ésta, que más tarde se convertirían en libros.

En realidad sobre Spyri hay muy poca información, porque ella misma se encargó de recuperar y destruir tantas cartas como pudo de las que había escrito, y nunca quiso prestarse a contestar preguntas sobre su vida. Pero parece bastante claro que los sentimientos de Heidi en Fráncfort se inspiraron en los que tuvo ella en sus primeros años en Zúrich. Lo mismo se puede decir de las descripciones de la naturaleza y las montañas en las que creció.

Y a pesar de todo, funciona

La historia de Heidi nos la sabemos de memoria, nos han machacado hasta la saciedad con los dibujitos y, sin embargo, he tenido que parar de leer varias veces de la emoción. Esta pobre niña que estaba tan contenta con su abuelo, las cabras, las montañas… y se la llevan a Fráncfort donde ni siquiera llega a abrir las ventanas de su cuarto y no hay ni un matojo y todo son normas, pobrecita mía. Con esa señorita Rottenmeir, que es más mala que la quina. Si no se emociona uno, es que está muerto por dentro.

Pero Heidi funciona de todos modos por muchas razones: la historia en sí, el ritmo, los buenos, los malos… y por un detalle muy importante (al que no he llegado por mi propio pie): Heidi fue un libro revolucionario en su momento porque Spyri se puso del lado de los niños en una sociedad en la que aún “se les consideraba, trataba y disciplinaba como pequeños adultos imperfectos”. Y es verdad. Ella está de su parte y entiende bien que tienen un mundo y unas necesidades muy diferente a las de los adultos. Es cierto que hoy día esto es un punto de vista muy común (yo diría que general) entre los autores infantiles, pero antes no lo era tanto.

Ilustradores varios

Heidi in the mountains by Marguerite Davis 1927
Heidi en las montañas, por Marguerite Davis (1927)

La primera edición de Heidi no estaba ilustrada. Salió a la luz en 1880, aunque Spyri la había escrito hacía diez años. En 1881 se publicó la segunda parte: Otra vez Heidi. A mí me hacen más gracia los títulos originales, que venían a decir esto: Los años de viaje y aprendizaje de Heidi y Heidi pone en práctica lo aprendido, aunque comprendo que soy una entusiasta de los títulos largos y poco prácticos tipo McCall Smith.

La segunda edición la ilustró Friedrich Wilhelm Pfeiffer (1822-1891), y a partir de ahí ha habido ilustradores de todas clases. Me encantan los dibujos que hizo Marguerite Davis (1890-1978), pero mis favorita es Jessie Wilcox Smith (1863-1935). Sus láminas a dos colores son muy gustosas, y las acuarelas son tan antojables como un merengue. Ojalá una edición española con sus ilustraciones. Bueno, puestos a pedir, ojalá dos ediciones para no mezclar los dos estilos.

En España

En España, la primera edición se hizo en 1927 (37 años después de la edición original) y llevaba láminas de Mercè Llimona. La que hemos leído en casa también es de Editorial Juventud, aunque las ilustraciones son de Paul Hey, y no incluye la segunda parte (no sé si la de 1927 la incluía o no). La de la portada me gusta mucho, pero dentro parece que están fotocopiadas de un periódico, pierden la delicadeza que se le intuye a las originales.

juventud
Edición de 2012 de Editorial Juventud.

De todos modos, ahora hay disponibles muchísimas ediciones de Heidi en español; algunas bonitas (sobre todo de segunda mano) y otras con portadas bastante atrevidas, por ponerlo suavemente. Porque digo yo: si Heidi es más silvestre que las cabras y tiene el pelo corto y rizado y negro, ¿a quién se le ocurre colocarla con este pelo y el atuendo de colegiala ligera de cascos? Convendrán conmigo en que esta ilustración se corresponde mucho más con la fresca de la tía Dete. Del abuelo sonriente, mejor ni hablamos.

*La ilustración de la cabecera es de Gustaf Tenggren (1896-1984), de 1923.

Las aventuras de Miguel el travieso

Nunca he entendido la manía de ponerle edad a los libros de niños. Un buen libro de literatura infantil es como esos juegos que dicen “De 6 a 99 años”. Si la historia es buena y está bien contada, ¿qué importa la edad? Me pregunto cómo se las componen los que deciden estas cosas, y me juego los calcetines a que el voleo desempeña un papel importante.

Hace unos meses empecé a leerle a Lucas y Violeta (5 y 6 años) Miguel el travieso, de Astrid Lindgren (1907-2002). No estaba muy segura de si les aburriría un libro con más palabras que dibujos, pero en cuanto empezamos a leer se engancharon con entusiasmo. Se habla mucho de las primeras frases de los libros, pero a mí aquí la que me gusta es la segunda: “En Lönneberga vivía un chico que se llamaba Miguel de Lönneberga. Era un muchacho travieso y testarudo, no tan bueno como tú”. Qué manera de meterse al lector en el bolsillo nada más empezar. Se nota que se lo está contando a alguien en concreto…

miguel ida

De dónde sale Miguel

Lindgren se inventó a Miguel el travieso para callar a su nieto, que estaba venga a llorar hasta que su abuela le preguntó: “¿Sabes lo que hizo un día Miguel de Lönneberga?” Dejó de llorar inmediatamente. Cuando apremia la necesidad, la imaginación viene al rescate. Y nada más apremiante que un niño llorando.

Miguel tiene cinco años y vive en una granja con su padres, su hermana Ida, Alfredo el mozo y Lina, la criada. A Miguel no se le ocurre na bueno, pero “nosotros lo queremos tal como es”, como dice su madre, que va apuntando las trastadas de Miguel en un cuaderno azul (que acaba convirtiéndose en una colección de cuadernos azules). Y realmente se le quiere, porque él se mete en jaleos continuamente, pero no tiene maldad ninguna.

figuritas madera

Aparte de los cuadernos azules de su madre, la mejor forma que tenemos de seguir el número de trastadas es contar los muñequitos de madera que va tallando en el cobertizo cada vez que le castigan. Cuando le conocemos lleva 59, y al final de los libros ha reunido 369 (menos uno que entierra su madre porque decide que se parece demasiado al párroco).

Las historias están ambientadas en la Suecia rural de hace más de cien años pero, como pasa con los buenos libros, no importan ni el tiempo ni la distancia. Miguel era el personaje con el que Lindgren se sentía más identificada, y para crearlo se basó en su hermano Gunnar, en las cosas que les contaba su padre (gran narrador y hombre de muy buena memoria) y en los recuerdos de la infancia tan feliz que pasó en la granja familiar, en Småland. El primero de la serie lo escribió en 1963 y el último en 1997.

Las ilustraciones 

Cuando terminó el primer manuscrito, se lo mandó a Björn Berg (1923-2008) y le pidió que lo ilustrase. Berg aceptó el encargo y se fue a Småland a estudiar las casas, jardines, vallas, cancelas… y patearse museos para ver fotos antiguas de la gente de la zona. Hay algo que da mucho gusto en la imagen del ilustrador que viaja a documentarse para un cuento infantil.

Lindgren había visto un dibujo, obra de Berg, de un niño rubito y había pensado que era exactamente el Miguel que ella tenía en la cabeza. El niño rubio resultó ser un hijo de Berg, lo que explica el aire de familia que comparten Miguel y su dibujante (esa nariz, esos mofletes…).

Ediciones en España

En España a Miguel lo podemos encontrar en Editorial Juventud, que publicó los tres primeros (el tercero, Otra vez Miguel, está descatalogado). Los dos primeros, Miguel el travieso y Nuevas aventuras de Miguel el travieso están reunidos en Las aventuras de Miguel el travieso. Ojalá se animen a publicar más, porque son francamente buenos.

Las ediciones españolas llevan las ilustraciones originales, pero solo en el interior. En las antiguas son rojas y negras, pero ahora van a un solo color, negro. Da la sensación de que están peor reproducidas, no sé si por el tipo de papel o porque al colorear lo rojo de negro se emborrona todo un poco.

Miguel 4

Pero para las portadas antiguas prefirieron escoger fotogramas de las películas de Miguel que se hicieron en los 70, y la nueva lleva una ilustración de Albert Asensio. Preciosa, por cierto, aunque no refleja igual que las originales el espíritu del personaje ni el humor de las historias.

No entiendo la decisión de encargar una portada nueva cuando existen unas acuarelas originales de Berg perfectas que nunca se han utilizado, parece. No sé si por cuestión de derechos o porque a alguien se le ha ocurrido que venderían más libros así. En cualquier caso, es una pena. La manía de modernizarlo todo le quita la gracia a las nuevas ediciones de libros antiguos. Un ejemplo clarísimo y más sangrante que este son los libros de Los Cinco. Menos mal que aún guardo los antiguos, porque me tienen que matar para que compre uno de los nuevos…