Doñana

Sentada en una silla plegable en el pinar, con los pies sobre otra silla, leyendo. Delante de mí hay jaleo de pájaros. A mi espalda duerme León bajo una mosquitera improvisada con un fular y unos palos. Arriba, en las dunas, oigo a los demás pasándoselo bien.

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En la playa, una mancha de ostreros al lado de otra de charranes. Los pasamos sin aminorar. Los charranes se levantan todos; los ostreros se quedan en su sitio, como unos señores.

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Las gamitas con el pelaje de lunares.

Hay huellas de tejón en la duna.

Las urracas volando hacia los pinos piñoneros. ¿Quién brilla más?

¡Rabilargos!

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Me encuentro con un jabalí entre los matojos. Nos miramos. Se va por su camino y yo me voy por el mío.

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Los amaneceres con estorninos en Doñana. Desde la cama los oigo chisporrotear, silbar, chasquear… Chismorreo puro.

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A la vuelta, buitres en los eucaliptos del Puntal. Unos en el suelo, otros en las ramas, van levantando el vuelo pesadamente, con pereza. Los vemos reagruparse en la marisma seca. Poco a poco se les unen los demás. Uno se queda atrás, enganchado entre las ramas altas. Por fin se recompone y logra despegar.

Algo más adelante, a contraluz, resisten tres en el alcornoque.

*La suerte que tuvo Machado con la encina negra, a medio camino de Úbeda a Baeza. Un alcornoque no es lo mismo.

 

 

 

 

 

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Los pájaros

En otoño teníamos las nubes de estorninos al atardecer, con su canto de teléfono achicharrado. A la hora de los estorninos se veían los enjambres negros (dos, tres, cuatro) volando con precisión, cambiando de rumbo siguiendo quién sabe qué consignas, echándose en los pinos de la avenida.

Ahora, antes casi de que amanezca ya están los vencejos en acción. Me encanta verlos volar rápidos, determinados, pequeñas ballestas atravesando el cielo. Sus voces me llevan a la adolescencia: los días de sol en primavera, el olor a hierba recién cortada, los vencejos y la angustia de los exámenes sin estudiar, un año más.

Simón ha hecho un comedero de pájaros con una lata de cerveza. Es para los gorriones que se posan en la ventana de la cocina. Trinan y pían y son bastante jaleosos en general. Lucas se sienta a hacer la tarea delante de la ventana y se distrae con ellos. “Hacen un ruido que me recuerda al de los aspersores”, me dice imitándolos. Es verdad, lo hacen.

Ayer vi dos cornejas negras atravesando la autovía por la cuesta del chorizo.

Los martes, de camino a las clases de costura, suelo ver alguna urraca. De una en una, nunca dos.

*La ficha de la cabecera es de Animal Habitats, una app chulísima (ya descatalogada, tristemente) que hizo Terrier Digital para el iPad.